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domingo, 6 de junio de 2021

Julieta

 

Beatriz,
 
¡Tantas veces coqueteamos con la muerte, mi querida flor! Perdida en el asfalto me pregunto si acaso no habré sido yo la que se ha ido, cruzando el velo del umbral. Tengo que decirte que pensé en vos, que tuve ganas de escribirte. En realidad, debo decirlo, tuve ganas de verte, querida. Ah, ¡la imposibilidad ante la impasibilidad!
 
Hace tiempo pasó la barca, como quien dice. El problema no es el aquietamiento del río, sino su desaparición en el fondo de la nada, internándose en la oscuridad de los inviernos. Algo ha terminado hace tiempo y ni siquiera cabe la parodia, una vena abierta para nadie.
 
Sigo en el gesto de arrojar la botella, pero un papel en blanco no es un mensaje, y aunque quisiera ya no sé ejecutar un acto que haría de este silabeo insulso un pase de magia que habría de nombrarte, primero, para invocarte, después.
 
¿Qué importará el después?
 
Pensé en vos, tuve ganas de escribirte, y aquí estoy, escribiéndote. Tuve ganas de verte, querida, y aquí estoy, viendo una sombra de tu sombra, una entidad imaginaria, un esperpento del que reirías con inocente malicia, un espectro delicado que coloco frente a esta maquinaria a la que alguna vez y para su gloria llamé cuerpo, simplemente para dejar que corra el tiempo; óbolos falsos, transacciones que una hace con Caronte.
 
Una playa sin agua es un desierto, Bea. Entiendo que hay barcos sin destino de puerto, pero me pregunto: ¿Será éste, acaso, otro más de mis naufragios?
 
Hacia allá voy, compañera, con las venas abiertas de muchachita latina. Tal vez me espere abyecto tu fantasma, un largo desarraigo de la vida, un olvido candoroso, tal vez otra cama.
 
Así que estamos en el fondo del infierno, Bea, el fondo de olla de la Vida, colgadas por traidoras, y a la vez fieles seguidoras de un teatro cósmico que para nosotras siempre será más bien cómico; la risa, remedio infalible; la vendían en el Reader’s, ¿te acordás, mi chinita?
 
¿A qué barroco y anacrónico escarnio me obliga tu suicidio? Imposible, digo: ¿quién se mata a estas horas, y tan cerca del fin de los tiempos? ¿Qué no ves que sangramos dulcemente desde el día en que nacemos? Siempre bajaremos por el río.
 
Ah, Bea, ¿qué ha pasado?, ¿dónde estamos? Escribo un texto en un celular, sospecho que a la mente le va a costar desprenderse de las manos para escribir. Nosotras somos anacrónicas, Bea, por eso siempre nos entendimos tan bien.
 
¿Qué importará el después?, pregunta el tango. El tango es un mausoleo, Bea, toda mi vida es el ayer. Hombres llorones, cafishos que parodian el lunfardo intentando homenajearlo. Vive solo hoy suena mejor, la línea nietzcheana que se coló en Vox Dei. Pero el bigote está cancelado porque es usado de manera muy aceitada por “la derecha”, ese cruel fantasma. Hoy todo es cancelable, Beatriz. Quién sabe, quizás la muerte…
 
¿Qué pasó, compañera?, ¿dónde anda?, ¿quién se la robó?
 
Tierras yermas deja a su paso la marcha de los Conquistadores. Gente de caballos, el horizonte ancho en las pupilas. Cosas de patrulla perdida, Beatriz. Lentamente, los espejos van matándonos. La historia universal del mate, jaque mate, buscando un símbolo de paz cortadas por tijeras provincianas, de la tierra de Madariaga y de aquel señor al que olvidé estudiar en clase y por el que lloré en un llanto más de aquel año triste. Llorar en silencio, sueños de pescador. Como Jesús, quería tener amigos, y odiaba la literatura del yo, que era todo a lo que aspirábamos, a la vez, diario de la guerra del cerdo.
 
Otra vez el puente, Bea, no es lo mismo desde Punta Ñaró. Ha muerto hace unos días, y esta vez definitivamente, William Shakespeare, pero siempre seré fiel al teatro. Las aguas del río se ven tan bravas, parecen flamas negras. La luna se refleja, hermosa como siempre, y la noche rinde homenaje a la novia del Paraná. Un pasodoble, una polquita, un chamamé, un paso adelante, un sapucai.
 

 

miércoles, 19 de mayo de 2021

Accidentes geográficos desaparecidos

(al paí Julián, cura chamamecero, uno de los más grandes poetas y compositores del Taragüí y uno de los últimos karaí del pueblo correntino)

 

El aire cerúleo de fin del mundo, el fragor,
la radiointerferencia, el mate lavado,
el dorado del sol,
doce flores blancas; dos de ellas, 
cubiertas de estolas de tinte violáceo
honrando y celebrando, todo indica
la muerte, la vida,
el paso del Tiempo.
 
