Otra puerta que se cierra, otro fin de la Historia,
así comenzaba el gran poema que Gregorio Marman escribió en la pared del manicomio. Lo sé, estuve ahí: fui el encargado de echar llave al otro lado. Entró por voluntad propia, esto quiero decirlo. Para que quede asentado. En la Cooperativa Macedoniana nos tomamos muy en serio estas cosas.
Los primeros días de Gregorio transcurrieron tranquilos; dos paredes y un vitral estilo colonial con vista al patio lo tranquilizaban. Lo que se dice un cable a Tierra, ayudaron a bajarlo. A todos nos hace falta de vez en cuando un poco de contacto, para no perdernos. Lo mejor para dejar de mirar un ombligo es dejar de mirar un ombligo, digamos.
Practicamos la terapia homeópatica, sencilla. Como el padre de la patria. Líneas ancestrales de la medicina, para oxigenar. Las paredes de este cuarto, que atestiguan el paso de Gregorio, hoy son un hecho artístico en sí mismo y parte de la terapia, como usted puede apreciar, ¿sr...?
Recuerdo que al sexto día, hablando con Miguel, preguntó si podía salir. Era de tarde y se acostó bajo aquel paraíso de allá, a conversar con los pájaros. Al rato estaba silbando. Hizo traerse un mbaraká para enriquecer su charla y así esa tarde se convirtió en muchas. La idea del lugar es un poco mostrar la luz, la Luz como una variante de la energía, ¿entiende?
Tardes y noches conversaron con Gregorio calandrias y zorzales, un jilguero solitario, algún mirlo. Venían a verlo desde muy lejos trayendo las historias que recogían de los árboles más lejanos del monte.
Se armó una casita en un parquecito entre sauzales, cerca del fondo de la Institución. Es un artesano, arregla instrumentos. Un luthier, con la sapiencia que traen el amor y el camino a lo largo de los años.
Entendió que acá trabajamos entre todos y se puso a enseñar a los que vinieron detrás de él. El lugar es grande, como puede ver, y hay lugar para todos.
No nos gusta pensar en el modelo del arca, si entiende de lo que hablo. La idea de este lugar es la sanación por medio del conocimiento. Todo aquí es a voluntad. Nos alimentamos de lo que nos da la Tierra, a la que respetamos y honramos con horas de trabajo bajo el sol, los que quieren, los que pueden, los que tienen voluntad. La cultura es una rueda, ¿sabe?
No intento venderle nada, usted es periodista, lo entiendo, hace su trabajo. Nosotros trabajamos con manifestaciones de energía. De todos los géneros tenemos telas: tenemos poetas, magos, músiques, bailarines, pintores, escultores, telarines, artesanes, urbanistas, madres, abuelas, historiadoras e historiadores de lo cíclico. El sol sale, el sol se esconde. Nosotros no percibimos que el Sol se mueva. Esto responde a los tiempos del Sol. El Sol se mueve más lento de lo que nosotros nos movemos alrededor de él, porque el Sol nos mueve con él. Gracias al Sol somos y tenemos conciencia. Son investigaciones serias. Sí, sr..., también tenemos investigadores.
Cuando dos líneas se cruzan, escribió Marman, forman una estructura. En un círculo está la noción de contenido; en el punto, la de concentración. Nótese que en un semicírculo se esconde la idea de receptividad, pero también la de la sensibilidad; aquí entran los sentidos. La línea impulsa, la flecha direcciona; en la línea hay movimiento. Escribía en un lenguaje muy viejo, Gregorio, con olor a estrellas, si me permite.
Emmanuel Horvilleur es un tipo al que no lo tenía muy oído, más allá de los Kuryaki. Un poco por prejuicio, otro poco también. Sin embargo tengo que decir que Pitada, su último disco, me agarró con la guardia baja, gracias al cosmos. Un disco de reversiones donde visita parte de su repertorio con musiques invitades (si le molesta el inclusivo, simule que es francés).
Creo que seres como Spinetta sabían que no sólo las gotas de rocío son perlas del alba. También las canciones, cuando están hechas, además de letras, armonías, melodías, ritmos, de amor. No hablo de un amor físico, hacia una persona física: me refiero a un amor a la música en sí, que también es en parte físico, puesto que la música se toca, digo que este amor además hace raíz, permite que uno sane y llene de luz los rincones oscuros de su propia casa.
