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miércoles, 22 de noviembre de 2023

Inundaciones...

 



Con eficacia metálica, en las atmósferas superiores de Marte, el barcito tétrico de la esquina menos transitada de la plaza, un ventilador destina las aletas al intento de hacer circular un aire viciado por el humo del cigarrillo que fuma el único cliente.

 

Los pájaros se comportan de forma extraña, observa Ramón. Llueve desde hace siglos, aunque pareciera no importarles: salen volando, mojándose las alas ocres. Parecen de barro, a punto de deshacerse en un último vuelo suicida.

 

En realidad, no es un cliente. Hace años que no paga siquiera un café. Llevaba milenios desangrando gratuitamente barriles de cerveza.

 

Loco, ¿es que no tenés que laburar? —pincha el dueño a su (a esta altura) amigo. Sabe que el desempleo hace rato se quedó a vivir en la casa de don Gómez. Ramón había dejado la mano, literalmente, en la construcción del único edificio del poblado. Un accidente trágico que lo jubiló sin salario, arrojándolo para siempre al milenario submundo de las changas. Encima la lluvia había llegado para quedarse. Y los pájaros del pueblo andaban locos, loquísimos.

 

Dicen las viejas que se vendrá algo jodido —suspira Ramón, aunque, evidentemente, algo jodido ya está instalado, el pueblo parece como embrujado. El agua hasta las rodillas en los lugares menos lastimados; gente viviendo en carpitas armadas en los techos, en otros. Familias devastadas, hogares arrasados, más allá de la puerta de Camba Cuá; las únicas que quedan, dicen, son las luciérnagas, brillando en la oscuridad de noches oscuras y lluviosas, sobre cadáveres apilados de potros, vacas, cerdos y peces que hasta las moscas y comedores genéricos de carroña abandonan—, hay carne demasiado podrida.

 

Ramón mira por la ventana, casi ausente. Una imagen anacrónica, el eterno mártir sin placa conmemorativa presente en todas las historias, dueño de una voz cavernosa, hija del pucho y el alcohol, pero fundamentalmente de la tristeza y del desencanto. La vida, qué cagada últimamente la vida, dice a veces, cuando pierde la esperanza en el fondo del vaso.

 

Aunque, para ser honestos, la mayor parte del tiempo su energía vital lo empuja contra la corriente de la realidad y su esperanza parece inquebrantable, taurina. Pocas veces flaquea. Hasta el asunto de la mano, el desempleo, el hambre de los hijos tiene solución, se dice. Se cuenta el cuento entre tragos, hasta llegar al final del vaso y ahí, ¡plaf!, se rompe la burbuja y se vuelve a formar.

 

Bueno, quizás flaquea de vez en cuando, contradictorio como todo ser humano, como todo lo real que se desvanece en el aire, como el espectro inmanente de la justicia social, la soberanía, la independencia económica. Los días más felices… 

¡La pucha que no para de llover!, dice Ramón.

 

Ramón mirando a través de la ventana en algunos ratos es Ramón mirando la ventana, siguiendo el trayecto tortuoso de guturales gotas imantadas en la violada transparencia de vidrios empañados por regiones, parches de la respiración artificial del bar, un organismo biónico, hibrido, del que él era parásito y García un anticuerpo.

 

Así se siente a veces. Casi siempre. El señor García dice que esas palabras de crucigrama no tienen mucho interés. Pero son palabras que él, García, ocupa, para componer charlas con las que interrumpe el pensamiento de Ramón, cuando siente que ha ido demasiado lejos; palabras que terminan invadiendo el pensamiento de Ramón, contaminándolo.

 

Piensa en los pájaros, Ramón. Algo les pasa, se repite. Cantan por las noches, insomnes. Vuelan sobre los días llenos de agua y cantan por las noches llenas de agua, pasados de rosca, paranoides, como si algo se estuviera escapando de la red dialéctica por la que encauza el fluir de la historia. Cantan, intuye don Gómez, sobre exilios de flores quemadas, sobre la eterna decadencia del hombre fagocitándose a la naturaleza. Cerca de la revolución cantan por las noches, embanderándose, rescatando de la negrura una voz de libertad amputada.

 

Elige pensar eso antes que no pensar nada. Aunque no fuera sólo una cuestión de elecciones: si mañana es como ayer otra vez —otra vez lluvia, repite el verso rebotado fáticamente, resignificado como un eco, esta vez en voz alta, ganando el asentimiento silencioso y solemne de García—, lo que fue hermoso será horrible después. Algo pasa con los pájaros, algo que se les escapa. Ramón nunca los ha visto tan sucios, tan frágiles, tan hermosos.


(fragmento)




lunes, 17 de enero de 2022

Recuerdos de la Guerra Civil Española

por Pierre Menard

 

 

a María Kodama... 

 

Hace poco, elaboré una lista de atrocidades cometidas entre 1918 y el presente; no pasó un año sin que se cometieran en alguna parte y no había prácticamente ningún caso en el que la derecha y la izquierda creyeran las mismas historias al mismo tiempo. Y, lo que es más curioso aún, en cualquier momento se puede revertir la situación de manera radical y hacer posible que la atrocidad totalmente demostrada de ayer mismo se convierta en una mentira absurda, sólo porque haya cambiado el panorama político.

 


 

 

 

 

  



jueves, 27 de febrero de 2020

Cuarteles de invierno, algunos apuntes




Caminando por las calles de Londres, escuchando a Clash. Así te imagino, aunque no creo que eso haya sido precisamente lo que has hecho. No veo a Londres como London Calling; pienso en Bowie, el Jesús de los suburbios. Hay historias de patos mordiendo a perros, largas historias detectivescas de las que no puedo desactivar un gen enrarecido que atribuyo a la sensación de inminente apocalipsis que carga toda mi generación. Me cuentan que la reina verdadera está en un barrio del suburbano, en silla de ruedas, con un cuervo en el hombro. Bastante loco.