El dorado del sol,
el nombre del padre,
un saludo para el Cambá Abel,
por la vida como el viejo río,
otro salto
como los de Guairá:
azul de esperanza,
hondo de dolor.
¡Bendita la playa que sale a encontrarme!
 
El dorado del sol, una calandria,
las penas hondas de Isaco
mascadas bajo un timbó,
tomando vino, comiendo
con un jaguá angirũ
en el dorado del sol.
 
La detective Calandria
todavía pregunta dónde está
la máquina de hacer pájaros,
el fuelle del Patriarca
del otro pueblo elegido.
 
En el fondo sabe que no se fue,
que la misa será una despedida
pero en realidad
el teatro es hasta luego:
un fuelle siempre trae el río.
 
Un rito, más bien,
antiguo, arcano, secreto,
de payé y árboles costeros,
de surcos, de encuentros,
cuando ya no quedan palabras.
 
Sapucai
el dolor de los barcos, Yvymarae´ÿ,
o cuando un karaí deja su cuerpo
para ir donde Spinetta
y todavía se pregunta dónde está 
la máquina de hacer pájaros.
 
Dejamos al carnaval ganarle al alma,
pero un fuelle siempre trae el río,
y el (g)rito secreto, cuando ya no quedan palabras.
 
“Yo, Juan,
vi un cielo nuevo
y una tierra nueva
porque el primer cielo
y la primera tierra desaparecieron”,
por el río me voy
otro salto
como los de Guairá:
“y el mar ya no existe más”.
 
¡Bendita la playa que sale a encontrarme!
Por el río me voy
porque el mismo río soy,
el velo del templo se rasgó por el medio,
doce flores blancas -dos de ellas, además,
adornadas con solemnes estolas violeta-
son repartidas entre los ángeles
y la vida se abre paso por la grieta:
por la grieta entra la Luz.
 

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

Raúl




Un gran tocador puede no ser un artista. En cambio, un gran artista puede no ser un buen tocador, dice Raúl, el brujo que puede traducir los sonidos del Taragüí. Habla el alma desde su acordeón, que respira y se desliza en un abrir y cerrar la respiración, simplemente transcurriendo, alargando o acortando, inspiración y espiración. Sus dedos pulsan las teclas como quien toca el aire para dejar que corra, y habla el alma con voz nostálgica, llena de vida, como un manojo de llaves tintineando en la garganta, como el canto de pájaros escondidos en la palma de la mano.

En cierta forma, Raúl es como Saer: a pesar de su destino parisino, su voz es la del río. Una voz escuchada, más que construida, una voz aprendida y moldeada con la paciencia del orfebre, con la sabiduría del chamán. A diferencia de Saer, el escritor del Paraná, Raúl fue analfabeto hasta los sesenta años, aunque podría decirse que leía y escribía de otra forma, en una suerte de dimensión sutil, volátil, etérea.

Como Saer, nunca descuidó la tradición, aunque jamás la entronizó en el altar ni le rindió estática pleitesía.

Podría catalogarse a Raúl Barboza —como suelen pretender, en aquellos grandes y sonoros teatros y demás rincones paquetes donde es tolerado y escuchado, con cierto displicente, distraído o acaso snóbico placer, incluso (¿por qué no?) genuino interés. Después de todo, no deja de ser uno más de los bichos raros que pasan por la ciudad de las luces— como un artista único, hermoso y profundo, ¡hasta pueden decir que es casi como un esteta, un hombre de la vanguardia!

Pero a diferencia de Saer, más que un mago de vanguardia, Raúl es un verdadero karaí; un guía espiritual en el más poderoso sentido de la palabra, cuyo mayor mérito es el oído amable y enamorado de lo que escucha en la naturaleza y en las redes que el humano habita con amor y solemne respeto. Escucha con tímida gracia, una que no puede impedir —digamos más bien, que no quiere impedir, e incluso, lo promueve— el alza del grito primal, aquel alarido de ternura que un hombre suelta solo en los momentos más íntimos.

El alma habla a través del instrumento. Un alma herética: su alma guaraní. Transmuta, inspiración y espiración, se hace agua, viento y raíz, saluda al tren, al chacarero, al estibador, a ranas y grillos, al duende de la siesta, al amor perdido, a una lunita escondida.

Entonces es patio y silbido, el alma, recuerdo y sueño, noche estival. Entonces el alma es lluvia, Raúl, no el parquet ni la sonoridad de los teatros, y el grito es sapucai, alegría, enojo, desafío, agradecimiento, dolor, tristeza, felicidad y llanto.