Mostrando las entradas con la etiqueta Argentina. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Argentina. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de febrero de 2020

Cuarteles de invierno, algunos apuntes




Caminando por las calles de Londres, escuchando a Clash. Así te imagino, aunque no creo que eso haya sido precisamente lo que has hecho. No veo a Londres como London Calling; pienso en Bowie, el Jesús de los suburbios. Hay historias de patos mordiendo a perros, largas historias detectivescas de las que no puedo desactivar un gen enrarecido que atribuyo a la sensación de inminente apocalipsis que carga toda mi generación. Me cuentan que la reina verdadera está en un barrio del suburbano, en silla de ruedas, con un cuervo en el hombro. Bastante loco.

Empezar a ver cierta “lógica” –entre comillas, por favor- en el entretejido de las cosas es esclarecedor pero excluyente; hay peligros de torres de marfil, castillos de ego que hay que evitar construir, o en todo caso que debe superar; en el camino del héroe está previsto todo esto; estudiar la caracterización de los textos, qué es lo que hace a un discurso un discurso profético -¿existen todavía o esa categoría fue engullida por discursos paranoides atomizados? , cuales son las marcas en el hilvanado de palabras que hacen que un discurso tenga determinadas características y no otras. ¿Para qué? Intentamos evitar el fascismo interior, la megalomanía, la locura. Aunque sabemos que esto no es lo más peligroso, de todas formas.

Casualmente, la locura colectiva parece ser siempre la más razonable. Después del desarrollo humano de fábricas de muertos, estilo Auschwitz o la ESMA, esto está fuera de discusión. Algo que pinta muy bien Soriano es el trazo tragicómico del ser argentino. Quedarse con la idea de puertas que se traspasan, de distintos escenarios esparcidos a lo largo de un teatro. No hablo sólo del tablado, del escenario propiamente dicho. El viaje del héroe es una suerte de movimiento, en cierto punto.

¿Por qué somos argentinos? Porque en nuestra infancia nos enseñaron a ser argentinos; aunque sea de forma tangencial vuelven determinados símbolos, a determinada hora; todos hemos sentido alguna vez el pulso de la Historia. Qué tentador este discurso unificador, qué perfecto hasta en los baches hechos por la memoria, fíjese, los que permiten enlazar, como una bruma, la utopía argentina. Sombra terrible de Facundo, etcétera.

Tengo planes musicales, para los cuarteles infernales, parafraseando a Calamaro leyendo a Soriano; me voy echando de menos, canta, a los amigos buenos, las pequeñas grandes cosas. Cuarteles de inverno tiene cierta forma de ir adentrándose en lo onírico, pienso en la escena del hospital, la salida del cadáver; el culto a la amistad especificando la cantidad de círculos que posee el infierno y el corolario de unos Dante y Virgilio muy particulares.

Virgilio como el amigo imaginario de Dante; ¿Rocha como el amigo imaginario de Galván?, vos sí que sos un pícaro, Georgie boy.

La sublimación a nivel simbólico a través de la pintura de determinados arquetipos es remarcable.

El gordo Soriano como legitimación de un discurso nuevo; la gente busca y lee el diario donde escribe Soriano, un escritor de literatura popular, menospreciada por el stablishment literario pero no por los ciudadanos de a pie. El escritor de ficciones como desarticulador de la ficción del poder estatal (y en su momento, quizás también del poder a secas). Soriano es un detective alucinando una Argentina delante de una máquina de escribir, Soriano dibujando la Argentina delante de su máquina de escribir.

Ciertamente algo de Soriano que se nota a primer vuelo es una relación íntima con la lengua popular y una intuición que podría asociarse a determinadas formas de valorar el talento. Creo que los hábitos en los escritores tienden a dejar ciertas marcas, porque tenemos cuerpos, en definitiva, porque esto que estamos haciendo y se llama escritura se transmite a lo largo de un cuerpo en primer lugar antes de siquiera tomar contacto con la pared blanda -es verdad: hay un paso previo y es la concepción del acto en la mente; ¿dónde ubicamos a la mente?-. En algunos escritores esta marca del cuerpo en la literatura es la miopía, en otros las huellas de la vida bohemia, el uso de diversos venenos, en otros el cigarrillo, o la música, la vida nocturna. Según la leyenda, Soriano escuchaba historias que le traían las lechuzas.

Pareciera conveniente siempre llevar la historia (una historia cualquiera, una protohistoria incluso) a escenarios definidos y maquetados, como pueblos o instituciones; se rescata muy bien la paranoia que circula por estas maquetas republicanas, al igual que la presencia del terrorismo de Estado.
El pensamiento del ejército invadiendo la cultura popular; la injerción en el terreno del boxeo es magistral; el sentido del humor a lo largo de la historia es muy fino y a la vez accesible en distintos niveles.

Pienso en Soriano y creo que me gustaría intentar asomarme un poco más a ese mundo; parece piola el muchacho. Amo la porción de Salgari que veo en sus ojos.

Creo en el amor a través del tiempo y la materia, creo que hay hilos inexplicables a lo largo de la historia que solo pueden sostenerse con un vínculo del tipo astral o algo por el estilo. Pasa que está mal desde todo punto de vista admitir ciertas cosas; un amor a destiempo tiene esas cosas, ¿pero no es el amor, acaso, eso que sucede fuera del tiempo?