Empezar a ver cierta “lógica” –entre comillas, por favor- en el entretejido de las cosas es esclarecedor pero excluyente; hay peligros de torres de marfil, castillos de ego que hay que evitar construir, o en todo caso que debe superar; en el camino del héroe está previsto todo esto; estudiar la caracterización de los textos, qué es lo que hace a un discurso un discurso profético -¿existen todavía o esa categoría fue engullida por discursos paranoides atomizados? , cuales son las marcas en el hilvanado de palabras que hacen que un discurso tenga determinadas características y no otras. ¿Para qué? Intentamos evitar el fascismo interior, la megalomanía, la locura. Aunque sabemos que esto no es lo más peligroso, de todas formas.

Casualmente, la locura colectiva parece ser siempre la más razonable. Después del desarrollo humano de fábricas de muertos, estilo Auschwitz o la ESMA, esto está fuera de discusión. Algo que pinta muy bien Soriano es el trazo tragicómico del ser argentino. Quedarse con la idea de puertas que se traspasan, de distintos escenarios esparcidos a lo largo de un teatro. No hablo sólo del tablado, del escenario propiamente dicho. El viaje del héroe es una suerte de movimiento, en cierto punto.

¿Por qué somos argentinos? Porque en nuestra infancia nos enseñaron a ser argentinos; aunque sea de forma tangencial vuelven determinados símbolos, a determinada hora; todos hemos sentido alguna vez el pulso de la Historia. Qué tentador este discurso unificador, qué perfecto hasta en los baches hechos por la memoria, fíjese, los que permiten enlazar, como una bruma, la utopía argentina. Sombra terrible de Facundo, etcétera.

Tengo planes musicales, para los cuarteles infernales, parafraseando a Calamaro leyendo a Soriano; me voy echando de menos, canta, a los amigos buenos, las pequeñas grandes cosas. Cuarteles de inverno tiene cierta forma de ir adentrándose en lo onírico, pienso en la escena del hospital, la salida del cadáver; el culto a la amistad especificando la cantidad de círculos que posee el infierno y el corolario de unos Dante y Virgilio muy particulares.

Virgilio como el amigo imaginario de Dante; ¿Rocha como el amigo imaginario de Galván?, vos sí que sos un pícaro, Georgie boy.

La sublimación a nivel simbólico a través de la pintura de determinados arquetipos es remarcable.

El gordo Soriano como legitimación de un discurso nuevo; la gente busca y lee el diario donde escribe Soriano, un escritor de literatura popular, menospreciada por el stablishment literario pero no por los ciudadanos de a pie. El escritor de ficciones como desarticulador de la ficción del poder estatal (y en su momento, quizás también del poder a secas). Soriano es un detective alucinando una Argentina delante de una máquina de escribir, Soriano dibujando la Argentina delante de su máquina de escribir.

Ciertamente algo de Soriano que se nota a primer vuelo es una relación íntima con la lengua popular y una intuición que podría asociarse a determinadas formas de valorar el talento. Creo que los hábitos en los escritores tienden a dejar ciertas marcas, porque tenemos cuerpos, en definitiva, porque esto que estamos haciendo y se llama escritura se transmite a lo largo de un cuerpo en primer lugar antes de siquiera tomar contacto con la pared blanda -es verdad: hay un paso previo y es la concepción del acto en la mente; ¿dónde ubicamos a la mente?-. En algunos escritores esta marca del cuerpo en la literatura es la miopía, en otros las huellas de la vida bohemia, el uso de diversos venenos, en otros el cigarrillo, o la música, la vida nocturna. Según la leyenda, Soriano escuchaba historias que le traían las lechuzas.

Pareciera conveniente siempre llevar la historia (una historia cualquiera, una protohistoria incluso) a escenarios definidos y maquetados, como pueblos o instituciones; se rescata muy bien la paranoia que circula por estas maquetas republicanas, al igual que la presencia del terrorismo de Estado.
El pensamiento del ejército invadiendo la cultura popular; la injerción en el terreno del boxeo es magistral; el sentido del humor a lo largo de la historia es muy fino y a la vez accesible en distintos niveles.

Pienso en Soriano y creo que me gustaría intentar asomarme un poco más a ese mundo; parece piola el muchacho. Amo la porción de Salgari que veo en sus ojos.

Creo en el amor a través del tiempo y la materia, creo que hay hilos inexplicables a lo largo de la historia que solo pueden sostenerse con un vínculo del tipo astral o algo por el estilo. Pasa que está mal desde todo punto de vista admitir ciertas cosas; un amor a destiempo tiene esas cosas, ¿pero no es el amor, acaso, eso que sucede fuera del tiempo?

¿Dónde está la idea de lo que es Argentina?, ¿En qué cajón de la mente se guarda?

Una especie de potencia remanente, una desmesura; es un hueco existencial, un significante (para) siempre vacío; la locura, el emerger de la conciencia, transformar el dolor en militancia. La inadaptación social, el cielo como bandera; pienso que a los argentinos nos han imbuido (quizás sin saberlo, pero con cierta intuición poética que es de lo mejor que tiene el espíritu humano) con un circuito peligroso para el sistema de opresión mundial, y que no es otro es el que tienen todos los pueblos (hablo de los pueblos, como colectivos históricos) de significarse a sí mismos, el de soñar, con la libertad, la justicia y la soberanía de todos los habitantes del planeta.

