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miércoles, 28 de abril de 2021

sin título 3

 

Aquí me pongo a cantar

en la frontera de la Patria

donde el Acto se funde

en Palabra y se borra, fantasma

 

Aquí, en la frontera,

sombra terrible,

ejerzo un combate

para disolvernos en Uno.

 

Vos sabés cómo es

la frontera, sombra terrible,

lo que sigue

es disolverse en el humo.

 

Como los fuegos, mensajes

penetrando el hummus

¿para qué voy a invocarte, sacudiendo 

ensangrentado el polvo de tus cenizas?

 

Aquí, en la frontera,

el vino es sangre de Cristo

en el sentido de sangre popular,

vidas secretas, convulsiones internas.

 

Aquí, en la frontera ;

hoy está todo alambrado,

empaquetado

en cubos de civilización

 

Aquí,

en la frontera ;

es como decir :

está nublado

 

¿Qué frontera ?

se borra, fantasma…

 

Aquí, en la frontera,

permeable, como toda frontera

 

Aquí

la palabra es acto mágico,

disfrazado

 

Fantasma de mi fantasma,

¿de qué otra forma poblar un desierto, sino estableciendo fronteras ?

 

Aquí, en las fronteras, vemos,

perseguidos, en el delirio y por la fiebre :

las ciudades se derrumbarán,

añejadas como las pestes,

 

mientras los ríos nos desangran

y bosques y montes,

llanuras y humedales

enteros se incendian.

 

(Es que tenemos la frontera un poco más chica,

el desierto poblado de fantasmas.

Aquí en la frontera todavía bailamos,

tener dos ojos es fundamental.)

 

« Este año no habrá miel »

« las abejas han anunciado que ante la escasez de flores solo producirán lo estrictamente necesario para su supervivencia »

 

El comunicado finaliza escueto :

« nos vemos la primavera que viene…quizás »

 

¡Gran trabajo el del Cantor !

Aquí, en la frontera, se aprecia

el oido atento

más bien baqueano.

 

Aquí,

en la frontera, todavía

sombra terrible

la patria es también cuerpo

y el cuerpo territorio

y el territorio un límite

y el límite, frontera.

 

Destino oriental

estilo el generar Ortigas

pueblos libres.

 

El secreto en las entrañas

de una parra, una frontera

como cualquiera,

donde se cuece el crisol de los pueblos.

 

Aquí, pues, en el límite

de la Patria,

donde la Palabra

se funda en Acto

donde termina el Cuerpo

en Estos Puertos,

aceptamos el convite

y ejercemos el combate

para Ser

sin perder Identidad.

 

Sombra terrible de mi Patria

blanca, contrabandista,

border, escolástica, monacal,

¡estos polvos de civilización

maltrecha

quiero quitarme!

 

Quiero decir que tengo muchos hermanos

y que solo algunos tienen voz,

otros tienen miedo

y muchos tienen hambre.

 

Quiero que dejemos de normalizar

la ceguera

la polisemia del punzón en el estomágo,

y empecemos a entender a la Tierra.

 

Quiero democratizar el canto de los pájaros de este suelo,

difundir con escándalo la edad de los árboles,

aprender de cada monte, montaña y río,

el Otro relato de mi Patria,

el más arcano,

el de la frontera,

el del límite,

el del territorio,

el del Cuerpo

salvaje, sudoroso, solitario

sumergiéndose al Amanecer

en el encuentro con el Otro,

haciendo patria.

 

Hay rumores de tiempos que cambian,

en la frontera,

y en estos tiempos, por estos puertos,

todo lo que flota es un barco.

 

Heredamos la sangre, el desierto

y la pasión por los naufragios.

 

 


miércoles, 20 de mayo de 2020

Fragmentos de un naufragio


por Nayla Zárate





¿Jueves?

