Mostrando las entradas con la etiqueta la revolución no será televisada. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta la revolución no será televisada. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de febrero de 2024

EL INTRANSIGENTE

San Ramón del Talar, XX de XXXX del XXXX

 

Sección: El oído indiscreto escuchó…

 


Delirios del arca, Noé, y lo que no é’, no é’.

Sabiduría popular.

 

Lo imposible no existe, en tanto no tiene posibilidad de ser. La falta de concentración no converge en interés por la dilución del éter mental en sustancias vaporosas, sino que se expande hasta borrar el sentido de límites y hacer de la angustia el campo de juego de la vida, el desierto vacío sobre el que el humano vuelca las representaciones.

 

Algunos seres no pueden manejar la desnudez del mundo, el acompasado acordeonaje de las olas de la historia, contándose siempre igual, porque la rueda nunca se movió y seguimos en la misma hoguera, contemplando la primitiva noche de los tiempos.

 

Algunos seres no pueden soportar el horror vacui de lo real, por lo que sobre ello arrojan, echan a batallar en un duelo mortal, dos bichos, dos plásticos alfiles —blanco y negro, lo simbólico y lo imaginario (nombrados, petulantemente bautizados durante la exploración abisal que un piojoso francés, con pasaporte y todo, hacía de su propio miembro laberíntico, no pueden soportar lo real y le arrojan al vacío hasta la explicación que un francés hace de su pija, jatefi vos; qué vamos a saber nosotros de superestructuras imaginarias, acá el sol sale por allá, se pone por allí, aquélla es la estrella del alba, eso de ahí abajo es un sauce, ése otro, un caballo bayo, eso un río, esto una mano, y eso que sentís dentro tuyo es dios, y está dentro tuyo, en el río, en el caballo, en la estrella, en el transcurrir del tiempo).

 

Largos caminos de tierra nos separan… o tal vez, como acordes armónicos discurrimos por el mismo camino, por veredas diferentes. En la vereda del sol ocurren cosas, porque no puede no ocurrir nada, entonces una voz, como arrugada, nos comenta cómo van cayendo las gotas de luz al baile y es el sol y es la pintura representada por el charco soleado de la estrella —el foco del artista estaba en alguna parte para poder mirar y entonces fue el sol; así se hizo la luz, y el cliché del aplauso.

 

Lujuria por la vida. Como cortar una flor invisible (que sin embargo puede verse) es esta charla, este parloteo solitario, este ninguneo de uno mismo en un intenso bullying mental; se van peleando los pensamientos, de una forma tremenda, salvaje, darwiniana. Tan salvaje que conceptos humanos como los del Mono Carlos quedan infinitamente chicos, y el sentido de la gramática no tiene ningún sentido, más que para nombrar como desorden a las actividades extracurriculares del tercer ojo, o cosas por el estilo, y algo como un torrente de baba cae sobre la nada, sobre el piso polvoriento de calles que nadie barre, a las que no llega el personal de alumbrado, barrido y limpieza del universo, y sobre las que las fieras y las plantas más hermosas encuentran su libertad terrible. Cae la baba de placer, más allá de su principio, de su porosa frontera, cae y se divierte, en el encuentro con la poesía; se deleita, presurosa para terminar, volcánica, derramándose en otra boca, sonriente, que, sin sospecharlo, sin recordarlo, se había dado cita con un chamanauta en las profundidades del desierto.

 

La idea sería instalar la tropofilia.


Trópicalia.

 

Cuántas veces lo dijo, sólo para poder pensarlo después, trayendo la imagen, montada en una rueda cósmica, el deseo siempre prefigurando al placer —siempre: aún esos placeres repentinos, sorprendentes, son precedidos por un largo deseo, una especie de predisposición para la magia, para el ofrecimiento de una vida que se come como viene, bien cruda, sabrosa.

 

Trópico de cáncer.

 

Con lo que le gusta que le laman la punta de la pija, al gatito. Lo dijo, lo prefiguró, y el salto...

