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viernes, 5 de junio de 2020

Efecto de la música sobre las paredes de la mente, análisis de un caso



(por Gregorio Marman)

I.

Tiernamente,
con infinita paciencia
derribando la pared, todo
fue verbo, químicos
acordes nuevos, maravillosos.

La flor
regaló pétalos, perfume,
las estrellas adornaron 
nuestros ojos, alegres
de ver luz, de ver alma.

El mundo, mi mundo,
te ofrecí, desnuda
entrega de tiritantes brazos.
Y ya no hubo más
tiempo, no hubo cielo,
rostro, piel, o miedo
para mí.


II.

           Ves una pared. La pared está conformada por ladrillos, pequeños ladrillos. Ladrillitos, entonces. Ladrillos diminutos que están antes que nosotros, esperándonos, mucho antes que veamos la luz del mundo. No son inocuos, conforman las invisibles paredes.
Siento tu respiración agitada, querido lector.
Tranquilo, te han levantado paredes toda la vida. Tal vez, tal vez esta vez, se terminen las pálidas. Hay un muro, es verdad: pero existe sólo en la cabeza, por eso espero alargues los brazos. Esto nos lo dice una voz trémula, acompasada, arropada de música que sube y sube, lo que se dice un in crescendo. Aparece una mini orquesta y un pedido; rasguña las piedras, ven hasta mí.
La música es un martillo destinado a percutir la pared, para permitir que afloren las preguntas: nuestras preguntas. Las preguntas terminaran de romper los ladrillos. Solo quiero despertarte, dice la lírica, se oye un grito.
Despierto verás unos ojos y amarás y serás amado, plenamente, porque al fin seremos libres.
Alguna vez se me ha colgado el mote de llevar el zeitgeist como bandera. Durante algún tiempo, mientras gustaba lo que hacía. No me quejo, no se crean: la vanguardia es así. Me han pedido por favor, please, please, pretty pleas e, que haga algo con mi tiempo. Que aproveche mis talentos, mis investiduras. Que deje de molestar al personal, al resto de los pacientes. Que blablablá. Que quequequé ¿qué, qué?
Anyway, aprovechando la existencia de una vieja casetera en las instalaciones, voy a tratar de dedicarme a alguna cosa. En esta nueva vocación digamos… forzada, de crítico musical.
No se confundan. Como todo crítico musical, no hablaré de música con ustedes, jóvenes mortales. No hablaré de armonías, melodías, ritmos. Hablaré sobre un costado de la música, uno que muchas veces nosotros los músicos tratamos con desdén, con frivolidad.
Escribiré una breve reseña acerca de las bondades de la lírica de algún álbum equis, del uso de poética en la música como catalizador o liberador de sensaciones, de cadenas mentales. Ya se sabe, de hecho: mucho se ha hablado de las virtudes psiquiátricas de Rogelio Aguas y su grupo musical que no existe y que vivirá por siempre. En esta ocasión no queremos cruzar el charco, no hay que ir tan lejos. Ni en el espacio, ni en el tiempo.
De todas formas vamos a viajar, vamos a ir un poco en el espacio, hacia el río de la Plata, y un poco en el tiempo, hacia lo que en términos gregorianos fue o es 1974, porque habría más que decir.
Podría interpretarse de otra forma lo que voy a contar, sí. Why not? El sujeto, el observador (o el oyente, en este caso), es un ser prismático, caleidoscópico, que mira lo que quiere. Este disco tiene muchos años, y muchas oídas, muchas lecturas. Puede uno interpretarlo de la forma clásica: se conocen las dotes de crudo periodismo que hay en la pluma del señor de bigotes de dos colores.
Se mira lo que se quiere, según quién mire.
Hablemos, usted y yo. De la mente hablará un servidor, usted de lo que se le cante. Pero ojo, cuidado. Hay un poco de trabajo, un indulgente favor que le pido: debe desprenderse de los ladrillos de la historia, del pasado, de la cordura, de algunas realidades del aquí y ahora.
(Si quiere zeitgeist, déjeme decirle que eso no se obtiene mirando la vereda y sí mirando un espejo. Algunas veces, una vereda puede ser un espejo, y un espejo, una vereda. Pero eso es otro cantar.)