“…Escribo esto porque quiero recordar cómo se veían las letras dibujadas en un papel, cómo era el acto de dibujarlas, el acto físico de trazar una miserable línea rasgando la virginidad de un espacio en blanco, en un papel, como un mantra, papel, y no cualquier mantra, más bien una especie de mantra casi… vampírico, en un papel, en un papel, en cualquier papel, en un cualquier pel, pa, pa, papá, pel cualquier cosa un, pelpa, papel, en una piedra un pelpa, papel, en los restos de una olvidada pared un papel, pelpa, incluso en la arena, pelpa, en un pelpa el humo de las últimas hojas de tabaco mezclado con cannabis, sin ánimos de hacer periodismo, un papel, ni de lanzar una sonda náufraga hacia las galaxias, papel, sino más bien como un juego triste que permite (y permitía ya en aquel entonces) alejar un poco, piedra, sólo un poco, papel, el espíritu de la experiencia, tijera, de estar transitando los últimos días de una vida, papel, como pulgas vagabundas de la tercera bola de billar, piedra, partes microscópicas de un set, tijera, de un pequeño conjunto de esferas llamadas sistema solar, papel, acostadas sobre la alfombra de la Vía Láctea, tijera, en nuestra manía de nombrar todo, piedra, nombramos nuestro barrio como la calle sobre la que pasa todas las mañanas el lechero, piedra, pegando un grito, tijera, marcando un paso, papel, un seguro tic que preceda a un tac, ¡lechero piedra!,¡lechero piedra!, para que una al abrir los ojos sepa dónde está ubicada, o algo así, papel, y sea algo, alguna cosa, tijera, que una entidad inabarcable sacuda con lenta elegancia, con felino tedio…”, “…no fue la destrucción del satélite, no. Lo peor vino después. Los primeros que lo habrán notado… habrán sido los peces, tal vez…Nadie sabía lo que había pasado, ni por qué había pasado, pero había pasado. Sobre eso no podrían hacerse más que conjeturas. Inútiles, además. En nada cambiaría saber, retrotraerse al instante previo en que alguien, un ser o conjunto de seres, decidió prescindir del satélite en nombre de todos los habitantes del planeta…”

Viernes

“…tanto picar piedras, tanto remover tierra, para arrojar una tímida transformación a la materia, para intercambiar un poco de energía, para realizar un pequeño acto de magia. Un misterioso puente comienza a caminarse hacia atrás y hacia adelante, en el centro del surco del espiral hacia el ser, cerca del río del que hablaba el griego, bajo la apariencia de espíritus amables, de artemisa, llantén y trébol, la entrada al puente, al amanecer de algo que algún maníaco macaco bautizó uberhombre y que fue mutando porque toda entidad sufre una larga serie de transformaciones finitas hiladas a una risa cósmica infinita como su broma infinita. El hombre será plantado como las flores, un día, habría dicho el jardinero, el último hijo de puta sobre la tierra…” 

Sábado 

“…Esa fue la última vez que lo vimos, antes de partir, en el borde del mundo, entre las olas, mirando a la inmensidad melancólica de un mar ausente, del que no se veía la sequedad salada de las profundidades; un océano al que descendíamos algunas con alguna premura, para catalogarlo todo, para que nada se olvide, para que todo circule, con la nostalgia de los que tienen los días ajados en las pupilas, viendo caer el sol, como él, con su pollera a cuadros, sentado a lo lejos, con el perfume de la respiración de la gaita entre las piernas, y un coro de gaviotas anunciando que quizás al otro lado de la vereda habría un nuevo mundo, otro más que descubrir y habitar y conquistar y sembrar y aniquilar y destruir y desolar por completo, para poder encasillarlo, entonces, en su respectiva forma previa, la que siempre debió de haber tenido, la de otro cuadrito más, en la pared o en la pollera, otro metro más de tierra, otro piojo más en la peluca alquilada…” 

Domingo

“…Un puente hacia el centro, hecho de líquido, un puente hacia el centro. Una piedra en el zapato, el cuerpo bañado de agua, el pedido de permiso al abuelo río, la piedra de la paz, la tregua del agua, para beber. La primera ley y la más importante de la Selva…”

Lunes

“…hay que moler la hierba, con paciencia, con delicada y extrema paciencia llamar al conocimiento, en la base, el lecho acuoso del árbol primordial. El agua se está agotando, hermana. Sobre la piedra, piedra; el agua, rodeándola, socavándola, dejando pequeños souvenirs, ciudades enteras de esporas y hongos, semillas, peces, pequeñas plantas surcándole la comisura de la sonrisa, aves, árboles paracaidistas extendiendo raíces desde lugares previamente despresurizados hacia cualquier centímetro de tierra, con la intensidad intrínseca de su concentración celular…” 

“…el Comienzo, fue un Big Bang. Y fue caliente, músicas vibrando al ritmo de los tambores de la oscuridad. Sobre esta fangosidad fresca y célebre, tan célebre como la noche de los tiempos, celebre, oh, criatura, celebre como una entidad a la que podríamos llamar yo celebró, celebre, celebre como yo celebro, como yo celebré, celebre, que hay que moler la hierba, sopesar, sentir, y sopesar sentir, con paciencia traficar, el cambio, el súbito pálpito de la tempestad…”

