viernes, 14 de agosto de 2020

Dimitri y el fin del mundo

 

Lo que él nombraba casa (y era más bien un sucucho) todavía olía a dinero, a mercancía, a carne. Su compañero seguía dormitando una resaca de alitas de mosca y diesel Premium. Alguien debería salir a ganarse el pan, esbozó en una mueca. En otra vida he sido mago, pensó Tri, hoy soy otra vida, más ruin, el deseo de libertad convertido, en un pase de manos, en el jornalero arte del robo. Aquiles siempre estará persiguiendo a la tortuga: tiene hambre y quiere sopa, un buen caldo… ¿acaso no tenemos hambre… todos? 

La escasez de agua en el seno de la ciudad perforadora lo llevaba por otra dirección. En realidad, lo puso en el camino correcto. Un escenario ficcional penetrando en lo real. Ya se sabe que la realidad es holgazana y se estructura alrededor de patrones que se repiten. El post-apocalipsis de Mad Max copulaba con Armagedón y les muchaches partidistes, de ese triángulo nació la ciudad, su atmósfera árida, desolada; otro rincón del fin del mundo.

Algunos sabían y actuaban en consecuencia, de distintas formas. En menos de cien años, sobre la faz del planeta desaparecería todo viso de vida. Cálculos y mensuras que conocían pocos hombres, casualmente los más poderosos –y tal vez, los más obtusos, los amantes de la praxis mal entendida, del sacrificio del todo por algunos-. Es extraño, pensaba Tri, que ciertas postales tiendan a repetirse en un planeta esquilmado por la codicia, con territorios –todavía- alambrados, armas de fuego, vampirismo ambiental, voces en el bolsillo. Tiempo es lo que sobra en estos lugares.

En ese tiempo estaba encargado de revisar que se cumplan ciertos… protocolos, en diversas estaciones de repostaje –las que quedaban-: evitar que se propaguen los fuegos, empezarlos, la carga y recarga de la mochila de supervivencia de cualquier hombre sobre el que pudiese echar el guante. Trabajaba para la Unesco. Para lo que quedaba de organizacional del mundo, en realidad, dos o tres eslabones burocráticos que habían persistido como rémora a lo largo de aquellos años malditos.

Se sentía un profesional sin profesión, un prostituto. Siempre había admirado al ángel caído de Paris, su deseo de penetrar el verdadero velo de la existencia, su loco deambular con el ánfora llena de poesía, su halo mágico protegiéndolo durante el largo descenso por los infiernos, en delirios verdes y descontracturados desde los que destilaba belleza con un pequeño alambique de bolsillo, su renuncia al don de la clarividencia –el trajinar de los héroes repetido a cada paso-, su embarcarse en el negro corazón del crimen. Sin darse cuenta, él mismo había seguido ese sendero, pisando huellas borradas por el vacío en el espacio.

Caminó a través de la noche, cruzando, en trayectoria que él mismo consideraba diagonal, la plaza Roja, llena de papeles y otros restos de silencio, orina y borrachos ocasionales de siempre, hombres meningíticos llenos de llagas y llantos desesperados. Caminó a través del humo y del tiempo pensando en una sola cosa, en un solo instante, en un solo ser.

Recorrió el palacio de invierno, chocando de vez en cuando a algún perdido miembro del staff de maestranza que comenzaba a decretar el final de la fiesta de la humanidad –reduciendo, con extrema sutileza, el radio de movimiento de los hombres-. A la hora de la confirmación definitiva de la muerte de todos los dioses, el fuego había vuelto, para tomar su lugar, el que siempre le había correspondido, abriéndose camino por las grietas, consumiendo todo rastro de símbolos a su paso. Dimitri caminaba sobre las cenizas del incendio, alejándose, con paso perdido, por calles apagadas por el crecimiento de La que no tenía Nombre, que se extendía, simplemente, para poner su firma en esa determinada parte del ciclo, un ciclo sin final, con infinitas variaciones.

Extrañaba –qué extraño que extrañe, pensaba- tantas cosas. Preguntaba a las piedras que cruzaba en su camino sí creían en el tiempo, más específicamente en el pasado, si el pasado existía, si era acaso una piedra –otra más- que empuja un ser con la punta del zapato hacia una cima, cada día.

Caminó por veredas rotas y calles agujereadas, entre papeles olvidados que bailaban como todos los restos, movidos por el viento y por el paso mismo de hombres que deambulaban, como Dimitri, sin brújula y sin radio, sin señales para guiarse –o ser guiados-. La locura había vuelto de su destierro forzado para apoderarse del mundo. Una nueva torre de babel caía sobre sus cimientos, por última vez, para cubrir con sus escombros algo que alguna vez fue conocido como historia de la humanidad, y que ahora era simplemente un capricho –otro más- de los hombres.



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