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viernes, 5 de junio de 2020

Efecto de la música sobre las paredes de la mente, análisis de un caso



(por Gregorio Marman)

I.

Tiernamente,
con infinita paciencia
derribando la pared, todo
fue verbo, químicos
acordes nuevos, maravillosos.

La flor
regaló pétalos, perfume,
las estrellas adornaron 
nuestros ojos, alegres
de ver luz, de ver alma.

El mundo, mi mundo,
te ofrecí, desnuda
entrega de tiritantes brazos.
Y ya no hubo más
tiempo, no hubo cielo,
rostro, piel, o miedo
para mí.


II.

           Ves una pared. La pared está conformada por ladrillos, pequeños ladrillos. Ladrillitos, entonces. Ladrillos diminutos que están antes que nosotros, esperándonos, mucho antes que veamos la luz del mundo. No son inocuos, conforman las invisibles paredes.
Siento tu respiración agitada, querido lector.
Tranquilo, te han levantado paredes toda la vida. Tal vez, tal vez esta vez, se terminen las pálidas. Hay un muro, es verdad: pero existe sólo en la cabeza, por eso espero alargues los brazos. Esto nos lo dice una voz trémula, acompasada, arropada de música que sube y sube, lo que se dice un in crescendo. Aparece una mini orquesta y un pedido; rasguña las piedras, ven hasta mí.
La música es un martillo destinado a percutir la pared, para permitir que afloren las preguntas: nuestras preguntas. Las preguntas terminaran de romper los ladrillos. Solo quiero despertarte, dice la lírica, se oye un grito.
Despierto verás unos ojos y amarás y serás amado, plenamente, porque al fin seremos libres.
Alguna vez se me ha colgado el mote de llevar el zeitgeist como bandera. Durante algún tiempo, mientras gustaba lo que hacía. No me quejo, no se crean: la vanguardia es así. Me han pedido por favor, please, please, pretty pleas e, que haga algo con mi tiempo. Que aproveche mis talentos, mis investiduras. Que deje de molestar al personal, al resto de los pacientes. Que blablablá. Que quequequé ¿qué, qué?
Anyway, aprovechando la existencia de una vieja casetera en las instalaciones, voy a tratar de dedicarme a alguna cosa. En esta nueva vocación digamos… forzada, de crítico musical.
No se confundan. Como todo crítico musical, no hablaré de música con ustedes, jóvenes mortales. No hablaré de armonías, melodías, ritmos. Hablaré sobre un costado de la música, uno que muchas veces nosotros los músicos tratamos con desdén, con frivolidad.
Escribiré una breve reseña acerca de las bondades de la lírica de algún álbum equis, del uso de poética en la música como catalizador o liberador de sensaciones, de cadenas mentales. Ya se sabe, de hecho: mucho se ha hablado de las virtudes psiquiátricas de Rogelio Aguas y su grupo musical que no existe y que vivirá por siempre. En esta ocasión no queremos cruzar el charco, no hay que ir tan lejos. Ni en el espacio, ni en el tiempo.
De todas formas vamos a viajar, vamos a ir un poco en el espacio, hacia el río de la Plata, y un poco en el tiempo, hacia lo que en términos gregorianos fue o es 1974, porque habría más que decir.
Podría interpretarse de otra forma lo que voy a contar, sí. Why not? El sujeto, el observador (o el oyente, en este caso), es un ser prismático, caleidoscópico, que mira lo que quiere. Este disco tiene muchos años, y muchas oídas, muchas lecturas. Puede uno interpretarlo de la forma clásica: se conocen las dotes de crudo periodismo que hay en la pluma del señor de bigotes de dos colores.
Se mira lo que se quiere, según quién mire.
Hablemos, usted y yo. De la mente hablará un servidor, usted de lo que se le cante. Pero ojo, cuidado. Hay un poco de trabajo, un indulgente favor que le pido: debe desprenderse de los ladrillos de la historia, del pasado, de la cordura, de algunas realidades del aquí y ahora.
(Si quiere zeitgeist, déjeme decirle que eso no se obtiene mirando la vereda y sí mirando un espejo. Algunas veces, una vereda puede ser un espejo, y un espejo, una vereda. Pero eso es otro cantar.)