 

Se detiene ahora en tímidas alegorías, para decir que no dijo, que no pensó en el acto, que no precedió al salto, el lujurioso cuadro de la diosa, paseándose, deteniéndose curiosa por su falo, mojándolo a lo largo y a lo ancho de su frenético latir; casi imposible detener la imagen que estalla en un soporoso vaivén.

 

Pero no lo dijo, no lo pensó, es algo que viene por añadidura al acto de dibujar una imagen, se dijo, la freudiana imagen del principio del placer. Un ejemplo paroxístico, para entrarle por algún lado al ladrillo, las obras completas de aquel chinchudo pelado cocainómano.

 

Prólogo a la edición del año 302 después del Cisma; hubo obras que se han perdido para siempre, y, más importante, el hombre entró en el tramo final de su masivo plan para cagarse en el mundo y destruirlo, matando árboles a granel, fumigando especies, desmalezando al planeta de su barbarie dejando, eso sí, al mono más cruel de todos a cargo del asunto.


En un principio los árboles miraban con cierta ternura cómo los hombres renegaban de su naturaleza terrenal —de su ser hermanos con todo lo que los rodeaba—, y no se preocupaban en demasía, por verlos enfrascados en el acto de esconderse en cuevas, o de fabricar hogares, o también en cierto momento, luego haber visto cómo un rayo partía a uno de los suyos, comenzar sus intervenciones para manipular y creer domesticar al Fuego —aquella divina entidad habitante de otra dimensión que en ésta tiene la función de activar el Movimiento y también la Purga—. Entendían que se encontraban con un ser todavía en la cachorrez del sentirse Vida. Pero en algún momento, sin que ellos dieran cuenta del asunto, empezó la Caída.


Todavía no sabían cuál había sido el movimiento que la aceleró, pero desde entonces, todo lo que el hombre tocaba se diluía en la podredumbre, en un charco de mierda. Hasta sus esfuerzos por evitar que se cayera la estantería aceleraba el proceso —aunque aparentando jamás llegar a terminar el castillo, una kafkiana pesadela tropofílica de Aquiles y la Tortuga, nene, el deseo prefigurando el placer, el hombre rondaba la vida (que prefiguraba la muerte, que prefigura a la vida; la rueda que empujaba Sísifo, bailando desnudo, atrás de las colinas).

 

Cosas así, una comedia siestera de enredos labiales, un relinchar contento luego de haber posado los cascos en el fondo de los charcos de la Garganta del diablo, un… ¿cómo llamarán los caballos a su deambular? ¿Cabalgar? ¿Caminar?, bueno… un eso, erguidos, con el cogote estirado, con las orejas en constante movimiento, la risa, todavía no saber si lo dijo o no lo dijo, todavía no entender que el olfato era otra forma de comunicarse y que incluso los fluidos corporales podían utilizarse para enviar mensajes, para decir un nombre, una ubicación, enviar y recibir datos sobre diversas actividades y roles en el mantenimiento de los grupos; los vínculos filiares.

 

Chamigo, qué delirante el aire que se respira en estos comicios. Cosas de tener al viento de amigo. Amantes de los cambios, del ingreso a chapotear en los lagos subterráneos del desierto para salir más frescos a agitar palmeras dormidas, proféticamente nos desplazamos de acá para allá, intentando estirar al máximo un hilo muy delgado, que encontramos deshilachándose del tatuaje de las cosas, para desnudarlo a sus ojos, señor, señora, para ofrecerle una mano servicial, una sonrisa inocente, unos ojos cansados pero alegres, que le dicen bienvenido, bienvenida, al desierto de lo real.

 

Existen entre los mundos seres a los que llaman traficantes de palmeras. Hay algunas que dan noticia de fenómenos climáticos; son el tesoro más íntimo de los traficantes.

 

Por la corriente fatídica de lo cotidiano hay un surco, un pequeño sentir, una fluente subterránea, profunda, que discurre dando forma o sosteniendo el correr —el sentir— del agua en movimiento. Hacerse el muerto para ver quién llora, en otras palabras.

 

Afuera vinieron a buscarme, dicen que son de Transportes Ambientales; no sé qué pude haber hecho. El teléfono suena. El timbre suena. También golpean la puerta, que suena. Violentamente. Un gato me muerde los pies; todavía no conoce su verdadero nombre. Tal vez nunca llegue a ofrecerle la posibilidad de la muestra, ahora que vinieron por mí. Quién sabe si no volverán por él también.