El disco es impecable, realmente. Una bomba de energía imposible dejar de oír, hecha con paciencia de orfebre o de chamán. Hay mucho humor, además, lo que siempre es sano, y también groove. Hay aires de inocencia infantil entrando en la adolescencia, pero también mucho oficio, en un equilibrio delicado, producto tanto de años de carrera como de años de vida, puestos al servicio de la canción, de una canción a la vez, y después de una canción sobre otra, una canción hermana de otra, para hacer un disco hermoso, maduro, divertido y luminoso, un disco para escuchar a la mañana, a la tarde, a la noche, con mates, con birras, con agua, solo, acompañado, mirando un río, trabajando una huerta, acostado en la cama.
"Yo, no fui, viajaba la canción por mí Te juro que no, no fui Y nada ha sido en vano Nos quedan mil veranos Y te lo voy a tirar
Yo nunca perseguí el hit..."
Finalmente entendí la onda de Horvilleur y largué una o varias carcajadas y tuve que aceptar años después lo que tiraba porque evidentemente era cierto: las canciones desvestidas y vueltas a vestir con aquellos colores de adolescencia, de naturaleza y complicidad con el instante viajan, de la nada a la carne, de la carne al éter – y algunas, las más bellas, las más poderosas, las que resisten, del éter a la eternidad - a través de sus compositores, y sobre todo de sus intérpretes. Si aceptamos que esto es verdad para compositores como Spinetta o García, o Piazzolla o Barboza, para ir por otros muelles, digo… fuelles.
Me fui por las ramas y ofrezco disculpas, inexistente náufrago cibernético. Digo que si aceptamos que la canción viaja a través de los cuerpos para materializarse en aquellos casos, ¿por qué no hacerlo con Horvilleur, del que aprendimos con Pitada que las radios que quería que suenen eran radios de grillos? ¡Por fin entendimos a la orquesta de abejas no como un conjunto de ninfas sexópatas! Pero hay otras canciones y todas tienen lo suyo, como No como y su banjo ceratiano, tan Tracción a sangre, incluso en la cita garciana que en Cerati es dylaniana. El hit, del que ya dijimos alguna cosa, evidentemente era nomás un hit. Amor loco es una locura hermosa, para cantar en silencio o a los gritos. Y tantos otros, realmente, como Mil días, Llamame, 19, Tu nena, Tu estado, incluso hay dos temas inéditos, Pitada y Cosa loca, también de bella factura. Qué digo, ¡Pitada es un temazo! ¡Da nombre al albúm! En realidad, ¡el disco entero da ganas de sentarse alrededor de un fogón para repetirlo en la guitarra!
No descarto que la pandemia me haya hecho algo en la oreja -tal vez me la arregló (?)-, de todas formas, me gusta sentir ese algo que se percibe en Pitada y que hace que hace un mes, más o menos, esté sonando por toda la casa, de a ratos por afuera, de a ratos por adentro de la cabeza.
Ves una pared. La pared está conformada por ladrillos, pequeños ladrillos. Ladrillitos, entonces. Ladrillos diminutos que están antes que nosotros, esperándonos, mucho antes que veamos la luz del mundo. No son inocuos, conforman las invisibles paredes.
Siento tu respiración agitada, querido lector.
Tranquilo, te han levantado paredes toda la vida. Tal vez, tal vez esta vez, se terminen las pálidas. Hay un muro, es verdad: pero existe sólo en la cabeza, por eso espero alargues los brazos. Esto nos lo dice una voz trémula, acompasada, arropada de música que sube y sube, lo que se dice un in crescendo. Aparece una mini orquesta y un pedido; rasguña las piedras, ven hasta mí.
La música es un martillo destinado a percutir la pared, para permitir que afloren las preguntas: nuestras preguntas. Las preguntas terminaran de romper los ladrillos. Solo quiero despertarte, dice la lírica, se oye un grito.
Despierto verás unos ojos y amarás y serás amado, plenamente, porque al fin seremos libres.
Alguna vez se me ha
colgado el mote de llevar el zeitgeist
como bandera. Durante algún tiempo, mientras gustaba lo que hacía. No me quejo,
no se crean: la vanguardia es así. Me han pedido por favor, please, please, pretty pleas e, que haga
algo con mi tiempo. Que aproveche mis talentos, mis investiduras. Que deje de
molestar al personal, al resto de los pacientes. Que blablablá. Que quequequé
¿qué, qué?