Hay un nuevo movimiento, un nuevo viejo movimiento que rescata la empatía, y que dice Yo es Otro. A los argentinos nos tocó la parte de la bandera, en la repartición de señas populares de un movimiento de liberación que abarcará a toda la raza humana, y que un día terminará con la percepción de etiquetas, fronteras y otras yerbas, reencauzando a la raza entera sobre la conciencia de estar habitando un planeta vivo, mayor que las hormigas que lo surcan.

Las ganas de compartir una locura, la periodicidad del movimiento, la interminable eternidad que supone un gesto diminuto. Lo estoy haciendo panfleto; estoy desecho, lleno de lágrimas. Entregué lo único sagrado que tenía en este altar a la Belleza; maldita suerte.

Cuando tenga la tierra suena hasta en Netflix, y eso que parece tan superfluo es algo importante; estamos parasitando el lenguaje. No sé si es así la historia, sé que hay dos historias que se cuentan, una por arriba, otra en lo profundo. Hay un nombre solitario que permanerá inabordable durante la eternidad; el precio de la poesía es el silencio. Es así, más que eso no podremos aprehender jamás.


lunes, 24 de febrero de 2020

Mar argentino





¿Dónde van
las almas llenas de nostalgia?
Una cabina de alquiler
para lo que quieras
pam pam parararara
para cantar, una cabina
de alquiler, la vida,
la muerte, los dibujos
del amor, la locura,
las plantas, los fantasmas

Un conquistador
sentado en un puff
en el patio de una casa de skaters
(barrio Sagrado)
buscando rastros de grandeza
decadente,
la de él, de su pueblo,
un pequeño grano de arena,
un aporte
a la polución humana sobre la tierra

un soberbio mestizaje
otra tristeza
de mundos in mundos
venezolanos, boliguayos, argenchilenos
en DF, en Barcelona, en
la búsqueda espiritual
en la droga
en el sueño americano
en la escuela nac & pop

-mirá dónde llegamos, pibe:
del satélite material artificial
al satélite inmaterial espiritual

-y aquí los chinos dirían:
oh, sí. Dental

-no siga el sendero,
piérdase
en la saturación
visual, auditiva
táctil, olfativa
gustativa.
Nosotros somos,
siempre somos.

-cuando sea grande quiero vivir junto al mar,
donde van las almas llenas de nostalgia



miércoles, 29 de mayo de 2019

Apuntes sobre el Estado




En estos días se habla poco de lo que es el deber de un Estado, incluso de lo que un Estado es, lo cual, a mi criterio personal, es un error que nos hace caer en comentarios y confusiones casi terraplanistas. 

Vivimos en un Estado del yo, la dictadura del ego. El yo es el estado "natural". El Otro siempre se encuentra, en el reparto de fuerzas, en minusvalía. La elección entre la piedad y la violencia es una simple variación de grado, de forma y de disfraz. Restituir la equidad, la mirada inocente, enjuagar las palabras de la tribu (y con ello la percepción de realidad) es la tarea del chamán.

Lo del Estado es algo, un conocimiento, que hay que reforzar de vez en cuando, como tantas otras cosas. La instrucción cívica queda recluida en las escuelas, cuando debería ser algo permanente. Los pueblos nunca se equivocan, pero a veces, tienen la memoria de un pez. 

La disputa por la realidad es la definición de la política. Al menos, una de sus aristas. En esa disputa también entran la definición de Estado y sus obligaciones.


Un Estado es una superestructura social que, según Weber, como administración, sostiene el uso monopólico de la fuerza. Es decir, el monopolio de la violencia. Según el marciano Marx, el Estado no es el reino de la razón, sino de la fuerza; no es el reino del bien común, sino del interés parcial; no tiene como fin el bienestar de todos, sino de los que detentan el poder; no es la salida del estado de naturaleza, sino su continuación bajo otra forma. Idea a la que sin duda suscribiría Hobbes. Otros, como Hegel, sostienen que el Estado es la conciencia de los pueblos, la realidad de una idea ética, el espíritu ético en cuanto voluntad patente, clara por sí misma, sustancial, que se piensa y se conoce, y que se cumple lo que sabe. 


Por supuesto, alrededor de todo ello revolotea la disputa por la realidad. Conceptos de Estado que rondan sobre el orden como principio organizador de la vida en comunidad. Un orden que, como reflexiona Marx, es la continuación de la naturaleza. Darwinismo social: todavía sobrevive el más apto. El orden, regulado por la violencia como herramienta última. 

Hoy en día, esto no es tan así. Al menos, no es tan claro quien detenta el poder de ejercer violencia, de forma real o simbólica. Pero no nos adelantemos.


El humano, como animal, es un depredador omnívoro. Un conquistador que ha “civilizado” su sed de dominación, disfrazándola de autoridad. El Estado surge inmediatamente de ello, en una población determinada, con un territorio definido. Sobre la palabra Estado generalmente confluyen estas otras tres: autoridad, población, territorio. Más adelante, se le incorpora el concepto de soberanía.


La autoridad depende de la legitimidad. Antiguamente, la autoridad bajaba del cielo: existían los emisarios de dios en la tierra, los sabios, los santos, los elegidos, los dueños de la palabra -de su producción y distribución-, los reyes, los príncipes. Hoy se recibe legitimación de otras formas, un poco más transparentes que aquellas provenientes de linajes “puros”, “de sangre azul” o de mensajes esotéricos interpretados por unos pocos.  O eso parece, al menos.


La soberanía es el carácter supremo del que aplica la ley, del que tiene la capacidad para hacerlo. Así como antes soberanos eran los reyes, ahora es la colectividad o pueblo, y ésta da origen al poder enajenando sus derechos a favor de la autoridad, dijo un autor, justificando el contrato social. Cuántos pueblos se han refundado en base a esa idea, a esa “democratización” de la soberanía. 