Como aquí estamos hablando de la mente, suponga usted que estamos en un Hospital de Salud Mental.
En cuanto a los ladrillos que están antes que nosotros, que esperan desde antes que veamos la luz del mundo… digamos que existió alguna vez un intento, sutilmente inútil (y patético), de atentado, contra dichas imágenes-ladrillos-palabras mentales, que se proyectan en el ser, delimitando, delineando los pensamientos.
Sutilmente inútil, sí, pero un ataque conceptual, honesto, verdadero, plasmado con colores únicos, particulares.
(Estoy pidiendo un esfuerzo de abstracción demasiado grande, tal vez. Para apreciar la poética, desprenderse del mundo. Desprenderse del mundo para hacer el mundo. Pinta tu aldea y pintarás el mundo. Pinta tu alma y pintarás...)
La chanza cósmica comienza en el diseño de tapa: observamos caricaturas que  representan lo que vamos a encontrar dentro, fotos en tonalidades de gris de nuestros dos juglares, a punto de ser devorados por gigantes de cemento. Las calles son tan frías cuando no hay nadie. Intentos arrogantes y dulces de poner la música en un pedestal paranoico, turbulento, de encierro, al servicio de mandar una postal al vacío con ayuda de mellotrones y sintetizadores de la psicodelia.
Al ingresar al álbum, podrá encontrar usted un clima enrarecido, como de guitarras eléctricas o acústicas, bajos, violines, armónicas, sirenas y baterías, voces y coros: se trataría de un cirque du freak, dando pinceladas de un plateado filarmónico, utilizado para darle una vuelta de tuerca, un sonido más… verdadero, de calle, atrapante.
Pequeñas anécdotas de un disco abre-mentes. Un disco que hay que escuchar con atención para intentar no perderse nada.




Se nos introduce por la puerta lateral de este circo, un pequeño teatrito (¿no era un hospicio?). Se enciende una luz, y una voz comienza a encuadrarnos, imagen por imagen, mientras se otorga, como apropiándose para sí, el título de abogada del futuro, de un bello sol, de un hermoso cuestionamiento. ¿Por qué?, pregunta. ¿Por qué obligamos a Casandra a esperar, a rezar, pidiendo que algún miembro del personal de maestranza realice la limpieza de su humanidad?
Llega el aviso: beware the jabberwock, my son. Hay seres que mueven los hilos dentro de este teatrito. Ojo, atención. Surge la pregunta, otra vez…
¿no es, acaso…
                       el terror
                                    a la soledad
                                                       lo que nos… obliga
                                                                                       a pegarnos
                                                                                                          a las instituciones?
…contextos que hacen de un payaso, un payaso rojo, o un payaso blanco. Surge una voz aleccionadora; obvio, como siempre. Dice que las cosas son así, te urge a que no preguntes más, ya está.
De nuevo, Casandra, triste, maldita, nos increpa. Siempre el mismo terror, el miedo a soltar las cadenas, nos hace esperar sin recorrer el atardecer de los sueños.
Así comienza el viaje, el pequeño relato en este teatrito, atención.



Sobreviene una suerte juego de luces: se encienden las estrellas de la carpa surrealista, al mango de un tango.
Casandra, la gran protagonista, vestida de gala, sale nuevamente a escena.
Cuatro cadáveres, cuatro casas sin ventanas van a reabrir sus ojos. Esta mentira se está terminando, canta Casandra. Se tiene que terminar, aunque alguna gente viva metida en un baúl.
Al parecer, este tema, esta canción, no debió estar, no debió ser. Se nos ofrece como un delicioso caramelo borrador. La censura reinante nos regaló con inmensa ceguera esta delicada pieza.