¿Dónde está la idea de lo que es Argentina?, ¿En qué cajón de la mente se guarda?

Una especie de potencia remanente, una desmesura; es un hueco existencial, un significante (para) siempre vacío; la locura, el emerger de la conciencia, transformar el dolor en militancia. La inadaptación social, el cielo como bandera; pienso que a los argentinos nos han imbuido (quizás sin saberlo, pero con cierta intuición poética que es de lo mejor que tiene el espíritu humano) con un circuito peligroso para el sistema de opresión mundial, y que no es otro es el que tienen todos los pueblos (hablo de los pueblos, como colectivos históricos) de significarse a sí mismos, el de soñar, con la libertad, la justicia y la soberanía de todos los habitantes del planeta.

Hay un nuevo movimiento, un nuevo viejo movimiento que rescata la empatía, y que dice Yo es Otro. A los argentinos nos tocó la parte de la bandera, en la repartición de señas populares de un movimiento de liberación que abarcará a toda la raza humana, y que un día terminará con la percepción de etiquetas, fronteras y otras yerbas, reencauzando a la raza entera sobre la conciencia de estar habitando un planeta vivo, mayor que las hormigas que lo surcan.

Las ganas de compartir una locura, la periodicidad del movimiento, la interminable eternidad que supone un gesto diminuto. Lo estoy haciendo panfleto; estoy desecho, lleno de lágrimas. Entregué lo único sagrado que tenía en este altar a la Belleza; maldita suerte.

Cuando tenga la tierra suena hasta en Netflix, y eso que parece tan superfluo es algo importante; estamos parasitando el lenguaje. No sé si es así la historia, sé que hay dos historias que se cuentan, una por arriba, otra en lo profundo. Hay un nombre solitario que permanerá inabordable durante la eternidad; el precio de la poesía es el silencio. Es así, más que eso no podremos aprehender jamás.


miércoles, 29 de mayo de 2019

Apuntes sobre el Estado




En estos días se habla poco de lo que es el deber de un Estado, incluso de lo que un Estado es, lo cual, a mi criterio personal, es un error que nos hace caer en comentarios y confusiones casi terraplanistas. 

Vivimos en un Estado del yo, la dictadura del ego. El yo es el estado "natural". El Otro siempre se encuentra, en el reparto de fuerzas, en minusvalía. La elección entre la piedad y la violencia es una simple variación de grado, de forma y de disfraz. Restituir la equidad, la mirada inocente, enjuagar las palabras de la tribu (y con ello la percepción de realidad) es la tarea del chamán.

Lo del Estado es algo, un conocimiento, que hay que reforzar de vez en cuando, como tantas otras cosas. La instrucción cívica queda recluida en las escuelas, cuando debería ser algo permanente. Los pueblos nunca se equivocan, pero a veces, tienen la memoria de un pez. 

La disputa por la realidad es la definición de la política. Al menos, una de sus aristas. En esa disputa también entran la definición de Estado y sus obligaciones.


Un Estado es una superestructura social que, según Weber, como administración, sostiene el uso monopólico de la fuerza. Es decir, el monopolio de la violencia. Según el marciano Marx, el Estado no es el reino de la razón, sino de la fuerza; no es el reino del bien común, sino del interés parcial; no tiene como fin el bienestar de todos, sino de los que detentan el poder; no es la salida del estado de naturaleza, sino su continuación bajo otra forma. Idea a la que sin duda suscribiría Hobbes. Otros, como Hegel, sostienen que el Estado es la conciencia de los pueblos, la realidad de una idea ética, el espíritu ético en cuanto voluntad patente, clara por sí misma, sustancial, que se piensa y se conoce, y que se cumple lo que sabe. 


Por supuesto, alrededor de todo ello revolotea la disputa por la realidad. Conceptos de Estado que rondan sobre el orden como principio organizador de la vida en comunidad. Un orden que, como reflexiona Marx, es la continuación de la naturaleza. Darwinismo social: todavía sobrevive el más apto. El orden, regulado por la violencia como herramienta última. 

Hoy en día, esto no es tan así. Al menos, no es tan claro quien detenta el poder de ejercer violencia, de forma real o simbólica. Pero no nos adelantemos.


El humano, como animal, es un depredador omnívoro. Un conquistador que ha “civilizado” su sed de dominación, disfrazándola de autoridad. El Estado surge inmediatamente de ello, en una población determinada, con un territorio definido. Sobre la palabra Estado generalmente confluyen estas otras tres: autoridad, población, territorio. Más adelante, se le incorpora el concepto de soberanía.


La autoridad depende de la legitimidad. Antiguamente, la autoridad bajaba del cielo: existían los emisarios de dios en la tierra, los sabios, los santos, los elegidos, los dueños de la palabra -de su producción y distribución-, los reyes, los príncipes. Hoy se recibe legitimación de otras formas, un poco más transparentes que aquellas provenientes de linajes “puros”, “de sangre azul” o de mensajes esotéricos interpretados por unos pocos.  O eso parece, al menos.


La soberanía es el carácter supremo del que aplica la ley, del que tiene la capacidad para hacerlo. Así como antes soberanos eran los reyes, ahora es la colectividad o pueblo, y ésta da origen al poder enajenando sus derechos a favor de la autoridad, dijo un autor, justificando el contrato social. Cuántos pueblos se han refundado en base a esa idea, a esa “democratización” de la soberanía. 


