Con eficacia
metálica, en las atmósferas superiores de Marte, el barcito tétrico de la
esquina menos transitada de la plaza, un ventilador destina las aletas al
intento de hacer circular un aire viciado por el humo del cigarrillo que fuma el
único cliente.
Los
pájaros se comportan de forma extraña, observa Ramón. Llueve desde hace siglos,
aunque pareciera no importarles: salen volando, mojándose las alas ocres. Parecen de barro, a punto de deshacerse en un último vuelo suicida.
En
realidad, no es un cliente. Hace años que no paga siquiera un café. Llevaba milenios
desangrando gratuitamente barriles de cerveza.
Loco,
¿es que no tenés que laburar? —pincha el dueño a su (a esta altura) amigo. Sabe
que el desempleo hace rato se quedó a vivir en la casa de don Gómez. Ramón
había dejado la mano, literalmente, en la construcción del único edificio del
poblado. Un accidente trágico que lo jubiló sin salario, arrojándolo para
siempre al milenario submundo de las changas. Encima la lluvia había llegado para
quedarse. Y los pájaros del pueblo andaban locos, loquísimos.
Dicen
las viejas que se vendrá algo jodido —suspira Ramón, aunque, evidentemente,
algo jodido ya está instalado, el pueblo parece como embrujado. El agua hasta
las rodillas en los lugares menos lastimados; gente viviendo en carpitas
armadas en los techos, en otros. Familias devastadas, hogares arrasados, más
allá de la puerta de Camba Cuá; las únicas que quedan, dicen, son las
luciérnagas, brillando en la oscuridad de noches oscuras y lluviosas, sobre cadáveres
apilados de potros, vacas, cerdos y peces que hasta las moscas y comedores genéricos de carroña abandonan—, hay carne
demasiado podrida.
Ramón
mira por la ventana, casi ausente. Una imagen anacrónica, el eterno mártir sin
placa conmemorativa presente en todas las historias, dueño de una voz cavernosa,
hija del pucho y el alcohol, pero fundamentalmente de la tristeza y del
desencanto. La vida, qué cagada últimamente la vida, dice a veces, cuando
pierde la esperanza en el fondo del vaso.
Aunque,
para ser honestos, la mayor parte del tiempo su energía vital lo empuja contra la
corriente de la realidad y su esperanza parece inquebrantable, taurina. Pocas veces
flaquea. Hasta el asunto de la mano, el desempleo, el hambre de los hijos tiene solución, se dice. Se cuenta el cuento entre tragos, hasta llegar al
final del vaso y ahí, ¡plaf!, se rompe la burbuja y se vuelve a formar.
Bueno, quizás flaquea de vez en cuando, contradictorio como todo ser humano, como todo lo real que se desvanece en el aire, como el espectro inmanente de la justicia social, la soberanía, la independencia económica. Los días más felices…
¡La pucha que no para de llover!, dice Ramón.
Ramón
mirando a través de la ventana en algunos ratos es Ramón mirando la ventana,
siguiendo el trayecto tortuoso de guturales gotas imantadas en la violada transparencia de vidrios empañados
por regiones, parches de la respiración artificial del bar, un organismo
biónico, hibrido, del que él era parásito y García un anticuerpo.
Así se
siente a veces. Casi siempre. El señor García dice que esas palabras de
crucigrama no tienen mucho interés. Pero son palabras que él, García, ocupa,
para componer charlas con las que interrumpe el pensamiento de Ramón, cuando siente que ha ido demasiado lejos; palabras que terminan
invadiendo el pensamiento de Ramón, contaminándolo.
Piensa
en los pájaros, Ramón. Algo les pasa, se repite. Cantan por las noches,
insomnes. Vuelan sobre los días llenos de agua y cantan por las noches llenas
de agua, pasados de rosca, paranoides, como si algo se estuviera escapando de
la red dialéctica por la que encauza el fluir de la historia. Cantan,
intuye don Gómez, sobre exilios de flores quemadas, sobre la eterna decadencia
del hombre fagocitándose a la naturaleza. Cerca de la revolución cantan por
las noches, embanderándose, rescatando de la negrura una voz de libertad amputada.
Elige pensar eso antes que no pensar nada. Aunque no fuera sólo una cuestión de
elecciones: si mañana es como ayer otra vez —otra vez lluvia, repite el verso
rebotado fáticamente, resignificado como un eco, esta vez en voz alta, ganando
el asentimiento silencioso y solemne de García—, lo que fue hermoso será
horrible después. Algo pasa con los pájaros, algo que se les escapa. Ramón nunca
los ha visto tan sucios, tan frágiles, tan hermosos.
(fragmento)
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