Como aquí estamos hablando de la mente, suponga usted que estamos en un Hospital de Salud Mental.
En cuanto a los ladrillos que están antes que nosotros, que esperan desde antes que veamos la luz del mundo… digamos que existió alguna vez un intento, sutilmente inútil (y patético), de atentado, contra dichas imágenes-ladrillos-palabras mentales, que se proyectan en el ser, delimitando, delineando los pensamientos.
Sutilmente inútil, sí, pero un ataque conceptual, honesto, verdadero, plasmado con colores únicos, particulares.
(Estoy pidiendo un esfuerzo de abstracción demasiado grande, tal vez. Para apreciar la poética, desprenderse del mundo. Desprenderse del mundo para hacer el mundo. Pinta tu aldea y pintarás el mundo. Pinta tu alma y pintarás...)
La chanza cósmica comienza en el diseño de tapa: observamos caricaturas que  representan lo que vamos a encontrar dentro, fotos en tonalidades de gris de nuestros dos juglares, a punto de ser devorados por gigantes de cemento. Las calles son tan frías cuando no hay nadie. Intentos arrogantes y dulces de poner la música en un pedestal paranoico, turbulento, de encierro, al servicio de mandar una postal al vacío con ayuda de mellotrones y sintetizadores de la psicodelia.
Al ingresar al álbum, podrá encontrar usted un clima enrarecido, como de guitarras eléctricas o acústicas, bajos, violines, armónicas, sirenas y baterías, voces y coros: se trataría de un cirque du freak, dando pinceladas de un plateado filarmónico, utilizado para darle una vuelta de tuerca, un sonido más… verdadero, de calle, atrapante.
Pequeñas anécdotas de un disco abre-mentes. Un disco que hay que escuchar con atención para intentar no perderse nada.




Se nos introduce por la puerta lateral de este circo, un pequeño teatrito (¿no era un hospicio?). Se enciende una luz, y una voz comienza a encuadrarnos, imagen por imagen, mientras se otorga, como apropiándose para sí, el título de abogada del futuro, de un bello sol, de un hermoso cuestionamiento. ¿Por qué?, pregunta. ¿Por qué obligamos a Casandra a esperar, a rezar, pidiendo que algún miembro del personal de maestranza realice la limpieza de su humanidad?
Llega el aviso: beware the jabberwock, my son. Hay seres que mueven los hilos dentro de este teatrito. Ojo, atención. Surge la pregunta, otra vez…
¿no es, acaso…
                       el terror
                                    a la soledad
                                                       lo que nos… obliga
                                                                                       a pegarnos
                                                                                                          a las instituciones?
…contextos que hacen de un payaso, un payaso rojo, o un payaso blanco. Surge una voz aleccionadora; obvio, como siempre. Dice que las cosas son así, te urge a que no preguntes más, ya está.
De nuevo, Casandra, triste, maldita, nos increpa. Siempre el mismo terror, el miedo a soltar las cadenas, nos hace esperar sin recorrer el atardecer de los sueños.
Así comienza el viaje, el pequeño relato en este teatrito, atención.



Sobreviene una suerte juego de luces: se encienden las estrellas de la carpa surrealista, al mango de un tango.
Casandra, la gran protagonista, vestida de gala, sale nuevamente a escena.
Cuatro cadáveres, cuatro casas sin ventanas van a reabrir sus ojos. Esta mentira se está terminando, canta Casandra. Se tiene que terminar, aunque alguna gente viva metida en un baúl.
Al parecer, este tema, esta canción, no debió estar, no debió ser. Se nos ofrece como un delicioso caramelo borrador. La censura reinante nos regaló con inmensa ceguera esta delicada pieza.