Democratización en papeles, podría decir alguien (el enano pelado y liberal que todos llevamos dentro), puesto que se “delega” el poder del pueblo a un cuerpo de “gobernantes”. Los gobernantes adoptan una máscara y desempeñan (representan) un papel en el tablado, "un cargo". Es un teatro un poco más grande, nada más. Pero siguen actuando, como todos. Todos hablan de pueblo. No todos dimensionan de la misma forma el tamaño de la palabra. 


La democracia podrá ser un sistema pútrido, decadente, burgués, pero es lo mejor que tenemos, podría replicar otro. Hemos vivido todos los totalitarismos. El último está en la casa, según el capitalismo y el psicoanálisis. La pequeña novela familiar. Porque hay novela, hay Estado.

Vivimos en un Estado del yo, la dictadura del ego. El yo es el estado "natural". El Otro siempre se encuentra, en el reparto de fuerzas, en minusvalía. La elección entre la piedad y la violencia es una simple variación de grado, de forma y de disfraz.

Hasta ahora. Toda disputa por la realidad es política. La realidad se construye con imágenes perceptibles, penetrantes -y penetrables-. El día que el animal humano salga del estado de naturaleza coincidirá con el fin del Estado, profetizaba el fantasma de nuestro padre. Restituir la equidad, la mirada inocente, enjuagar las palabras de la tribu (y con ello la percepción de realidad) es la tarea del chamán. 






La construcción de realidad es un consenso, una relación de fuerzas entre quien sostiene la soberanía y la legitimidad -de lo que se puede percibir, lo que se puede mostrar, lo que se puede decir- y los que se someten a la misma, voluntaria o involuntariamente (el último paso es la violencia). En ponernos de acuerdo en que esto es rojo, aquello un caballo, esto otro una calesita, aquello el amor, esto otro la pobreza y allá lejos, la libertad. Con reglas definidas puestas por un “árbitro, un código, un elemento superador”. En cierta forma, todo formato impuesto de orden puede ser considerado como una dictadura. Habría que calificar como relevante sólo el problema de quién gobierna (quién nombra) y no solo el cómo. Falta algo, un salto, que nos haga morder nuevamente la manzana. 


"La comunicación es la transmisión y propagación de información, nunca una idea nueva". Estoy citando a Deleuze. "Una información es un conjunto de palabras de orden", dice el jovie. "Cuando se informa, se dice aquello que se debe creer: Informar es hacer circular una orden. Las declaraciones de la policía, continúa Deleuze, son dichas muy exactamente, son comunicadas; se nos comunica la información, quiero decir, se nos dice aquello que es conveniente que creamos. O si no, que no creamos, pero que hagamos que lo creemos, no se nos pide que creamos, se nos pide que nos comportemos como si creyéramos. Esto es la información, la comunicación, e independientemente de estas palabras de orden y de la transmisión de las palabras de orden no hay comunicación, no hay información. Lo que no lleva a decir que la información es exactamente el sistema de control". 


El uso monopólico de la fuerza ya no lo detenta el Estado, porque el Estado es otra ficción, una construcción. La violencia se escurre por los poros de lo social, el poder está en otro lugar. La fuerza física, puede ser, si me apurás, que siga en manos de lo que comúnmente llamamos Estado. La policía, los ejércitos, las cárceles. Pero la fuerza simbólica es de otros. 

Los mercados, los medios de comunicación. Pueden señalar, empujar, influenciar, abiertamente o bajo la mesa, hacia una dirección. Siguiendo un tipo, un protocolo. Pueden manosear y manipular al Estado –y al pueblo- sin que siquiera se perciba el acto. Son actores invisibles, sin máscara, que disfrazan su discurso de "natural", de "fatalidad inevitable". Esto, sumado a la decadencia de un sistema de representación que tiene su par de siglos plantea nuevos lugares de disputa, nuevos problemas, nuevos espacios donde se juega su carta el balance de poder entre dos o más fuerzas.

¿A dónde quiero llegar con esto, mis amigos?, me interpela un Salmón. Su voz se hace mía. Demasiada pelusa para muy pocos ombligos. No hablemos del arte, dice Deleuze, hablemos de contra-información. Una contra-información que no se vuelve efectiva sino solamente cuando es un acto de resistencia. 

La disputa por la realidad es la definición de la política. Al menos, una de sus aristas. Disputa que se da cita en el ámbito del estado de barbarie, de los nombres sin dueño, de la magia, de la poesía, del amor, de la empatía. Y de la libertad.

 




Digamos que una posible pregunta para arrancar a pensar sería, ¿cuál es el deber (la tarea) de un Estado, en este contexto?

jueves, 30 de agosto de 2018

Caniche Toby

por Gregorio Marman











- Compañero, la igualdad implica en lo que concierne a la riqueza, que ningún ciudadano pueda ser tan rico como para comprar a Otro, ni tan pobre como para verse forzado a venderse-, escuchó.

Oh, qué náusea. Se sentía enfermo, Tobías. No le gustaba ese comunista de Juan Santiago, eso de la igualdad y la riqueza era de una blandenguería inaceptable, al menos para este rincón del mundo. Por suerte, hay cosas que van proscribiendo en la reescritura del orbe, barcos que se estrellan en la Nada, antes, justo antes de llegar al puerto.

