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viernes, 23 de junio de 2023

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Sin mojar la cabeza, sin lavarnos la cara, matear.

 

Afuera existe,

Afuera está frío.

Afuera es largo como adentro y este discurso ordenador puede dar un montón de cosas por sentadas, más ahora que soy —autodeclarada, autoaclaro— Ex Poetisa. O una reformada, al menos, que comprendió y vio el sol como R2D2 Rambó y se fue al pingo y se puso a comerciar esclavos para lavarse el último veneno de la Poesía, el de la Luz, aquel que vio al final del pacto, el momento para el que el 'después te pago' ya no sirve.

Afuera construyen el barco en el que un triste corazón babeará en la popa, afuera izan las velas por el mundo nuevo que se viene, afuera esperan la señal del viento para zarpar, más allá de Finisterre, hacia la tierra sin mal, la verdadera terra incognita.

 

Escribo mirando la lluvia en la última ventana de las habitaciones superiores del bar del puerto, aunque cualquier vista terminal del mundo podría ofrecer deleites similares al del sifón colorado en la silla amarilla, la escalera detrás de la biblioteca y los ventiladores programados con el sonido de las siestas.

El tiempo que arrebatamos es el tiempo que nos queda, la soledad del centímetro. Para escribir para mí tendría que robar un tiempo que no me corresponde. En realidad, yo siempre pedí prestado: le sacaba tiempo a mi futuro invirtiéndolo en presente; ahora no hay tiempo, es todo presente. Y necesito tiempo.

Hace rato que dejé de escribir para mí, dejé de sentirme chiquita. Quise escribir centirme y me censuré, ja. Centirme porque quiero volver a sentir en centímetro, o más chiquito. Te queda bien la cicatriz.


Así cae mi sombra, y menos mal. Hacía rato que estaba inflada en la punta de mi ego pensando en escribir de cierta forma o para cierto público, buscando, digamos, unx lectore, como quien dice, cuando había obliterado la presencia de mí misma, quién sabe por qué a lo largo de los años había construido una cierta distancia entre lo que escribía y mi propia mente, una distancia que ahora mismo intento salvar, entre mates y mi amigo invencible.

Había olvidado escribir para ordenar el pensar, ese tipo de usos de la escritura, por adoptar una actitud de profeta que los guaraníes conocían —y evitaban— tan bien, por eso te tiraban esa de que “la Palabra no se ata” y su contacto con Dios era —y Es— mediante la música, lo que los hace, desde tiempo imaguaré, misteriosos para juera. La palabra dura y nuestro pecado fue durar, ver el tiempo correr con la misma conciencia del primer día, ver el tiempo correr

“cuando uno moje la cabeza, en verdad la perderá”

 

La última de las mutaciones

el final del Caos

el comienzo del Orden.

 

Nuestro pecado fue durar

ver el tiempo correr


como los vampiros

 

yo, que vine a veranear como Bolaño,

a ver y sentir y ser

                                                      dejando en la playa un cadáver bonito

a saquear un poco alguna librería

a dejar y sentir y ser un poco

                                                       el Amor

 

Aviso parroquial: 

los reyes son los padres,

como los planetas,

y los ríos, los montes, las montañas

son los abuelos.

 

 

 

Un amigo invencible como un mate amargo. Querés ser o querés perdurar, pregunta duramente con la palabra dura. La sed puede llegar a ser grave. Es sol y agua con lavandina para sacar el moho de los filtros. Es el agua haciéndose gota a gota, el río más largo del mundo que subimos en otra lectura de Obligado, con el dolor de los fuelles y la voz estrellada, con sus pausas como olas que hace un barco sobre el pariente del mar.

Como humanes somos mezclas raras, contradicciones, usamos un traje raro al que le han (y hemos) zurcido parches de civilización, un humanx tocando a otrx, un parche nuevo, la voz de Liliana Herrero como una cicatriz rumiando el día de los negros, la voz de Horacio González que abarcaba toda una Patria fumándose unos charros en Chajarí.

 

 

 


 

A veces no hace falta mucho para perderse, basta la imagen del puerto. Cuarenta dibujos ahí en el piso. La primera vez que besé a la gitana fue una noche perdida de otoño. Sabía que me estaba enamorando y no dije nada, argumenté razones que no comprendí nunca después y me fui; creo que una parte de mí comprendía el carácter explosivo que tomaría nuestra relación y me piré. Pero el destino va y vuelve y siempre está en el mismo lugar.

Era amiga de unos amigos. Trabajaba en un hotel sobre la calle Libertad. Había vuelto hace poco de unas semanas de laburito en Montevideo o Mar del Plata, en otro más de esos ignotos otoños, olvidados entre flores, tambores y/o pastillas. Creo que habló de Alex de La Iglesia, creo que había un festival de cine, en fin, ahora estaba en el primer subsuelo del hotel del Sol, donde la empresa para la que trabajaba (mos) había emplazado un Consultorio Sentimental para Exiliados de la Cotidianeidad.



No quisiera hablar con la jerga del camino ni la de los subterráneos, pero es que en aquella época todo tenía cierto tufillo a Kerouac, Ginsberg, Burroughs, a toda esa runfla de arrebatados, tan bitnik (sic) que te volteaba, todo musicalizado por Manu Chao o Eddie Vedder, reversionando Fuerza Natural, todo puesto uno al lado de otro es algo que si bien un poco me avergüenza, se torna una escala inevitable. Mi literatura del Yo venía con Anne Sexton, Clarice Lispector y los fragmentos de Barthés, haciendo odas a Viceroy con el gringuito Mac de Marco, sin por ello dejar mis mañanas Demon Days y siestas Natiruts, adeus mamaezinha. Quería salirme de mí misma y descubrí en Pexoa un camino abierto.

Bajé del barco promediando la primavera de aquel año tormentoso. En el puerto no había nadie, sólo la lluvia y las luces de los puestos automatizados de café instantáneo que comenzaban a encenderse. En la parada de colectivos fumé un cigarrillo y me acomodé la boina pensando en la invitación del Chelo para ir a visitarlo.

El río va creciendo. Ríe, aunque el caudal va cobrando lunas al mar. Me aconsejan que baje sobre Gallardo, a dos cuadras del lago, en la colina verde del cerro que en invierno hacía las delicias de los amantes de la nieve. Es de noche, el Chelo me espera fumándose un pucho en el portal de su departamento. Todavía llovía, tenía una risa guardada en la recámara y los ojos rojos.

Subí, dijo, estamos con les muchaches. Una era un gringa santafecina de unos dos metros y boina llamada Michelle; el otro, un santiagueño con vozarrón de duende y monte que se llamaba Gabriel, y que en ese mismo momento tocaba un mbaraká mientras Michelle acercaba cuatro vasos y servía whisky porque sí, porque era miércoles y llovía en la isla y llegó la amiga del Chelo.

Gabi se puso a cantar un sueño, una pesadilla donde los hombres se mataban y se hablaba de la Salamanca. Es de Jacinto Piedra, dijo un rato después, quebrando el silencio reinante desde el momento en que dejó de cantar para empinar el whisky. Un profeta del monte, sentenció.  Siento un humo como familiar, una batería electrónica, Michelle me acerca un porro, el Chelo pasa una birra. Esto, dice, es el submarino, y tira el whisky dentro de la birra. De un saque desaparece el submarino. Michelle saca otra guitarra de alguna parte y se ponen a tocar a cuatro manos la Luna de Rasquí.

Un centinela de los dioses mayores que en ningún momento puede dormir, dice de Milton Pessoa.