 

Me había hecho el boludo, como pez fuera del mar. Todo el mundo quiere olvidar, decían en la calle, y la calle se sumía en un olvido silencioso. Todavía recuerdo el zumbido del viento, acercándose clandestino, por la espalda, hombre solo y loco hacia el sur en la continuidad de los por qués. Cómo mata el viento Norte, psycho killer taladrando las baldosas de las plazas, levantando las barreras pérfidas.

 

Me patean la puerta y ya empiezo a sentirme perseguido. Afuera suenan bombas de estruendo, bocinas y sirenas. El ordenado caos del hombre cocinándose, todavía cocinándose, pobre hombre, desconociendo la verdadera naturaleza del caos, dejándolo a un lado, haciendo el sonso porque el gato, el gato está mordiéndonos los pies.

 

Los de Transporte están pasando a la segunda fase de su molesta invasión: ahora golpean las ventanas, molestan a los vecinos, juntan firmas, arman focus groups, para preguntar si revientan la tapuer a patadas o simplemente se hacen pasar por algún familiar preocupado y llaman a mi psiquiatra de confianza, al que le tengo tanta confianza que le dejo manejar el cloruro de potasio con el que me hago las correcciones endovenosas de mi hipokalemia severa periódica (hipokalemia que, por otra parte, el mismo doctor me diagnosticó de forma absolutamente abnegada).

 

Bueno, ya es demasiado, voy a abrirme. El golpeteo se traslada a la cabeza de una forma sensual pero casi masoquista, y empieza un dolor delicioso, una cósmica saudade por un árbol que agitaba en una caricia muda y necesitada, en busca de bajar hasta la última fruta para compartir entre los hermanos.

 

Me pasan una mano por el cuello, áspera. Otra mano se desliza a mi muñeca, me toma el pulso, me coloca una esposa, me aprieta suavemente la mano en un saludo final. Saludan primero, disparan después… la mayoría de las veces.

 

 

Transportes Ambientales, mucho gusto, me dice, mi nombre es P.B., soy RR.PP. de la empresa, éstos dos hombrecitos tan jóvenes y fuertes y guapos son mis acompañantes terapéuticos y asesores en la dura realidad de la calle. Recibimos una llamada anónima que nos dice que usted tiene uno en su domicilio.

viernes, 26 de agosto de 2022

Exorcismo de Jorge Holandés

 

 

 

El cielo sobre los durmientes, el sueño

 

otro sueño durmiendo panza arriba

el sueño de la muerte en noche,

sin mucho ruido, con el coro de grillos

y el susurro del río que se va.

 

La milicia me viene a dar con los lienzos bajos.

Recién vengo de mear mirando el cielo del monte,

un cielo de monte que es lo último que queda de monte,

me escuchó bien, del monte

sólo quedó el cielo, a bien decir,

el cielo sobre los durmientes.

 

Escribo en el reverso del boleto de vuelta

dando media vuelta en homenaje y vindicación

la pasión pintaparedes argentina 

viva Méjico, cabrón,

al Pity Martínez, al doctor Álvarez, a Luis Miguel,

a Marcos y a(_)l(os) Chavo(s), 

¡salú!

 

Uno juega entre cuatro altares, a veces:

cosas de mates cosidos y cocidos.

 

Otra crisis de exilio calamar, dos Romeos

enfermos de cuadrofenia

observan un cuadro

de un fantasma que adora las transformaciones.

 

Otro cadáver sobre el camino, comenta uno,

una especie de lección periurbana y macrocósmica a ser aprendida.

 

La milicia viene a darme el cielo sobre los durmientes,

asoma la oferta aristotélica de otros arrabales últimos,

sin cacerolas de recoletas ni vecinos en barrio parque.

 

A cambio quieren mis manos,  si usted puede creerlo,

con sus dedos mordidos en los que apenas quedan uñas,

dedos flacos de una mano flaca, tajeada por juegos crueles y violentos,

que han tensado hasta el extremo las delicadas cuerdas del dolor y del placer,

¡éstas manos quieren!

