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miércoles, 15 de mayo de 2019

Todos los caminos me llevan al infierno





En vistas de dejar plasmada una experiencia, y… En realidad, para ser sincero, nada más porque pasaba por acá, ahora que me veo rodeado de tan nobles señores, quisiera aprovechar mi oportunidad… para decir, para contar, para dejar un canto engolado, para revivir y finalmente entender el momento histórico, social y cultural que envuelve a los monos desnudos. 

Ahora que tengo este foco sobre la cabeza, quisiera decir, quisiera… mostrar, que hay otra forma de ver la vida, que existe una peregrinación, un camino, el camino del héroe, que todos surcamos y en el que a veces o siempre las cosas pasan como en un vendaval, y hay una corriente que te lleva en un suspiro hacia los más engalanados momentos, lo que uno llama vida, bah, este pequeño momento de gloria, de cuerpos sobre el espacio, dejados a la intemperie para que el tiempo, gran artista si los hay, haga su juego impasible de retoques y pastiches. 

Quisiera… dejar un canto, al estilo del canto teatral de los poetas, que hoy está tan ninguneado, pero… disculpen, me interrumpo. Debo decirlo, confesarlo. Soy un mal poeta y doy mi testimonio. Es cierto lo que se dice, a todo mal poeta le llega su buen poema, un día, el santo aparece al que prende las velas, y algo me dice que es un buen poema, este, por sobre todas las cosas, aún sin poder dejar atrás la soberbia de bolsillo de ir nombrando las cosas, como ladronzuelo al costado de la historia, como hechicero de feria, como laburante de una kermesse vagabunda que cree, que sabe, que siente, que se puede vivir de otra manera, que se puede volver al aquí y ahora, que la tierra no tiene nombre, y que los seres que la habitan tienen enseñanzas necesarias, y son maestros en el camino, en el sendero del verdadero cambio, que es nuestro deber entender finalmente al planeta, a la tierra, como casa, como una casa, que, forzosamente, y por suerte, entiendo, nos incluye a todos. 

No quisiera dejar de nombrar, aquí, entre tan respetable compañía, que hay infamias que ya no pueden sostenerse, que se ha intentado dar el viso de normalidad a un cambio sutil pero ensordecedor, y es cierto, algunas veces hay conceptos que han quedado añejos, pero que sirven tal vez para aproximar dos pensamientos, el suyo, el mío, y tal vez empezar a pensar mejor, proponer un juego, eso es lo que uno comúnmente llama diálogo, generalmente se hace frente a frente así se percibe al Otro ser respirando, parpadeando, sintiendo.

Ahora que nos podemos tutear, podemos volver a pensar otro tipo de dispositivos de encuentro, y podemos volver a entender que otra interpretación de la realidad es posible. La política es la disputa por la realidad, respetables compañeros. La realidad se va desenrollando entretejida de muchas tensiones, y hay que percibirlas. La primera es la que viene como defecto intrínseco del sí mismo, es producto de su conciencia. El viejo relato de la manzana, compañeros. 

La conciencia, el yo, implica numerosos problemas. Pero también posibilidades, juegos, senderos abiertos. Hay que saber comprender y percibir los vientos, estudiar los movimientos. No es como contar tallitos de milenrama, aunque… concedo, los chinos la tenían más sólida a toda esa secuencia cíclica de la vida. Igual, sospecho que traer el I Ching a este tipo de tertulias es de mal gusto, les pido disculpas si he ofendido a tan honroso público. 

Estimadas damas, queridos caballeros, después de todo, ¿el poeta, qué sabe de modales? Aunque algunos estamos más emparentados con el bufón del reino que con Dante, sin embargo, debo decirlo, para romper una lanza por el gremio: todos hemos bajado y vuelto del último rincón de los infiernos, hemos probado el cielo, nos hemos encerrado en nuestras cárceles de ego y hemos roto las cadenas y visto el aleteo de las mariposas, hemos vibrado en el corazón de la selva, hemos probado todos los venenos de la tierra y hemos comprobado, fehacientemente, que nada es más delicioso que el agua, también hemos percibido el frío de la calle, la nieve, la lluvia, la vejez de los niños, la voz del pueblo en los ancianos, el lenguaje de los árboles, la fuerza de los ríos, la conciencia del mar, el verdadero color de los sueños, la enormidad de la esperanza, los días de cielo claro, las pequeñas sonrisas, el perfume de las flores, el encuentro de dos almas mirando pasar los días. 

Señores, en verdad no quiero robarles su tiempo, simplemente siento que hay algo que decir, y cada día lo digo un poquito. Lo que pasa es que se me han juntado los días, en el calendario mojado se pegaron las putas páginas, y se me han juntado los días, y ya no tengo mañana, y tengo que respirar hondo y hablar, poder transmitir un discurso que logre perforar hasta los cuadros en la pared, hablo de Chaplin, y también de Orwell, y de Kafka, Borges y toda ensalada, ustedes saben, donde conviven los ladrones de las manos de Perón, las viudas de Trotski, los cuentos de terror para chicos de Carlos Marx, el fin de la inocencia de Videla, las ruinas bombardeadas de la historia, los invisibles colándose en los márgenes más terribles de los textos. Nada de lo que hemos intentado ha servido, señores. El universo no es nuestro, muchaches. Para que lo piensen. Hay algo ahí afuera, y está muy bueno. 

Todavía florecen los poetas, hacemos un silencioso periodismo, seguimos repitiendo en cada frontera, en cada exótico territorio donde se jueguen su carta la violenta libertad y su lenguaje, para enjuagar las palabras de la tribu, para señalar una pared, para dejar un testimonio, un pequeño manifiesto, para silbar en los ratos en que no silba el viento, y seguir caminando acompañados, un poquito más cerca, un poquito más juntos. ¡Perro! ¡Ay de mi, qué maleducado!¿Ustedes… de qué estaban hablando?


jueves, 2 de agosto de 2018

Caso Artaud: Nuevas perspectivas


por Juan Milton



I.

