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martes, 14 de septiembre de 2021

...y las sirenas

" …Detén tu nave y ven a escuchar nuestras voces. Después de deleitarse con ellas, quienes las escucharon se van alegres, conociendo muchas cosas que ignoraban, … sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda"
 
Cuenta un ciego que así cantaban las sirenas, endulzando los oídos de unos cuantos griegos, haciéndolos estrellarse contra las rocas, abrazando la muerte.

¿Qué son las sirenas? Alguna vez se las pensó como seres mitológicos, mitad humanos, mitad pájaros o peces, portadoras de melodiosas, irresistibles, e hipnóticas voces que acercarían o acompañarían hacia la muerte a cualquier desprevenido que oyera sus cantos. ¿Qué música o palabra esconde brillo tal que vivir inmediatamente después se hace intolerable o un precio razonable a pagar por la experiencia?
 
Hoy se las intuye como energías o entidades que con sus "voces" tientan a tantas y tantos navegantes, a tantos poetas, a tantos curiosos y desprevenidos de la vida. Las voces se apagan al llegar al cementerio. En los puertos usan el vocablo voz referido a las sirenas para hacer referencia al "acto mágico/encantamiento" al que son sometidas sus víctimas. Es un acto complejo, nunca simple, aunque algunas voces no dejan de ser sutiles. Las voces incluirían juegos del espectro sonoro, sí, pero también del visual, gustativo, olfativo, ¡hasta del táctil!
 
De todos modos, vivimos en un planeta en el que hasta las sirenas se han devaluado. Pobres, se hacen pasar por clarividentes, ¡sin memoria y con los ojos nublados! Algunas, incluso, también son marineras; las más tienen dos, tres trabajos, siempre un solo amo. No tienen pasado ni futuro, viven dentro de sus cantos. En la oferta de muerte codificada en sus coros ya no convidan siquiera la promesa del conocimiento. No hay caramelos, ni siquiera de madera. Solo la distracción. Eso sí, algunas veces se puede escoger entre la distracción por indignación, por odio o por miedo. La que toque primero.

Cuenta el mismo ciego que cierto grupo de griegos, al volver a su patria después de años de guerras e infortunios, navegando una barca sin nombre, tuvo su fatal encuentro con las sirenas. Parecía inapelable, el destino, pero estos muchachos lograron zafar y construirse un destino nuevo.
 
Dentro de las muchas formas que uno puede pensar un pueblo está la de percibirlo como una suerte de sueño, una historia, una construcción de muchos, que engloba sentires, percepciones, ideas, en una idea mayor, una idea de hogar emparentada con lo más sagrado.
 
Tomemos la idea del barco y pensemos un pueblo como la tripulación estable de un barco que también es pueblo porque fue construido en el corazón del astillero del puerto del que han salido y al que esperan retornar. Una tripulación que tiene una idea de hogar al que regresar. Una tripulación que sabe que el barco también es hogar en tanto el barco es presente, aquí y ahora, tiempo y espacio. Pero a la vez no olvida aquella tierra, el paraíso perdido. Y todo eso es la patria, un surco en el agua, el vaivén, una estrella en la noche.
 
¿Qué es lo sagrado? El acto, la construcción. Un pueblo se construye: un conjunto de seres puede agruparse o atomizarse. Se agrupan desde la conciencia, desde el oído atento para el amor y las historias, porque hay muchas, porque somos muchos, porque en Nosotros hay un Yo y hay Otros, tan distantes como que somos otros cuerpos, pero tan cercanos como que estamos en el mismo barco, bajo las mismas variables atmosféricas, y el sufrimiento es una verdad histórica a la que tenemos que hacer frente, porque toda vida sufre, pero las cargas no se reparten igual, y entonces las historias brotan como cicatrices, girones de una u otra soleada vida surcando la Nada, de vuelta a casa.
 
Pero un pueblo también puede atomizarse. Cantos de sirena... se entiende la tentación en tanto que es  deseo susurrado al oído: hay un poco de Eros en Tánatos, y un poco de Tánatos en Eros, algo que el pueblo chino sabe muy bien. Los tiempos están crispados, cualquier nube anuncia tormentas. Ojo, que no te distraigan. Cuando se habla de algo se deja de hablar de otra cosa. Esto es así porque la palabra ocupa tiempo y también espacio. La pregunta es de qué no sé habla cuando se habla de lo que se habla.