Nos dicen oligarcas, ¡ja!, ¿Qué saben de la oligarquía? Más metros cuadrados de tierra y cabezas de ganado que familias, más empleados a los que bautizamos con el apellido de papá. Y guita… no sé por qué pero los billetes de ahora con los colores y los animalitos quedan más lindos. Emprendedor, como los grandes de la Patria, se dice Mëdric, mirándose al espejo. Debería afeitarme el bigote, ya me están creciendo los vellos otra vez, piensa.

Titubea, camina solo por el chalet alquilado. Piensa que estar a cargo de 17 de Octubre lo está envejeciendo rápidamente. En vez de hacer un fútbol cada siete días debería jugar dos o tres veces por semana, mientras puede. Salir disfrazado para ver a Juniors los domingos y los jueves de Copa no le gusta mucho, pero es un vicio que no puede dejar, la cancha, y por el momento el horno no está para bollos, con todo el movimiento que hay dentro y fuera del matadero.

Recuerda que había intentado relanzar el equipo de la empresa pero en el torneo interempresarial les fue como el culo, y tuvieron que rajar al Peludo, el genial técnico que su asesor les robó a los Mapuches. No había feeling con los jugadores, escuchó que le decía Jung Acevedo, el famoso delantero, con quien se mensajeaba en la concentración. Siempre le gustó la información privilegiada. Después de todo, era su equipo. Encima jugaron en Siberia, ni Fiodor había podido salir airoso de esas tierras áridas, y eso que tenía más pasta de jugador que su amigo Mick Ferragutto. Qué manera de hacerse mala sangre, ¡deus!

Ah, el matadero no es el cuco, dijo. Se moría de la risa con las confusiones que el mismo incitaba, todo a su alrededor era confusión, en la confusión reinaba, en la confusión se sentía cómodo. 

Bla, bla, bla, hablaba de las nuevas formas, pero era tan torpe, se le caían las palabras que tan bien le habían ordenado en la estantería de su boca, hablando de las nuevas formas, de las variantes de la energía, de los cambios de estado climatológicos, de un pasado iluminado con sus focos, un pasado execrable que como todo pasado no existía más que dentro del discurso del evocador. Y de sus parlantes.

Asustado cuando se iban los parlantes, oía las voces en sus auriculares. El pasado no existe, le decían, el pasado puede ser modificado. En el quincho de su country alquilado al Estado se paseaba con los auriculares puestos, aprendiendo de memoria el orden de la estantería que iría a derramar en los parlantes.

No existe el cuco, dijo, están mal informados. No los culpo, la lluvia torrencial debe haber dañado las telecomunicaciones. Lluvia de mierda, decía, mirando el piso. Si hubiera mirado hacia arriba tal vez hubiera visto el defecto en el sistema de riego del patio. Pero miraba al piso, un piso enchastrado donde se plantaban los yuyos. Le gustaba la medicina de antes, las plantas verdes, bien verdes, pero aparentemente no se afirmaban bien, sólo conseguían brotes de maleza, el ojo del jardinero engorda el plantado, o eso escuchó alguna vez que decían los que sabían. Entonces los jardineros se las llevaban lo más rápido que podían. Van a un lugar más acorde, tranquilo, no pasa nada, decía uno de los cultivadores, cargando el camión, mientras se despedía.

Distante pero fiel, Patricio Cow le guardaba las espaldas, nada de medidas “a la brasileña”, le decía a Don Tobías Mëdric –y repetía para los parlantes-, como si los brasileros hubieran inventado la pólvora. Siempre con la jerga roquefort, militaroide, que tanto le gustaba –y le gusta- al Pato. Y a Tobías, por supuesto. En los ratos libres miraban series de Netflix, o buscaban tesoros enterrados por John Silver en el patio del Matadero, containers hechos de rastis llenos de botellas de ron.

Ignífuga la situación, una carcelaria cacofonía invadía las calles, volvía a circular el miedo entre las góndolas. Venecia está tan lejos, pensaba melancólico. 

Si me pongo loco puedo hacerles mucho daño, dijo en una rueda de prensa, y muchos entendieron. Algunos se asustaron con el grado de psicopatía, a otros les pareció más bien triste la pantomima. Pero, ¿cómo podría saber cómo actuar? Nunca tuvo la dicotomía moral de ceder el asiento, nunca viajó parado, porque nunca se subió al colectivo para volver a casa.

- Tobías, ¡Tobías!

- Abuela, no jorobe, por favor.

- Señor Mëdric, disculpe... tendremos que filmar de nuevo, la idea es que se vea cansado pero preocupado y amable. 



sábado, 18 de agosto de 2018

Pinturas de guerra






Alguien construyó la alfombra. El periodismo produce hechos, ya no los comenta. Se habrán aburrido. Dice un dolape que donde hay poder, hay resistencia, es cierto. Todo se va plegando simétricamente, las cosas que existen perviven sobre la alfombra. Al ángel redentor de la historia hay que ir a buscarlo al tacho de basura.