Hay un santo para cada pecador, como quien dice, piensa con el mate relavado. Para Tomás había un mapa, para Eduardo era una historia de entre puertos que nació donde el marinero embarcó en el Crucero del Norte. Aquella también fue la unánime noche, de regreso Mirta, una igual a la que Emma utilizó para plasmar su venganza. Siempre está volviendo uno, dijo el Turco. Es así en estas terminales, tan neurálgicas. Aterriza cada uno, ni hablar de los que parten.

Podría trabajar de guardaparques en Amaicha cuando no hay nadie, cuando aparecen los espíritus de los campings y una se pone a charlar con el fuego. San Wachuma, dijo, enhebrando en el viento un pedido a Pacha Cuti, al hermano, al maestro. El llamado había sido algo raro, tenía que que consultarlo.

Cada vez hace más calor en Pinedo. Al final parece que vamos a estar más cerca de los muchachos arltianos que de alguna otra secta literaria. Lo comprendió bien y tarde Cortázar, lo entendió hasta Bolaño: la literatura francesa termina haciendo mal. Lo comprendieron Walsh y Piglia, cada cual por su lado. Walsh borgeano revolucionario, Piglia borgeano conspiranoico, sin ganas de completar y salir porque el juego en realidad estaba en hacer salir y devolver al lector cambiado, o el mundo cambiado, como si robara un libro, como si lo que estuviera leyendo fuera robado o cubierto por el manto de la ilegalidad, marcado por los rastros de una y mil lecturas afiebradas, el lector abriéndose paso en la estancia de la Eterna y en los matorrales del Estero para ser Lector. La circulación antes restringida ahora al alcance de la mano y potencialmente universal, libros por todas partes gracias a los diarios de Emilio Renzi. Algún día alguien habrá de hacer la lista de escritores a favor de la piratería, aunque supongo debe haber una distribuida por los servicios. Seguro Alan Pauls no arranca con un mate.

Recordé lo que pasó, a los ausentes, a los amores muertos. Sentí sobre la espalda el triste pesar de la nostalgia. Las cosas que trae el exilio, la ausencia de papeles, incluyendo el pasaporte quemado a las risotadas en aquella escena alephoide a la que alude el Salmón, otro apátrida en toda regla, otro ciudadano de la humanidad.

El argenchino y la tradición, Evita, Borges, el Diego, Charly, Messi, Mario Bofill, Isaco Abitbol, los anteojos de Piglia, la profunda comprensión de la naturaleza kafkiana del universo que nos toca y su posible salida pessoana. Teresa Parodi ministra de Cultura.

Si el Universo es aprensible debe ser por la noción de Espacio. La distancia como un postergamiento del deseo, la dilatación infatigable de todas las cosas, algo debe tener que ver con el calentamiento global, la tendencia a la pachorrización de las siestas, todo el paso previo al vampirismo faulkneariano.

I took a pencil hidden inside a red haired Van Gogh-llama, selfportrayed. Wich I think It’s awesome, if you ask. You know, the picture shows the impressionist dutch llama without her red haired llama ear. Brought to us by the kindness of Standard Electric. La pintura es otra cosa tan intervenida como el lenguaje, otro lugar al que omitir intro, como el imperialismo de Francia con los países africanos denunciado por una política de derecha.

 


 

 

Llegué a las cuatro de la mañana. Con esa boina pareces el Che Guevara, dijo uno al verme salir de la terminal. Mientras subía la mochila al asiento trasero del Clio de mi compañera la voz me preguntó si creía en la distribución de la riqueza, le dije que sí pero que ahora no tenía un peso, entrando la mochila y dándome la vuelta.  Tenía cuarenta años, era calvo y blanco Standard Electric como aquellos electrodomésticos que jamás cambiaban su color, camisa, cinto, jeans y mocasines. Vos no sos comunista, forra, dijo el pelado, sos una careta; parecía resfriado. Yo no soy comunista, yo soy pe-ro-nis-ta, le dije, y Perón creía en el trabajo, así que si querés un consejo, andá a laburar, compañero. Yo soy apolítico, me gritó. Sí, se nota, no hace falta que aclares a qué te referís, le respondí. El semáforo se puso en verde y nos fuimos. En el retrovisor veíamos un pelado enojado, agitando los brazos al grito de ¡peronista!, ¡peronista!

La única persona que se hace daño en un engaño es unx mismx, como esos viejos que cada tanto, cuando están volviendo las canas, desaparecen una tarde, sin decir nada a nadie, para regresar horas o días más tarde, con el color de la noche y como si nada hubiera ocurrido. Trabajábamos con uno que era así, un viejo de Peñón del Águila que cada tanto se perdía caminando, cuando se le ponía nublado, para después volver al rato con una gaseosa, unos gramos de jamón y queso, un poco de pan francés y un negro azabache como el de Harry Potter en los libros. Una siesta tuvimos que interrumpir su ritual por una urgencia en el laburo. Se había cortado la luz en el pueblo. Cuando llegó fue Juancito el que notó que había algo raro. El viejo hablaba como si nada pasara mientras buscaba una taza en la penumbra. Viejo, ¿pasó algo? Nada, no, no. Tenía el incendio del poniente sobre el quincho, caoba número cinco. Y encima en el apuro por el corte de luz, en el coiffeur le pintaron hasta las orejas.

virgo/acuario. mercurio/urano. el astrológo. La astrología es el álgebra de la vida. Ya está rancia la magdalena, parece de piedra como aquel que se llevó a don Giovanni. Nueva reedición! Manual Visual Zodiac. Guía explicativa de las 78 cartas. Sugerencias de uso-tipos de tiradas. geminis/virgo-venus/Neptuno.tauro, piscis. Alejandro Christian Luna. Nil Orange. ISBN 978-3-00-045327

zapatos mojados, geminis-leo dada vuelta, un tere sin hielo, caliente como la tarde. Cortes en una foto. Si es que el tiempo existe quiero estar, si todo es una foto quiero estar, el lado más realista de los Vampizónicos del Oeste. Gran banda, macumbiera. Escribo de a partes, como cortes en una foto, quizás los pedazos se junten más adelante, en la vida y en el texto, terminando por mostrar esto que soy y que estoy buscando, porque es la búsqueda de todx humanx, el camino hacia el autoconocimiento antes que el reloj de plastilina venga a recordarnos la herida vampírica que permitió aquella victoria tan pírrica —aunque maravillosa— sobre la Nada, para Nacer en el Mundo y Ser, y Respirar y Sentir a bordo de estas máquinas que llamamos Cuerpos y que, curiosamente, también Somos.

Escribo sobre un cuaderno con la cara de Kupuka, lo que algún pibe trasnochado habrá soñado era el rostro de Kupuka, incluyendo sus barbas de raíces; escribo con fibra verde para detectar daltónicos políticos, porque ando perseguida como Phillip Dick. Ando tramando literatura con un lápiz robado del psicotécnico que nunca hice pero del que se todos los trucos. Ando pensando en palabras porque al final la perversión no tiene precio —¿para qué nombrarte, TR-808?

Ando pensando en palabras para ubicarme en tiempo y espacio, tan cierto como que es de madrugada y está lloviendo, otra vez, y otra vez está empezando a afinar la alborada el gallo, así de fina es la sintonía de realidad de grillos y hormigas que respiro, y un ventilador se mueve en la pieza donde duerme la gitana, mientras Lucifer y Copo de Acero merodean yo me ato a las palabras y salto entre y griegas como una mona en el Amanecer de los Tiempos, balanceándome entre lianas de una espesa y olvidada Babilonia, encontrando al fondo del silencio el sonido de una guaracha.

Ella y el fuego huérfano donde Lisandro nos cantó la bienvenida a los esteros, místico Mishky Mayu, dulzura cicatrizante que sana y deja marca, como todo tatuaje.