Esto se está poniendo bueno, pero oímos sirenas por todos lados, paniqueamos.
—Están todos los muertos, todos— la voz sale como de un parlante de verdulero—todos acá, para el que los quiera ver, desfilando en el escenario.
Cuadro sobre cuadro sobre cuadro.  Es un espectáculo realmente terrorífico, tanto que nos distrae del juglar que hace el relato. Pareciera como si quisiera vendernos los cadáveres. Llantos, tristezas, angustias, también los ofrece.
—Hay para elegir —dice, melancólico rufián.
Hasta las caretas podemos elegir —falsamente elegir—, para salir a la calle.
—Elija usted—increpa.
De nuevo el reclamo. Cómo identificarse por el yo, secreto de producción. Yo es Otro, yo es Nosotros. Yo, entonces, que crecí tan puro, tan limpio… ¿qué estoy haciendo? Surge una pregunta, una máxima, ¿cuántas veces?
¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?
Cuántas veces habremos de traicionarnos, de recortarnos, para estar. Cuántas veces habremos de salir metafóricamente a matar para existir, matar para existir. Burocráticos conceptos de discurso, conversaciones, instituciones simbólicas, inexistentes salvo en el fluido paso de las palabras. Instituciones, gran sombra posándose en todas partes.
Malditas instituciones.





Sale un clown, pareciera estar representando un cuento basado en un personaje real, de tres dimensiones. Nos habla acerca de los censores. Antes existía gente así. Ahora también, seguro. Pero lamentablemente para nosotros ya no llevan nombre, libres guanacos. De todas formas, no quisiera ponerme a divagar. Censores de la moral, tipos grises, falsos, que intentan decidir sobre las mentes de los demás, apresarlos, recortarlos.
Por suerte, el piolincito humanidad delata, se abre paso entre los dos centrales y cabecea al segundo palo. Su enfermedad, pobre censor, está en no admitirse, en negarse. Por lo tanto odiarse, odiar a los demás. Trata de señalar lo que es bueno, pero sabe, en el fondo. En el fondo, su propia humanidad lo censura de fuerte censura.
No se confunda usted. El poeta señala, pero no censura. Dice, revela. La ironía es la dura piedra en la que convergen realidades contradictorias. Inconscientemente, no es nadie, se dice el clown, mirándose en un espejo de mano, no existe nadie capaz de señalar a nadie. Se percibe una suerte de clima de película mellotrónica y el sonido de las tijeras, tijeras.
Tijeras por todas partes. Oh, ¡Casandra, vi! Tu nombre en los diarios. Y nadie te vio. Te veré en veinte años por televisión, canta el clown, cortada y aburrida.
A todo color. Tijeras. Moral. ¿Dónde? Cierra el telón.






Hay un pequeño intermezzo, un coffee break para salir a fumar y hablar de relaciones de pareja, de los miedos, de no entregarse. Todo y nada, para dar.
Un grupo de cinco púberes agrede a una monja, parece una carmelita descalza: ¡falsificadora!, gritan, ¡libérate! Es rescatada por un policía, le acaricia el velo. No llorés, nena, que no es la muerte, parece decirle, pero estamos lejos y bajo los techos alumbra el sol. Te podés quedar, yo también busco algo, dice el cana, ampuloso, casi a los gritos. Tal vez bajo las sábanas… promesas artaudianas, entre calientes y amargos mates. Dentro del circo se oyen ritmos alegres, esperanzados.
Naranjas y verdes.
Algún inexistente lector habrá leído la composición de Rimbaud sobre las vocales, una rabiosa y adictiva música visual.





El acomodador nos vuelve a llamar adentro, esto sigue. Se abre el telón. Vuelve la actriz principal. La pequeña vidente, poor little thing. Qué decadente, dicen dos gordas, qué horror. Está casi en pelotas. Las viejas de al lado dicen que la nena está enfermita. La niña es tan hermosa, tan… Dos por dos igual a tres.
Creyeron que Alicia estaba loca, pero... la locura es poder ver más allá. Hablábamos de la verdad de verdad, de esa dulce verdad. De la liberación de dulces y pobres almas que cuentan cosas que uno suele olvidar. Alguien sigue viendo.





Alguien sigue viendo. Se apagan las luces; un, dos, tres, va. Guitarra, música de fondo.
En la escuridá, había una vez y salen tres actores. Una bailarina llamada Julia y dos payasos. Oh, casualidad, uno rojo, otro blanco. Manierismo en los movimientos, duro terror a los jueves. Nadie se entiende, realmente es un espectáculo grotesco. Comen y comen, qué vil razón; les molestaba su barriga, o no. La bandeja vacía para una señora disfrazada.