Democratización en papeles, podría decir alguien (el enano pelado y liberal que todos llevamos dentro), puesto que se “delega” el poder del pueblo a un cuerpo de “gobernantes”. Los gobernantes adoptan una máscara y desempeñan (representan) un papel en el tablado, "un cargo". Es un teatro un poco más grande, nada más. Pero siguen actuando, como todos. Todos hablan de pueblo. No todos dimensionan de la misma forma el tamaño de la palabra. 


La democracia podrá ser un sistema pútrido, decadente, burgués, pero es lo mejor que tenemos, podría replicar otro. Hemos vivido todos los totalitarismos. El último está en la casa, según el capitalismo y el psicoanálisis. La pequeña novela familiar. Porque hay novela, hay Estado.

Vivimos en un Estado del yo, la dictadura del ego. El yo es el estado "natural". El Otro siempre se encuentra, en el reparto de fuerzas, en minusvalía. La elección entre la piedad y la violencia es una simple variación de grado, de forma y de disfraz.

Hasta ahora. Toda disputa por la realidad es política. La realidad se construye con imágenes perceptibles, penetrantes -y penetrables-. El día que el animal humano salga del estado de naturaleza coincidirá con el fin del Estado, profetizaba el fantasma de nuestro padre. Restituir la equidad, la mirada inocente, enjuagar las palabras de la tribu (y con ello la percepción de realidad) es la tarea del chamán. 






La construcción de realidad es un consenso, una relación de fuerzas entre quien sostiene la soberanía y la legitimidad -de lo que se puede percibir, lo que se puede mostrar, lo que se puede decir- y los que se someten a la misma, voluntaria o involuntariamente (el último paso es la violencia). En ponernos de acuerdo en que esto es rojo, aquello un caballo, esto otro una calesita, aquello el amor, esto otro la pobreza y allá lejos, la libertad. Con reglas definidas puestas por un “árbitro, un código, un elemento superador”. En cierta forma, todo formato impuesto de orden puede ser considerado como una dictadura. Habría que calificar como relevante sólo el problema de quién gobierna (quién nombra) y no solo el cómo. Falta algo, un salto, que nos haga morder nuevamente la manzana. 


"La comunicación es la transmisión y propagación de información, nunca una idea nueva". Estoy citando a Deleuze. "Una información es un conjunto de palabras de orden", dice el jovie. "Cuando se informa, se dice aquello que se debe creer: Informar es hacer circular una orden. Las declaraciones de la policía, continúa Deleuze, son dichas muy exactamente, son comunicadas; se nos comunica la información, quiero decir, se nos dice aquello que es conveniente que creamos. O si no, que no creamos, pero que hagamos que lo creemos, no se nos pide que creamos, se nos pide que nos comportemos como si creyéramos. Esto es la información, la comunicación, e independientemente de estas palabras de orden y de la transmisión de las palabras de orden no hay comunicación, no hay información. Lo que no lleva a decir que la información es exactamente el sistema de control". 


El uso monopólico de la fuerza ya no lo detenta el Estado, porque el Estado es otra ficción, una construcción. La violencia se escurre por los poros de lo social, el poder está en otro lugar. La fuerza física, puede ser, si me apurás, que siga en manos de lo que comúnmente llamamos Estado. La policía, los ejércitos, las cárceles. Pero la fuerza simbólica es de otros. 

Los mercados, los medios de comunicación. Pueden señalar, empujar, influenciar, abiertamente o bajo la mesa, hacia una dirección. Siguiendo un tipo, un protocolo. Pueden manosear y manipular al Estado –y al pueblo- sin que siquiera se perciba el acto. Son actores invisibles, sin máscara, que disfrazan su discurso de "natural", de "fatalidad inevitable". Esto, sumado a la decadencia de un sistema de representación que tiene su par de siglos plantea nuevos lugares de disputa, nuevos problemas, nuevos espacios donde se juega su carta el balance de poder entre dos o más fuerzas.

¿A dónde quiero llegar con esto, mis amigos?, me interpela un Salmón. Su voz se hace mía. Demasiada pelusa para muy pocos ombligos. No hablemos del arte, dice Deleuze, hablemos de contra-información. Una contra-información que no se vuelve efectiva sino solamente cuando es un acto de resistencia. 

La disputa por la realidad es la definición de la política. Al menos, una de sus aristas. Disputa que se da cita en el ámbito del estado de barbarie, de los nombres sin dueño, de la magia, de la poesía, del amor, de la empatía. Y de la libertad.

 




Digamos que una posible pregunta para arrancar a pensar sería, ¿cuál es el deber (la tarea) de un Estado, en este contexto?

jueves, 30 de agosto de 2018

Caniche Toby

por Gregorio Marman











- Compañero, la igualdad implica en lo que concierne a la riqueza, que ningún ciudadano pueda ser tan rico como para comprar a Otro, ni tan pobre como para verse forzado a venderse-, escuchó.

Oh, qué náusea. Se sentía enfermo, Tobías. No le gustaba ese comunista de Juan Santiago, eso de la igualdad y la riqueza era de una blandenguería inaceptable, al menos para este rincón del mundo. Por suerte, hay cosas que van proscribiendo en la reescritura del orbe, barcos que se estrellan en la Nada, antes, justo antes de llegar al puerto.

Nos dicen oligarcas, ¡ja!, ¿Qué saben de la oligarquía? Más metros cuadrados de tierra y cabezas de ganado que familias, más empleados a los que bautizamos con el apellido de papá. Y guita… no sé por qué pero los billetes de ahora con los colores y los animalitos quedan más lindos. Emprendedor, como los grandes de la Patria, se dice Mëdric, mirándose al espejo. Debería afeitarme el bigote, ya me están creciendo los vellos otra vez, piensa.