Martes

“…y aquí estoy, narrando el exilio de mi pueblo, siguiendo las enseñanzas de arcanas tejedoras, pintando los últimos trazos a la cósmica figura de lo que hubiera podido nombrarse de otra forma que no fuera tierra, y sin embargo y aún si así hubiese sido seguiría siendo, una marca elemental, un delicado cordón umbilical unido a lo más sagrado del universo. Estoy narrando el exilio de mi pueblo antes que suceda. En algún plano, quizás ya sucedió. En realidad está sucediendo, imperceptible para las hormigas. Estoy narrando el exilio de mi pueblo con cada inspiración precediendo a la espiración, mientras dure. Estoy narrando el exilio de mi pueblo en el clamor popular por un poco de agua y un poco de sol. Estoy narrando el exilio alucinado de mi pueblo por el desierto interminable de la creación, esperando a les muchaches de maestranza, rezagades como siempre, les miserables, esperando una miguita, un triste mendrugo. Estoy narrando el exilio de mi pueblo desde la comodidad de una piedra fresca y dulce como la noche, escuchando y emitiendo frecuencias extrañas, cantando, rezándole a las estrellas con ayuda del viento. Estoy narrando el exilio de mi pueblo mientras mi pueblo se dispone a medir el pH a cualquier simulación de líquido para evaluar su potencial potabilización. Cada palabra debe valer la pena, como gotas en el desierto valen las palabras, y heme aquí, con una cascada, con la canilla abierta...” 

“…de a ratos me detengo y propongo el resumen de la historia, entregas por capítulos desde los bordes mismos de la materia, desde la mismísima piedra de la locura extraída por un clown terriblemente colorado. Para entretener, para ayudar a recordar, para reflexionar. Para celebrar un coloquio de embrujos y yuyos, ramos varios de cualquier aquelarre que se precie, para esparcir la semilla de los árboles de la memoria dejando un trazo de bruma en los destellos de algo que a veces sentía y siento como una entidad a la que llamaba y llamo la verdadera historia, la que no podía ni puede ser contada sino más bien debía y debe ser experimentada, percibida en el ojo de la aguja por el que pasa el camello de la historia cada vez que un rico quiere ingresar al reino de los cielos…”

“…La primera generación surgida inmediatamente después de la comúnmente llamada ‘Caída’, utilizó la sabiduría y el amor, la esencia de generaciones anteriores, recogió lo que pudo, reforzó amistades y alianzas, con montañas, arroyos, ríos, lagos, esteros, lagunas, con plantas, con otros seres y animales. Se venían tiempos difíciles, todos lo sabían. Bueno, casi todos. El hombre, claro. El hombre no. Siguió encadenado al yugo de su ego, al hilo de su arraigo a su propia sombra, por miedo. A todo, a lo que vendría, a lo que era, a lo que había pasado. Al transcurrir del tiempo. A los dibujos del espacio…” 

“…Por suerte, desde la primera generación de tejedoras, allá, lejos, en el susurro más caluroso de la siesta del tiempo, venían contándose por lo menos dos historias, y que yo sepa, y hasta que la conciencia sea completa se seguirán narrando, desarrollando pequeños conflictos, choques de intereses, pequeños campos donde se libren las batallas entre la destrucción y la sabiduría. Pero -¡ay de mí!- me voy, siguiendo el tejido. Sabrán disculparme, estoy un poco vieja. Tengo una de las tantas edades de Hildegarda, sabrán disculparme, espero. Incluso usted, respetado e imaginario ser que interactúa como arqueólogue de garabatos. Lo peor no fue lo de la luna, como les contaba. Lo peor vino después…”

Miércoles

“Extraño los zorros.”

domingo, 2 de diciembre de 2018

Inundaciones (fragmento de novela)