Termina el vergonzoso sketch. Aberrante, susurran las gordas. Desde alguna parte surge un estanque; dentro, hay un acuático bailarín, Proteo-delfín de traje gris que baila y nada, nada y baila. Y nada de nada, gris, gris. Un largo nado gris donde se proyectan imágenes victorianas basadas en relatos de Oscar Wilde, esa gran antena.




Salen los directores, una guitarrita, iluminación simple. La pregunta ¿todo esto, para qué?, ¿para quién? Al que entiende, no le interesa; al que interesa, ya lo oyó, o no lo comprende. De una oscura forma zen, son sus propios maestros, se responden. Para toda la gente, cantan, a pesar de las paredes. Por esas mismas paredes, como en un intento de demoler, de destrabar al fin, remover las cadenas.
Estos muchachos, estos ángeles hijos de barro sólo son canales por los que se expresa un inconsciente colectivo en ebullición, fuerza de la naturaleza humana.





¿Y para qué más? La represión viste un saco azul triste, vive como pidiendo perdón y se esconde a la luz del sol. Para señalar, siempre, para apabullar, golpeando a los vendedores de falsa verdad, alquimistas renegados que colocan cadenas, grilletes de cartón en la mente del hombre ¡esos represores!





Al final, con las luces encendidas, por fin. Todos los artistas suben al escenario a cantar la canción del Ejército de la Paz. Cae el telón.

La idea es hablar sobre libertad, sobre la mente. Para el próximo número hablaré de lo que verdaderamente quería hablar hoy. El segundo disco de Turf, Siempre Libre.

jueves, 11 de abril de 2019

Hacia una realidad poética. Manifiesto Esquizofrénico


(El mundo habitado por títeres del Lenguaje)

—    Where do we could come together, with this shitful, poor language, as the most trustful embarcation, a phantom boat with more holes than wood?
—      A man is not an island, but almost. Isn’t it right, Robinson?
—    If you say so, Ben.

—     Extranjerismos.
—     Está lejísimo, nomás, la Realidad, un horizonte zurcido a golpes y parpadeos.
—     La Realidad no existe.
—     En realidad, existe como convención.
—     Toda convención es política.
—     Política es la disputa por la Realidad.







1.0 ¿En qué barrio se perdió la humanidad?

Hay una forma de contar el mundo que lo delimita y lo restringe. Una forma que existe desde el poder y hacia el poder, lo incrementa y lo refuerza. Nos hace sentir, creer, pensar, que sólo existe una realidad, un mundo. Le da sentido, estructura ese mundo en una narración, lo cuenta. La historia es un instrumento y delinea lo que uno percibe como Realidad.
Vivimos en un planeta y en una era de apariencia de sentido y de conexión. Un sentido único (la visión de los Conquistadores), una conexión cada vez más inmediata, más real. Es aparente porque esa conexión se encuentra domesticada por eslabones, algoritmos, discursos, informaciones falseadas que diseñan y delimitan el verdadero contacto con la Otredad, lo absorben, lo hacen más “Real”.
Vivimos en una era de plástico, en la cual, a una humanidad/mónada sin ventanas, se han añadido dispositivos de entrada —pero no de salida—, artefactos que funcionan como cadenas, reforzando mecanismos de dominio y de control, dando una sensación ilusoria de libertad, de posibilidad de realización, de plenitud.
Nos obligan a comer platos premasticados, sin posibilidad de rechazo y sin posibilidad de depuración, de filtrado propio, de expresión.
Caminamos con la sola posibilidad de compartir una noche fría, otoñal, sin posibilidad de verdaderamente ingresar hacia el Otro lado.


1.1
Antiguamente, la religión y el arte se disputaban la realidad. Hoy la religión ha cambiado su disfraz o ha adoptado nuevos amos. Es el fascismo new age de la posesión, de los Conquistadores. El arte, por otro lado, fue adoptando, aceptando una correa, una forma asfixiante y asesina de horizontes plausibles, diferentes.
Los voyants navegan hacia el acopio de oro y el tráfico de esclavos para que el silencio haga brotar —si somos buenos— de la disonancia de dos polos el resplandor del Lenguaje, durmiendo la mona dentro de una verde botella, flotando en la nada hacia la Nada.