¿Cómo escaparon aquellos griegos? Dicen que fue la experiencia, el buen oído, atento, resuelto. Untar los oídos con cera, dice el ciego que le dijeron, un rato antes, al capitán del barco griego, un poeta de muchos senderos, de multiforme ingenio. Dicen que otro dijo: “cada uno es artífice de su propio destino”; ése no era ciego.
 
Cuentan que al capitán griego no le prohibieron escuchar el canto más íntimo de los mares, aquel canto secreto del que se especulaba con los más locos argumentos -la magia, el poder, el conocimiento, el enigma del amor; algunos, incluso, mencionan un néctar innombrable y por lo tanto incognoscible, más arcano que las sirenas-, más le advirtieron: 
 
“Tu solo podrás oírlas si quieres, pero con los pies y las manos atados y en pie sobre la carlinga, hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción”.
 
Sensatez, amor, memoria. El buen oído, atento, resuelto, es esencial. Eso lo sabe cualquier ciego. Lo difícil es distinguir el canto que oculta la piedra entre las olas, el que esconde el bosque detrás del árbol. Comprender cuándo llega el momento de atarse al mástil o elegir la cera.

 


 

viernes, 11 de junio de 2021

(17) Miguel, Javier. «La inflación» . En: Antología poética libertaria americana: 100 econopoetas de pachamamita. Chicago: Mingo Ediciones SRL, 2095 pág. 1991

 

Cuando despertó,
el dinosaurio ya no estaba.
Se levantó raro,
se sentía distinto.

-sesenta no se cumplen todos los días -dijo un reflejo.

Sentía el cuerpo raro
estirado, resbaloso
friccionable.

Había algo diferente,
aunque no podía saber a ciencia cierta qué.

Javier, ya estamos en la mesa.
Javier, ¿te sentís bien?
Javier, estás…, estás…
Javier, ¡estás inflado!

Javier tuvo miedo.
Había oído hablar de la inflación
pero pensó que era una enfermedad de las cosas.
Nunca se sintió un globo,
y sin embargo, helo ahí:
inflado.

En su familia tenían manos de tierra y piel resbalosa
(mala combinación)
las manos no aprehenden
cuando quieren agarrar.

Javier resbala,
impulsado por la segunda ley de la termodinámica
hacia algún ángulo determinado.

Javier trata de pensar:
en la Carne, en la Hierba,
en el Ázucar hay inflación,
igual que en este mate.

Al rato se cansa,
distraído.
Una cierta levedad lo carcome
y la actualidad por momentos se torna peligrosa.

Lucía y Huguito se pasan al tío Javi,
la tía –su hermana-
los reta con la solemnidad de los ritos ancestrales
que involucran calzado.

Javier concluye,
baqueteado,
pateado, pinchado,
al borde del estallido
(¡y en manos de niños, nada menos!)
que la inflación es un problema serio.

-y que tiene muchas causas- dice el mate,
mientras Javier logra encerrarse en el cuarto.

Hay una angustia que es el único peso en el bolsillo de Javier,
en la cama es evidente la ausencia del dinosaurio.

Javier no sabe si dormir,
teme cualquier roce
hasta el de un insecto;
piensa en googlear un médico
un payaso o un profe de economía.
 

 
 

martes, 13 de abril de 2021

Lo que veníamos temiendo

 

Soñé con barbijos, lo que veníamos temiendo. Soñé con barbijos, pensé que nunca iba a pasarme. Los sueños son territorios raros. Parecieran inexpugnables, pero son sensibles a ciertos signos, vibraciones. La mente en determinadas frecuencias puede ser un lugar más permeable, con menos trabas.

Estamos tan dormidos, pidiendo por la locomotora de la historia. Hay mataderos, cultivos artificiales, supermercados, las ballenas casi no se hablan por todo el ruido que hacemos vaciando los océanos, nos perdimos hace tres vueltas en el laberinto. Niños crecerán sin abrazos y seguimos agolpados en ciudades. 