Todos saben que llevo un mapa del cielo y que vine buscando el cometa verde

¿21 horas? ¿Horas?

Lamentación por la pérdida.

Gloria del placer.

Ruina de la belleza.

Final de la vida.

Sé hasta la lágrima.

Lavatorio o purificación de cuerpo y pertenencias.

Velorio

Quema del cuerpo simbólico.

Escultura de una llama o caballo para acompañar.

Plegarias.

Novenas.

Misas.

Despacho del alma.

 

Ajayu es espíritu, ayni es compartir.

Sé hasta la lágrima.

Mi filosofía es devolver el cuerpo gastado. Esto incluye también la mente, por supuesto, aquella suerte de constructo erigido a la ficción tiene razón de ser y ser vivida: somos porque somos cuerpo, además de conciencia. Creo que el cuerpo como símbolo del ego va muy bien, aunque podría pasar como un relato realista y derivar, como todo por ahí, en la entropía, desorden astrológico puro y duro, el mismísimo Caos. Cuando una comprende que es cuando no es aparecen las nociones de Cosmos y todo va bien, vuelve el propio río al cauce como un náufrago al que recogen los samaritanos de la stultífera navis literaturae.

Ja, pasa por tilinga provinciana, por amar las estrellas tanto como ellas tienen ganas de encontrarnos, por amar a Julián Zini y a Clarice Lispector, y a Madariaga y a Caeiro, y a Selva Almada, y quiero nombrarte, sombra terrible de Cortázar, como toda tilinga provinciana, porque nos acercaste a Poedelaire, a Keats y a Crevel, y también a los gatos de la escuela de Frankfurt, ¡y al mismísimo San Juan Bolaño, en cierta forma!

Sé hasta la lágrima. Por la lluvia la tensión sube y baja; la heladera aguanta como campeona. Hay problemas con el sistema de tuberías que va desde la bomba al tanque de agua; caños de pvc de poca circunferencia para tanta presión. Es una bomba igual a la que usan allá los petroleros, el agua sale bien fresca. Anda bolada, hace un poco de base pero no le va mal. De repente recuerda un recital en un polideportivo de algún verano perdido en Mar del Plata, un montón de camisetas de Independiente por la calle, una pareja de viejos hippones rolingas gesellianos que quizá harían sonrojar a Saccomanno pero que la introdujeron en 201, se excusa, ¡las joyas que trae García!

 


 

 

¡Qué rápido amanece y todo vuela por los aires! A bendecir a Morfeo y también al disco celoso y a los cuatro mastines del Universo antes de caer rendida con ella, con ganas de encenderla como siempre, como aquel final de calendario hace siete años de buena suerte. Qué locura, cuando una cree en la suerte desde chica nunca toma dimensión REAL, ni con el paso de los años, que la superchería podría llegar a caerse. La buena suerte, la buena estrella me acompañan desde siempre, me guían aunque lo olvide, aunque silbe el tren, aunque termine quién sabe cuándo esta bendita lluvia!

Arriba K’un, lo Receptivo.

 

Abajo K’an, lo Abismal.

 

Sé que el Cosmos cuida a todos por igual, es el poder de lo grande. Tr Πὡç. Prescencia.

 

Un poema de una sola línea, otra historia de tres cartas, otra cartografía historiadora, porque ¿qué otra cosa es la escritura?

 

A veces se abre una distorsión en la materia y eso es la Realidad, la puerta a la que tenemos acceso, al menos. Alguno ha reclamado la ingenuidad de esta afirmación, y aunque es cierto que los profetas han osado lanzarse a predicar en los desiertos de la era del aire, han sido lapidados a su tiempo, quizá con cierto sentido de justicia. Ahora, en el terreno yermo, yerguen fantasmas a los que se intuyen profundas miradas de fuego y lenguas malditas que largan venenos helados, capaces de penetrar el hocico de curiosos superhéroes, vedados del paso a los maizales que saludan al sol entre zapallos y melones, y a los crisantemos velando por el espíritu de los muertos, todas plantas maestras de la señorita Linneaus.

Recuerdo un truco con el Diablo, una noche de luna, entre dos edificios dorados. El tiempo está desquiciado, dijo, violando al príncipe Hamlet en aquella oscura calle de piedra. Si hubiera sabido que antes de 2666 tenía que leer los Detectives Salvajes quizá me habría salvado de encontrarme con el Ángel Caído aquella tarde de Roma.

Escribo desdentada, al borde de la ceguera, con un oído muerto al que hablan quienes ya no están. Otra tormenta de verano se acerca virulenta, trayendo noticias del mar. De repente recuerdo el amanecer después de la noche en que el Negro había intentado suicidarse. Tenía un naranja intenso del que se vislumbraba un núcleo fuego y un amarillo pálido como el de aquella voz de calandria que le evitó el salto del séptimo piso hacia los ecos que en los charcos hacían las luces de la ciudad y los pasos de la gitana, tan cerca de Rodríguez Peña, tan cerca de plaza España, tan lejos del puente y la costanera y las ardientes playas del Paraná.

El diablo está en los detalles, en la música de Gabi, en la caminata alucinada desde la casa de unos perucas, de Termini a Trastevere tomando Peronis como agua, pensando en la libertad, cuando en unas escaleras conocimos a Elie y Sophie, que parecían calcos de esa película de los hermanitos ambientada en mayo del 68’, dos énfants terribles e incestuosos llenos de elegancia y de misterio. Para el Negro en aquel entonces toda ciudad era La Ciudad, aquella Babilonia de Crevel que también hallaba en alguna calle de Marsella en compañía de Sacha, algún portal de terminaciones árabes con Tatiana, algún hueco secreto al río.

 

La tormenta se está yendo,

en la piedra está el secreto del mago;

casi muere achurado un par de veces:

en el pueblo de Dalí,

en el lecho del Turia

 

después del caramelo y el mahara

 

Había una vez

un Tornillo llamado AnaLuz

un viaje por mil mesetas

de sexo salvaje con el Anti-Edipo,

más pirucho que el Anti-Cristo

o la Anti-Materia.

 

La batalla es contra el no-Ser,

dijo un árbol amigo una noche junto al lago. Por ahí anda la serpiente, en las tierras de Horacio, quizá tratando de buscarse un lugar bajo la lluvia, un hueco alto, quizá dispuesta a seguir la corriente, hacia alguna rama, algún tronco viejo, o la barranca, ¡la arena húmeda de cualquier playa! Cuando sube el agua…

El agua trae, el agua lleva, fluye. Hay un altar en lo profundo del monte, donde duerme la polilla, donde el sol hace dibujos, en la sombra húmeda de la falda de la montaña, hondo, bien profundo en la penumbra hay que buscar el altar, donde siempre hay un fuego apagado, como sordo ya, un fuego fantasma, un fuego espejo mágico, que no quema pero arde en otra dimensión. En el fondo de la selva hay muchas cosas, sospecha.

Más allá de la puerta de Tannhäuser, comiendo melones con la ayuda de una linterna y agua con limón, medio limón Mallarmé medio limón, la materia es perceptible y la manteca de marimba también. Toda prosa es política y Fernando Pessoa es la Humanidad. En el escritorio se derrite una vela sobre la sal; afuera llueve; Tupá, Ñandeyara se está haciendo notar.