1.2.1
Hay otras formas de fabricar la realidad, de “contar”—de vivir, más bien— la historia. Porque la realidad se fabrica. Una de ellas es la de la magia, la de la poesía.
La magia sirve para demostrarnos que se puede vivir de otra manera, que existen otras realidades, más profundas, verdaderas. Para ofrecernos ese camino se muestra, se enseña.
Hay que matar la historia, matar la literatura, matar la religión, matar el arte. Hay que matar las formas que ha tomado la historia para contarse. Se trata de restablecer la importancia de la forma como elemento desestabilizador, desestructurante, de una realidad petrificada, normalizada. Sustituir la poesía de álbum por la vida poética, porque la historia no sólo se narra, también se impregna.

1.2.2
Pero el acto de aniquilar la historia/literatura, el acto de empujar la piedra hacia una cima donde un ave carnívora se morfa el hígado de un compañero, es un acto gastado, un acto que se remonta prácticamente hasta el inicio de tan pútrido arte. Sin embargo, hay que hacerlo una y otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez, cayendo tenue la hojarasca, las distintas capas de Realidad, como las medidas de un amor, un amor que necesariamente debe contener la semilla del encuentro, un encuentro fugaz pero sacrificial, cíclico, ritual. Somos árboles que van perdiendo sus hojas, regalando nervaduras nutridas desde la raíz.




2.0
No se trata de realizar un trabajo excluyente o elitista. Se trata de la revolución, siempre se trata de la Revolución. No de una revolución estética o material, sino de una verdadera revolución que haga saltar la rueda del mundo.
Nuestra lucha es la disputa por la Conciencia, por la Realidad.
Percibir la construcción de Realidad, fluir, formar parte de ella, empoderados, con una cierta nostalgia en los ojos. Con un Lenguaje nuevo —lo más nuevo posible—, con aires de final de odisea.
La vuelta a casa, el paraíso perdido.
La revolución consiste en perforar las paredes y los espejos de esa cárcel que es el ego, y nada más. El paso afuera es íntimo, la reunión es colectiva.


2.1
El ego aflora por resquicios peligrosos. Luchar contra el fascista que todos llevamos dentro, luchar para no convertirse en un fascista, incluso —y sobre todo— cuando se cree ser militante revolucionario. El fascismo existe en todos nosotros, habita nuestro espíritu, está presente en la vida cotidiana. Nos hace amar el poder, desear la misma cosa que nos domina y nos explota.
No pretender, no intentar ser —no querer ser— el conductor de una revolución que será solitaria, en tanto y en cuanto humanidad existimos como mónadas sin ventanas, porque no necesariamente tendrá conductor la revolución, aunque sí tendrá militantes, las hormigas picaparedes de siempre, los vampiros que no encuentran reflejo en ninguna parte.


2.2
Fuera del lenguaje no hay nada, dijo un vecino que pasaba. El lenguaje es otra pared.
El Lenguaje no es inocente, el lenguaje es la pared en su forma más fina, construida por los conquistadores.

Nuestra lucha es la disputa por la Conciencia, por la Realidad. Por su construcción. Por el Lenguaje. Somos militantes de la paz y del Ser. La escritura, una de nuestras  herramientas. Militando (respirando), aprendimos que toda escritura es ejercicio de escritura, un borrador de un texto fantasma que verdaderamente vendrá a engullirse al mundo para arrojarlo hacia una realidad multiplanar. La fantasía con la que se masturbaba Mallarmé como un horizonte hacia el que camina el pueblo; el arquetipo, el ideal platónico, no como una forma existente de la que todo proviene, sino como prisma hacia un devenir, una corriente, un fluir constante.




3.0
Actualmente, el arte, la religión, sólo narran —incluso las artes plásticas han seguido el camino hacia la Historia. Todo —sobre todo, la realidad hegemónica— sigue una construcción narrativa. Hay en esto una exclusión consciente de la forma que va más allá de lo formal, del modo de acomodar las palabras. Lo que hace a la forma —un estilo— queda recluido casi a la pulcritud o al exceso, una dicotomía aberrante.
No hay más intentos de aproximarse a la disputa por la realidad mediante otro ramaje. La forma pierde su poder corrosivo, no se ven obras que ejemplifiquen con el diseño del texto su propio contenido.