No quisiera hacer una alabanza a la vida en los campos, que entiendo tiene sus complejidades, pero... hay líneas ancestrales que no hemos seguido y que se pierden en la selva donde respira otra historia. La vida en los campos también trae un contacto más cercano con la tierra, perdón..., la Tierra, este vehículo en el cual viajamos por el espacio y que respira y es dueña de una tecnología única; bah, lo que llamamos vida.

Garroneando vacunas estamos, todo sigue igual de bien. El agua, si viene, nos viene envenenada, venden filtros para los filtros. Ñanderoga son cuatro chapas, si no son alquiladas. Seguimos dando vueltas sobre la propiedad; hay cosas que no entendemos. ¿Alguien se acuerda de Ramona?

Liberen las patentes y demuestren que no es todo un negocio, que la humanidad tiene ese componente humano del que supuestamente nos enorgullecemos. Liberen las tierras para que cada humano, en la identidad que se asuma, y con la libertad de saber quién es, pueda tener acceso a su propio alimento, que pueda vivir en carne propia la belleza de la naturaleza, que pueda aprender de los ríos y de las plantas que ve crecer en su huerta, que viven aunque uno arranque hoja o fruto, que son tan sabias como los árboles, o incluso los pájaros, si queremos saltar de rama.

Un campo como lugar material, existente en el espacio, pero también entendido como campo energético. Queremos una casa que sea techo y no guarida.

Soñé con barbijos, ¿habrá cosas de las que no se vuelva?

 


 

lunes, 6 de mayo de 2019

Esa mujer




Rodolfo Walsh






El coronel elogia mi puntualidad:

—Es puntual como los alemanes —dice.

—O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

—He leído sus cosas —propone—. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

—Esos papeles —dice.

Lo miro.

—Esa mujer, coronel.

Sonríe.

—Todo se encadena —filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

—La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

—¿Mucho daño? —pregunto. Me importa un carajo.

—Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años —dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

—Contale vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

—La pobre quedó muy afectada —explica el coronel—. Pero a usted no le importa esto.

—¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

—La fantasía popular —dice—. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

—Cuénteme cualquier chiste —dice.

Pienso. No se me ocurre.

—Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

—¿Y esto?

—La tumba de Tutankamón —dice el coronel—. Lord Carnavon. Basura.

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

—Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

—¿Qué más? —dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

—Le pegó un tiro una madrugada.

—La confundió con un ladrón —sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.

—Pero el capitán N...

—Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

—¿Y usted, coronel?

—Lo mío es distinto —dice—. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

—Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

—Me gustaría.

—Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

—Ojalá dependa de mí, coronel.

—Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

—Mire.

A la pastora le falta un bracito.

—Derby —dice—. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

—¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

—Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

—Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

—¿Qué querían hacer?

—Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

—Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

—Y orinarle encima.

—Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! —digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

—Esa mujer —le oigo murmurar—. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El coronel bebe. Es duro.

—Desnuda —dice—. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd —el coronel se pasa la mano por la frente—, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos.

La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

—Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

—...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire

—el coronel se mira los nudillos—, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

—No.

—Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

—Pero esa mujer estaba desnuda —dice, argumenta contra un invisible contradictor—. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

—Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

—Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

—¿Pobre gente?

—Sí, pobre gente —el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior—. Yo también soy argentino.

—Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

—Ah, bueno —dice.

—¿La vieron así?

—Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

—Para mí no es nada —dice el coronel—. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

—A mí no me podía sorprender. Pero ellos...

—¿Se impresionaron?

—Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.

Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".

—Beba —dice el coronel.

Bebo.

—¿Me escucha?

—Lo escucho.

Le cortamos un dedo.

—¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

—Tantito así. Para identificarla.

—¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".

—Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?

—Comprendo.

—La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.

—¿Y?

—Era ella. Esa mujer era ella.

—¿Muy cambiada?

—No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.

—¿El profesor R.?

—Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.

—¿Enciendo?

—No.

—Teléfono.

—Deciles que no estoy.

Desaparece.

—Es para putearme —explica el coronel—. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

—Ganas de joder —digo alegremente.

—Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

—¿Qué le dicen?

—Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

—Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

—La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

—Llueve —dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

—Llueve día por medio —dice el coronel—. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

—¡Está parada! —grita el coronel—. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

—No me haga caso —dice, se sienta—. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

—¿Eh? —dice— ¿Eh? —dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

—¿La sacaron del país?

—Sí.

—¿La sacó usted?

—Sí.

—¿Cuántas personas saben?

—DOS.

—¿El Viejo sabe?

Se ríe.

—Cree que sabe.

—¿Dónde?

No contesta.

—Hay que escribirlo, publicarlo.

—Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

—¡Ahora! —me exaspero—. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

—Cuando llegue el momento... usted será el primero...

—No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

—¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.

Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.

—Es mía —dice simplemente—. Esa mujer es mía.


sábado, 25 de agosto de 2018

sábado, 18 de agosto de 2018

Pinturas de guerra






Alguien construyó la alfombra. El periodismo produce hechos, ya no los comenta. Se habrán aburrido. Dice un dolape que donde hay poder, hay resistencia, es cierto. Todo se va plegando simétricamente, las cosas que existen perviven sobre la alfombra. Al ángel redentor de la historia hay que ir a buscarlo al tacho de basura.

La resistencia existente es aquella que necesita ése poder para persistir, para ser. Las luces alumbran a los tocados, esos buenos muchachos tienen respuesta para todo y nunca se bajan del caballo, aunque realizan sus visitas higiénicas a los pobres nunca les faltó un mendrugo. Visitas que, por otra parte, luego de realizadas repugnan sus inconscientes, tan privados y personales, pero es algo que hay que hacer, se dicen mientras se limpian los dientes blancos, una necesidad, pintar de cartón el mundo para moverlo por detrás, ese estilo de historias para dormir de noche. Luego de cada timbreo lavarse las manos con alcogel, la cabeza con nieve nasal, los ojos con retiros en Chapadmalal. Otra que la máquina de pescar pájaros, la eterna profilaxis histórica, que no se nos vaya a pegar la miseria.

Y mientras tanto los de abajo siempre deambulamos a pie, las plantas gruesas y descalzas, las manchas de viejo barro. El deseo es el motor del cambio, el instante previo a despertar. La resistencia se realiza deconstruyendo la dialéctica esclava del poder, un poder que no ha cesado de vencer. Ojo con dejar que se privatice la libertad, con creer que la sangre derramada será la bebida de los de abajo. Darle lumbre a la esperanza, eterna fumanchera en las esquinas, acompañante de utopías y sueños populares, blanquicelestes.

miércoles, 25 de julio de 2018

A través del espejo


por Gregorio Marman


A veces lo único que espero –si es que espero-, lo único que albergo –si es que albergo-, y espero que vos también (y esto es una doble esperanza entonces), es la hipócrita verde esperanza de un comienzo nuevo y fresco. Dicen mil rocanroles por los satélites que es hipócrita porque no hay ni habrá ni hubo nuevo ni fresco ni comienzo y lo que en realidad espero es retomar el hilo del laberinto donde lo dejamos (y espero que vos también, espero que vos también). Pero son vanas esperanzas, invisibles, ya no verdes, sin color, que se esfuman en el instante en que se termina la duermevela y torpe camino rutina lavabo saluda cara de mentira. Bautizar con agua el día, se sabe.

Y sé que es una esperanza banal, chiquitita, mi paréntesis, porque de mí no dejé nada en sus ojos, un paréntesis, una mosca, un pelo en la sopa, una sensación extraña que quedó ahí.

¡Ah! Cómo envidio su libertad libertina libertad, cómo quisiera dejar este bello ancla lejos, lejos, lejos del fondo del mar, poder escindir, o al menos izar, apagar las luces que iluminan un camino y un piolín que todavía (y aún cortado) está esperando, ¡todavía está esperando!, sin esclavitud, sin deberle nada al Tiempo espera lejos y sordo, cebándole mates a Cronos al costado de todo ¡Todavía está esperando! Aunque no quiera, aunque estos ojos no vigilen, aunque nada exista ya en este mundo, secretamente espera, hipócrita, la doble verde esperanza.