Anyway,
aprovechando la existencia de una vieja casetera en las instalaciones, voy a
tratar de dedicarme a alguna cosa. En esta nueva vocación digamos… forzada, de
crítico musical.
No se confundan. Como
todo crítico musical, no hablaré de música con ustedes, jóvenes mortales. No
hablaré de armonías, melodías, ritmos. Hablaré sobre un costado de la música,
uno que muchas veces nosotros los músicos tratamos con desdén, con frivolidad.
Escribiré una breve
reseña acerca de las bondades de la lírica de algún álbum equis, del uso de
poética en la música como catalizador o liberador de sensaciones, de cadenas
mentales. Ya se sabe, de hecho: mucho se ha hablado de las virtudes
psiquiátricas de Rogelio Aguas y su grupo musical que no existe y que vivirá
por siempre. En esta ocasión no queremos cruzar el charco, no hay que ir tan
lejos. Ni en el espacio, ni en el tiempo.
De todas formas vamos a
viajar, vamos a ir un poco en el espacio, hacia el río de la Plata, y un poco
en el tiempo, hacia lo que en términos gregorianos fue o es 1974, porque habría más que decir.
Podría interpretarse de
otra forma lo que voy a contar, sí. Why
not? El sujeto, el observador (o el oyente, en este caso), es un ser
prismático, caleidoscópico, que mira lo que quiere. Este disco tiene muchos
años, y muchas oídas, muchas lecturas. Puede uno interpretarlo de la forma
clásica: se conocen las dotes de crudo periodismo que hay en la pluma del señor
de bigotes de dos colores.
Se mira lo que se
quiere, según quién mire.
Hablemos, usted y yo.
De la mente hablará un servidor, usted de lo que se le cante. Pero ojo,
cuidado. Hay un poco de trabajo, un indulgente favor que le pido: debe
desprenderse de los ladrillos de la historia, del pasado, de la cordura, de
algunas realidades del aquí y ahora.
(Si quiere zeitgeist, déjeme decirle que eso no se
obtiene mirando la vereda y sí mirando un espejo. Algunas veces, una vereda
puede ser un espejo, y un espejo, una vereda. Pero eso es otro cantar.)
Como aquí estamos
hablando de la mente, suponga usted que estamos en un Hospital de Salud
Mental.
En cuanto a los
ladrillos que están antes que nosotros, que esperan desde antes que veamos la
luz del mundo… digamos que existió alguna vez un intento, sutilmente inútil (y
patético), de atentado, contra dichas imágenes-ladrillos-palabras mentales, que
se proyectan en el ser, delimitando, delineando los pensamientos.
Sutilmente inútil, sí,
pero un ataque conceptual, honesto, verdadero, plasmado con colores únicos,
particulares.
(Estoy pidiendo un
esfuerzo de abstracción demasiado grande, tal vez. Para apreciar la poética,
desprenderse del mundo. Desprenderse del mundo para hacer el mundo. Pinta tu
aldea y pintarás el mundo. Pinta tu alma y pintarás...)
La chanza cósmica
comienza en el diseño de tapa: observamos caricaturas querepresentan lo que vamos a encontrar dentro,
fotos en tonalidades de gris de nuestros dos juglares, a punto de ser devorados
por gigantes de cemento. Las calles son tan frías cuando no hay nadie. Intentos
arrogantes y dulces de poner la música en un pedestal paranoico, turbulento, de
encierro, al servicio de mandar una postal al vacío con ayuda de mellotrones y
sintetizadores de la psicodelia.
Al ingresar al álbum,
podrá encontrar usted un clima enrarecido, como de guitarras eléctricas o
acústicas, bajos, violines, armónicas, sirenas y baterías, voces y coros: se
trataría de un cirque du freak, dando
pinceladas de un plateado filarmónico, utilizado para darle una vuelta de
tuerca, un sonido más… verdadero, de calle, atrapante.
Pequeñas anécdotas de
un disco abre-mentes. Un disco que hay que escuchar con atención para intentar
no perderse nada.
Se nos introduce por la
puerta lateral de este circo, un pequeño teatrito (¿no era un hospicio?). Se
enciende una luz, y una voz comienza a encuadrarnos, imagen por imagen,
mientras se otorga, como apropiándose para sí, el título de abogada del futuro,
de un bello sol, de un hermoso cuestionamiento. ¿Por qué?, pregunta. ¿Por qué
obligamos a Casandra a esperar, a rezar, pidiendo que algún miembro del
personal de maestranza realice la limpieza de su humanidad?