3.1
En realidad, existen intentos —escasos, verdes vidrios flotando en el océano.
Intentos de socavar una forma rígida y rancia.
Intentos que sólo parecen quedar en intentos, pero algo nos empuja a intentar, algo —un acercamiento político a la Realidad— que tiene relación con (el intento de) su transformación. Para subvertir un lenguaje, el dominante, normalizante, que impera como discurso hegemónico, pueden existir millares de variaciones, arietes, flechas. El trabajo sobre la forma es una.
Son manotazos de ahogado —uno que antes fue náufrago— esperanzado, que lanzó sus últimas palabras al océano, cuando mecánico y fatigado dejó solo al cuerpo decidir autómata entre la última brazada o descolgarse la botella vacía, esa que lo había acompañado a lo largo del naufragio solitario, botella triste arrojada lejos, lejos de un cuerpo pronto mordisqueado por los peces, a ver si alguien alcanza su contenido sólido, hojas de palmera a las que un muerto garabateó con sangre una perra y pérfida historia que agotó su voluntad, su cuerpo y su cordura.
La disputa por la realidad es un laberinto, la salida no se ve. Aunque algo nos empuja a intentar desandar un camino selvático. Somos lobos solitarios en la espesura, sin señales para guiarnos. Salvajes deambulamos por ahí, sin máscaras ni disfraces, sin más maestros que las sombras que han surcado el camino, huellas gastadas de otros fulanos sobre pasillos de la jungla de plástico, entre ramas y raíces gruesas de góndolas del Supermercado.


            3.2
Pensar en la historia, en la literatura, en la escritura, en la novela (como género y como herramienta de búsqueda).
No hay género dentro de la historia —perdón, digo… de la literatura— que necesite más consideración y renovación sostenida que la novela, escribe hace unos cuantos años Susan Sontag. La pasión por la documentación de la experiencia, dice, convierte a la novela en la más abierta de las formas artísticas, pudiendo acomodarse a cualquier nivel de lenguaje, trama, idea o información. "Es la llave de su propia destrucción y la posibilidad hacia algo nuevo." Aquí también hay que trabajar, empezar a dar pequeñas batallas. Mucho barro, mucha piedra, mucha maleza que reconocer, mucho territorio que disputar. Por ejemplo, las nociones de psicología y de realismo.

            3.2.1
La realidad no es lo inequívoco, en tanto y en cuanto no existe realidad objetiva —“el mundo es mi representación, no existe experiencia posible fuera del Yo”. No existen hechos, sólo interpretaciones. La realidad como la conocemos es una imposición construida desde sectores conservadores, los vencedores de la historia, los que siempre ostentan el Poder, que sólo amplifican los canales y riegan las plantas de discursos, ciencias o artes que lo sostengan, rindiendo pleitesía. Lo sabemos todos. Sin embargo, hablar sobre realismo continúa siendo moneda corriente, y el realismo (que es una de las máscaras de la ficción), se fue disfrazando —bajo la forma de descripción pulcra y objetiva— de historia, de método científico.

3.2.2
En cuanto a la psicología, como herramienta en algún momento fue más que valida, hizo su laburo. Hoy es obsoleta. Desde el surgimiento de la psicología como ciencia, la novela, como género de la historia, ha bebido de ella, en mayor o menor medida. Con el correr de los años, la corriente realista/narrativa del discurso hegemónico fue obliterando caminos abiertos que se intuían mediante la experimentación por esa vía, y la psicología, que se quiso revolucionaria, terminó reforzando el status quo, delimitando un cierto territorio definido de acciones humanas posibles y sus causas y efectos, mediante fórmulas mágicas y enunciaciones totalizadoras.
Habría que sustituir, como sugieren Deleuze y Guattari, el lenguaje -psicoanalítico y anquilosante- del poder, por el de la poética del esquizoanálisis, dar un paso al frente hacia la forma sin contenido, facilitar, hacer de la Poesía un verdadero túnel hacia afuera. Es la tarea de un militante revolucionario.