 

Quieren los ojos miopes y astigmáticos que (no) han visto todo y que pronto quedarán ciegos, inútiles, casi inmóviles vistiéndose de nubes, ¡éstos ojos!

Quieren los oídos maltrechos y secuelados por algún virus, apagándose en la nada un trueno, un tinnitus de silencio, abro la cancel y cada vez hay menos ruido ¡éstos oídos que envidiarán al Silenciero quieren!

Quieren la lengua que pronto quedará seca, petrificada como la de algún loro que aprendió alguna cosa,

aquella que le daba la galletita de Silver, ¡ésta lengua!

 

Quieren el Cuerpo que todavía busca Nancy entre indicios y artículos de plomería lacaniana,

quieren mis sueños y perversiones,

quieren la última gota de mi voluntad,

lo que me hace un Ser y me conecta con el Todo.

¡Ésta Alma!, ¡Éste Cuerpo!

Quieren las balas, quieren las perlas, quieren el incendio.

¡Ésta Alma!, ¡Éste Cuerpo!

 

Hace un tiempo robaba comida,

aunque no lo crea,

acá nomás, del galpón del Enrico.

Ahora, así como me ve,

panza arriba a la vera del tren,

toy meta leche todas las noches,

el gatito de mamá,

jugando con un metro,

cacheteando al Diablo,

huyendo de las hordas de tambores

que traen los dientes

y la Salamanca.

¡Ésta Alma quieren!, ¡éste Cuerpo!

Y puedo decir

que lo que piden es barato

a cambio del sueño.

 

Otro tedio akahatá, dijo Romeo,

parece un agujero negro y blanco pintado en blanco y negro.

 

La milicia viene a darme, en la biblioteca saben

que les debo aquel de Stendhal,

y el de Faulkner,

y el de Walsh, que se comió el perro,

el verdadero eternauta irguiendo la pregunta

para el Ser y por el Ser

de un ser que se salvó del fuego

a un ser que se salió del fuego.

 

También hay otro libro

uno con la Sagrada Geometría

soleándose prendida al tendedero,

como otro desierto que habitar

que viene como la marea,

con sus olas

y sus fantasmas

sus fuerzas preternaturales

sus totémicos ritos,

su mefistofélica mística

y sus tambores esclavos

que claman

desde el fondo de la tierra.

 

Más bien, dijo Romeo,

parece un agujero blanco y negro pintado en negro y blanco,

como una moneda querida

que se fue en vaya a saber qué paga

o empeño.

 

La eterna pregunta del ser

en los años del Fuego

esperando la llegada del Barquero

en el polvo y la lluvia

y la tiniebla.

 

A la vera del tren, un gato mocho,

un monigote sordo

como los ecos del tiempo en los charcos de los esteros,

sin mucho ruido, con el coro de grillos

y el susurro del río que se va.

 

 


martes, 14 de septiembre de 2021

...y las sirenas

" …Detén tu nave y ven a escuchar nuestras voces. Después de deleitarse con ellas, quienes las escucharon se van alegres, conociendo muchas cosas que ignoraban, … sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda"
 
Cuenta un ciego que así cantaban las sirenas, endulzando los oídos de unos cuantos griegos, haciéndolos estrellarse contra las rocas, abrazando la muerte.

¿Qué son las sirenas? Alguna vez se las pensó como seres mitológicos, mitad humanos, mitad pájaros o peces, portadoras de melodiosas, irresistibles, e hipnóticas voces que acercarían o acompañarían hacia la muerte a cualquier desprevenido que oyera sus cantos. ¿Qué música o palabra esconde brillo tal que vivir inmediatamente después se hace intolerable o un precio razonable a pagar por la experiencia?
 
Hoy se las intuye como energías o entidades que con sus "voces" tientan a tantas y tantos navegantes, a tantos poetas, a tantos curiosos y desprevenidos de la vida. Las voces se apagan al llegar al cementerio. En los puertos usan el vocablo voz referido a las sirenas para hacer referencia al "acto mágico/encantamiento" al que son sometidas sus víctimas. Es un acto complejo, nunca simple, aunque algunas voces no dejan de ser sutiles. Las voces incluirían juegos del espectro sonoro, sí, pero también del visual, gustativo, olfativo, ¡hasta del táctil!
 