La resistencia existente es aquella que necesita ése poder para persistir, para ser. Las luces alumbran a los tocados, esos buenos muchachos tienen respuesta para todo y nunca se bajan del caballo, aunque realizan sus visitas higiénicas a los pobres nunca les faltó un mendrugo. Visitas que, por otra parte, luego de realizadas repugnan sus inconscientes, tan privados y personales, pero es algo que hay que hacer, se dicen mientras se limpian los dientes blancos, una necesidad, pintar de cartón el mundo para moverlo por detrás, ese estilo de historias para dormir de noche. Luego de cada timbreo lavarse las manos con alcogel, la cabeza con nieve nasal, los ojos con retiros en Chapadmalal. Otra que la máquina de pescar pájaros, la eterna profilaxis histórica, que no se nos vaya a pegar la miseria.

Y mientras tanto los de abajo siempre deambulamos a pie, las plantas gruesas y descalzas, las manchas de viejo barro. El deseo es el motor del cambio, el instante previo a despertar. La resistencia se realiza deconstruyendo la dialéctica esclava del poder, un poder que no ha cesado de vencer. Ojo con dejar que se privatice la libertad, con creer que la sangre derramada será la bebida de los de abajo. Darle lumbre a la esperanza, eterna fumanchera en las esquinas, acompañante de utopías y sueños populares, blanquicelestes.

miércoles, 25 de julio de 2018

A través del espejo


por Gregorio Marman


A veces lo único que espero –si es que espero-, lo único que albergo –si es que albergo-, y espero que vos también (y esto es una doble esperanza entonces), es la hipócrita verde esperanza de un comienzo nuevo y fresco. Dicen mil rocanroles por los satélites que es hipócrita porque no hay ni habrá ni hubo nuevo ni fresco ni comienzo y lo que en realidad espero es retomar el hilo del laberinto donde lo dejamos (y espero que vos también, espero que vos también). Pero son vanas esperanzas, invisibles, ya no verdes, sin color, que se esfuman en el instante en que se termina la duermevela y torpe camino rutina lavabo saluda cara de mentira. Bautizar con agua el día, se sabe.

Y sé que es una esperanza banal, chiquitita, mi paréntesis, porque de mí no dejé nada en sus ojos, un paréntesis, una mosca, un pelo en la sopa, una sensación extraña que quedó ahí.

¡Ah! Cómo envidio su libertad libertina libertad, cómo quisiera dejar este bello ancla lejos, lejos, lejos del fondo del mar, poder escindir, o al menos izar, apagar las luces que iluminan un camino y un piolín que todavía (y aún cortado) está esperando, ¡todavía está esperando!, sin esclavitud, sin deberle nada al Tiempo espera lejos y sordo, cebándole mates a Cronos al costado de todo ¡Todavía está esperando! Aunque no quiera, aunque estos ojos no vigilen, aunque nada exista ya en este mundo, secretamente espera, hipócrita, la doble verde esperanza.

Así vivo en el instante de la duermevela y me he vuelto guardián -¿Quién me nombró Guardián De Lo Que No Existe?-, críptico, decrépito y lagañoso guardia de los borradores en el cesto de basura, estudioso de la pictografía, geógrafo, cartógrafo aficionado de las sombras de la plaza a altas horas (¿ha haltas oras?), delirio de fósforos pelados y muertos, de pasto sin cabello, de picaduras de insectos varios.

Te cura o te mata... ¡Banzai! Seppuku fotografiado en la pupila ausente y midriática de un ojo negro ¿Y el otro? ¿Y el Otro? Hurgar febril en el borrador, esto no se termina hasta que me lave la cara, hasta que me lave la cara, este tartamudeo azul sobre blanco sobre verde sobre amarillo sobre verde. Todas las hojas son del viento menos las que se tiran a la basura.

¡Banzai! Alguna vez eme be ese eme y doble eme delinearon un país que pintamos mal, como pibes pendejos que somos nos pasamos de la raya (y mientras digo raya la gata nos muerde los tobillos y los dedos y los bordes de un cuaderno cuadriculado y ríe despreocupada, hija de puta). Tengo un pelo en la lengua y no puedo hacer sonar ningún silbato –de todas formas yo no colaboro con la perrera-.

Estoy hablando de nada otra vez a la orilla de las tierras de Morfeo ¡Cómo quisiera ya ese verde fuego fatuo hipócrita que ya ni siquiera quema, que es la paloma en la mano del loco, que es la Argentina de Belgrano, San Martín y Moreno (plateada, cinematográficamente plateada y de infancia y escuela primaria). Hablo de Argentina con saudade brasilera pero en realidad quiero decir otra cosa, que no puede aflorar por completo (y es tan plateada, cinematográficamente plateada y perfecta y de infancia y escuela primaria y es una pupila ausente y midriática de un ojo negro perdido).

Tachá todo lo anterior, si te animás. Obvio que no, sos Pérez que anda y Gil que camina. Un Guardián nombrado a altas horas (¡Ha haltas oras!) por la elegancia mentirosa de Safo, perdida en esa isla de mierda a donde todos llegan menos los rezagados espectadores del final. Se vienen los créditos y realmente esto se cae, se cae para siempre. Pero un tonto tiene que contar la historia, la historia.