Chupame bien la cajeta, Ovidio. Qué extraño encontrar un Maestro en el maestro Laiseca, qué extraño encontrar un parentesco lejano con su forma de habitar y ejercer el Lenguaje, su mundo de máquinas y magos y chinos y Sorias. Igual, cualquiera puede emparentarse con cualquiera, y hay parentescos tan lejanos que llegan a ser Cósmicos, como sentir que venís de Sirio, canis major, nada se perderá como lágrimas en la lluvia porque a veces directamente no hay lágrima y sí lluvia e igual perdura el sentimiento. De donde yo vengo, a estar con el alma bajo la lluvia se le llama Chamamé, y también tiene su lenguaje propio, su apertura dimensional, su manto exploratorio y explicativo que disputamos como Realidad. Todo preso es político y todes tenemos cuadernos de la cárcel, así no más es: todo veneno enseña en proporción de su letalidad (precio de la vista).

 


 

 

“Sólo contra Dios no hay veneno”

 

La locura cotidiana de disfrazar lo innecesario. Si fuera al revés no sería locura. Sin embargo, locura podría significar la ausencia, la no-máscara, el delirio de una falopera de Asun York. Gloria a los hermanos y hermanas del Iberá, aquellos sabios de Ituzaingó, ¡gloria a los dibujantes de mi tierra!, a los paisajistas de pago chico que interpretaron los silencios de la siesta, aquellos brujos que desataron para siempre el Cordón.

El precio de la vida es el adiós a la muerte, lo dijo Jesucristo y también Julián Zini.

Otra definición de vampiro que está en los libros de los jesuitas de las misiones. En Europa estaba el dato desde el s.XV. Se dice que el mismísimo Cabeza de Vaca Narvaja (?) naufragó buscando a los Ios y que en la profundidad del Iguazú halló un indicio. Hay detalles que sólo supo el rey. En aquellas tierras Rosa Guarú tomó a San Martín como su ahijado. Hoy sabemos que más bien fue una relación maestra-discípulo.

Gloria a don José, el chupatetas del Taragüí, solía cantar un caú, glosa un conocido verso de Septum Sapiencieri. Medio limón, Ñandeyara, medio limón. O pomelo rosado, rohayhu yvotí che kuñataí, dicen que decía el General, aunque escrito sale impostado y hay un hueco que es difícil de llenar sin otro hablante. Los Mbya hablan como los pájaros, jamás se ocuparon de su Historia porque iba con ellos a donde fueren, llena de melodías que imitaban los sonidos de la Tierra Sin Mal que buscaban y todavía buscan.

 

¿Sabés por qué Nietszche terminó hablando con caballos? Porque eran los únicos que lo entendían. Lo entendían tanto como él a ellos. Para algunos ya estaba loco desde el nacimiento de la tragedia. El bueno de Federico también creía en Ouroboros. Una siempre está volviendo. Es posible arrastrar toda historia hacia el fondo de olla del gnosticismo, lo sé, como buena gnóstica, pero sobre todo como buena borgeana. Una vez fuimos a un encuentro, en Tucumán, fuimos con Sofía a un localcito que alquilaban sobre la plaza frente a la estación de tren, hablaron de los cadáveres de los pájaros, de las dimensiones, de lo dura que estaba la realidad. Después comimos pizza en la vereda como hacíamos en aquel entonces. Eran otros tiempos, no andábamos con guardaespaldas, no éramos ni síndicos ni la batería electrónica del príncipe de Caballito, éramos la negación, el no principio, el no final, el ersatz zen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 2 de diciembre de 2018

Inundaciones (fragmento de novela)


El Centro de Misterios se reunía, de forma clandestina, en lugares dispersos del pueblo. Funcionaba como motor revolucionario, disfrazado de grupo de autoayuda, con terapeuta y todo. Siempre se llevaban dos tareas al hogar, la tarea superficial y la profunda. Nunca sabían cuál era cual, a veces se tonificaba una sentencia y otras la otra, y se hacía difícil distinguir entre consignas idiotas y los fuegos de octubre, nombre en código con el que delimitaban las acciones enmarcadas en el acto libertario. Algunas veces, por ejemplo, salían en grupos de dos a realizar actos de vandalismo. Básicamente, pintar paredes. Lo que puede parecer fácil, pero bajo una lluvia torrencial nada es lo que parece. De todas formas, tenían a Magoya. Acciones poéticas, les decían, para disimular. A veces, de madrugada, para pasar el frío, entre sorbos de whisky y cigarros mojados, le preguntaban a Fidel por sus orígenes. Respondía cosas diferentes cada vez, siempre igual de inverosímiles, mágicas. La que más les gustaba oír era una que luego de algunos carraspeos arrancaba más o menos así:




“Una noche me fui, por la tangente de la cerca. Seguí, bordeando el vallado transitorio que abríamos y cerrábamos como forma precaria de delimitar una propiedad, y me perdí en la noche. Vagué interminablemente, en una huida sutil, hacia el olvido de todo lo conocido. Aquella noche nací de nuevo. Lo único que conocía del mundo era ese lugar que desplazábamos cada cierta cantidad de tiempo, ese lugar que llamábamos hogar, con su cálida luz de reflectores, con sus banquetas de madera, con su estructura arenosa en el centro, que aunque cambiaba de locación siempre era la misma, siempre brillante y verdosa por las noches, cuando se iban los visitantes, visitantes a los que mostrábamos un poco del otro lado de un espejo hundido, a cambio de retazos pintados de papel, que el administrador juntaba en una cajita oculta en su remolque, y que nunca veíamos ni necesitábamos mirar, aunque sabíamos que era lo que estructuraba nuestro mundo con el de ellos, lo que nos permitía vivir como brumas en olvidados baldíos de periferias de ciudades que veíamos, desde la ventana de colectivos viejos, como entre sueños líquidos. Tanta pomposa sinfonía envolvía ciertos ritos, como el armado del hogar, un trabajo de mil manos amorosas, o al menos necesitadas de amor, que se extendían abiertas para extender la lona, para clavar las estacas, estacas que eran nuestro punto más débil, nosotros, vampiros escondidos de la moderna civilización, intercambiando trapos, risas y aplausos por pedazos de energía, el motor que mueve al mundo, disfrazada de tantas cosas. Pequeños ritos que ya no compartiré, ahora que he partido, y que sin embargo observo casi con nostalgia, una fresca nostalgia de zapatos mojados bajo una tormenta interminable, casi cuarenta días lloviendo en este pueblo perdido, al que no podemos sacar una miserable mueca, estancado como está bajo la tormenta el pueblito, estaqueado como está el pueblito, cercado por monstruos más temibles que nosotros. A veces ando perdido por las calles más alejadas del pueblo, mientras miro para adelante, y pienso para atrás, intentando reordenar un conjunto de imágenes que tal vez pueblen un recuerdo, que tal vez hagan ver la dirección hacia la que me dirijo. Vampiros somos, decía, y nos escondemos tras disfraces y caras pintadas, circulando marginales por un mundo que ya nos ha dejado atrás aunque, se sabe, el mayor truco del diablo fue convencer al hombre que no existía. No nos comparo con tal bestia, que deambula por otros rincones, pero el fraseo se apresta para mojar un ejemplo, como si hiciera falta. Tan ricos y jugosos retazos de energía tomábamos del otro, tanta falta nos hacía, como respirar. Una gran familia éramos, cada cual cumpliendo un acto, mostrando su acto, en parte, pero siempre escondiendo los lugares donde ocurría la magia, la prestidigitación vulgar y mecánica donde ocurría lo importante, el tránsito entre mundos de la energía. Brujos, vampiros, bebedores de la sangre oculta en el aire, en la firma de las cosas, tomábamos lo que necesitábamos de cada individuo, en una transa que el otro siempre hacía con gusto, con domesticado placer, creyendo que el papelito pintado con rostros y números era lo que importaba, nos llevábamos siempre un poco más, un eco en la nada, un acorde inacabado, el susurro final de las noches cuando todo se apagaba. Nací en ese lugar, crecí en ese lugar, abordar a los seres fue mi primera instrucción, me enseñaron los mayores a dibujar una sonrisa, a escamotear la atención mientras los demás laburaban, nadie puede negarle los ojos a un niño, nadie puede escindirse de su magnetismo, decían, y tenían razón, era como un foco ambulante, con la cara pintada, primero por papá, un espejo distorsionado, enorme, de mis días, luego por cuenta propia, el maquillaje para reforzar los rasgos compradores, el polvo blanco para esconder la pálida y fría piel, los labios rojos, las mejillas con rubor, los ojos delineados, las ropas agujereadas, enormes, heredadas, los zapatos que todavía se llenan con agua y chillan, las pelotas y las cartas escondidas en los bolsillos, la chanza fácil, en la punta de la lengua, las lágrimas tragadas con la saliva, entre infusiones amargas, cuando todo se apagaba, fumando las noches con los grillos y los trapecistas, mujeres y hombres de altura, algunas noches las cenas ensanguchadas con los muchachos de seguridad, cargados con modernas espadas, pequeñas, que entran bajo el sobaco y dejan besos que queman hasta la muerte, y que nunca usaban ni usarían porque no había ganas de intercambiar nada por un par de balas, pero que servían de potente disuasor a los que temían quedar bajo las redes del ultimo velo de la araña tejedora de los cuentos, muchachos que se hacían los duros y que más de una vez mientras crecía vi llorar, cuando un aroma los llevaba de vuelta al patio mojado de su casa, una casa de la que fueron arrebatados por la aventura y el misterio o de la que simplemente huyeron en la firma del contrato, el mismo contrato que he roto porque nunca he firmado, yo, nacido y crecido bajo estas lonas, pisando aserrín, besando las hierbas de la noche. Ciertamente era un mundo mágico en el que vivía, con pequeños, minúsculos, excéntricos grupos que en este grupo nada tenían de excéntrico, algo que era como un manto de ortodoxa heterodoxia cubría el desvarío de ser distintos a una masa humana de la que nos nutríamos -y a la que despreciábamos entre actos, al observar lo mansos que se perfilaban al matadero-. Ladrones de ganado, éramos, a las almas perdidas las llevábamos con nosotros, había algo en su roto brillo que las atraía fuertemente hacia donde estábamos, donde quiera que fuese, aumentábamos en número en cada poblado, cada vez mayor el contingente que llamábamos familia que, como toda familia, tenía secretas leyes, rigideces, prohibiciones. Hasta la niebla se aglomera, y tantos seres brumosos no podían ser más que una sola nube, una nube que crecía y que lloraba su silenciosa e invisible lluvia en cada pérfido rincón de la materia, magnetizando, seduciendo a los marginales como nosotros a sumarse, a perderse en el oscuro arcón del olvido, intentando calmar una sed, un ansia de eternidad que, tarde o temprano descubrirían, como todos nosotros hicimos, que el exquisito placer del filo de las cosas se desdobla y se muerde la cola, siempre pide más sangre, más eternidad. Ojos cansados, ojos vivaces. A medida que vamos creciendo vamos aprendiendo nuevos trucos, alguien tiene que maniobrar el fuego, otro tiene que abrir el quiosco, un tercero vender los boletos, y así. Los leones viejos van quedando en el camino, misteriosamente, pero nunca los habíamos añorado, que yo recuerde, más bien degustábamos la médula de sus huesos con los dientes antes de juntar todo para irnos a otro lugar, como un homenaje a los caídos, que siempre vivirían dentro nuestro. ¿Por qué he escapado? Un poco por curiosidad. Otro por tedio. Puede decirse también por amor, por qué no, esa larva habita en cada minúsculo resquicio de las cosas, y además de payaso tengo la maldición de ser poeta, un condenado entre los condenados, un marcado entre los marcados. Todo me llamaba, desde allí afuera, algo como un intento de beber de la copa de la muerte, un deseo urente de apropiarse del manto de las cosas para desnudarlas, me arrojaba a las calles que para mí eran un misterio, más de una vez el deseo me arrojaba a seguir los pasos de desconocidos hasta misteriosas callejas y silenciosos umbrales, metiéndome en el saco de su vida como polizonte comía en sus mesas, dormía en sus mesas, amaba sus cuerpos. Alguna vez iba a pasar que no iba a querer regresar. Presiento, de todas formas, que ya han puesto en marcha los mecanismos para buscarme. Todavía tengo mucho que darles, todavía les sirvo. Por suerte me han enseñado todo lo que saben, puedo esconderme, escindirme, moverme gris entre los seres grises y jamás volver a pisar un arrabal, aunque sepa cuánto tientan las luces cada vez que se anuncia en los pueblos que ha llegado el circo.”