De todos modos, vivimos en un planeta en el que hasta las sirenas se han devaluado. Pobres, se hacen pasar por clarividentes, ¡sin memoria y con los ojos nublados! Algunas, incluso, también son marineras; las más tienen dos, tres trabajos, siempre un solo amo. No tienen pasado ni futuro, viven dentro de sus cantos. En la oferta de muerte codificada en sus coros ya no convidan siquiera la promesa del conocimiento. No hay caramelos, ni siquiera de madera. Solo la distracción. Eso sí, algunas veces se puede escoger entre la distracción por indignación, por odio o por miedo. La que toque primero.

Cuenta el mismo ciego que cierto grupo de griegos, al volver a su patria después de años de guerras e infortunios, navegando una barca sin nombre, tuvo su fatal encuentro con las sirenas. Parecía inapelable, el destino, pero estos muchachos lograron zafar y construirse un destino nuevo.
 
Dentro de las muchas formas que uno puede pensar un pueblo está la de percibirlo como una suerte de sueño, una historia, una construcción de muchos, que engloba sentires, percepciones, ideas, en una idea mayor, una idea de hogar emparentada con lo más sagrado.
 
Tomemos la idea del barco y pensemos un pueblo como la tripulación estable de un barco que también es pueblo porque fue construido en el corazón del astillero del puerto del que han salido y al que esperan retornar. Una tripulación que tiene una idea de hogar al que regresar. Una tripulación que sabe que el barco también es hogar en tanto el barco es presente, aquí y ahora, tiempo y espacio. Pero a la vez no olvida aquella tierra, el paraíso perdido. Y todo eso es la patria, un surco en el agua, el vaivén, una estrella en la noche.
 
¿Qué es lo sagrado? El acto, la construcción. Un pueblo se construye: un conjunto de seres puede agruparse o atomizarse. Se agrupan desde la conciencia, desde el oído atento para el amor y las historias, porque hay muchas, porque somos muchos, porque en Nosotros hay un Yo y hay Otros, tan distantes como que somos otros cuerpos, pero tan cercanos como que estamos en el mismo barco, bajo las mismas variables atmosféricas, y el sufrimiento es una verdad histórica a la que tenemos que hacer frente, porque toda vida sufre, pero las cargas no se reparten igual, y entonces las historias brotan como cicatrices, girones de una u otra soleada vida surcando la Nada, de vuelta a casa.
 
Pero un pueblo también puede atomizarse. Cantos de sirena... se entiende la tentación en tanto que es  deseo susurrado al oído: hay un poco de Eros en Tánatos, y un poco de Tánatos en Eros, algo que el pueblo chino sabe muy bien. Los tiempos están crispados, cualquier nube anuncia tormentas. Ojo, que no te distraigan. Cuando se habla de algo se deja de hablar de otra cosa. Esto es así porque la palabra ocupa tiempo y también espacio. La pregunta es de qué no sé habla cuando se habla de lo que se habla.

¿Cómo escaparon aquellos griegos? Dicen que fue la experiencia, el buen oído, atento, resuelto. Untar los oídos con cera, dice el ciego que le dijeron, un rato antes, al capitán del barco griego, un poeta de muchos senderos, de multiforme ingenio. Dicen que otro dijo: “cada uno es artífice de su propio destino”; ése no era ciego.
 
Cuentan que al capitán griego no le prohibieron escuchar el canto más íntimo de los mares, aquel canto secreto del que se especulaba con los más locos argumentos -la magia, el poder, el conocimiento, el enigma del amor; algunos, incluso, mencionan un néctar innombrable y por lo tanto incognoscible, más arcano que las sirenas-, más le advirtieron: 
 
“Tu solo podrás oírlas si quieres, pero con los pies y las manos atados y en pie sobre la carlinga, hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción”.
 