Esto se está poniendo bueno, pero oímos sirenas por todos lados, paniqueamos.
—Están todos los muertos, todos— la voz sale como de un parlante de verdulero—todos acá, para el que los quiera ver, desfilando en el escenario.
Cuadro sobre cuadro sobre cuadro.  Es un espectáculo realmente terrorífico, tanto que nos distrae del juglar que hace el relato. Pareciera como si quisiera vendernos los cadáveres. Llantos, tristezas, angustias, también los ofrece.
—Hay para elegir —dice, melancólico rufián.
Hasta las caretas podemos elegir —falsamente elegir—, para salir a la calle.
—Elija usted—increpa.
De nuevo el reclamo. Cómo identificarse por el yo, secreto de producción. Yo es Otro, yo es Nosotros. Yo, entonces, que crecí tan puro, tan limpio… ¿qué estoy haciendo? Surge una pregunta, una máxima, ¿cuántas veces?
¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?
Cuántas veces habremos de traicionarnos, de recortarnos, para estar. Cuántas veces habremos de salir metafóricamente a matar para existir, matar para existir. Burocráticos conceptos de discurso, conversaciones, instituciones simbólicas, inexistentes salvo en el fluido paso de las palabras. Instituciones, gran sombra posándose en todas partes.
Malditas instituciones.





Sale un clown, pareciera estar representando un cuento basado en un personaje real, de tres dimensiones. Nos habla acerca de los censores. Antes existía gente así. Ahora también, seguro. Pero lamentablemente para nosotros ya no llevan nombre, libres guanacos. De todas formas, no quisiera ponerme a divagar. Censores de la moral, tipos grises, falsos, que intentan decidir sobre las mentes de los demás, apresarlos, recortarlos.
Por suerte, el piolincito humanidad delata, se abre paso entre los dos centrales y cabecea al segundo palo. Su enfermedad, pobre censor, está en no admitirse, en negarse. Por lo tanto odiarse, odiar a los demás. Trata de señalar lo que es bueno, pero sabe, en el fondo. En el fondo, su propia humanidad lo censura de fuerte censura.
No se confunda usted. El poeta señala, pero no censura. Dice, revela. La ironía es la dura piedra en la que convergen realidades contradictorias. Inconscientemente, no es nadie, se dice el clown, mirándose en un espejo de mano, no existe nadie capaz de señalar a nadie. Se percibe una suerte de clima de película mellotrónica y el sonido de las tijeras, tijeras.
Tijeras por todas partes. Oh, ¡Casandra, vi! Tu nombre en los diarios. Y nadie te vio. Te veré en veinte años por televisión, canta el clown, cortada y aburrida.
A todo color. Tijeras. Moral. ¿Dónde? Cierra el telón.






Hay un pequeño intermezzo, un coffee break para salir a fumar y hablar de relaciones de pareja, de los miedos, de no entregarse. Todo y nada, para dar.
Un grupo de cinco púberes agrede a una monja, parece una carmelita descalza: ¡falsificadora!, gritan, ¡libérate! Es rescatada por un policía, le acaricia el velo. No llorés, nena, que no es la muerte, parece decirle, pero estamos lejos y bajo los techos alumbra el sol. Te podés quedar, yo también busco algo, dice el cana, ampuloso, casi a los gritos. Tal vez bajo las sábanas… promesas artaudianas, entre calientes y amargos mates. Dentro del circo se oyen ritmos alegres, esperanzados.
Naranjas y verdes.
Algún inexistente lector habrá leído la composición de Rimbaud sobre las vocales, una rabiosa y adictiva música visual.





El acomodador nos vuelve a llamar adentro, esto sigue. Se abre el telón. Vuelve la actriz principal. La pequeña vidente, poor little thing. Qué decadente, dicen dos gordas, qué horror. Está casi en pelotas. Las viejas de al lado dicen que la nena está enfermita. La niña es tan hermosa, tan… Dos por dos igual a tres.
Creyeron que Alicia estaba loca, pero... la locura es poder ver más allá. Hablábamos de la verdad de verdad, de esa dulce verdad. De la liberación de dulces y pobres almas que cuentan cosas que uno suele olvidar. Alguien sigue viendo.





Alguien sigue viendo. Se apagan las luces; un, dos, tres, va. Guitarra, música de fondo.
En la escuridá, había una vez y salen tres actores. Una bailarina llamada Julia y dos payasos. Oh, casualidad, uno rojo, otro blanco. Manierismo en los movimientos, duro terror a los jueves. Nadie se entiende, realmente es un espectáculo grotesco. Comen y comen, qué vil razón; les molestaba su barriga, o no. La bandeja vacía para una señora disfrazada.