Es absurdamente triste vivir en esta época, donde nada queda ya por inventar y los silencios tienen más valor que las palabras, que parecen zurcidas a la lengua, en un burdo intento de no estropear momentos coreografiados para la maqueta en la cual vivimos.
Hace bien tanto como hace mal.
Entonces descubrís dos lados de la palabra: tan chata, tan plana, bidimensional, para contar algo que abarca todo un cosmos, y a la vez, tan necesaria para hacerlo, para pensar el mundo, para relacionarnos con él y en él.
Surgirá la pregunta en los labios —más bien ya lo hizo y estos labios y estos dedos y esta tinta intentan recrearla, reflotarla porque vale la pena plantearse una vez más y anotarse en la lista de espera para golpearse la cabeza ininterrumpidamente contra una invisible pared, a ver si en algún momento de la historia logramos terminar con ella, con la pared (y con la historia también, ya que estamos), reducirla a polvo, molerla hasta que el viento o como se llame (touché) sin palabras, la sople sobre una tierra virgen de significado—. Mejor dicho, surgirá la arcaica pregunta en algunos labios sensibles: ¿Qué hacer, cómo tomar contacto con la verdadera realidad, a la que no llegan las palabras, si no es por la palabra misma? ¿Qué caminos hay por andar?
Antoja pensar en el viaje, irremediablemente solitario (y sin retorno), y en la condena a la soledad, a la incomprensión. Es imposible volver tras los pasos como un moderno Prometeo y regalar el fuego a los hermanos. Es imposible volver curado de pasado, de presente y de futuro desde ese otro lado. Imposible, im-po-si-ble.
En todo caso, si no fuese imposible, se vuelve todavía imposible la transmisión: modular, en forma de palabras, gestos, o cualquier herramienta de comunicación, aquella vieja visión de paraíso.
Es por este pensamiento articulado por el que sé que es un viaje de ida del que estoy muy lejos.
Es por este pensamiento articulado por el que sé que me encuentro en franca anhedonia, por que los verdaderos sentimientos, lo que es real, está allá, del otro lado, tapado por la pared, y esto que está acá, este corazón, es sólo ilusión, un pequeño esbozo de lo que espera.
Sé que estoy acá porque no he llegado, porque no he partido o quizás he partido pero estoy ahí nomás de la salida, porque no sé buscar. Quizás no hay que buscar, porque no es un viaje y es algo que se encuentra solo, un interruptor que hace clic en algún momento del camino, de la vida, de los pensamientos. La mente quedará en blanco, el sol dejará de llamarse sol y el cielo, cielo. Pero el sol será infinitamente más Sol que antes, y el cielo, infinitamente más Cielo que antes.
Surge el impulso de buscar indicios, pistas, trazos de esa otra realidad. Movido por el fuego — ¿heredado de Prometeo? —, tan propio de mi raza, de mi humanidad, voy caminando sin rumbo, trazando la misma hipérbole por la que han caminado ya otros fulanos, dibujando sobre el aire un garabato que siento original, pero que está tan gastado, tan remendado en su intangibilidad (y a la vez es tan mío que lo hice con pedazos de mi alma, que duele la tinta mientras se forma en el aire).
Este garabato es camino, es viaje, es indicio y pista, pero nunca llegada, nunca solución de La pena existencial. Pienso en la locura, en la incapacidad de comunicar, en esa libertad tan dolorosa. Surge el miedo del error de cálculo, y qué tal si…
Pero no, mejor no pensar consecuencias funestas e imaginarnos regresando con toda pompa como profetas en propia tierra.



II.

Entre cuatro paredes blancas estoy, pensando, vestido todo de blanco, pensando. Con dos manos (parecen las mías…) tan limpias y blancas, pensando. No sé por qué estoy descalzo, pero adoro la arena húmeda entre los dedos, el sonido a mar detrás de los granitos mojados de arena salada, el sol tan cerca de los ojos (parecen los míos…), el cielo tan cerca del suelo. Todo parece una tela, un pañuelo que puedo quitar de un manotazo y lo que está detrás está tan al alcance de la mano, pero… después de un parpadeo, ya no hay arena: estoy preso tras los ojos (¿éstos son mis ojos?), entre cuatro paredes blancas mi yo pensando, todo blanco, tan blanco.
Trato de gritar: no sale la voz; parece amputada, cortada de raíz. No sé dónde estoy, cómo llegué aquí. Entonces sonrío de miedo, horrorizado viendo a la gente pasar a mi lado, tan blanca. Me muevo, o me mueven.
El enfermero (porque sé que es un enfermero), devuelve condescendiente la sonrisa que le arrojo, mientras balbucea noséquérreferenciaaunprocedimiento y me lleva, porque ahora estoy seguro que me lleva, a una habitación ya no tan blanca, ya no apacible. Definitivamente sin mar, sin arena, sin cielo. Sin sol.
Me mueven otra vez, me recuestan; parece una cama, pero es tan incómoda… No sé por qué me atan, no sé por qué los cables en mi cabeza. No sé por qué.



III.

Los relojes de Dalí:
fiel representación del tiempo,
la eternidad circular de Nietzche
en el minutero
de relojes de bolsillo

vuela un pato
escapando
de tu pulóver

¿Cómo despegarse,
cómo salir del circuito?
¿Cómo detener
algo que no existe
pero corre en la muñeca?

Novela interminable,
la vida.

Y un pato
volando
escapando
de tu pulóver.