Sensatez, amor, memoria. El buen oído, atento, resuelto, es esencial. Eso lo sabe cualquier ciego. Lo difícil es distinguir el canto que oculta la piedra entre las olas, el que esconde el bosque detrás del árbol. Comprender cuándo llega el momento de atarse al mástil o elegir la cera.

 


 

martes, 13 de abril de 2021

Lo que veníamos temiendo

 

Soñé con barbijos, lo que veníamos temiendo. Soñé con barbijos, pensé que nunca iba a pasarme. Los sueños son territorios raros. Parecieran inexpugnables, pero son sensibles a ciertos signos, vibraciones. La mente en determinadas frecuencias puede ser un lugar más permeable, con menos trabas.

Estamos tan dormidos, pidiendo por la locomotora de la historia. Hay mataderos, cultivos artificiales, supermercados, las ballenas casi no se hablan por todo el ruido que hacemos vaciando los océanos, nos perdimos hace tres vueltas en el laberinto. Niños crecerán sin abrazos y seguimos agolpados en ciudades. 

No quisiera hacer una alabanza a la vida en los campos, que entiendo tiene sus complejidades, pero... hay líneas ancestrales que no hemos seguido y que se pierden en la selva donde respira otra historia. La vida en los campos también trae un contacto más cercano con la tierra, perdón..., la Tierra, este vehículo en el cual viajamos por el espacio y que respira y es dueña de una tecnología única; bah, lo que llamamos vida.

Garroneando vacunas estamos, todo sigue igual de bien. El agua, si viene, nos viene envenenada, venden filtros para los filtros. Ñanderoga son cuatro chapas, si no son alquiladas. Seguimos dando vueltas sobre la propiedad; hay cosas que no entendemos. ¿Alguien se acuerda de Ramona?

Liberen las patentes y demuestren que no es todo un negocio, que la humanidad tiene ese componente humano del que supuestamente nos enorgullecemos. Liberen las tierras para que cada humano, en la identidad que se asuma, y con la libertad de saber quién es, pueda tener acceso a su propio alimento, que pueda vivir en carne propia la belleza de la naturaleza, que pueda aprender de los ríos y de las plantas que ve crecer en su huerta, que viven aunque uno arranque hoja o fruto, que son tan sabias como los árboles, o incluso los pájaros, si queremos saltar de rama.

Un campo como lugar material, existente en el espacio, pero también entendido como campo energético. Queremos una casa que sea techo y no guarida.

Soñé con barbijos, ¿habrá cosas de las que no se vuelva?

 


 

El bar mató al árbitro

—     …si no, por la Calle Pho’ U, en esa esquina.

—     ¿Ahí está el circo Domínguez?

—     Es el Café Domínguez. Es un bar.

—     ¿Dónde los trasnochados dicen que el VAR mató al árbitro? Es un circo.

 

 

La humanidad mira la tele:

un león gruñe mientras todo se quema

 

Todo se quema

Ríos desaparecen bajo el manto de autopistas

Víctor Heredia reversiona Sobreviviendo,

hay un coro de ovejas estremecedor

 

Neil Armstrong y Chico Buarque tienen algo en común

Fíjate en el siguiente link

Todo se quema, todo se quema

Y la humanidad envenenada

 

Sinovac donaría vacunas

para que siga el fútbol, Pisculichi

la humanidad envenenada por rayos catódicos

hasta ayer en la TV no se contagiaban

todo se quema

 

A la cancha van cien monos,

nonos desnudos,

vestidos con ropas nombres y apellidos

a putear al árbitro

todo se quema

 

—     Hay que apurarse: dentro de unos años ya no existirán los árbitros —dice un dirigente— La gente podrá votar desde sus casas si fue o no fau, si hubo offside, las amarillas, los expulsados.

—     Cuando eso se asiente iremos por los técnicos —acota otro.

 

 

¿A nadie le hace ruido, al menos, que se donen vacunas mientras todo se cae, para que siga un evento no vital para el que no lo practica sobre su cuerpo y que en definitiva es el circo, la diversión en el sentido más cínico de la palabra?

 

Mientras todo se cae, mientras todo se quema, está muriendo el árbitro. Y nadie se da cuenta. 

 

 

  Qué viva el fútbol, Pisculichi