El Centro de Misterios se reunía, de forma clandestina, en lugares dispersos del pueblo. Funcionaba como motor revolucionario, disfrazado de grupo de autoayuda, con terapeuta y todo. Siempre se llevaban dos tareas al hogar, la tarea superficial y la profunda. Nunca sabían cuál era cual, a veces se tonificaba una sentencia y otras la otra, y se hacía difícil distinguir entre consignas idiotas y los fuegos de octubre, nombre en código con el que delimitaban las acciones enmarcadas en el acto libertario. Algunas veces, por ejemplo, salían en grupos de dos a realizar actos de vandalismo. Básicamente, pintar paredes. Lo que puede parecer fácil, pero bajo una lluvia torrencial nada es lo que parece. De todas formas, tenían a Magoya. Acciones poéticas, les decían, para disimular. A veces, de madrugada, para pasar el frío, entre sorbos de whisky y cigarros mojados, le preguntaban a Fidel por sus orígenes. Respondía cosas diferentes cada vez, siempre igual de inverosímiles, mágicas. La que más les gustaba oír era una que luego de algunos carraspeos arrancaba más o menos así:




“Una noche me fui, por la tangente de la cerca. Seguí, bordeando el vallado transitorio que abríamos y cerrábamos como forma precaria de delimitar una propiedad, y me perdí en la noche. Vagué interminablemente, en una huida sutil, hacia el olvido de todo lo conocido. Aquella noche nací de nuevo. Lo único que conocía del mundo era ese lugar que desplazábamos cada cierta cantidad de tiempo, ese lugar que llamábamos hogar, con su cálida luz de reflectores, con sus banquetas de madera, con su estructura arenosa en el centro, que aunque cambiaba de locación siempre era la misma, siempre brillante y verdosa por las noches, cuando se iban los visitantes, visitantes a los que mostrábamos un poco del otro lado de un espejo hundido, a cambio de retazos pintados de papel, que el administrador juntaba en una cajita oculta en su remolque, y que nunca veíamos ni necesitábamos mirar, aunque sabíamos que era lo que estructuraba nuestro mundo con el de ellos, lo que nos permitía vivir como brumas en olvidados baldíos de periferias de ciudades que veíamos, desde la ventana de colectivos viejos, como entre sueños líquidos. Tanta pomposa sinfonía envolvía ciertos ritos, como el armado del hogar, un trabajo de mil manos amorosas, o al menos necesitadas de amor, que se extendían abiertas para extender la lona, para clavar las estacas, estacas que eran nuestro punto más débil, nosotros, vampiros escondidos de la moderna civilización, intercambiando trapos, risas y aplausos por pedazos de energía, el motor que mueve al mundo, disfrazada de tantas cosas. Pequeños ritos que ya no compartiré, ahora que he partido, y que sin embargo observo casi con nostalgia, una fresca nostalgia de zapatos mojados bajo una tormenta interminable, casi cuarenta días lloviendo en este pueblo perdido, al que no podemos sacar una miserable mueca, estancado como está bajo la tormenta el pueblito, estaqueado como está el pueblito, cercado por monstruos más temibles que nosotros. A veces ando perdido por las calles más alejadas del pueblo, mientras miro para adelante, y pienso para atrás, intentando reordenar un conjunto de imágenes que tal vez pueblen un recuerdo, que tal vez hagan ver la dirección hacia la que me dirijo. Vampiros somos, decía, y nos escondemos tras disfraces y caras pintadas, circulando marginales por un mundo que ya nos ha dejado atrás aunque, se sabe, el mayor truco del diablo fue convencer al hombre que no existía. No nos comparo con tal bestia, que deambula por otros rincones, pero el fraseo se apresta para mojar un ejemplo, como si hiciera falta. Tan ricos y jugosos retazos de energía tomábamos del otro, tanta falta nos hacía, como respirar. Una gran familia éramos, cada cual cumpliendo un acto, mostrando su acto, en parte, pero siempre escondiendo los lugares donde ocurría la magia, la prestidigitación vulgar y mecánica donde ocurría lo importante, el tránsito entre mundos de la energía. Brujos, vampiros, bebedores de la sangre oculta en el aire, en la firma de las cosas, tomábamos lo que necesitábamos de cada individuo, en una transa que el otro siempre hacía con gusto, con domesticado placer, creyendo que el papelito pintado con rostros y números era lo que importaba, nos llevábamos siempre un poco más, un eco en la nada, un acorde inacabado, el susurro final de las noches cuando todo se apagaba. Nací en ese lugar, crecí en ese lugar, abordar a los seres fue mi primera instrucción, me enseñaron los mayores a dibujar una sonrisa, a