lunes, 11 de junio de 2018

Conversaciones contra la raya


por Marcos ‘pupila de náufrago’ Gunn







a todos los laterales, 
a los distraídos de siempre;
al Corvino, gracias 

Sócrates. Además de amigo imaginario de Platón, plateada idea de filósofo, 8 fantasma, jugador de fútbol. Sócrates, jugador de fútbol. Mediocampista inteligente, distribuidor adentro y afuera de la cancha.
No quiero hablar de Sócrates, siempre se lleva los focos. En el equipo de los filósofos, los existencialistas juegan en las bandas. Contra la raya. Todo el mundo sabe que después de la línea de cal no existe nada. O existe la Nada. ¿Mejor?
Los laterales existencialistas, funambulistas haciendo equilibrio en esa delgada línea. A veces la pelota sale de la cancha y saltamos hacia la Nada a buscarla, para meterla de nuevo en un... ¿cómo se decía antes? Ah, sí, saque de banda.
Soy lateral derecho, el 4, a la vieja usanza. A los futboleros no nos toquen los números, el 4 es lateral derecho; el 5 mediocampista central, tapón, corte y distribución; el 9 es el egocéntrico goleador, el romperredes, el punta; el 10 es el mejor, el más creativo, el tipo con más imaginación del equipo.
Juego de 4. Mi equipo es una aplanadora, golea todos los partidos. El último lo ganamos 6-1, un trámite. En realidad… todavía no termina. Pero no va a pasar más nada. El futbolero lo entiende, hermano. En partidos como este, un lateral no tiene mucho laburo, como se imaginarán.
Y tiene mucho tiempo libre. Para conversar, con el pasto, con el viento, con la tarde que va cayendo. Aunque ante espectáculos como el atardecer sobran las palabras, eso está claro. Pensar en Dorothy, otra funambulista de puentes amarillos.  Asociación de tres conceptos, hasta parece fútbol. Fútbol abstracto, Dalí jugando de 11.
El gran objetivo es ganar la Copa. Jugamos contra rivales muy jodidos, eso lo sabemos. No subestimamos a nadie. Por eso goleamos los partidos, nunca bajamos la concentración. Fijate, por ejemplo, el último partido: minuto 80 más o menos, hizo gol hasta el aguatero y el 9 no había tocado una sola bocha todavía. Nuestro mejor player, el enganche, el capitán, tampoco había hecho goles, y en una de las jugadas, precisamente esta de que te cuento, cerca del minuto 80, se acercaba al área con pelota dominada, para su pierna buena. En realidad… no tiene pierna buena, tiene una pierna excelente y la otra sobresaliente, pero bueno, con la mejor de las dos. Esto lo estoy viendo desde atrás, a la derecha. No sé qué le pasa al pibe, es el mejor y se resbala. Está meado, no puede hacer goles últimamente. Se resbala en la puerta del área, la jugada se diluye. Pero por algo es el 10, el pibe, el más creativo. Ve al 9 haciendo la diagonal. Esto está pasando en una milésima de segundo. Y desde el suelo se la pone detrás de la zaga central. ¡Desde el suelo ve una diagonal y la toca! Y el 9  rápido, inteligente, eficaz, la primera que toca. Su primer contacto con la bocha. Es derecho pero la agarra de zurda, hambriento. Con el empeine tirando a tres dedos. La clava adentro. Golazo. Ese fue el 6-1. Apagá y vamos.
Pero quedan 10 minutos y hay que seguir jugando. A lo mejor el crack aprovecha y se saca la mufa, quién sabe. El partido se va hundiendo en el sopor de lo que en los catálogos futboleros es un partido liquidado.
Por fin, dirían los paraguas, después de 6 nos bajan la persiana. Pero nosotros respetamos a todos. Los respetamos haciéndoles 6 goles. Bajándoles la caña, porque el fútbol es un estado de ánimo.
Lo peor de ser lateral derecho es la vuelta, mirando el pasto, cortando los yuyitos. Pero está lindo el mundo, so far. Aunque es muy difícil encontrarle explicación. Epa, el mundo se ha vuelto 2.0. Y capaz estoy llegando tarde y ya debe andar por el 5.0.  Maldita sea. El mundo es una irracionalidad, de todas formas. Una pesadilla a la que le ponemos una explicación. Una serie de convencionalidades, de rayas. Como las letras, esos dibujos raros. O la pelota.
El universo es un lugar muy grande, por alguna convergencia hay que intentar explicar algo que no tiene explicación. Que es simplemente la demencia. Una serie de irracionalidades. Una cosa japonesa. O algo oriental. El mundo no tiene sentido. No lo tiene. Es hermoso el universo. Pero pensamos demasiado dependiendo de la vista.
Es lo que a veces fantaseo llamar la occidentalización de la vista. Le damos prioridad a un sentido, a la visión. Eso te lo enseñan en 2° grado. Pero es una serie de impulsos eléctricos, de convencionalidades. De este color es verde para los dos, y este otro rojo, y este celeste y blanco; pero bueno, ganamos 6 a 1.
Un 6 a 1 puede ser la fundación de cualquier sociedad. Podemos convenir seguramente en un punto. Que son una murga. Categóricamente, les rompimos el culo. Los dos equipos pueden estar de acuerdo en eso. A partir de esa seguridad se pueden empezar a construir algunas certezas. El mundo se pliega en cualquier parte para ser.
Seguir hablando porque es como la canción con todos. El lenguaje como archivero. No inscribirse al cinismo con tiza. El mundo es un lugar raro. Nadie sabe cómo se maneja esto, loco. La mente.
Paso uno, agarrar el manubrio.
Paso diez, culpalo a otro del choque.
Vieja, aguanten las plazas.
No hay choque, no existe eso. Hay ganas de ponerse de acuerdo, de conversar.
No hay choque, pero vos te ponés la de Chile y yo la de Argentina.
Qué Chile ni Chile, yo me pongo la de Paraguay, que tiene más huevos que el equipito de tu barrio.
Disculpá, quise ser educado con vos pero parece que no te entra todavía que te estás comiendo seis pepas. Pensar en el Diego porque en 10 minutos no pasa nada. La vida es una tómbola. El tiempo es una tómbola. Es pura irracionalidad. Una serie de convenciones, decíamos. Es muy raro conversar así. La vida es el vacío.
Vedanta Yoga, diría el 3 chino, un verdadero mago. En la obtención del Otro que viene envuelto (tal como aparece) por la pregunta y la explicación. También es una convención. Me mira un arrugado rostro en la tribuna, sonriente y dice, sabiamente, que la locura es el verdadero estado del mundo. El caos, la incomunicación. Que somos viejas almas, frágiles, inmortales, tratando de tocarse, de sentir, de ser. De evitar un horror. Pero el horror existe, es real, y lo artificial, el verdadero paraíso de Baudelaire, no eran las drogas, era el lenguaje.
Che, ¿y todo ese postestructuralismo francés? Por ahí anda la cosa. Esos tipos sabían.
Concrete jungle. Civilización 5.0. ¿Te pusiste a pensar alguna vez en el capítulo 73 de Rayuela? No sé, no existe el ego en ninguna parte, pero fíjate vos que hablando de… En algún punto el péndulo de Foucault… Habría que seguir el camino del ojo y decir algo relacionado con Ben Affleck.
Para qué. Si se sabe. Incluso Freud diría que no es que entra por los ojos si no por el Falo. Falocentrismo existencial. El cinismo chino de siempre. Galletitas de la fortuna de barrios coloridos con letras estéticamente dibujadas. A todo esto, ¿en serio sos paraguayo? Me contesta Yo soy… y así me defino. Hay que ser puntitos suspensivos, eh. No cualquiera no tiene bandera. No es paragua, Barthés. No era par. Agua para bares. Es lo obsceno del amor, dice.
A todo esto, ¿de qué lado te ubican en ese lugar en el que trabajás? En ese… Hospital Psiquiátrico.
Internado en el 2° piso, obvio.
Claro como el agua.
¿No estábamos en la cancha? Bueno, después un par de vueltas para qué molestarse.
¿Demasiada info? Paramos cuando quieras. Índice de masa atómica, otro péndulo de Foucault. La verdad es que hay viejos demonios, viejas almas chinas. Como gatos, bajo hermosos disfraces. Mirando el sol caer por la ventana, viendo el partido.
Pero no hay ventana. Tampoco pared. Ni partido. Hubo un momento complicado, pero ya pasó. Cuidado, cuidado los escombros. Igual seguimos ahí, volviendo, deshaciendo los pasos contra la raya.
Qué lindo. Viendo el atardecer, sobran tres palabras. O unas cuantas. Pero hay música. Estamos, entonces, escuchando lo que un ser hermoso tituló Para los Árboles. Una canción preciosa llamada Néctar que es precisamente eso.