Termina el vergonzoso sketch. Aberrante, susurran las gordas. Desde alguna parte surge un estanque; dentro, hay un acuático bailarín, Proteo-delfín de traje gris que baila y nada, nada y baila. Y nada de nada, gris, gris. Un largo nado gris donde se proyectan imágenes victorianas basadas en relatos de Oscar Wilde, esa gran antena.




Salen los directores, una guitarrita, iluminación simple. La pregunta ¿todo esto, para qué?, ¿para quién? Al que entiende, no le interesa; al que interesa, ya lo oyó, o no lo comprende. De una oscura forma zen, son sus propios maestros, se responden. Para toda la gente, cantan, a pesar de las paredes. Por esas mismas paredes, como en un intento de demoler, de destrabar al fin, remover las cadenas.
Estos muchachos, estos ángeles hijos de barro sólo son canales por los que se expresa un inconsciente colectivo en ebullición, fuerza de la naturaleza humana.





¿Y para qué más? La represión viste un saco azul triste, vive como pidiendo perdón y se esconde a la luz del sol. Para señalar, siempre, para apabullar, golpeando a los vendedores de falsa verdad, alquimistas renegados que colocan cadenas, grilletes de cartón en la mente del hombre ¡esos represores!





Al final, con las luces encendidas, por fin. Todos los artistas suben al escenario a cantar la canción del Ejército de la Paz. Cae el telón.

La idea es hablar sobre libertad, sobre la mente. Para el próximo número hablaré de lo que verdaderamente quería hablar hoy. El segundo disco de Turf, Siempre Libre.

jueves, 2 de agosto de 2018

Caso Artaud: Nuevas perspectivas


por Juan Milton



I.

Es absurdamente triste vivir en esta época, donde nada queda ya por inventar y los silencios tienen más valor que las palabras, que parecen zurcidas a la lengua, en un burdo intento de no estropear momentos coreografiados para la maqueta en la cual vivimos.
Hace bien tanto como hace mal.
Entonces descubrís dos lados de la palabra: tan chata, tan plana, bidimensional, para contar algo que abarca todo un cosmos, y a la vez, tan necesaria para hacerlo, para pensar el mundo, para relacionarnos con él y en él.
Surgirá la pregunta en los labios —más bien ya lo hizo y estos labios y estos dedos y esta tinta intentan recrearla, reflotarla porque vale la pena plantearse una vez más y anotarse en la lista de espera para golpearse la cabeza ininterrumpidamente contra una invisible pared, a ver si en algún momento de la historia logramos terminar con ella, con la pared (y con la historia también, ya que estamos), reducirla a polvo, molerla hasta que el viento o como se llame (touché) sin palabras, la sople sobre una tierra virgen de significado—. Mejor dicho, surgirá la arcaica pregunta en algunos labios sensibles: ¿Qué hacer, cómo tomar contacto con la verdadera realidad, a la que no llegan las palabras, si no es por la palabra misma? ¿Qué caminos hay por andar?
Antoja pensar en el viaje, irremediablemente solitario (y sin retorno), y en la condena a la soledad, a la incomprensión. Es imposible volver tras los pasos como un moderno Prometeo y regalar el fuego a los hermanos. Es imposible volver curado de pasado, de presente y de futuro desde ese otro lado. Imposible, im-po-si-ble.
En todo caso, si no fuese imposible, se vuelve todavía imposible la transmisión: modular, en forma de palabras, gestos, o cualquier herramienta de comunicación, aquella vieja visión de paraíso.
Es por este pensamiento articulado por el que sé que es un viaje de ida del que estoy muy lejos.
Es por este pensamiento articulado por el que sé que me encuentro en franca anhedonia, por que los verdaderos sentimientos, lo que es real, está allá, del otro lado, tapado por la pared, y esto que está acá, este corazón, es sólo ilusión, un pequeño esbozo de lo que espera.
Sé que estoy acá porque no he llegado, porque no he partido o quizás he partido pero estoy ahí nomás de la salida, porque no sé buscar. Quizás no hay que buscar, porque no es un viaje y es algo que se encuentra solo, un interruptor que hace clic en algún momento del camino, de la vida, de los pensamientos. La mente quedará en blanco, el sol dejará de llamarse sol y el cielo, cielo. Pero el sol será infinitamente más Sol que antes, y el cielo, infinitamente más Cielo que antes.
Surge el impulso de buscar indicios, pistas, trazos de esa otra realidad. Movido por el fuego — ¿heredado de Prometeo? —, tan propio de mi raza, de mi humanidad, voy caminando sin rumbo, trazando la misma hipérbole por la que han caminado ya otros fulanos, dibujando sobre el aire un garabato que siento original, pero que está tan gastado, tan remendado en su intangibilidad (y a la vez es tan mío que lo hice con pedazos de mi alma, que duele la tinta mientras se forma en el aire).
Este garabato es camino, es viaje, es indicio y pista, pero nunca llegada, nunca solución de La pena existencial. Pienso en la locura, en la incapacidad de comunicar, en esa libertad tan dolorosa. Surge el miedo del error de cálculo, y qué tal si…
Pero no, mejor no pensar consecuencias funestas e imaginarnos regresando con toda pompa como profetas en propia tierra.