Titubea, camina solo por el chalet alquilado. Piensa que estar a cargo de 17 de Octubre lo está envejeciendo rápidamente. En vez de hacer un fútbol cada siete días debería jugar dos o tres veces por semana, mientras puede. Salir disfrazado para ver a Juniors los domingos y los jueves de Copa no le gusta mucho, pero es un vicio que no puede dejar, la cancha, y por el momento el horno no está para bollos, con todo el movimiento que hay dentro y fuera del matadero.

Recuerda que había intentado relanzar el equipo de la empresa pero en el torneo interempresarial les fue como el culo, y tuvieron que rajar al Peludo, el genial técnico que su asesor les robó a los Mapuches. No había feeling con los jugadores, escuchó que le decía Jung Acevedo, el famoso delantero, con quien se mensajeaba en la concentración. Siempre le gustó la información privilegiada. Después de todo, era su equipo. Encima jugaron en Siberia, ni Fiodor había podido salir airoso de esas tierras áridas, y eso que tenía más pasta de jugador que su amigo Mick Ferragutto. Qué manera de hacerse mala sangre, ¡deus!

Ah, el matadero no es el cuco, dijo. Se moría de la risa con las confusiones que el mismo incitaba, todo a su alrededor era confusión, en la confusión reinaba, en la confusión se sentía cómodo. 

Bla, bla, bla, hablaba de las nuevas formas, pero era tan torpe, se le caían las palabras que tan bien le habían ordenado en la estantería de su boca, hablando de las nuevas formas, de las variantes de la energía, de los cambios de estado climatológicos, de un pasado iluminado con sus focos, un pasado execrable que como todo pasado no existía más que dentro del discurso del evocador. Y de sus parlantes.

Asustado cuando se iban los parlantes, oía las voces en sus auriculares. El pasado no existe, le decían, el pasado puede ser modificado. En el quincho de su country alquilado al Estado se paseaba con los auriculares puestos, aprendiendo de memoria el orden de la estantería que iría a derramar en los parlantes.

No existe el cuco, dijo, están mal informados. No los culpo, la lluvia torrencial debe haber dañado las telecomunicaciones. Lluvia de mierda, decía, mirando el piso. Si hubiera mirado hacia arriba tal vez hubiera visto el defecto en el sistema de riego del patio. Pero miraba al piso, un piso enchastrado donde se plantaban los yuyos. Le gustaba la medicina de antes, las plantas verdes, bien verdes, pero aparentemente no se afirmaban bien, sólo conseguían brotes de maleza, el ojo del jardinero engorda el plantado, o eso escuchó alguna vez que decían los que sabían. Entonces los jardineros se las llevaban lo más rápido que podían. Van a un lugar más acorde, tranquilo, no pasa nada, decía uno de los cultivadores, cargando el camión, mientras se despedía.

Distante pero fiel, Patricio Cow le guardaba las espaldas, nada de medidas “a la brasileña”, le decía a Don Tobías Mëdric –y repetía para los parlantes-, como si los brasileros hubieran inventado la pólvora. Siempre con la jerga roquefort, militaroide, que tanto le gustaba –y le gusta- al Pato. Y a Tobías, por supuesto. En los ratos libres miraban series de Netflix, o buscaban tesoros enterrados por John Silver en el patio del Matadero, containers hechos de rastis llenos de botellas de ron.

Ignífuga la situación, una carcelaria cacofonía invadía las calles, volvía a circular el miedo entre las góndolas. Venecia está tan lejos, pensaba melancólico. 

Si me pongo loco puedo hacerles mucho daño, dijo en una rueda de prensa, y muchos entendieron. Algunos se asustaron con el grado de psicopatía, a otros les pareció más bien triste la pantomima. Pero, ¿cómo podría saber cómo actuar? Nunca tuvo la dicotomía moral de ceder el asiento, nunca viajó parado, porque nunca se subió al colectivo para volver a casa.

- Tobías, ¡Tobías!

- Abuela, no jorobe, por favor.

- Señor Mëdric, disculpe... tendremos que filmar de nuevo, la idea es que se vea cansado pero preocupado y amable. 



sábado, 18 de agosto de 2018

Pinturas de guerra






Alguien construyó la alfombra. El periodismo produce hechos, ya no los comenta. Se habrán aburrido. Dice un dolape que donde hay poder, hay resistencia, es cierto. Todo se va plegando simétricamente, las cosas que existen perviven sobre la alfombra. Al ángel redentor de la historia hay que ir a buscarlo al tacho de basura.

La resistencia existente es aquella que necesita ése poder para persistir, para ser. Las luces alumbran a los tocados, esos buenos muchachos tienen respuesta para todo y nunca se bajan del caballo, aunque realizan sus visitas higiénicas a los pobres nunca les faltó un mendrugo. Visitas que, por otra parte, luego de realizadas repugnan sus inconscientes, tan privados y personales, pero es algo que hay que hacer, se dicen mientras se limpian los dientes blancos, una necesidad, pintar de cartón el mundo para moverlo por detrás, ese estilo de historias para dormir de noche. Luego de cada timbreo lavarse las manos con alcogel, la cabeza con nieve nasal, los ojos con retiros en Chapadmalal. Otra que la máquina de pescar pájaros, la eterna profilaxis histórica, que no se nos vaya a pegar la miseria.