Para los Árboles. Como justificándose, diciendo que no les sacamos una guitarra, nada más. Es muy loco conversar de tú a tú con una canción. Signo de pregunta. Faltaría que esté el Flaco, simplemente para cebarle un mate. Y el Flaco desde atrás, como diciéndote. No hace falta. ¿Es muy loco conversar con Luis Alberto? Es increíble lo que nos regaló.
Ese tipo estaba del marote. Y no sé, me dicen. Melodioso como ninguno. Un poeta. Y llevas el caño a tu sien, apretando bien las muelas. Ah, no. El Flaco diría algo como Pies de Atril. Formas y formas. Se sabe. Bueno, me equivoqué, che. Peor es perder 6 a 1.
De los árboles a las Viejas mascarillas de la isla de Haití. Hermosas letras. Canción hermosa. No entiendo nada de lo que dice pero las imágenes son hermosas. Spinetta nos diría ‘y… es poesía’ con cara de ni yo entiendo. Siempre tan cálido y tierno, el Flaco, pero…, cómplices, en realidad entendemos y hay un puente, silencioso subterfugio. Creo que una certeza tan grande como una goleada es saber. Dos puntos. Que vamos zurciéndonos en canciones de Spinetta; somos funambulistas de cordones de vereda. Alma de lateral.
Y bueno, el partido no termina. Todo es una metáfora circular. Lugares llenos de convergencias. Agujeros negros. Benvenutti al Maëlström. Gracias, cuervito. Literatura son las distintas formas de saltar un hueco, de mirar un abismo. De meter la pelota adentro de la cancha.
Convergencias. Vos fíjate que Jean Paul Sartre vino a hablarme el otro día, disfrazado de titiritero. Y me viene a decir lo de arte comprometido. Es un extraterrestre por donde le mires, pensé. El pensamiento del tipo existe a miles de kilómetros, miles de medianoches después en la forma de un viejo francés en el litoral. ¡A la Pacha, Juan Pablito! 
Todo converge en el aleph de los ojos, de los oídos. De uno. El universo conspira a tu favor. Nos vamos zurciendo con canciones de Spinetta. Si pudieras ver lo hermoso aleph delicioso que es en tantos sentidos. La Pacha que dio tu viola. De pájaro cantor. Había sido que teníamos un vecino poeta, chamigo.
En realidad, estoy tratando de conversar con vos. Llenando los espacios. Porque no contestas, enarbolo. En árbol o. Intuyo. Lo que vas a decir. Feel free to jump in any time. Ah, esto fue una conversación monologo ping pong entre tu sujeto y tu yo, digamos, me dice. Hasta que de a tanto te contesto. No sé con qué se come eso, le digo. O sí, interpretalo como quieras.
Picture yourself in a boat on a river, with tangerine trees and marmelade skies… algo así, la memoria me resulta complicada, como diría Luis Alberto. Perdoná, estoy muy egorrágico. Literaturra, viste. ¿Dos lunas, o un mero reflejo?
Che, disculpá que te ofrecí una forma de conversar y ahora me esté retrotrayendo, dando pasos hacia atrás. Haciendo la raya. Pero es que me dejé pensando. Que te dejé una gotita así que decía Jean Paul Sartre. Y tengo que decir algo de Jean Paul Sartre. Que nada que ver, no me parece bien esto del arte comprometido. No me parece bien esto de las acciones poéticas.
O sea, ¿te das cuenta que lo que estuvimos haciendo nosotros hasta este entonces es intentar conversar, vos y yo? En realidad, estuve tratando de conversar y no me contestás. De cualquier forma esto no tiene nada de… no tiene nada de militante, nada de beligerante, nada de comprometido, ¿me entendés? Solamente las ganas de conversar. Y capaz que es eso el arte… conversar, tirar una sonda al espacio. Simplemente conectar. Bueno, ese es mi problema con Sartre.
¿Vos que decís, loco? ¿Está bueno esto, hasta ahora, o no? Para mí que está bastante bueno, eh.
Está lindo el mundo, vieja, eh. Todavía no se termina de descubrir.
¿Qué onda con toda esa parafernalia pintaparedes?
Nada muy distinto de ninguna tura, supongo. Hay una luna llena ahí, dando vueltas. No para vos, no para mí, no para ella, no para nadie. E infinitamente, amorosamente para vos, para mí, para ella, para… Literatura son distintas formas de describir un pozo. La realidad. Se hunde, se ahonda. Se profundiza. Che, loco, acabo de ver, en la calle, así, en el medio de la calle, una construcción. Todo bien hasta ahí. En la construcción había un toldo. ¿Dónde estaba el toldo? El toldo estaba en medio de la calle. En medio de la calle, el toldo. Tapando todo el cielo, haciendo un túnel de vereda a vereda. Vereda, calle, vereda, toldo, vereda.
¿Sabías que las calles también se construyen? Eso que viste probablemente haya sido la construcción de una calle, y las construcciones de calles también necesitan toldos. Obviamente, ¿Qué pensás que hacíamos, cuando conversábamos? Pintamos un edificio, pintamos una vereda, pintamos una calle, y pintamos un toldo.
Pero de verdad había un toldo en la calle.
Y pintó el toldo. ¿A vos no te pinta el toldo nunca? A mí me pinta el toldo. Convergencias. Techitos para la calle. Están buenas estas conversaciones de bolsillo, anacrónicas, está bueno que no tenga tiempo esto. La tecnología tiene cosas buenas. Obra de Marta Minujin, me dicen, seguro. Obra del demonio, digo, si le preguntan a alguna vecina. Le llenan de agua la vereda. Agua estancada. De Resistencia. ¿Qué opinás de la hiperrealidad? Buscalo.
Igual, no hace falta. Fijate cómo sale conversando, nomás. No sabe la semilla que me impuso. Las calles también se construyen. Tal vez sí sabe, y es un regalo. Como las canciones de Spinetta, viste. Esto no tiene precio. Y no es una sanata como las pavadas que te dice Jean Paul Sastre.
O capaz que no es una sanata y es el simple existencialismo que te pega una patada en el tujes, así, y caés en medio de la vereda al charco de agua. Estancada. De Resistencia. Y Jean Paul Sarstre se te caga de risa. Ja, ja, ja.
Punto y aparte para hablar de la pronunciación de Sartre. Sastre, Sartre, Sastre, Sartre. ¿Es una joda, me traiciona el inconsciente? Jean Paul Sartre es un sastre. Mi inconsciente me lo está diciendo así. Los aparatos digitales van a terminar matando a la literatura. Y eso te lo puede firmar Juan Pablo Sastre.
Como el ingrediente de la coca cola y esos otros elixires y esos raros peinados nuevos…
En acotación a esas tres palabras, simplemente un Dios bendiga a Charly García. dios bendiga a Charly García ¿Charly? ¿dios? ¿Bendiga?
Qué loco el disco de Spinetta, eh. Para los Árboles.
Ahí también sobran tres palabras.
Igual, el Flaco este es medio loco, tiene una fijación con el número tres, si te ponés a pensar. Dulce 3 nocturno, por ejemplo, o tres llaves.
Y bueno, andá a saber qué puta pensaba, qué pasaba por su cabeza. Quiero creer que solemos conversar de vez en cuando, pero bueno.
¿Cómo era el título ese de la canción… de Charly y Spinetta? ¿Rezo…por… vos? ¿Por quién rezan? Cantaban los dos: ¿para quién rezaban? Se rezaban uno al otro, cuenta la leyenda, de altar a altar.
En realidad, creo que nos rezaban a nosotros. ¡Nos rezaban a nosotros, esos tipos! ¡Se le prendió fuego la casa a Charly cuando estaban tocando en vivo para un programa de televisión…! ¿cómo estamos? Hola Don Pepito. Las vicisitudes de crear en la calle. Soy un vecino. Estas partes no tiene la literatura. Los tachones, viste. Pero… como te decía ¿dónde estábamos? Ah, se le quemó la casa a Charly mientras los dos tocaban para un programa que supongo que se llamaba Cable a tierra. Y si no se llamaba… Sí, ¡Cable a tierra se llamaba! Y Fito Páez… ¡Fito Páez le hizo la cortina musical al programa musical en el que tocaban Charly y Spinetta, allá en 1985!  Un año después del fin del mundo.
Si uno se pone a pensar lo que en ese entonces pensaba la gente. Porque la gente sabía que se juntaron los dos tipos a hacer un disco. Se juntaron Charly y Spinetta a hacer un disco, ¿entendés? Todo el mundo sabía que Charly y Spinetta estaban haciendo un disco. Se juntaron un día y dijeron algo así como ‘bueno, vamos a tocar en la tele’ y qué se yo. El tema que tocan: Rezo por vos. Y cuando dicen ‘y quemé las cortinas y me encendí de amor’… Charly, el muy loco… viste…eh, ¿cómo se llama, cómo se dicen esas cosas? Transformadores o… bueno, Charly es un loco de los transformadores, si no me creés escuchá Inconsciente Colectivo, qué se yo.