Llega el aviso: beware the jabberwock, my son. Hay seres
que mueven los hilos dentro de este teatrito. Ojo, atención. Surge la pregunta,
otra vez…
¿no es, acaso…
el terror
a la
soledad
lo que nos… obliga
a pegarnos
a
las instituciones?
…contextos que hacen de un payaso, un
payaso rojo, o un payaso blanco. Surge una voz aleccionadora; obvio, como
siempre. Dice que las cosas son así, te urge a que no preguntes más, ya está.
De nuevo, Casandra,
triste, maldita, nos increpa. Siempre el mismo terror, el miedo a soltar las
cadenas, nos hace esperar sin recorrer el atardecer de los sueños.
Así comienza el viaje,
el pequeño relato en este teatrito, atención.
Sobreviene una suerte
juego de luces: se encienden las estrellas de la carpa surrealista, al mango de
un tango.
Casandra, la gran
protagonista, vestida de gala, sale nuevamente a escena.
Cuatro cadáveres,
cuatro casas sin ventanas van a reabrir sus ojos. Esta mentira se está
terminando, canta Casandra. Se tiene que terminar, aunque alguna gente viva
metida en un baúl.
Al parecer, este tema,
esta canción, no debió estar, no debió ser. Se nos ofrece como un delicioso
caramelo borrador. La censura reinante nos regaló con inmensa ceguera esta
delicada pieza.
Esto se está poniendo
bueno, pero oímos sirenas por todos lados, paniqueamos.
—Están todos los
muertos, todos— la voz sale como de un parlante de verdulero—todos acá, para el
que los quiera ver, desfilando en el escenario.
Cuadro sobre cuadro
sobre cuadro.Es un espectáculo
realmente terrorífico, tanto que nos distrae del juglar que hace el relato.
Pareciera como si quisiera vendernos los cadáveres. Llantos, tristezas,
angustias, también los ofrece.
—Hay para elegir —dice,
melancólico rufián.
Hasta las caretas
podemos elegir —falsamente elegir—, para salir a la calle.
—Elija usted—increpa.
De nuevo el reclamo.
Cómo identificarse por el yo, secreto de producción. Yo es Otro, yo es Nosotros.
Yo, entonces, que crecí tan puro, tan limpio… ¿qué estoy haciendo? Surge una
pregunta, una máxima, ¿cuántas veces?
¿Cuántas veces tendré
que morir para ser siempre yo?
Cuántas veces habremos
de traicionarnos, de recortarnos, para estar. Cuántas veces habremos de salir
metafóricamente a matar para existir, matar para existir. Burocráticos
conceptos de discurso, conversaciones, instituciones simbólicas, inexistentes
salvo en el fluido paso de las palabras. Instituciones, gran sombra posándose
en todas partes.
Malditas instituciones.
Sale un clown, pareciera estar representando un
cuento basado en un personaje real, de tres dimensiones. Nos habla acerca de
los censores. Antes existía gente así. Ahora también, seguro. Pero
lamentablemente para nosotros ya no llevan nombre, libres guanacos. De todas
formas, no quisiera ponerme a divagar. Censores de la moral, tipos grises,
falsos, que intentan decidir sobre las mentes de los demás, apresarlos,
recortarlos.
Por suerte, el
piolincito humanidad delata, se abre paso entre los dos centrales y cabecea al
segundo palo. Su enfermedad, pobre censor, está en no admitirse, en negarse.
Por lo tanto odiarse, odiar a los demás. Trata de señalar lo que es bueno, pero
sabe, en el fondo. En el fondo, su propia humanidad lo censura de fuerte
censura.
No se confunda usted.
El poeta señala, pero no censura. Dice,
revela. La ironía es la dura piedra
en la que convergen realidades contradictorias. Inconscientemente, no es nadie,
se dice el clown,mirándose en un espejo de mano, no existe nadie capaz de señalar a
nadie. Se percibe una suerte de clima de película mellotrónica y el sonido de
las tijeras, tijeras.
Tijeras por todas
partes. Oh, ¡Casandra, vi! Tu nombre en los diarios. Y nadie te vio. Te veré en
veinte años por televisión, canta el clown,
cortada y aburrida.
A todo color. Tijeras.
