lunes, 8 de noviembre de 2021

Algunas camas...y algunos sueños

 

La primera cama en la que dormí no era una cama, era el pecho de mi vieja, que se pasó acostada durante la mitad de su dichoso embarazo, por pérdidas que amenazaban una vidita desconocida en la que depositaban sus esperanzas dos jóvenes correntinos.

Después hubo un moisés, arreglado por los abuelos, adornado por todos lados. El primer nieto tiene esas cosas, o eso dicen. Y de ahí a dormir en el auto del abuelo, un Falcon de esos con el asiento delantero igual al trasero, una contigüidad extraña en la que retozaba sin preocuparme, añorando Nirvana tal vez, mientras ellos y una de mis tías queridas me llevaban al laburo de la vieja para que me dé el pecho, en pequeñas escapadas que hacía del trabajo.

Era residente de Pediatría, la vieja, y al parecer, su Jefa -pediatra ella- no entendía de criaturas, y de estimular la lactancia materna hablaba por boca de ganso, así que yo dormía plácidamente en el asiento del Falcon, cagándome de hambre de a ratos, y otros ratos simplemente cagándome, mientras mi vieja correteaba de acá para allá buscándose un rato para pelar la teta. No me hubiera enterado de nada de no ser por el espíritu revisionista de la abuela y sus historias, que nos cantaba la vida en forma de versos chamameceados mientras el abuelo laburaba en la carnicería anexada a la casa.

Otra cama en la que soñé fue la de los abuelos, donde mis viejos nos dejaban, a mi hermano -que si bien no salió de un repollo, creció como los brotes, de la oscuridad de la tierra a la alegría del sol – y a mí, por las mañanas, antes de irse a laburar. Ahí soñaba frecuentemente. El primer sueño que recuerdo era más bien una pesadilla. Y la recuerdo porque era recurrente. Nos dejaban en el patio de la casa vieja, donde vivía una araña inmensa y se exhibía un serpentario, y rajaban para desaparecer, una habitación a la vez, hasta llegar a la puerta de la avenida Independencia. Un poco Casa Tomada, lo reconozco, aunque para mí todavía no existiría Cortázar hasta bien entrada la adolescencia y sí la angustia de la separación.

En aquella cama grande, de maderas ruidosas por las siestas, recuerdo otro sueño, uno que transcurría dentro de otro sueño, en una suerte de cajas chinas a las que Christopher Nolan sacaría el jugo cuando yo ya era más bien un poco más grande. Creo que lo empecé a soñar a eso de los seis, siete años, cuando la escuelita primaria de los curas comenzaba a hacer mella en mi cerebrito. Un muñeco con túnica, que en mi mente era Judas, que me perseguía por toda la casa, transdimensionalmente, hasta que me descubría soñando y despertaba. Pero ahí transcurría la magia. Despertaba del primer sueño para enterarme que seguía soñando, que un sueño habitaba dentro del otro y Judas andaba de un lado para el otro mostrándome sus pasadizos.

Otra cama que recuerdo de aquella casa fue la que el abuelo puso en lo que era la carnicería, después de cerrarla a fines de milenio, para dormir la siesta. De la carnicería quedaron algunas cosas, las heladeras grandes, el mostrador, la sierra que ya no cortaba carne pero seguía moldeando juguetes de madera que el abuelo hacía tan bien. Todo se fue yendo despacito, vendido para pagar el pan y la carne que antes parecía llover como maná y que ahora escaseaba entre papelitos de colores que en aquel entonces creo llamábamos Ce.Ca.Cor., ¿o eran Le.Cop.?

Y quedó la cama, una cama que el abuelo me prestaba para escaparme a leer el libreto de Don Giovanni o La Casa de los Espíritus, la biografía de Santa Evita, los Lo sé Todo que la abuela escondía en el mueble bajo el tocadiscos que no funcionaba desde fines de los ochenta. Tiempo después descubrí que el abuelo dormía ahí cuando se peleaba con la nona. Es que nada más cerrar la carnicería comenzaron algunos líos.