Una última conversación ¿tal vez? El mar que ya casi ni agua tiene, lleno de botellas con mensajes en blanco como éste, mensajes en Plaza España, banderas rotas, bancos rotos, infancia rota. Mi vieja crió un idiota de corazón lunático, las lágrimas ya me lavan la cara... ¡Gracias!

domingo, 24 de junio de 2018

En las calles de Costa Rica


por Marcos Gunn


Independientemente del resultado, pensaba Saúl, el árbol no debiera tapar el bosque. Aunque si somos campeones, se dijo, se olvida todo. La alegría no es sólo brasilera, el milagro argentino siempre se espera. Pero algo tendría que cambiar, si el destino no es la gloria, necesariamente será Devoto. 

Esto ya viene de hace más tiempo que el 38-38. Señales de algo podrido, sobre lo cual el futuro empieza a abrirse paso, a pesar de no pensarlo, de hablar del futuro de la boca para afuera, y cuando las papas queman se borran. No llevar a Lautaro Martínez, para muchos fue una mala decisión, por lo que representaba. No foguear una promesa, llenarse la boca con el planeamiento, con la previsión, y al mismo tiempo, cuando les toca, no seguir haciendo escuela, pensando, no tan lejos, en Qatar. Esa pequeña decisión, muestra que todo ha estado roto desde hace tiempo.

El impecable análisis táctico y político del Cholo Simeone, un Moriarty cualquiera, doñas Rosas hablando afuera del estudio de televisión, todo muy acartonado, y sin embargo, también hay pedacitos de luz, imaginar a Dybala tomando el puesto de Messi, convencer a un Messi en la lona de ser actor de reparto, para dar más luz, al estilo del Tata Martino, aprendés a ser jugador de fútbol cuando aprendés a caminar la cancha, pensó Pasquini. Poner el talento de Messi al servicio de alguien más, de un pibe, imaginarlo manejando otro lenguaje con la cancha, con el equipo, con los rivales.

El futuro promete días interesantes, se dijo, el fútbol argentino no está muerto, qué se puede hacer, salvo ver películas, y se encontró, perdido, en las calles de Bazterrica.






jueves, 7 de junio de 2018

Pato trabaja en una carnicería


Al final, parece que Moris tenía razón. Pato siempre trabajó en una carnicería. Pato es viejo, viene de hace rato en esto. Un señor de unos sesenta y dos años, ya. Todavía laburando con la carne, supervisando a los muchachos que hacían la tarea fina del matadero. Cuando uno tiene vocación, tiene vocación. Es así nomás. Con la familia que tiene, Pato. Claro, lo de las generaciones es algo más que una, dos, o tres bibliotecas, cien hectáreas o el deber de la familia, cuñadito de la Felisberti, miembro de la más rancia costilla del lechón del partidismo, actualmente laburando en el Matadero Municipal 17 de Octubre, que ya estaba empezando a entrar en decadencia, si le preguntan, hasta que lo llamaron.

Hijo dilecto de la civilización y la barbarie, nacido ahí donde parece que se ha escrito en piedra la maldición del país: por un lado la de cal; por el otro, otra de cal. Le hacían bailar: en su familia era tradición. En el árbol de Pato, la lucha por la independencia seguía paralelamente el avance sobre los indios, la concentración de Poder para la Civilización, que estaba en todas partes pero, claramente, atendía en Buenos Aires.

Pato oyó la música de Moris cuando joven, cuando desoír al viejo era la norma. Los días de oro, como bien dice la canción. El, un muchacho bien, derecho, liberal sólo en lo económico, se sentía raro, se había enamorado perdidamente del beatnik argentino, y como todo enamorado, quiso merecer al amado. Todo empezó con el chiste que decía: lo tuyo es mío y lo mío es mío. Pero Pato nunca entendió el chiste, o lo entendió como quiso, más bien. Decía que era un recurso del artista para lograr decir lo que quería. Nunca entendía bien nada, la parte que más le gustaba del Che era la de los juicios sumarios, por ejemplo. Patricio Cow era casi un arquetipo de la típica imagen de la alta burguesía, creyendo en la derecha revolucionaria, la civilizada revolución que depure el país y limpie a toda la negrada de la faz de la tierra, o por lo menos de la Argentina. Ilusiones de un amor que todavía perdura, ¡cuántos casos ya, de amor por dislexia!

Era joven y amaba al Diablo porque había conquistado América, estudiaba Sociología (o Pueblología, como le decía, despectivo) y Abogacía. Sus estudios se prolongaron hasta recalar en la Licenciatura de Humanidades y Ciencias sociales. Años después, con la apretada familiar a Pato –y al Decano- para que termine de estudiar, terminó la carrera, graduándose con honores. Tenía un primo que andaba en el teatro y en la música, Fabricio Carrillo, que lo describió como un romántico incurable, siempre jugando a los muñecos y soldados, tanto que a nadie sorprendió, en la familia, cuando comenzó a militar en la Juventud Partidista, y de ahí, como al nene le gustaba jugar con fuego, a la porción más berreta, los Pastores Alemanes. Aprendió a justificar sin contradecir, a transar pasado para mantener en alto el patriciado argentino, para que no se mezcle la sangre con la grasa. A él le gustaba la grasa, le gustaba de un modo extraño, un gusto excéntrico para la familia, que igual veía en el joven al Pato que habían criado, con tantos fantasmas, con tanto esmero, y sobre todo, con respeto para el buen nombre de los Cow, ricos como vacas, tenían más propiedades sobre la tierra de lo que hubiera pensado el Dictador Supremo, el ilustre emprendedor que fundó la familia.