Moral. ¿Dónde? Cierra el telón.
Hay un pequeño intermezzo, un coffee break para salir a fumar y hablar de relaciones de pareja,
de los miedos, de no entregarse. Todo y nada, para dar.
Un grupo de cinco
púberes agrede a una monja, parece una carmelita descalza: ¡falsificadora!,
gritan, ¡libérate! Es rescatada por un policía, le acaricia el velo. No llorés,
nena, que no es la muerte, parece decirle, pero estamos lejos y bajo los techos
alumbra el sol. Te podés quedar, yo también busco algo, dice el cana, ampuloso,
casi a los gritos. Tal vez bajo las sábanas… promesas artaudianas, entre
calientes y amargos mates. Dentro del circo se oyen ritmos alegres,
esperanzados.
Naranjas y verdes.
Algún inexistente
lector habrá leído la composición de Rimbaud sobre las vocales, una rabiosa y
adictiva música visual.
El acomodador nos
vuelve a llamar adentro, esto sigue. Se abre el telón. Vuelve la actriz
principal. La pequeña vidente, poor
little thing. Qué decadente, dicen dos gordas, qué horror. Está casi en
pelotas. Las viejas de al lado dicen que la nena está enfermita. La niña es tan
hermosa, tan… Dos por dos igual a tres.
Creyeron que Alicia
estaba loca, pero... la locura es poder ver más allá. Hablábamos de la verdad
de verdad, de esa dulce verdad. De la liberación de dulces y pobres almas que
cuentan cosas que uno suele olvidar. Alguien sigue viendo.
Alguien sigue viendo.
Se apagan las luces; un, dos, tres, va. Guitarra, música de fondo.
En la escuridá, había
una vez y salen tres actores. Una bailarina llamada Julia y dos payasos. Oh,
casualidad, uno rojo, otro blanco. Manierismo en los movimientos, duro terror a
los jueves. Nadie se entiende, realmente es un espectáculo grotesco. Comen y
comen, qué vil razón; les molestaba su barriga, o no. La bandeja vacía para una
señora disfrazada.
Termina el vergonzoso
sketch. Aberrante, susurran las gordas. Desde alguna parte surge un estanque;
dentro, hay un acuático bailarín, Proteo-delfín de traje gris que baila y nada,
nada y baila. Y nada de nada, gris, gris. Un largo nado gris donde se proyectan
imágenes victorianas basadas en relatos de Oscar Wilde, esa gran antena.
Salen los directores,
una guitarrita, iluminación simple. La pregunta ¿todo esto, para qué?, ¿para
quién? Al que entiende, no le interesa; al que interesa, ya lo oyó, o no lo
comprende. De una oscura forma zen, son sus propios maestros, se responden.
Para toda la gente, cantan, a pesar de las paredes. Por esas mismas paredes,
como en un intento de demoler, de destrabar al fin, remover las cadenas.
Estos muchachos, estos
ángeles hijos de barro sólo son canales por los que se expresa un inconsciente
colectivo en ebullición, fuerza de la naturaleza humana.
¿Y para qué más? La
represión viste un saco azul triste, vive como pidiendo perdón y se esconde a
la luz del sol. Para señalar, siempre, para apabullar, golpeando a los
vendedores de falsa verdad, alquimistas renegados que colocan cadenas,
grilletes de cartón en la mente del hombre ¡esos represores!
Al final, con las luces
encendidas, por fin. Todos los artistas suben al escenario a cantar la canción
del Ejército de la Paz. Cae el telón.
La idea es hablar sobre
libertad, sobre la mente. Para el próximo número hablaré de lo que verdaderamente
quería hablar hoy. El segundo disco de Turf, Siempre Libre.
- Compañero, la igualdad implica en
lo que concierne a la riqueza, que ningún ciudadano pueda ser tan rico como
para comprar a Otro, ni tan pobre como para verse forzado a venderse-, escuchó.
Oh, qué náusea. Se sentía
enfermo, Tobías. No le gustaba ese comunista de Juan Santiago, eso de la
igualdad y la riqueza era de una blandenguería inaceptable, al menos para este rincón
del mundo. Por suerte, hay cosas que van proscribiendo en la reescritura del orbe,
barcos que se estrellan en la Nada, antes, justo antes de llegar al puerto.