Después crecimos y nos fuimos del barrio, y volví a mi cama, la que me habían armado en la pieza que compartía con Gastón, en el departamento donde “vivíamos” con papá y mamá – que más bien era un aguantadero donde retozábamos por las noches- y a donde la abuela -que se fue con nosotros; el abuelo fue a la casa de una de mis primas – nos llevaba el desayuno, un cocido con leche y su infaltable pancito, antes de ir a la escuela. Los abuelos no contaron hasta mucho después que no tenían para comer en la casa. Para qué amargar a las nenas, decían. Las nenas eran sus hijas, mi vieja y sus hermanas, que ya eran grandes, pero no tenían por qué enterarse que Kika y Moncho algunos días pasaban hambre.

De la cama a la que me repatriaron nacieron otros sueños, la adolescencia y la guitarra, los amigos, los libros, la medicina, el amor esperando el 104 que iba a las 237. Pronto descubrí que no solo yo crecía, también Gastón, y los viejos, y los abuelos. Cuando volvía de la facu pasaba por la casa vieja de Independencia a ver al abuelo, que hacía las veces de paciente, con su tórax acordeonado, lleno de sonidos asmáticos. Escuchá, decía, y reía con su risa de fuelle, mientras yo metía mi estetoscopio.

Recuerdo la cama del hospital donde dormía el abuelo cuando tuvo el ACV, y las primeras noches turnándonos en un colchón en el suelo de aquel hospital construido sobre las ruinas de un hotel abandonado que hacía las delicias de los paseos de la noche. Recuerdo la mirada del abuelo, el dolor y el silencio. También la cama que armamos en su casa para que el pudiera estar más cómodo y que ocupó en silencio, por casi cinco años, hablando con esos ojos tan elocuentes y tan bellos, salpicados de sabiduría y tristeza, y en la que pasaba la mayor parte del tiempo, casi al final.

La última cama del abuelo fue la de una terapia en la que estuvo casi un mes, hasta que pudimos dejarlo descansar. El hospital era una cagada, como todos los que atienden ancianos. Todos los días, antes del horario de visita de la tarde, salía una enfermera a llamar a los familiares de Fulanito o Menganito. Todos los días moría un Fulanito o un Sultanito. Esa terapia era una sala de espera al otro lado, y esa enfermera era el heraldo de la muerte.

Una siesta soñé el patio donde el abuelo pasaba el día regando las plantas o martillando motores para sacar el cobre y venderlo a la chacarita. Soñé con la parra que plantó el viejo y que todavía está, hermosa como siempre, cada año con uvas nuevas. Soñé con Moncho, que llevaba unas viejas maletas de cuero marrón, una sonrisa bajo el bigote que le copió a Guy Williams y una boina que despierto recuerdo haberle robado con su permiso.
 
Poco después de aquel sueño, el abuelo se fue, una siesta de octubre, a dormir bajo la parra, aunque su cuerpo se despidió en aquella triste cama. Aquel día entonamos una canción que la abuela le enseñó a mamá y que ambas cantaban, en distintos tiempos, cuando nos costaba dormir.

Tú has venido a la orilla
No has buscado
Ni a sabios, ni a ricos
Tan sólo quieres que yo te siga
Señor, me has mirado a los ojos
Sonriendo, has dicho mi nombre
En la arena he dejado mi barca
Junto a Ti, buscaré otro mar
Tú, sabes bien lo que tengo
En mi barca
No hay oro ni espada
Tan sólo redes y mi trabajo
Señor, me has mirado a los ojos
Sonriendo, has dicho mi nombre
En la arena he dejado mi barca
Junto a Ti, buscaré otro mar
Tú, necesitas mis manos
Mi cansancio
Que a otros descanse
Amor que quiera seguir amando
Señor, me has mirado a los ojos
Sonriendo, has dicho mi nombre
En la arena he dejado mi barca
Junto a Ti, buscaré otro mar
Tú, pescador de otros mares
Ansia eterna
De almas que esperan
Amigo bueno, que así te llaman
Señor, me has mirado a los ojos
Sonriendo has dicho mi nombre
En la arena he dejado mi barca
Junto a Ti, buscaré otro mar
 
 

 

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