Si de algo tiene que
servir esta experiencia, que sea para cambiar el mundo, para hacernos
responsables de lo que hacemos con él. Que los muertos y enfermos que tantos
cuentan sin ponerles nombre no hayan pasado en vano a formar parte de la luz.
Evidentemente, algo
anda mal en todo esto si, al quedarnos quietos, los ríos se aclaran, el smog
disminuye y también la huella de carbono, si la mejor idea que se nos ocurre es
usar un barbijo, sin profundizar, sin hacer un cambio radical en las
condiciones de vida, sin tomar en cuenta que el problema es evidentemente
estructural y está relacionado a las aglomeraciones y a las urbes.
Las condiciones de vida
para muchos son condiciones de uso o derecho de propiedad de un mundo en el que
no sólo vivimos, sino (y más bien) cohabitamos junto a una larga y casi
infinita variedad de seres.
Cosas que deberíamos
estar cuanto menos pensando, sino haciendo.
Redefinir qué es más
importante: la vida o la propiedad.
Entiendo que todos
tenemos derecho a un hogar; que la construcción de realidad es colectiva; que
la tierra, como dicen, no es un regalo de los padres, sino un préstamo de los
hijos, de los hijos de todas las especies que habitan esta hora de la materia.
Debería hacernos pensar
el hecho de que algunos de los principales países del “primer mundo” se hayan
visto superados por una entidad microscópica. La cuarentena a lo Noé, versión
estatal -¡quién te viera, Leviatán!-, está bien para salir del paso pero hay
que mirar más adelante. No el estado, sino nosotros.
No es un problema
únicamente sanitario ni económico, sino también habitacional, ecológico: se trata de crear
nuevas redes, más pequeñas, más cercanas, más humanas, incluso.
¿Querés dejar de usar
barbijo en los próximos años? Empezá a pensar, empezá a actuar. Es fundamental
descentralizar la economía, la vida misma, en las urbes, dejar de matarnos con
agrotóxicos, universalizar el acceso al agua y a las semillas, comprender que
es mejor respirar aire libre que vivir aglomerados en cajas de zapatos, donde
algunas veces lo único vivo son las flores del florero. Pensar en los
departamentos para cadáveres de los cementerios.
Entender que comienza
el fin de los tiempos, la era para la que las películas berretas y las canciones
de El Mató a un Policía Motorizado te preparan. Algo anda mal si hay incendios
a lo largo del orbe (fíjate, porque tal vez, a no más de mil metros de tu casa,
se esté quemando algo), si los ríos se secan, si los que protestan son los
niños. Qué curioso que este sea el rumbo que ha tomado la energía del mundo
para manifestarse.
Mientras tanto, el
miedo encuentra terreno fértil para sembrarse. Sería preferible no incentivar
el pánico sino efectuar (y esto lo digo en los términos de los encorbatados de
siempre, para intentar penetrar el velo) gestiones
de microemprendimientos. Con circular información de forma responsable y
con ofrecer las herramientas y las condiciones mínimas para el desarrollo de la
conciencia alcanza, al menos para empezar.
Un estado es también en
última instancia una herramienta de acción colectiva, que debería ponerse al
servicio de formación de comunidades, entendidas en términos políticos como comunidades organizadas, y en términos, digamos… espirituales, como comunidades conscientes.
Conscientes del lugar de guardián que ocupamos en el planeta, del lugar de
responsabilidad que tenemos para el espacio donde vivimos y que dejaremos, por
el simple paso del tiempo, a las generaciones futuras, y por el cual estas
mismas generaciones que deberían estar jugando hoy están reclamando, cada vez
más apresuradamente y en mayor número.
Calculo que la
reclusión dentro de las cajas puede obligar al enfrentamiento con los propios
fantasmas, con suerte, y si es que el humano no elige evadirse, como es su
costumbre, como fue domesticado. Hay historias de todo tipo en los campos
santos.
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