3.2.3
Hay que acabar tanto con el realismo como con la psicología. Nuestra disputa es por la política de Realidad.
La literatura ha bebido de muchos cántaros. Ha tomado, incluso, de los medios de masas ciertas formas (en las que impera el contenido y no precisamente la forma, excluyendo la posibilidad firme de disputa por la Realidad). Este paso, como el dado hacia la psicología, fue un acierto en su momento, pero ahora, por el peso del tiempo y el camino recorrido, podemos decir que es un camino cerrado, agotado. Por esta vía, la escritura se va alejando del arte concebido como herramienta transformadora, al haber otras formas artísticas más eficientes (e inmediatas) de utilizar el lenguaje del que ella misma intenta apropiarse, como camaleón. La literatura toda, en realidad, camina hacia la regresión, hacia la oralidad. Dylan ha ganado el premio Nobel. Para muestra, un botón.


3.3
Nos acercamos al apocalíptico fin del libro tal como lo conocemos. Qué alegría.

Todo arte es peligroso. Una obra de arte es una aventura de la mente, una emancipación del espíritu. Hay que rechazar los medios de la psicología narrativa clásica y proceder a utilizar otras armas para perforar la pared, retazos fragmentados, “un respeto ilimitado a la complejidad”.

Nuestra revolución es la Consciencia. Las distintas formas de arte, a su modo, herramientas.
La herramienta novela se encuentra en su adolescencia. Una larga adolescencia. Tiene un déficit hormonal que le impide crecer, fantasmas varios tiran de sus pies. Para que alcance su mayoría de edad, para que sobreviva, dice Sontag, habría que enfrentarse a todo tipo de cuestiones, entre ellas la idea de progreso y la metáfora de la vanguardia, asumiendo que se reducirá el público de la novela, al exigir el ancla de la clandestinidad, mimeógrafos escondidos en el fondo del armario. La aceptación de extracción de nuevos placeres y verdades en la ficción en prosa, el aprender a hacerlo.




4.0
Habrá que buscarle nuevas utilidades a la escritura, si es que tiene que tener alguna —y si es que quedase alguna en Objetos Perdidos—, o retomar caminos bellos y hoy ya casi olvidados, vencidos por la dialéctica histórica, engullidos por la necesidad de narrar, caminos llenos de maleza hacia los que se aventuraron tantos héroes solitarios y del que no regresó ninguno. Traducir una expresión seria, una producción de realidad formal, a un texto absurdo. No pretender la originalidad, no confundir la producción con la distribución. Sólo traficar ideas, señalar salidas del laberinto, ir desde el Yo hacia el Otro.


4.1
El artista debería ser la tragedia del espectador, el escritor la del lector. Una lectura esquizofrénica, multipolar, rizómica, para abrazarlos a todos. Llevar los borradores de Ionesco hacia el ventilador, hablar sin decir nada, para trascender perforar la pared, reconociendo la banalidad, la ausencia de vida interior, como una forma de aprehenderla, Vida, encorsetada por el ego domesticado del hombre.
Para trascender el ego y Ser, mostrar el rostro del ego, la artificialidad del paraíso, del poder que disfraza nuestra cárcel de reino. Nos veremos obligados a leer varias veces para comprender, para sentirnos capaces de juzgar. Algo hace tiempo aceptado en pintura, música, escultura.
Todo revolucionario moderno es un artista y un esteta, y un autor que no enseñe como aproximarse a su obra, no enseña a nadie. Un autor –en este caso un escritor- debe instruir a otros en la producción, en primer término, y en segundo, poner a su disposición un aparato mejorado.


4.2
¿Cómo? Haciendo del lector un camarada, un compañero, un colaborador. Así se logra perforar la Realidad, sangrarla por el Tajo, siendo transgresor, yendo donde los demás no van, sabiendo lo que los demás no saben, para regresar, y compartir el Fuego. La revolución es una disputa por el Lenguaje y por la Conciencia.




sábado, 14 de julio de 2018

Libre Albedrío, locos. Un poco.



por el Heladero




I.