Y mientras tanto los de abajo siempre deambulamos a pie, las plantas gruesas y descalzas, las manchas de viejo barro. El deseo es el motor del cambio, el instante previo a despertar. La resistencia se realiza deconstruyendo la dialéctica esclava del poder, un poder que no ha cesado de vencer. Ojo con dejar que se privatice la libertad, con creer que la sangre derramada será la bebida de los de abajo. Darle lumbre a la esperanza, eterna fumanchera en las esquinas, acompañante de utopías y sueños populares, blanquicelestes.

miércoles, 25 de julio de 2018

A través del espejo


por Gregorio Marman


A veces lo único que espero –si es que espero-, lo único que albergo –si es que albergo-, y espero que vos también (y esto es una doble esperanza entonces), es la hipócrita verde esperanza de un comienzo nuevo y fresco. Dicen mil rocanroles por los satélites que es hipócrita porque no hay ni habrá ni hubo nuevo ni fresco ni comienzo y lo que en realidad espero es retomar el hilo del laberinto donde lo dejamos (y espero que vos también, espero que vos también). Pero son vanas esperanzas, invisibles, ya no verdes, sin color, que se esfuman en el instante en que se termina la duermevela y torpe camino rutina lavabo saluda cara de mentira. Bautizar con agua el día, se sabe.

Y sé que es una esperanza banal, chiquitita, mi paréntesis, porque de mí no dejé nada en sus ojos, un paréntesis, una mosca, un pelo en la sopa, una sensación extraña que quedó ahí.

¡Ah! Cómo envidio su libertad libertina libertad, cómo quisiera dejar este bello ancla lejos, lejos, lejos del fondo del mar, poder escindir, o al menos izar, apagar las luces que iluminan un camino y un piolín que todavía (y aún cortado) está esperando, ¡todavía está esperando!, sin esclavitud, sin deberle nada al Tiempo espera lejos y sordo, cebándole mates a Cronos al costado de todo ¡Todavía está esperando! Aunque no quiera, aunque estos ojos no vigilen, aunque nada exista ya en este mundo, secretamente espera, hipócrita, la doble verde esperanza.

Así vivo en el instante de la duermevela y me he vuelto guardián -¿Quién me nombró Guardián De Lo Que No Existe?-, críptico, decrépito y lagañoso guardia de los borradores en el cesto de basura, estudioso de la pictografía, geógrafo, cartógrafo aficionado de las sombras de la plaza a altas horas (¿ha haltas oras?), delirio de fósforos pelados y muertos, de pasto sin cabello, de picaduras de insectos varios.

Te cura o te mata... ¡Banzai! Seppuku fotografiado en la pupila ausente y midriática de un ojo negro ¿Y el otro? ¿Y el Otro? Hurgar febril en el borrador, esto no se termina hasta que me lave la cara, hasta que me lave la cara, este tartamudeo azul sobre blanco sobre verde sobre amarillo sobre verde. Todas las hojas son del viento menos las que se tiran a la basura.

¡Banzai! Alguna vez eme be ese eme y doble eme delinearon un país que pintamos mal, como pibes pendejos que somos nos pasamos de la raya (y mientras digo raya la gata nos muerde los tobillos y los dedos y los bordes de un cuaderno cuadriculado y ríe despreocupada, hija de puta). Tengo un pelo en la lengua y no puedo hacer sonar ningún silbato –de todas formas yo no colaboro con la perrera-.

Estoy hablando de nada otra vez a la orilla de las tierras de Morfeo ¡Cómo quisiera ya ese verde fuego fatuo hipócrita que ya ni siquiera quema, que es la paloma en la mano del loco, que es la Argentina de Belgrano, San Martín y Moreno (plateada, cinematográficamente plateada y de infancia y escuela primaria). Hablo de Argentina con saudade brasilera pero en realidad quiero decir otra cosa, que no puede aflorar por completo (y es tan plateada, cinematográficamente plateada y perfecta y de infancia y escuela primaria y es una pupila ausente y midriática de un ojo negro perdido).

Tachá todo lo anterior, si te animás. Obvio que no, sos Pérez que anda y Gil que camina. Un Guardián nombrado a altas horas (¡Ha haltas oras!) por la elegancia mentirosa de Safo, perdida en esa isla de mierda a donde todos llegan menos los rezagados espectadores del final. Se vienen los créditos y realmente esto se cae, se cae para siempre. Pero un tonto tiene que contar la historia, la historia.

Una última conversación ¿tal vez? El mar que ya casi ni agua tiene, lleno de botellas con mensajes en blanco como éste, mensajes en Plaza España, banderas rotas, bancos rotos, infancia rota. Mi vieja crió un idiota de corazón lunático, las lágrimas ya me lavan la cara... ¡Gracias!

domingo, 13 de mayo de 2018

La revolución no va a ser televisada

La revolución no será televisada (Letra adaptada de Fernando Bogado sobre un poema de Gil Scott-Heron)







Hermano, no vas a poder quedarte en casa,
no vas a poder enchufar, encender y desenchufar,
no vas a poder perderte en la heroína y evadirte
ni ir por una cerveza en la pausa publicitaria
porque la revolución no va a ser televisada.

La revolución no va a ser televisada.
La revolución no te será llevada por Xerox
en cuatro partes, sin las interrupciones comerciales.
La revolución no te mostrará fotos de
Cristina tocando una corneta y
dirigiendo una acusación contra Macri,
Alfonsín y De Narváez con tal de
comerse unas morcillas confiscadas
en un puestito en Ciudadela.
La revolución no va a ser televisada.

La revolución no te será llevada
por APTRA, ni por las estrellas
Luciano Castro o Natalia Oreiro,
ni por Paka-Paka o Cartoon Network.
La revolución no le dará sex-appeal a tu boca,
la revolución no te va a desatar los cordones.
La revolución no te hará lucir cinco kilos más delgado
porque la revolución, hermano, no va a ser televisada.