II.

Entre cuatro paredes blancas estoy, pensando, vestido todo de blanco, pensando. Con dos manos (parecen las mías…) tan limpias y blancas, pensando. No sé por qué estoy descalzo, pero adoro la arena húmeda entre los dedos, el sonido a mar detrás de los granitos mojados de arena salada, el sol tan cerca de los ojos (parecen los míos…), el cielo tan cerca del suelo. Todo parece una tela, un pañuelo que puedo quitar de un manotazo y lo que está detrás está tan al alcance de la mano, pero… después de un parpadeo, ya no hay arena: estoy preso tras los ojos (¿éstos son mis ojos?), entre cuatro paredes blancas mi yo pensando, todo blanco, tan blanco.
Trato de gritar: no sale la voz; parece amputada, cortada de raíz. No sé dónde estoy, cómo llegué aquí. Entonces sonrío de miedo, horrorizado viendo a la gente pasar a mi lado, tan blanca. Me muevo, o me mueven.
El enfermero (porque sé que es un enfermero), devuelve condescendiente la sonrisa que le arrojo, mientras balbucea noséquérreferenciaaunprocedimiento y me lleva, porque ahora estoy seguro que me lleva, a una habitación ya no tan blanca, ya no apacible. Definitivamente sin mar, sin arena, sin cielo. Sin sol.
Me mueven otra vez, me recuestan; parece una cama, pero es tan incómoda… No sé por qué me atan, no sé por qué los cables en mi cabeza. No sé por qué.



III.

Los relojes de Dalí:
fiel representación del tiempo,
la eternidad circular de Nietzche
en el minutero
de relojes de bolsillo

vuela un pato
escapando
de tu pulóver

¿Cómo despegarse,
cómo salir del circuito?
¿Cómo detener
algo que no existe
pero corre en la muñeca?

Novela interminable,
la vida.

Y un pato
volando
escapando
de tu pulóver.


sábado, 14 de julio de 2018

Libre Albedrío, locos. Un poco.



por el Heladero




I.

Ahogados en baldosas,
hojas en blanco…

donde estoy parado
ya no entro
en la piel, perdí
el guión de la obra,
el personaje
extinto
quedó, muerto
pedradas pecadoras
en el acto redentor.

Caminos de viento,
invisibles, al cielo…

donde está el cuerpo
ya no importa
el agua salada,
el frío verano
de ácidas lluvias,
borra
los huesos, y los ojos
rojos duermen
una armoniosa madrugada.






II.

Cuesta levantarse. Aún a esta hora y habiendo dormido todo el día. Cuesta ponerse los abrigos y luego de un interminable etcétera, salir. A la calle, bajo la lluvia de frío Junio que tapiza las paredes de las calles. Claro, con tanto frío, con escarcha formándose de la exhalación. Más vale que cuesta. Pero hay que salir. A veces nos dejan y hay que aprovechar.