¿A dónde iba? Ah, sí. El vago conectó un millón de transformadores y enchufes a los tomacorrientes o como se diga, para conectar la videocasetera, tratando de grabar el recital, la canción. Y se le incendió la casa. Le chispearon los cables, saltó la corriente… ¡y se le incendia la casa a Charly! ¡Justo cuando dice ‘y quemé las cortinas y me encendí de amor’!
Dice la historia que el Flaco, obviamente, se asustó. Imaginate todas esas energías, esas cosas que se concentran, que convergen en un solo punto. El Flaco le pedía perdón a Charly por haberle prendido fuego la casa. Spinetta pidiéndole perdón a García por… quemarle la casa. En serio. Porque mientras tocaban un tema llamado Rezo por vos, se incendió la casa. Charly, obviamente, recontra caliente, enojado con Spinetta porque se culpaba y sabía que no era culpa de nadie. Más que nada era culpa del transformador, viste. Enojado, le arroja un cenicero, gritándole al Flaco para que entienda que él no tenía la culpa. Que era el transformador. Decime si no es una discusión filosófica, poética, artística y etcétera, en el centro de un transformador. El arte es un transformador. Y Charly García es una antena. El tipo es una antena. Escuchar Chipi Chipi.
Hizo un disco llamado Say no More, que los terrícolas todavía no podemos entender.
Constant Concept. El tipo es Dalí haciendo música. Y no es ninguna exageración.
Me meto en los entretelones del edificio, en las escaleras (laterales) para hablar un poco de Charly. ¿Por qué? Qué se yo… estábamos hablando de Sartre. Ah, bueno. Qué cagada este Sartre, cómo nos perfumó el pensamiento sin que nos demos cuenta. La culpa de que la gente odie a García, o que no lo comprenda, más bien. Que desde Say no more hayan escuchado pero no oído, y hayan dicho algo como ‘Mmm… sí… no sé…’ es de Sartre, tal vez. Charly es un maldito Sartreano. El tipo hace arte comprometido. Él es su arte. Hace Constant Concept. Alguna vez veremos lo antena parabólica que es el señor García. Es el espejo de toda una sociedad. Y no hablo de generaciones, de los 70, de los 80, de nada. Ponete a pensar que estamos conversando con Charly García. Todo en él es actual. No hay que perdérselo.
Ya llegó la luna llena. El partido terminó hace rato pero seguimos conversando para ver si el 10 hace algún gol. Estamos los dos nada más en la cancha, a esta altura. Por ahora se la pasa tirando las pelotas a la tribuna. Qué hijo de puta. Si de algo uno se da cuenta, es que se siente uno como un gato. Caminando por los tejados, por el cordón de la vereda. Y maravillándose de todo lo que hay. Un gato funambulista. O Kafkiano.
Volviendo al Aleph, no sé si Borges era un genio o estaba loco. En el Aleph cuento hay muchos alephs. Para empezar, el de las escaleras, que es el núcleo de la historia. Pero también está Beatriz Elena Viterbo; el juego de la musa, un aleph por donde lo mires. Después, lo tenés al aleph Borges; Borges personaje, Borges escritor. Tambien está el aleph cuento. Debe haber muchos más. Creo que Jorge Luis era un nene. El tipo tenía unos… no sé a qué edad se murió el viejo. Estaba ciego. Escucha esto. Estaba ciego y trabajaba en la Biblioteca. Era curador de la biblioteca. Imaginate la poética de la situación. Borges se habrá cagado de risa hasta que se murió. Es increíble. Decíamos que el tipo era un nene, un chico. Lo leés a Borges y es una criatura. Se divierte escribiendo, hace juegos de palabras, descubrimientos, asociaciones entre la literatura y la esquina. Para mí algo de eso es el aleph, la convergencia de las cosas en un puntito del universo. Para mí eso es el aleph. Ponete a pensar en rezo por vos, todo se cierra en un puntito así chiquitito que es un transformador. Beatriz Elena Viterbo. Para mí que por esa rezaban, eh.
Borges era un maníaco como Charly. Sospecho que el aleph tiene algo que ver con eso de la hiperrealidad.
Esto es lo que sé hacer. Nietzche es un tipo que hizo algunas películas horrorosas. El tipo vivía en una eternidad circular. Filosofía barata y zapatos de Cronenberg, sacá la tacuen. Lo que quiero decir de Filosofía barata y zapatos de goma no tiene que ver con García. Tiene que ver con esa otra persona que rezaba por vos. Y por vos, y por vos.
Me preguntan con cuántas personas estoy. No sé, ya me empiezo a asustar, contesto. Soy esquizo, medio border, lateral derecho, contra la raya. Acá en el segundo piso estamos todos.
Bueno, retomando. El Flaco, antes de irse a quién sabe dónde, le regaló a Charly antes de tocar Rezo por vos en el recital de las Bandas Eternas —ese precioso regalo a la humanidad, a lo que sea que es esto que pasa mientras nosotros dos conversamos—. Imaginate la situación: está el Flaco tocando desde hace por lo menos unas… dos horas, o por ahí, tocó con su banda más nueva, también con Spinetta Jade, con Cerati, tocó algunos temas de Artaud, tocó temas de Kamikaze, tocó con Fito un par de temas, con Juanse, tocó… tocó con sus hijos Necesito un amor, el tema de Manal. Rapeado. Excelente el tema, excelente el tema. Antes que Charly pase al escenario — en mi mente Charly no sabía esto— Luis Alberto se pone a tocar Filosofía barata y zapatos de goma. Ponete en los zapatos de García un ratito. Tras bambalinas, por salir a tocar Rezo por vos escucha su canción en las manos y en la voz del Flaco. Hay muchos regalos dentro de un regalo, la resignificación de la lírica, un millón de guiños entre dos amigos, un pedido de disculpas, el solo de guitarra que en la versión original es la garganta de Lolita Torres. Es hipnóticamente encantadora la sonrisa del Flaco mientras manotea el atril lleno de sabiduría. ¡Las canciones que tenía ese atril! Y el tipo cagándose de risa cuando dice ‘y enamorado de las sirenas’. La voz del tipo, tan frágil, tan poesía. Pies de atril, pies de atril. El tipo agarra las palabras de Charly ‘quise quedarme pero me fui’, y ahora se pone uno a pensar las cosas que dice. Voló en la pluma, en la música de Charly. Quise quedarme pero me fui. ¿Sabía que se estaba yendo y estaba dando su canto de cisne?
Es ese el tema con Charly, lo podés reemplazar con cualquier otra persona. Charly es un espejo, es todos nosotros. En tanto y en cuanto a Luis Alberto, era… es, lo que sea que es Luis Alberto. 
¿Por qué será que a la gente no le gusta Spinetta Jade? A mí me encanta. Obviamente, la época spinettiana que más me gusta es la de Invisible. En realidad, todas las épocas de él son geniales, pero hay una parte emocional que me ata a Invisible. ¿A qué iba con todo esto? Ah, te hablaba de Spinetta Jade. Por ejemplo, Alma de Diamante es una locura. No entiendo una mierda de Jazz y leí apenas Castañeda, pero es íncreible lo del tipo, cómo devora, mastica, resignifica, pasa por su señal toda una obra a partir de lo que fue para él. A todo esto, no es el disco ni la canción que más me gusta de Spinetta Jade. El que más atrae es ese, el que dice… Nena, te traigo esta canción que descubrí, en el deslinde.
Están apagando las luces de la cancha. Algún día hablaremos de Beatriz Elena Viterbo, hablando de alephs y de Borges y el nene cagándose de risa y etcétera. Cronopiamente.
Buenas salenas, cronopio cronopio. Ponete a pensar lo que pensó un cronopio para comenzar un libro. Por el capítulo 73. Y en realidad lo podés empezar por donde vos quieras. Es increíble ese libro, una piedrita para jugar a la rayuela que a la vez es la rayuela. ¿De qué planeta viniste? Volviendo al tema Tres llaves de Spinetta. Spinetta habló con Foucault, de esas charlas hay un disco llamado Téster de Violencia, donde está Tres llaves. Pero es para otra ocasión.
Dale pibe, vamos, que apagaron todo y se nos va el colectivo. No le hacés un gol ni a Paraguay.
Y bueno… pero ganamos 6 a 1.