domingo, 5 de diciembre de 2021

Los señores de la nada

 Ezequiel Martínez Estrada

 

    La amplitud del horizonte, que parece siempre el mismo cuando avanzamos, o el desplazamiento de toda la llanura acompañándonos. Da la impresión de algo ilusorio en esta ruda Realidad...Aquí el campo es extensión y la extensión no puede ser otra cosa que el desdoblamiento de un infinito interior, el coloquio con Dios del viajero. Sólo la conciencia de que se anda, la fatiga y el deseo de llegar, dan la medida de esta latitud que parece no tenerla...es la tierra en que el hombre está sólo como un ser abstracto que hubiera de recomenzar la historia de la especie —o de concluirla.

    

    Falta el paisaje y falta el hombre; hacia el pretérito y el futuro se abren simas sin fondo; el pensamiento improvisa arias en torno de los temas conocidos, creando a su albedrío, libre, suelto. El cuerpo es un milagro y por los sentidos penetran los hálitos de una novedad que bien pronto se abaten sin voluntad, en un cansancio cósmico que cae con todo el peso del cielo.


    El paisaje del llano, si lo es, toma la forma de nuestros propios sueños, la forma de una quimera; y se esteriliza cuando el sueño es ruin.


    Avanzamos y nuestros proyectos para el porvenir —eternos—, proyectos de dominio sin obstáculos pero que no tienen finalidad, crecen desmesuradamente. El hombre no opone resistencias a la naturaleza, ha renunciado a la lucha y se ha entregado... es una ilusión; es la tierra de las aventuras desordenadas en la fantasía de un hombre sin profundidad. Todo se desliza, animado de un movimiento ilusorio en que sólo cambia el centro de esa grandiosa circunferencia. Ahí el grosero empieza de nuevo; el culto concluye. Fue el quimérico territorio de Trapalanda, de la que decía P. Guevara: "Cuyo descubrimiento nunca efectuado, fue polilla que consumió buenos caudales sin ningún fruto"; la ciudad imaginaria de oro macizo que casi hace fracasar las expediciones de Francisco de Aguirre y de Diego Abreu; la que hizo que se fundaran La Rioja y Jujuy para ponerle sitio y arrebatársela al autóctono. El buen Quijano también fue víctima de la llanura; la esterilidad de la Mancha fructificó en sus sesos las Sergas de sus lecturas solitarias. Dentro de esos círculos de la propia persona, es natural que el Conquistador concibiera ideales de permanencia, de fijación, de espera. El hijo como perpetuación del abolengo, la casa como solar, la familia y las faenas según las épocas del año, no eran posibles. Imperaba la proeza del individuo como hecho histórico universal; la biografía era la historia y lo que no existía había sido sepultado, escondido. En sus cerebros limitados esta ilimitación de la tierra plana o la inacabable monotonía de la montaña árida, prometía como en el desierto de los ascetas, la aparición de santos o de ciudades maravillosas de opulencia y de felicidad. Se esperaba hallar de pronto los tesoros acumulados en algún lugar insospechable, prontos para el transporte. El reino de Dios tampoco se veía que existiera y, no obstante, existía ciertamente. Lo más lógico era el absurdo. No se puede esperar nada de lo que la tierra suele dar cuando el hombre la puebla y establece en ella su vida, cuando las cosas ya hechas comienzan a andar y el hombre las sigue. Todavía el dragón es el animal natural de la llanura, donde pastó el milodonte. El Reciénvenido no encontraba en ninguna parte indicios que lo ayudaran a concebir el mundo como un sistema racional y continuo. El continente aparecía a sus ojos como un mundo mágico salido de un cubilete, a pesar de que era racional y continuo.