Nos empujan sin saber, nos incitan a caminar las calles. A vivir. La helada precipitación moja los pómulos helados, se desliza por la nariz helada y toma el último salto helado, suicida, hacia la campera helada o el suelo… eh, ¡Qué existencia más efímera!

Caminando entre charcos se pegan las gotas al cuerpo, enamoradas, febril, fugaz, eterna, mente. Mientras duren, buscando magnéticamente un Sur. Difícil encontrar un remís, el famoso tacho, en este temporal, cuando todos van. Tan apurados, precipitándose. Y nadie mira a nadie. Simbiótica, inconsciente noción del tiempo. ¿Zeitgeist? Tu vieja en pelotas. Me dormí escuchando una voz que es poesía, hablando del aplastamiento de las gotas.

Una cafetería, bello respiro. Llena. De gente, abarrotadas partículas que se hacinan en otros tipos de charcos. No importa, mejor entrar. Son las seis y media de la tarde. Llueve a catarros (¿a cántaros, dijo? Sí, a cántaros, sorda), perros y gatos, diluvia, etcétera. Etcétera como forma de describir un diluvio. Entrar de repente. Y de repente una mesa libre. Arena en el oasis, qué bien. Algo para beber, sí… un té, puede ser. Muchas gracias.

Esperando relajado, escurriendo los minutos. Viendo las gotas caer. Gotas finas, gotas gruesas, gotas. Que caen. Rápidamente, golpeando la ventana distrayendo de los pensamientos, que como gotas etcétera. Largas historias de imanes y metales. Cae el mozo con el té, se hizo tarde para las cinco. Puta madre. Siete menos diez, conejo de mierda. De todas formas, no me calienta. Me siento atraído por la belleza de las gotas, por su musical sonido en la ventana.

Mientras observo estas amigables compañeras, noto. Pasa algo raro. Caen cada vez más, y más. Lentamente. Hasta que finalmente dejan de caer. Me sorprendo, con la visión. Millones de cristales translúcidos suspendidos en el aire, sostenidos por un invisible cordón. Busco ese fino registro del Divino Marionetero. Y no lo encuentro. Sigo sorprendido, atónito. Me dirijo a la calle. A maravillarme del hermoso paisaje, y parece. Que soy el único que se mueve, el único que ve. La calle está desierta. Es increíble ver el candelabro celestial, místico. Es más increíble que el sol, ausente con aviso todo el día, se haya posado sobre los techos. ¿De Pompeya? De Pompeya, si querés. No se puede ser serio, diómio. Esas gotas, retomando, ese pedacito de cielo, comienza a transmutar. Ante los ojos se convierten las gotas en herramientas, en prismas que devuelven luces de arco iris. Luces de todos los colores iluminando la calle vacía, semejando caleidoscopios. El calor del sol hace que se estremezca hasta la última célula de este cuerpo.

Este espectáculo está hecho para mí, Alguien pensó este espectáculo sólo para mí.

El aire dorado, las perlas multicolores, el Cielo que bajó un ratito está disipándose. Las gotas vuelven a caer lentamente, y de a poco. Va acelerándose el ritmo, el sol. Se esconde, nuevamente, oyendo. El sonido de la lluvia en la ventana con una sonrisa, abro los ojos húmedos, salados. Termino el té pasadas las siete.

¿Alguien?

domingo, 17 de junio de 2018

Llorando en el espejo: Clics del exilio, el país de las maravillas.



por Nayla Zárate






I.

Te siento, 
y aún sin verte, veo
tus ojos, tras esta pared,
ahí, a mi alcance
y sé que estás, 
mirando otra pared,
otros ojos quizás,
viéndome, presintiéndome,
con seguridad, garabateando 
la espera

te siento, 
en el desorden de algún cuarto
poniendo letra al desconcierto
de ropas 
y demás cachivaches
y te busco, sin buscarte,
y sé 

que estás ahí,
esperando sin esperarme,
haciendo lo que sea que hacen
los que esperan
en ese limbo sin tierra,
torciendo y zurciendo,
papeles y palabras.