Ahogados en baldosas,
hojas en blanco…

donde estoy parado
ya no entro
en la piel, perdí
el guión de la obra,
el personaje
extinto
quedó, muerto
pedradas pecadoras
en el acto redentor.

Caminos de viento,
invisibles, al cielo…

donde está el cuerpo
ya no importa
el agua salada,
el frío verano
de ácidas lluvias,
borra
los huesos, y los ojos
rojos duermen
una armoniosa madrugada.






II.

Cuesta levantarse. Aún a esta hora y habiendo dormido todo el día. Cuesta ponerse los abrigos y luego de un interminable etcétera, salir. A la calle, bajo la lluvia de frío Junio que tapiza las paredes de las calles. Claro, con tanto frío, con escarcha formándose de la exhalación. Más vale que cuesta. Pero hay que salir. A veces nos dejan y hay que aprovechar.

Nos empujan sin saber, nos incitan a caminar las calles. A vivir. La helada precipitación moja los pómulos helados, se desliza por la nariz helada y toma el último salto helado, suicida, hacia la campera helada o el suelo… eh, ¡Qué existencia más efímera!

Caminando entre charcos se pegan las gotas al cuerpo, enamoradas, febril, fugaz, eterna, mente. Mientras duren, buscando magnéticamente un Sur. Difícil encontrar un remís, el famoso tacho, en este temporal, cuando todos van. Tan apurados, precipitándose. Y nadie mira a nadie. Simbiótica, inconsciente noción del tiempo. ¿Zeitgeist? Tu vieja en pelotas. Me dormí escuchando una voz que es poesía, hablando del aplastamiento de las gotas.

Una cafetería, bello respiro. Llena. De gente, abarrotadas partículas que se hacinan en otros tipos de charcos. No importa, mejor entrar. Son las seis y media de la tarde. Llueve a catarros (¿a cántaros, dijo? Sí, a cántaros, sorda), perros y gatos, diluvia, etcétera. Etcétera como forma de describir un diluvio. Entrar de repente. Y de repente una mesa libre. Arena en el oasis, qué bien. Algo para beber, sí… un té, puede ser. Muchas gracias.

Esperando relajado, escurriendo los minutos. Viendo las gotas caer. Gotas finas, gotas gruesas, gotas. Que caen. Rápidamente, golpeando la ventana distrayendo de los pensamientos, que como gotas etcétera. Largas historias de imanes y metales. Cae el mozo con el té, se hizo tarde para las cinco. Puta madre. Siete menos diez, conejo de mierda. De todas formas, no me calienta. Me siento atraído por la belleza de las gotas, por su musical sonido en la ventana.

Mientras observo estas amigables compañeras, noto. Pasa algo raro. Caen cada vez más, y más. Lentamente. Hasta que finalmente dejan de caer. Me sorprendo, con la visión. Millones de cristales translúcidos suspendidos en el aire, sostenidos por un invisible cordón. Busco ese fino registro del Divino Marionetero. Y no lo encuentro. Sigo sorprendido, atónito. Me dirijo a la calle. A maravillarme del hermoso paisaje, y parece. Que soy el único que se mueve, el único que ve. La calle está desierta. Es increíble ver el candelabro celestial, místico. Es más increíble que el sol, ausente con aviso todo el día, se haya posado sobre los techos. ¿De Pompeya? De Pompeya, si querés. No se puede ser serio, diómio. Esas gotas, retomando, ese pedacito de cielo, comienza a transmutar. Ante los ojos se convierten las gotas en herramientas, en prismas que devuelven luces de arco iris. Luces de todos los colores iluminando la calle vacía, semejando caleidoscopios. El calor del sol hace que se estremezca hasta la última célula de este cuerpo.

Este espectáculo está hecho para mí, Alguien pensó este espectáculo sólo para mí.

El aire dorado, las perlas multicolores, el Cielo que bajó un ratito está disipándose. Las gotas vuelven a caer lentamente, y de a poco. Va acelerándose el ritmo, el sol. Se esconde, nuevamente, oyendo. El sonido de la lluvia en la ventana con una sonrisa, abro los ojos húmedos, salados. Termino el té pasadas las siete.

¿Alguien?