Lo que él nombraba casa (y era más bien
un sucucho) todavía olía a dinero, a mercancía, a carne. Su compañero seguía
dormitando una resaca de alitas de mosca y diesel Premium. Alguien debería
salir a ganarse el pan, esbozó en una mueca. En otra vida he sido mago, pensó
Tri, hoy soy otra vida, más ruin, el deseo de libertad convertido, en un pase
de manos, en el jornalero arte del robo. Aquiles siempre estará persiguiendo a
la tortuga: tiene hambre y quiere sopa, un buen caldo… ¿acaso no tenemos
hambre… todos?
La escasez de agua en el seno de la
ciudad perforadora lo llevaba por otra dirección. En realidad, lo puso en el
camino correcto. Un escenario ficcional penetrando en lo real. Ya se sabe que
la realidad es holgazana y se estructura alrededor de patrones que se repiten.
El post-apocalipsis de Mad Max copulaba con Armagedón y les muchaches
partidistes, de ese triángulo nació la ciudad, su atmósfera árida, desolada;
otro rincón del fin del mundo.
Algunos sabían y actuaban en
consecuencia, de distintas formas. En menos de cien años, sobre la faz del
planeta desaparecería todo viso de vida. Cálculos y mensuras que conocían pocos
hombres, casualmente los más poderosos –y tal vez, los más obtusos, los amantes
de la praxis mal entendida, del sacrificio del todo por algunos-. Es extraño,
pensaba Tri, que ciertas postales tiendan a repetirse en un planeta esquilmado
por la codicia, con territorios –todavía- alambrados, armas de fuego,
vampirismo ambiental, voces en el bolsillo. Tiempo es lo que sobra en estos lugares.
En ese tiempo estaba encargado de
revisar que se cumplan ciertos… protocolos, en diversas estaciones de repostaje
–las que quedaban-: evitar que se propaguen los fuegos, empezarlos, la carga y
recarga de la mochila de supervivencia de cualquier hombre sobre el que pudiese
echar el guante. Trabajaba para la Unesco. Para lo que quedaba de
organizacional del mundo, en realidad, dos o tres eslabones burocráticos que
habían persistido como rémora a lo largo de aquellos años malditos.
Se sentía un profesional sin profesión,
un prostituto. Siempre había admirado al ángel caído de Paris, su deseo de
penetrar el verdadero velo de la existencia, su loco deambular con el ánfora
llena de poesía, su halo mágico protegiéndolo durante el largo descenso por los
infiernos, en delirios verdes y descontracturados desde los que destilaba
belleza con un pequeño alambique de bolsillo, su renuncia al don de la
clarividencia –el trajinar de los héroes repetido a cada paso-, su embarcarse
en el negro corazón del crimen. Sin darse cuenta, él mismo había seguido ese
sendero, pisando huellas borradas por el vacío en el espacio.
Caminó a través de la noche, cruzando,
en trayectoria que él mismo consideraba diagonal, la plaza Roja, llena de
papeles y otros restos de silencio, orina y borrachos ocasionales de siempre,
hombres meningíticos llenos de llagas y llantos desesperados. Caminó a través
del humo y del tiempo pensando en una sola cosa, en un solo instante, en un
solo ser.
Recorrió el palacio de invierno,
chocando de vez en cuando a algún perdido miembro del staff de maestranza que
comenzaba a decretar el final de la fiesta de la humanidad –reduciendo, con
extrema sutileza, el radio de movimiento de los hombres-. A la hora de la
confirmación definitiva de la muerte de todos los dioses, el fuego había
vuelto, para tomar su lugar, el que siempre le había correspondido, abriéndose
camino por las grietas, consumiendo todo rastro de símbolos a su paso. Dimitri
caminaba sobre las cenizas del incendio, alejándose, con paso perdido, por
calles apagadas por el crecimiento de La que no tenía Nombre, que se extendía,
simplemente, para poner su firma en esa determinada parte del ciclo, un ciclo
sin final, con infinitas variaciones.
Extrañaba –qué extraño que extrañe,
pensaba- tantas cosas. Preguntaba a las piedras que cruzaba en su camino sí creían
en el tiempo, más específicamente en el pasado, si el pasado existía, si era
acaso una piedra –otra más- que empuja un ser con la punta del zapato hacia una
cima, cada día.
Caminó por veredas rotas y calles
agujereadas, entre papeles olvidados que bailaban como todos los restos,
movidos por el viento y por el paso mismo de hombres que deambulaban, como
Dimitri, sin brújula y sin radio, sin señales para guiarse –o ser guiados-. La
locura había vuelto de su destierro forzado para apoderarse del mundo. Una
nueva torre de babel caía sobre sus cimientos, por última vez, para cubrir con
sus escombros algo que alguna vez fue conocido como historia de la humanidad, y
que ahora era simplemente un capricho –otro más- de los hombres.
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