escamotear la atención mientras los demás laburaban, nadie puede negarle los ojos a un niño, nadie puede escindirse de su magnetismo, decían, y tenían razón, era como un foco ambulante, con la cara pintada, primero por papá, un espejo distorsionado, enorme, de mis días, luego por cuenta propia, el maquillaje para reforzar los rasgos compradores, el polvo blanco para esconder la pálida y fría piel, los labios rojos, las mejillas con rubor, los ojos delineados, las ropas agujereadas, enormes, heredadas, los zapatos que todavía se llenan con agua y chillan, las pelotas y las cartas escondidas en los bolsillos, la chanza fácil, en la punta de la lengua, las lágrimas tragadas con la saliva, entre infusiones amargas, cuando todo se apagaba, fumando las noches con los grillos y los trapecistas, mujeres y hombres de altura, algunas noches las cenas ensanguchadas con los muchachos de seguridad, cargados con modernas espadas, pequeñas, que entran bajo el sobaco y dejan besos que queman hasta la muerte, y que nunca usaban ni usarían porque no había ganas de intercambiar nada por un par de balas, pero que servían de potente disuasor a los que temían quedar bajo las redes del ultimo velo de la araña tejedora de los cuentos, muchachos que se hacían los duros y que más de una vez mientras crecía vi llorar, cuando un aroma los llevaba de vuelta al patio mojado de su casa, una casa de la que fueron arrebatados por la aventura y el misterio o de la que simplemente huyeron en la firma del contrato, el mismo contrato que he roto porque nunca he firmado, yo, nacido y crecido bajo estas lonas, pisando aserrín, besando las hierbas de la noche. Ciertamente era un mundo mágico en el que vivía, con pequeños, minúsculos, excéntricos grupos que en este grupo nada tenían de excéntrico, algo que era como un manto de ortodoxa heterodoxia cubría el desvarío de ser distintos a una masa humana de la que nos nutríamos -y a la que despreciábamos entre actos, al observar lo mansos que se perfilaban al matadero-. Ladrones de ganado, éramos, a las almas perdidas las llevábamos con nosotros, había algo en su roto brillo que las atraía fuertemente hacia donde estábamos, donde quiera que fuese, aumentábamos en número en cada poblado, cada vez mayor el contingente que llamábamos familia que, como toda familia, tenía secretas leyes, rigideces, prohibiciones. Hasta la niebla se aglomera, y tantos seres brumosos no podían ser más que una sola nube, una nube que crecía y que lloraba su silenciosa e invisible lluvia en cada pérfido rincón de la materia, magnetizando, seduciendo a los marginales como nosotros a sumarse, a perderse en el oscuro arcón del olvido, intentando calmar una sed, un ansia de eternidad que, tarde o temprano descubrirían, como todos nosotros hicimos, que el exquisito placer del filo de las cosas se desdobla y se muerde la cola, siempre pide más sangre, más eternidad. Ojos cansados, ojos vivaces. A medida que vamos creciendo vamos aprendiendo nuevos trucos, alguien tiene que maniobrar el fuego, otro tiene que abrir el quiosco, un tercero vender los boletos, y así. Los leones viejos van quedando en el camino, misteriosamente, pero nunca los habíamos añorado, que yo recuerde, más bien degustábamos la médula de sus huesos con los dientes antes de juntar todo para irnos a otro lugar, como un homenaje a los caídos, que siempre vivirían dentro nuestro. ¿Por qué he escapado? Un poco por curiosidad. Otro por tedio. Puede decirse también por amor, por qué no, esa larva habita en cada minúsculo resquicio de las cosas, y además de payaso tengo la maldición de ser poeta, un condenado entre los condenados, un marcado entre los marcados. Todo me llamaba, desde allí afuera, algo como un intento de beber de la copa de la muerte, un deseo urente de apropiarse del manto de las cosas para desnudarlas, me arrojaba a las calles que para mí eran un misterio, más de una vez el deseo me arrojaba a seguir los pasos de desconocidos hasta misteriosas callejas y silenciosos umbrales, metiéndome en el saco de su vida como polizonte comía en sus mesas, dormía en sus mesas, amaba sus cuerpos. Alguna vez iba a pasar que no iba a querer regresar. Presiento, de todas formas, que ya han puesto en marcha los mecanismos para buscarme. Todavía tengo mucho que darles, todavía les sirvo. Por suerte me han enseñado todo lo que saben, puedo esconderme, escindirme, moverme gris entre los seres grises y jamás volver a pisar un arrabal, aunque sepa cuánto tientan las luces cada vez que se anuncia en los pueblos que ha llegado el circo.”