No habrá fotos de Néstor o Chavez
empujando un changuito con las compras del mes
cuesta abajo en una carrera desesperada
o tratando de arrastrar un televisor pantalla plana
en una ambulancia afanada.
TN no va a poder predecir el ganador del partido
de las ocho y media
ni cubrir lo que pase en el conurbano.
La revolución no va a ser televisada.

No habrá fotos de policías disparándole
a otros pobres en la tapa de Crónica.
No habrá fotos del Pity Álvarez
siendo sacado de Fuerte Apache
en un patrullero con un nuevo procedimiento
de etiqueta.
No habrá cámara lenta ni instantáneas sacadas por un vecino
patinando por alguna avenida central
en un auto viejo con autopartes nuevas
que él había guardado esperando
la distracción policíaca.

Twitter, Bailando por un sueño, Master Chef
no van a ser tan relevantes y las
doñas no se interesarán más por si
Jorgito le dio un beso a Nina
en Avenida Brasil
porque los negros
estarán en la calle
en aras de un día más brillante.
La revolución no va a ser televisada.

No habrá titulares en el noticiero de las nueve
ni tampoco fotos de mujeres liberales
con los brazos peludos,
ni de Wanda Nara hablando de su ex.
El temá de la canción no será compuesto
por Gustavo Santaolalla, ni por Andrés Calamaro,
ni va a ser cantado por Calle 13, Shakira, Lady Gaga,
Amar Azul, Tan biónica o Foo Fighters.
La revolución no va a ser televisada.

La revolución no ocurrirá inmediatamente
después de una noticia
sobre un tornado blanco, un relámpago blanco
o un hombre blanco.
No tendrás que preocuparte por una paloma en tu habitación
ni por un tigre en tu maletero
ni por un gigante en tu inodoro.
La revolución no se hará mejor con Coca o Pepsi,
la revolución no luchará contra los gérmenes
que pueden causar mal aliento.
La revolución no necesariamente te pondrá en el asiento de conductor.

La revolución no va a ser televisada,
no será televisada, no puede ser televisada,
la revolución no se postulará otra vez,
la revolución no va a tener un botón de “me gusta” en Facebook




https://bogadocuman.bandcamp.com/track/la-revoluci-n-no-ser-televisada

martes, 1 de mayo de 2018

“Conductas, psicopostales del Ego, ese kamikaze spinettiano-japonés, en las Revoluciones” por P.W. Pansmith a.k.a. 'Shadowless Pete'





I.



La estasis bulle el cerebro, se forma una gelatina espesa. Uno empieza a maquinar, a enloquecer, enhebrando pensamientos, formando un lienzo, una camisa de fuerza que no deja mover y cierra el círculo, hace el rulo.

La laguna espiritual es todo lo que hay, se estancan las acciones, los sentimientos, la vida. Se pasa a un estado contemplativo, que es algo como mirar a través de un vidrio o sentarse en la tribuna; no reconocerse en la realidad.

Los músculos se endurecen, va quedando tieso, rigor mortis, en algún lugar, en cualquier lugar.

Y cualquier lugar se convierte en el centro de cualquier cosa, pongamos una plaza. De repente, ya no es un ego: el ángel Yotuel se fue y esto que fue un yo o un él pasó a ser algo sin rótulo, un resabio del pasado poroso donde anidan palomas y los chicos se juntan a dibujar nombres, mientras se oxidan ideas, justo ahí, entre el pelo de estaño y cobre, pero… pero las palabras… ¿cómo era?

Ah sí, las palabras.

Las palabras falsean intuiciones. Y lamentablemente, el Yo es un saco de palabras. Entonces, no puede explicarse lo que hay del otro lado —del lado de adentro— de una ilusa estatua, hecha de versos, maleada con acordes de algún viejo rock.

Buscando la salida, escapa del cuerpo estático y vuela al infinito. Mirando por el ojo de la cerradura deja de mirar, convirtiéndose en la misma luz papel maché que mojaba las pupilas. Triste, la forma quedó atrás, y el Yo prueba el sabor del aire, de la Nada, del caramelo que en algún lugar del suelo contiene miles de figuras y realidades.

El cuerpo quedó hecho estatua.

Por la estación Eduardo VI… ¿O era vi?

Vi.

Ve.

La muerte.

Es otro dibujito, otra representación.

La ve como llave, brecha, pasaporte. Marca indeleble que permite acceder detrás de la cortina, anteojos para la letra chica, sala de edición por fin al alcance del ser humano, ticket para los juegos (todos los juegos todos) de la creación.

Quizá permita dios mirar al basurero y hurgar, buscando borradores de lo que nunca fue y nunca será, de lo que no tiene tiempo.

¿La revolución?, preguntan las voces. Miedo, replican otras.

¿Miedo a qué? Oye risas desde el fondo del inconsciente. El pequeño homúnculo se retuerce de risa mientras espera nacer. Alguien habló de luz al final del camino. Bien, se dice, quisiera… además ver el foco, el rayo on the making, la fuente productora y su razón de ser. ¿Tendrá alguna?, se pregunta.

Sueña la mirra como red que pesca del mar de la incertidumbre.

No temas, querido, dicen las voces. Siempre aflora la humanidad, la Revolución.

Ya está aquí.

Somos acumuladores de palabras, dicen las voces, y estamos cerca, muy cerca de la Revolución.

Las canciones de amor también pueden ser mensajes de Revolución. Todo depende del lado del telescopio que quiera Uno mirar. La Revolución está aquí, ¿no ves?

Hemos aceptado todo: el pasado es alterable.

El pasado nunca había sido alterado, Libertad. El doblepiensa funciona de las dos formas. Esclaviza…o libera.

Un día de estos no habrá más ambición de poder; habrá risa, habrá arte, literatura y ciencia, cada día de una forma más sutil.




II.