Todo era un juego para Pato, una manera de escapar de casa, siempre con la puerta abierta para volver, una forma de llamar la atención entre tanto culto al apellido y a la palabra Patria, sin desoír a los fantasmas. También hay historia negra, dentro del negro del partidismo, de esa historia negra mamó Pato, cuñadito de Renata Felisberti, codeándose con ella y con una imitadora de Rita Pavone, que se llamaba Rosa Pavón, llegó a ser teniente segundo del brazo armado partidista, pasó seis meses a la sombra en Devoto, leyendo los borradores del Beso de la Mujer Araña, con la explicación de los textos de su compañero de celda, un poeta con las cicatrices de unos cuantos brotes esquizoides acelerados por la vida en la calle y las anfetas, que se hacía llamar Ramsés, y que parecía tener predilección por los nuevos vientos de la literatura, tan nuevos que todavía ni siquiera habían sido publicados por Manuel Puig, pero que Ramsés, por un amigo, había obtenido para matar el rato. Unos ricos seis meses en que Patricio, que respondía al nombre de Carlos Serra, se puso a estudiar la teoría del Camaleón. No le interesaba el texto de Puig, sino su forma de disfrazarse.

Unos días después de salir de prisión se fue exiliado, o eso dijo, dándose aires, a los muchachos del partido. Era perseguido. Más bien, dijeron los voceros familiares, desmintiéndolo, viajó invirtiendo el patrimonio Cow en relaciones sociales, desangrando parras en playas brasileras, mexicanas, españolas y francesas. Con los conocimientos aprendidos ganó un lugar, unos años después de la vuelta de la democracia, en la oficina de Alfonso Cerruti, al que luego cambió en un enroque graciosísimo por el señor Méndez, uno de los dos o tres riojanos más famosos del mundo, con el cual alcanzó una banca por el Capital en la diputación y todo. Pese a todo, nunca olvidó al pibe que quería moverse a Moris, por ese amor dejó todo para irse a laburar codo a codo con los ingleses, en la municipalidad de Birmingham, estudiando métodos de adoctrinamiento de masas a los palos -y sus manuales de protocolos justificativos-, hasta que el diario La Nación lo requirió nuevamente, esta vez de la mano de Antonio de la Calleja, líder de una agrupación formada con las frituras políticas argentinas que pasó a llamarse el Anillo, y que llegó al Poder en el fin de una centuria grande como la partícula de arena que es la historia humana en el universo, cuando todavía se creía en grandes cambios.

Pasó a ocupar una secretaría desvalorizada de Derechos y Humanos y Recursos Penitenciarios, del Misterio de Justicia. Por su eficiencia en el desempeño del cargo, notándose su idoneidad, el paso siguiente era obvio: derecho al Misterio de Trabajo, Sampleo y Recursos Hermanos del Gobierno del Anillo, un espacio donde finalmente podría poner en práctica lo aprendido a lo largo de su vida, demostrando una eficiencia inapelable en cuanto al aumento de las cifras del desempleo y, para que no se crean que se olvidaba de los empleados, un mágico recorte al salario -del trece por ciento, cifra elegida con mucho cuidado- de los negritos de siempre, que iba disfrazado bajo el nombre de Ley de déficit Cero, pero que los compatriotas llamaban, como si fuera cosa del destino, la yeta. Cosa de locos, el pírrico triunfo de los muchachos de verde, en cierta forma, fue final y definitivo, modificaron la forma de pensar de millones de personas, dejando como rastro visible una generación desaparecida, la más estimulada, la más despierta, y de forma invisible, una manera de respirar el sur latinoamericano. El país es como el Destino, inapelable. O mejor, como una Empresa. Es algo que vienen diciendo desde hace mucho tiempo, y bueno, algo de eso parece que fueron las directivas de la cúpula dirigencial, una Empresa vertical llena de uniformes, hecha, pero sobre todo, derecha. Al parecer cuesta sacarse una pilcha, un saquito paradigma para mirar la historia desde otro lugar. La prueba de su victoria, para los defensores de cierta clase de Patria, es que todavía se sostiene -y no en antros ni lugares marginales, sino en las calles, en los taxis, en las editoriales de billetes de dos pesos-, la teoría de los dos demonios, la pureza liberal en la forma de pensar un país, su historia y, más importante, los seres que habitan su suelo. La xenofobia, la homofobia, por ejemplo, son moneda corriente. La creencia de que nada puede cambiarse, a fin de cuentas, también.

Los conflictos fueron acrecentándose en la Empresa, pero los meses en Devoto, la enseñanza de la Masacre de Aeroparque, cuando esperaban al líder zombi, su afición natural por la propiedad y por los palos, todo eso fue adobándose para que la eficiencia del funcionario ilustre no se viera empañada por un pueblo hambriento, jubilados desechados, sindicatos, y muchachos y muchachas, marginados desde siempre, recogiendo cartones para comer y cortando rutas y calles para hacerse visibles, los vándalos de siempre, pa, le decía a su padre en las mesas de domingo, después de misa, con un copón de vino y los labios azules como su corazón, el problema en realidad eran los conductores de camiones, decía a su padre, que asentía. Su paso por el Ministerio de Seguridad del Patriciado fue el remate de su actuación para el Anillo. Luego salió eyectado junto al resto de los miembros de la gestión del Anillo, al encierro de sus departamentos en Recoleta. Desde el balcón veía el nicho de la familia.