II.

Caminando, ¿cómo más?, por calles pedregosas y anticuadas. ¿Cuántos años tendrá, la calle, la ciudad? Y para mí, para un Yo, todo tan nuevo, tan recién bajada del avión, tan fresca, como el fresco aroma a lluvia, que es igual en todas partes. El viejo continente, ¿cómo habremos llegado hasta acá? Digo habremos, porque a pesar de físicamente estar tan sola, traigo a cuestas el recuerdo vívido tan vivido, tan… pesado, que puedo reemplazar todo lo que me rodea. Estos edificios viejos, por otros edificios viejos. Gente que no conozco que cruzo por las calles, por gente que no conozco que crucé por las calles. El café hacia el que voy por otro café. Casi, casi hasta puedo reemplazar la silla vacía que seguramente esperará frente a mí, por una imagen conocida, fraternal, casi. Casi puedo perpetrar una mágica ilusión que tiña una fresca saudade, que devuelva una vieja sonrisa plateada. Mientras caminamos, las similitudes. Las calles son frías en todos lados, y la garúa, tan fina que da gusto, también está acá y del otro lado del charco.

Caminando, con paso lento calles nuevas, verde grisáceas, agolpadas de suizos o vaya a saber qué nacionalidad tengan los fulanos, me siento cómoda. El espacio entre las nubes grises y el suelo está cubierto de agua y de íntimos acordes de guitarra, Joni Mitchell suena en todas partes, entre los espacios vacíos. Bah, no vacíos, todo el mundo sabe de las propiedades del sonido. Bla,bla. Qué hermosa imagen, rebosando vida. La música, las calles, la gente, el Yo, todo se conjuga en este desconocido lugar, haciendo los primeros pasos en el nuevo mundo, nuevo para mí, este viejo continente. Qué hago acá. No sé.

Del otro lado del charco quedaron muchas cosas. Recuerdos, más que nada. Otro terroncito de afecto en el café, yes, thanks. Así las cosas, mejor que queden atrás los recuerdos. Otro tanto, de todas formas, vino conmigo, subió las escalinatas del avión conmigo, impregnado en la ropa, en el cabello, en los ojos. Va a ser difícil borrar todo, dejarlo todo. Se impone intentar. Supongo que también algo te dejé, un par de libros, la puerta abierta hacia nosédónde. Hoy sos un borrón, una sonrisa flotando en la oscuridad, un potencial, gatito de Chesire. Te perdiste, o nos perdimos. Andá a saber cómo fue. Me tengo que ir, las últimas palabras que escuché salir de tus labios. Por supuesto, no fueron las últimas, porque nos vimos después un par de veces más. Pero fueron las últimas palabras en mi corazón, luego ya estabas ido. Me tengo que ir todavía sigue rebotando en las paredes vacías en las que solía estar un recuerdo completo. Ahí nomás, dejé mi manifiesto, casi como testamento, regalé un recuerdo, un hasta siempre, un “esto es lo que quería para nosotros”, y eso fue todo. Se terminó. Seguimos en contacto, por supuesto, porque éramos más que lo que éramos, aunque no lo supiésemos, aunque nunca lo valorásemos. No lo valoro en su totalidad ni aún ahora, imagínate. Creo que éramos más que lo que éramos porque habíamos sido antes, porque ya nos pensaron antes, porque somos desde siempre y tal vez seremos hasta el infinito. En ese potencial nos quedamos, en ese pudo ser, porque fuimos cortando de raíz lo que sabíamos que no tenía ni pies ni cabeza, lo dejamos ahí porque yo ya lo había visto, porque vos lo habías intuido, pero siempre quedó el fuego, incluso hoy, que ya casi ni nombre tenés, sólo la sonrisa. Y algún que otro recuerdo, un dibujo. Todavía sigue el fuego, porque ese fuego estaba antes que yo, antes que vos. Quizás todavía lo sientas por ahí, cuando me ves entre tus cosas, en un par de palabras, en esa boina, en la loca música, un vicio más. Influencias, lo que sea. Sobre todo, me ves en la calle, quiero pensar, entre los chicos que juegan a las escondidas, al ladrón y al policía, a la rayuela. Y vos queriendo meterte a jugar, sin poder, porque nunca supiste ni vas a aprender nada, por más esmero que pongas. Nunca aprendiste a desprenderte, de los velos, de prejuicios que prometimos no tener entre dos pares de pupilas, y que. Sin embargo. No pudiste aprender. Ninguno de los dos en realidad. No sé por qué asalta el recuerdo del no recuerdo, del vacío, justo acá. Un hueco de dos palabras que dice lo que quieras, justo acá. Quizás por eso viene una al presente, para acrecentar la memoria, para pintar ese plateado y darle un poco más. De presente. Tiempo, regalo, lembrança, imagen. Quizás, fingir venir a olvidar lo que resta olvidar para venir. A recordar lo poco que se puede recordar. E inventar lo demás, llenando el espacio entre islas, un poco de arena, un par de acordes, una palabra. Hay que pagar este café. Todo está tan caro.