Quizás no brille en las mañanas, la negra flor,

blanca piel languideciendo al aire,

larga cabellera tiñendo oscuridad,

haciendo soñar a la distancia, urgiendo

detrás del frío lienzo azul

mientras millares de pequeños grillos

se suicidan, sin que sepan esos ojos,

prófugos de tanto sol.




III.



…a lo mejor un loco no es más que una minoría de uno solo. En este momento, simplemente soy-estoy en este oasis, a treinta metros del suelo, un pequeño cuadro donde sombras y luces ingresan desde fuera y pintan, bailando un tango. No tengo palabras para explicar el surrealismo sci-fi de naves espaciales, robots y podadoras que toman las calles.

Soy la locura del futuro, mientras amo la única estrella del cielo en su inútil indiferencia. A pesar de sí misma la amaré igual, aun cuando la odie, porque… aunque venga a acariciar con su azul bufanda el cuello, aunque bese con largos dedos mis brazos y este pecho donde late su bandera no está aquí, conmigo.

La odio. Por estar siempre distante, ausente. Siento su gigantesca sombra sobre la mente. Estúpida estrella, si supiera llegar a donde estoy, si tan sólo pudiera mojarse en mí, empaparse de sueños, sabría… que trato de asirla, atraparla con todas mis fuerzas, pero no llego. Entendería la impotencia, comprendería mi profunda tristeza y melancolía, vería la inutilidad de mi lucha, la futilidad de mi misión, el sueño de humo de alcanzarnos.

Entonces, sólo entonces, cuando también haya caído al barro de la soledad existencial, de saberse en otro plano, en otro cristal, entonces (y sólo entonces) podríamos, entre los dos, romperlo, quebrarlo hasta las cenizas, y la arena entre los dedos y el intenso aroma a mar y libertad vendría a despertarnos a la cama, hallándonos inserviblemente agotados, con los cabellos revueltos entre las sábanas.

Habrá que sonreír de infeliz, nomás, infeliz panza llena de pizza con calabresa, por la estupidez zen de dar en el clavo siempre, siempre la justa. Peridomiciliario el arresto. Mi domicilio es el universo, y es un patio que a veces queda chico, pero… como siempre, alguien pasa y te tira un cascote por la cabeza y te rompe la guitarra.

Vivís en un mundo imaginario, dicen. Y al final, parece que tienen razón y que está bien estar encerrado dentro de un cráneo.

Y sí, vivo en un mundo imaginario. Cómo describir, si no, las casas, las calles, los baches, los pozos, el cordón de la vereda inundada por parches de un verde tan hermoso que da calambre. Cómo explicar vivir en este mundo: un mundo donde existe un ser llamado Manuel Pies cantando a la esperanza con una criolla (y lo llaman calle), donde todavía existen superhéroes con bigotes de dos colores (los dos tipos más lúcidos de la tierra, Carlos y García), donde una tierra verdeamarelha da tanto embrujo de bossanovas y cielos de ojos verdes, donde cuarentones amargentinos nihilistas juegan a la rayuela en calles y nosocomios, donde jóvenes parisinos se han bebido todos los venenos, donde poetas beatniks denunciaron las mentiras de Moloch, donde prosas densas inglesas y cubanas y rusas y francesas y etcéteras ya lo han dicho todo (bichos, bichos dichos todos) y han debido volarse los sesos para bendecir la tierra.

Vivo en un mundo imaginario, donde lo cierto es que los días se deshojan como margaritas de vidrio esmerilado, hojas que los suicidas usan para escarbarse la piel, para recordar a Safo, la gran egoísta.

Un gran mundo imaginario, donde existe un relojito, redondito, amarillito, ciego y caliente, que han llamado sol, y que sale todos los días y se pone todas las noches, mientras hormiguitas caminan y deambulan y trabajan y trabajan y trabajan (y trabajan).

Un gran mundo imaginario, en el que la señora luna juega, egoísta, lejos de les pibes que patean las calles, embriagados en la mierda que circule, para intentar escamotearle una escalera al vacío, una que aparece solo para dejarnos subir un par de escalones y resbalar, resbalar hasta abrirnos la frente y bebernos la sangre que chorrea gota a gota.

La sangre del Hijo del Hombre.

De las seis putas letras.

Sin dudarlo, un mundo así no puede existir. No puede haber cuatro paredes en cada rincón, hasta cuatro paredes con ruedas, cajas, ¡cajas que se mueven, que transportan gente (¿gente?)!

No puede existir un mundo así, un mundo de antiácidos y antibióticos y dinero y plástico y calendarios y tiempo.

Tiempo.

No puede existir un mundo donde exista el tiempo, un proverbio de una mariposa china, de un río que pasa y pasa y pasa y el agua. Otro capítulo importante, hablar del tiempo. Pero poner una letradelantedelaotra ya es decir tiempo, así que simplemente lo dejamos ahí (lo odiamos demasiado).

Perseguimos revoluciones rolingas, somos yihadistas espirituales, Siddharthas de auriculares, divididos por la felicidad del jardín que se fue con el tornado.

Perseguimos revoluciones que se hacen hacia atrás, el tiempo, el redondo reloj de Nietzche pasado por la licuadora de Oktubre!

Creo que necesito una farmacia. Secas, austeras, soviéticas.




IV.



Qué lejos se ve ya todo desde acá, ese dolor

en un sutil contraste de luces y vientos huracanados

flotando después de estrellar la trompa contra el suelo,

tan lejos…

Ya no más el descaro

de una mentira adornando rostros

de personas que yo amaba, imagino

llantos hipócritas en un sepulcro

donde no estaré, tratando

de comprender lo incomprensible

mientras en alguna parte,

en todas partes,

seré gotas de agua, quizás un rumor,

una palabra de aliento

o absolutamente nada.