Así vivo en el instante de la duermevela y me he vuelto guardián -¿Quién me nombró Guardián De Lo Que No Existe?-, críptico, decrépito y lagañoso guardia de los borradores en el cesto de basura, estudioso de la pictografía, geógrafo, cartógrafo aficionado de las sombras de la plaza a altas horas (¿ha haltas oras?), delirio de fósforos pelados y muertos, de pasto sin cabello, de picaduras de insectos varios.

Te cura o te mata... ¡Banzai! Seppuku fotografiado en la pupila ausente y midriática de un ojo negro ¿Y el otro? ¿Y el Otro? Hurgar febril en el borrador, esto no se termina hasta que me lave la cara, hasta que me lave la cara, este tartamudeo azul sobre blanco sobre verde sobre amarillo sobre verde. Todas las hojas son del viento menos las que se tiran a la basura.

¡Banzai! Alguna vez eme be ese eme y doble eme delinearon un país que pintamos mal, como pibes pendejos que somos nos pasamos de la raya (y mientras digo raya la gata nos muerde los tobillos y los dedos y los bordes de un cuaderno cuadriculado y ríe despreocupada, hija de puta). Tengo un pelo en la lengua y no puedo hacer sonar ningún silbato –de todas formas yo no colaboro con la perrera-.

Estoy hablando de nada otra vez a la orilla de las tierras de Morfeo ¡Cómo quisiera ya ese verde fuego fatuo hipócrita que ya ni siquiera quema, que es la paloma en la mano del loco, que es la Argentina de Belgrano, San Martín y Moreno (plateada, cinematográficamente plateada y de infancia y escuela primaria). Hablo de Argentina con saudade brasilera pero en realidad quiero decir otra cosa, que no puede aflorar por completo (y es tan plateada, cinematográficamente plateada y perfecta y de infancia y escuela primaria y es una pupila ausente y midriática de un ojo negro perdido).

Tachá todo lo anterior, si te animás. Obvio que no, sos Pérez que anda y Gil que camina. Un Guardián nombrado a altas horas (¡Ha haltas oras!) por la elegancia mentirosa de Safo, perdida en esa isla de mierda a donde todos llegan menos los rezagados espectadores del final. Se vienen los créditos y realmente esto se cae, se cae para siempre. Pero un tonto tiene que contar la historia, la historia.

Una última conversación ¿tal vez? El mar que ya casi ni agua tiene, lleno de botellas con mensajes en blanco como éste, mensajes en Plaza España, banderas rotas, bancos rotos, infancia rota. Mi vieja crió un idiota de corazón lunático, las lágrimas ya me lavan la cara... ¡Gracias!

viernes, 29 de junio de 2018

(Malleus Maleficarum)

por Nayla Zárate

Curioso que Cristo haya maldito el árbol porque no dio frutos, cada cien años el arquetipo del verbo en el camino de la redención, fundiéndose el círculo de la cruz. Tu San Ernesto de la Higuera colgado en el pecho, bajo mi bufanda azul, decía una música, el martillo de las brujas, el Indio lo volvió a hacer, quemando las turbinas. La oyó decirlo, había algo raro en las palabras, una incorrección que iba más allá de la política, que se quedaba más acá, en la vereda, que hacía doler los ojos, un oyente que se llenaba la boca de revolución y no entendía que tenía que aprender hasta pasar de la vereda de la ortografía, a quién le parece que a la Rebolución le importa la ortografía, si no aprendés a abrirte a la Tierra, a rascarte donde no pique, tu revolución necesariamente va a ser la del super, la que ellos te dan como pastilla para que duermas tranquilo, le decía la chola, mascando coca, pasando mercaderías, de Villazón a la Quiaca, por el río somos los sobrevivientes, los Gendarmes son malos, te sacan las cosas, te piden el peaje, brotan hasta de entre las piedras los muchachos verdes, decía la chola, y se iba sacando los abrigos escondidos bajo la pollera, el trenzado cabello ancestral, la cara llena de sol, pasando por la frontera con el diario del Che entre las piernas, la boca llena de poesía y llena de coca, gritaba: ¡Biba la Rebolución!