Nos dicen oligarcas,
¡ja!, ¿Qué saben de la oligarquía? Más metros cuadrados de tierra y cabezas de
ganado que familias, más empleados a los que bautizamos con el apellido de
papá. Y guita… no sé por qué pero los billetes de ahora con los colores y los
animalitos quedan más lindos. Emprendedor, como los grandes de la Patria, se
dice Mëdric, mirándose al espejo. Debería afeitarme el bigote, ya me están
creciendo los vellos otra vez, piensa.
Titubea, camina solo por el
chalet alquilado. Piensa que estar a cargo de 17 de Octubre lo está
envejeciendo rápidamente. En vez de hacer un fútbol cada siete días debería
jugar dos o tres veces por semana, mientras puede. Salir disfrazado para ver a
Juniors los domingos y los jueves de Copa no le gusta mucho, pero es un vicio
que no puede dejar, la cancha, y por el momento el horno no está para bollos,
con todo el movimiento que hay dentro y fuera del matadero.
Recuerda que había intentado
relanzar el equipo de la empresa pero en el torneo interempresarial les fue
como el culo, y tuvieron que rajar al Peludo, el genial técnico que su asesor les
robó a los Mapuches. No había feeling con los jugadores, escuchó que le decía
Jung Acevedo, el famoso delantero, con quien se mensajeaba en la concentración.
Siempre le gustó la información privilegiada. Después de todo, era su equipo. Encima
jugaron en Siberia, ni Fiodor había podido salir airoso de esas tierras áridas,
y eso que tenía más pasta de jugador que su amigo Mick Ferragutto. Qué manera
de hacerse mala sangre, ¡deus!
Ah, el matadero no es el
cuco, dijo. Se moría de la risa con las confusiones que el mismo incitaba, todo
a su alrededor era confusión, en la confusión reinaba, en la confusión se
sentía cómodo. Bla, bla, bla, hablaba de las nuevas
formas, pero era tan torpe, se le caían las palabras que tan bien le habían
ordenado en la estantería de su boca, hablando de las nuevas formas, de las
variantes de la energía, de los cambios de estado climatológicos, de un pasado
iluminado con sus focos, un pasado execrable que como todo pasado no existía
más que dentro del discurso del evocador. Y de sus parlantes.
Asustado cuando se iban los
parlantes, oía las voces en sus auriculares. El pasado no existe, le decían, el
pasado puede ser modificado. En el quincho de su country alquilado al Estado se
paseaba con los auriculares puestos, aprendiendo de memoria el orden de la
estantería que iría a derramar en los parlantes.
No existe el cuco,
dijo, están mal informados. No los culpo, la lluvia torrencial debe haber
dañado las telecomunicaciones. Lluvia de mierda, decía, mirando el piso. Si
hubiera mirado hacia arriba tal vez hubiera visto el defecto en el sistema de
riego del patio. Pero miraba al piso, un piso enchastrado donde se plantaban
los yuyos. Le gustaba la medicina de antes, las plantas verdes, bien verdes,
pero aparentemente no se afirmaban bien, sólo conseguían brotes de maleza, el
ojo del jardinero engorda el plantado, o eso escuchó alguna vez que decían los
que sabían. Entonces los jardineros se las llevaban lo más rápido que podían. Van
a un lugar más acorde, tranquilo, no pasa nada, decía uno de los cultivadores,
cargando el camión, mientras se despedía.
Distante pero fiel, Patricio Cow le guardaba
las espaldas, nada de medidas “a la brasileña”, le decía a Don Tobías Mëdric –y
repetía para los parlantes-, como si los brasileros hubieran inventado la
pólvora. Siempre con la jerga roquefort, militaroide, que tanto le gustaba –y le
gusta- al Pato. Y a Tobías, por supuesto. En los ratos libres miraban series de
Netflix, o buscaban tesoros enterrados por John Silver en el patio del
Matadero, containers hechos de rastis llenos de botellas de ron. Ignífuga la situación, una carcelaria cacofonía invadía las calles, volvía a circular el miedo entre las góndolas. Venecia está tan lejos, pensaba melancólico. Si me pongo loco puedo hacerles mucho daño, dijo en una rueda de prensa, y muchos entendieron. Algunos se asustaron con el grado de psicopatía, a otros les pareció más bien triste la pantomima. Pero, ¿cómo podría saber cómo actuar? Nunca tuvo la dicotomía moral de ceder el asiento, nunca viajó parado, porque nunca se subió al colectivo para volver a casa. - Tobías, ¡Tobías! - Abuela, no jorobe, por favor. - Señor Mëdric, disculpe... tendremos que filmar de nuevo, la idea es que se vea cansado pero preocupado y amable.