III.

Después de siglos de rigor,
por calles duras, de piedra, 
de frías ciudades,
con la nariz enterrada 
en la bufanda azul,
bajo luces naranjas, 
la oscuridad en ciernes, yace 
sobre escaleras solemnes
esperando, la llegada del Sol.

Entre tanta ausencia,
tanto rostro sin color,
tanto corazón sin calor,
perdiendo el instinto,
vacilando en sinsentidos,
algunos buscan 
otra vereda,
otro atajo para salir,
pernoctando junto al estuario,
soportando entre frágiles dedos
los cabellos de una viuda negra.



IV.

Bajo la negra oscuridad de un plato de café servido para un perro, en eterna espera de una flor, de un corazón, no vale la pena, una revolución sin bailes. Es un escozor que llega desde dentro del cerebro, que no permite perdón. Viviendo en Ginebra en ginebra, la locura es portátil, un rico caldo. Aunque genere odio las verduras de goma que tiene. Vegetales deshidratados, dice la etiqueta. Entonces devoramos musicales rojos y negros, banderas de un octubre en naftalina, agotado ya, prostituido tantas veces. Una pobre princesa de arrabal casada de palabra –de palabrita nomás- con el amable lumpen de la otra cuadra, ese que ahora andará muerto de frío bajo sus decenas de grasientos abrigos. En estos turísticos días por la turbulenta reciprocidad de las tocayas, leo tanto, y tan rápido, que parece que tropiezan las letras de una palabra con el final de otra, esas perlas negras entre blancas finas telas de marfil, tan suaves, tan maleables a las manos, es como palpar el agujero del fondo de la bolsa del gato, mirá lo que te digo. Del fondo del agujero, hermano. Palpar. Absolutamente estúpido. Y voy metamorfoseándome en personajes de libro. Parece que estoy mirándome desde arriba, viendo como caen las gotas de vida sobre el pálido papel formándome, miles de puntos uno sobre otro, uno al lado de otro formando una línea, cada línea formando una letra, cada letra una palabra, tan rápido, tan intenso, que entonces una. Un Yo, en este caso, comprende de repente que tiene que existir un destino. ¿Será posible, será real, la presencia de esta sensación?, el puente formado entre una realidad y su paralelo, el pasado y el presente, se hace casi perceptible, y este aire de epifanía, de intento de debate mental aparenta tener sentido. Y así soy, pertenezco y vivo, observo y soy observada, estudio y soy estudiada, en caóticas páginas. Entre las hojas vírgenes de mi historia, hay otras que tienen unas pocas letras, algunas casi hasta forman palabras. Todavía la relación, el balance de lo escrito/por escribir está desarrollándose, y todo está tan retoño, que da gusto la disociación, el mirar, el auténtico backstage del universo .Siendo precisos de un universo. Siempre quise un árbol. Hoy por fin tengo un árbol, pero lo voy a esconder durante un tiempo para que no sospechen. Los censores del tiempo, que no sospechen. Hay días como hoy en que simplemente la tarea más correcta quizás sea atornillar una canilla al cerebro aunque más no sea para cerrarla. Está perdiendo, che.