Pronto se desmadró el Estado, tal como ellos mismos habían previsto. Era una casita de naipes donde anidaba un viento flaco, y Pato se fue, siguiendo el viento, hacia otro movimiento, como entendía de folclore nombró a su cuadro político ‘Un guión por Todos’, posteriormente conocido como ‘Un guión por la Libertad’. Siempre tuvo un affaire con el teatro. Quería formar, decía al que escuchare, una ‘contractura política’. Posteriormente, Pato comprendió que para volver al estrado había que seguir la tradición de su vida, aggiornarse para que nada cambie, y la contractura fue engullida por la pirotecnia de una arcana empleada estatal proveniente de la ciudad de Camalotus. La famosa rosca política le gustaba mucho más que los rosquetes santiagueños. Y que los Santiagueñazos, si alguien le preguntaba, cosa que hacían ciertos periodistas amigos.

Como le gustaba la rosca encontró un punto flojo en el gobierno opositor, una jueza que tenía uno de los casos emblemáticos de la Justicia, a la que dieron las herramientas que le faltaban, básicamente, plata, viajes, farra, putas, putos, pastillas. Cosa que acelere una investigación que la jueza entendía apuntaba a ciertos sectores de la gerencia oficial de la Empresa. Junto a un compañero llamado Norberto, como el Beto Alonso, foguearon la denuncia, y escondieron la mano cuando comprobaron que no tenía pies ni cabeza, dejando a la jueza entre Pampa y la vía, una vía trágica que para la jueza fue el suicidio, Marilyn tomó demasiadas pastillas anoche, escuchó que le decía el Beto por teléfono esa mañana. Inmediatamente salió a desligarse, a pasar el foco a la denuncia, que todavía sigue nadando en los archiveros de los juzgados.

Así fue que pasó a vender carne. Tobías Medric, el famoso empresario, le ofreció laburar en el Matadero 17 de Octubre, ubicado a la salida de un puente carretero, donde dicen se esconde un tornillo de oro. Fuera de las instalaciones del matadero, chicas y chicos adolescentes que vienen del interior se prostituyen por un poco de comida. El tráfico de carne en todo su esplendor. Se le designó a cargo la supervisión de los carniceros de la empresa. Sabían que al Pibe, como le decían en la empresa, más que la rosca le gustaba el palo. Volvió a poner en circulación una vieja leyenda tucumana, la del Familiar, acá tiene que haber mano dura, decía, y apretaba en la mano un nuevo protocolo antirreclamos, que ya tenía la firma del Gerente y que autorizaba a los miembros de seguridad a reprimir cualquier demanda de tipo social que pudiera darse mientras los carniceros carneaban medias reses.

Se le dio control sobre los límites de la instalación, instauró cuerpos de personal de seguridad, que siempre se hallaba dispuesto a disparar por la espalda a cualquier empleado que osare erguir la espalda para reclamar, y que se encargaban de recaudar el dinero del trabajo de 'los trabajadores satelite', como llamaba a los y las prostitutas que mascaban chicles fuera del Matadero. Por ejemplo, una vez, en los desechos que arrojaban al río, encontraron el cuerpo de un mochilero que reclamaba solidarizado con los pueblos originarios un cacho de tierra, que casualmente pertenecía a uno de los amigotes del Gerente de la Empresa. Ochenta días, una vuelta al mundo dentro de una recámara frigorífica. Fue el Familiar, dijeron por ahí. La indiferencia germinada en los años del algo habrán hecho comenzaba a dar sus brotes. Se armó un despiole. Bárbaro, pero superficial. Todavía lo recuerdan los más viejos. Un verdadero retroceso humano, la verdad, avalado por los poderosos de siempre. Cambiar, cambiar para que nada cambie. Al hombre le ha ganado el miedo.

Cow comenzó a perseguir a los empleados, a monitorearlos dentro y fuera de la Empresa. En el Boletín Oficial y en las pizarras colgadas de las paredes, por ejemplo, figuraba con su firma un protocolo de actuación de los miembros del staff de seguridad ante los colectivos LGBT y su lucha por la igualdad de género. Pato finalmente consiguió lo que quería. Bueno, más o menos. Trabaja en una carnicería. Pero no todas son pálidas, compañeros, no nos dejemos arrastrar por la corriente de fatalidad. También hay resistencia, uno de los que seguirán cantando es Horacio, que se pregunta acerca de las cosas que pasarían si es que calla hasta el cantor.

Son tiempos sombríos, es verdad, pero el señor Cow va a caer, no tenemos que dejarnos ganar por el miedo. Hoy contamos con la colaboración de los camioneros, que van a dejar de distribuir la carne. Por un solo día, para empezar. A ver qué pasa, dicen. Algo es algo. No hay que dejarse amedrentar, ciertamente, aunque digan que Patricio Cow está trabajando en una carnicería para el día de la marcha, el Familiar no existe, no como se ha instalado. El Familiar es él. Si conseguimos que alguien más nos escuche, tal vez dejemos de vivir en la zozobra. A la huelga.