A veces lo único que espero –si es que espero-, lo único que albergo –si es que albergo-, y espero que vos también (y esto es una doble esperanza entonces), es la hipócrita verde esperanza de un comienzo nuevo y fresco. Dicen mil rocanroles por los satélites que es hipócrita porque no hay ni habrá ni hubo nuevo ni fresco ni comienzo y lo que en realidad espero es retomar el hilo del laberinto donde lo dejamos (y espero que vos también, espero que vos también). Pero son vanas esperanzas, invisibles, ya no verdes, sin color, que se esfuman en el instante en que se termina la duermevela y torpe camino rutina lavabo saluda cara de mentira. Bautizar con agua el día, se sabe.
Y sé que es una esperanza banal, chiquitita, mi paréntesis, porque de mí no dejé nada en sus ojos, un paréntesis, una mosca, un pelo en la sopa, una sensación extraña que quedó ahí.
¡Ah! Cómo envidio su libertad libertina libertad, cómo quisiera dejar este bello ancla lejos, lejos, lejos del fondo del mar, poder escindir, o al menos izar, apagar las luces que iluminan un camino y un piolín que todavía (y aún cortado) está esperando, ¡todavía está esperando!, sin esclavitud, sin deberle nada al Tiempo espera lejos y sordo, cebándole mates a Cronos al costado de todo ¡Todavía está esperando! Aunque no quiera, aunque estos ojos no vigilen, aunque nada exista ya en este mundo, secretamente espera, hipócrita, la doble verde esperanza.
Así vivo en el instante de la duermevela y me he vuelto guardián -¿Quién me nombró Guardián De Lo Que No Existe?-, críptico, decrépito y lagañoso guardia de los borradores en el cesto de basura, estudioso de la pictografía, geógrafo, cartógrafo aficionado de las sombras de la plaza a altas horas (¿ha haltas oras?), delirio de fósforos pelados y muertos, de pasto sin cabello, de picaduras de insectos varios.
Te cura o te mata... ¡Banzai! Seppuku fotografiado en la pupila ausente y midriática de un ojo negro ¿Y el otro? ¿Y el Otro? Hurgar febril en el borrador, esto no se termina hasta que me lave la cara, hasta que me lave la cara, este tartamudeo azul sobre blanco sobre verde sobre amarillo sobre verde. Todas las hojas son del viento menos las que se tiran a la basura.
¡Banzai! Alguna vez eme be ese eme y doble eme delinearon un país que pintamos mal, como pibes pendejos que somos nos pasamos de la raya (y mientras digo raya la gata nos muerde los tobillos y los dedos y los bordes de un cuaderno cuadriculado y ríe despreocupada, hija de puta). Tengo un pelo en la lengua y no puedo hacer sonar ningún silbato –de todas formas yo no colaboro con la perrera-.
Estoy hablando de nada otra vez a la orilla de las tierras de Morfeo ¡Cómo quisiera ya ese verde fuego fatuo hipócrita que ya ni siquiera quema, que es la paloma en la mano del loco, que es la Argentina de Belgrano, San Martín y Moreno (plateada, cinematográficamente plateada y de infancia y escuela primaria). Hablo de Argentina con saudade brasilera pero en realidad quiero decir otra cosa, que no puede aflorar por completo (y es tan plateada, cinematográficamente plateada y perfecta y de infancia y escuela primaria y es una pupila ausente y midriática de un ojo negro perdido).
Tachá todo lo anterior, si te animás. Obvio que no, sos Pérez que anda y Gil que camina. Un Guardián nombrado a altas horas (¡Ha haltas oras!) por la elegancia mentirosa de Safo, perdida en esa isla de mierda a donde todos llegan menos los rezagados espectadores del final. Se vienen los créditos y realmente esto se cae, se cae para siempre. Pero un tonto tiene que contar la historia, la historia.
Una última conversación ¿tal vez? El mar que ya casi ni agua tiene, lleno de botellas con mensajes en blanco como éste, mensajes en Plaza España, banderas rotas, bancos rotos, infancia rota. Mi vieja crió un idiota de corazón lunático, las lágrimas ya me lavan la cara... ¡Gracias!