jueves, 15 de febrero de 2024

.Inundaciones.

 

La función de la Poesía es volver más puras las palabras de la tribu. Vienen a buscar al paria, al condenado al olvido y el silencio, cuando la suciedad se apodera del discurso y se desempolvan palabras caídas en los rincones más oscuros de los estantes de la morgue.

 

¿Quién lo busca? ¿O acaso surge espontáneamente, como pústula a punto de reventar con la decadencia del colectivo pueblo cargada a sus espaldas, cántaro lleno y vencido en el que abreva su lengua para limpiar todas las lenguas?

 

Juan, el orate, bautiza con agua, gritando, clamando durante lo que parecen cuatro centurias en el desierto de San Ramón del Talar, naciendo y muriendo, naciendo y muriendo, interminablemente.

Predijo la llegada del Diluvio, que lleva hoy ya sus cuantos días sin cesar. Predica también su final.

 

Juan, el loco del pueblo, tátara—tátara tátara, cae la lluvia— descendiente de Casandra, grita. Y llora, sucio y solo, congelado de lluvia en la plaza sin que nadie lo escuche. Lo oyen, pero no lo escuchan.

 

    Pobre Juancito, desde que sus padres se murieron no tiene a nadie, no tiene quién lo cuide.

    Siempre fue un poco raro, pero antes lo tenía a don Zacarías.

    Trabajando a destajo en la librería para que no le falte nada. Un santo.

    ¿Y la Isabel, que lo mimaba en la casa?

    Una pena lo del accidente, la verdad.

    Y los dos así, de un saque, ¡plaf!

    Ay, ¡Mabel! ¿Tan cruda hay que ser? ¡Dios mío!

    Está el tío, ¿no? No es que está solo… El periodista… ¿cómo es que se llamaba? El dueño del diario… ése le mantiene la casa y todo, no sé por qué Juancito se fue a vivir a la plaza…

 

Las señoras parlotean ante la mirada del párroco, que asiste silencioso al espectáculo, y asiente; los tres, desde el interior de la parroquia sólida, ven al muchacho temblar con el agua en las rodillas.

 

“Todo verdadero cambio de experiencia del Tiempo es un ritual que requiere víctimas humanas”, lloraba Juan, disfrazando replicante, sus lágrimas en la lluvia, “he visto cosas que ustedes no creerían”.

 

¿Tan mal está?, preguntan las empolvadas al cura, que parece darles la respuesta polisémica del silencio. También estaba la opción del silencio como cierre del abanico y gesto del mago, dando ilusión de apertura mediante la selección de tres o cuatro escenarios probables del que estudiar sus algoritmos y ante los cuales ofrecer respuestas mecánicas, ensayadas.

 

Cuarenta días antes de la lluvia, un miércoles cualquiera, nublado, Juan dejó para siempre una casa ya vacía sobre la calle Taragüí y se instaló a balbucear en la plaza, desde la aparición del lucero hasta la reaparición del lucero. Conversaba solo, en realidad. Al principio llamó la atención de todos en San Ramón, y en tandas de diverso número a lo largo de los días el pueblo entero asistió a la novedad. Luego, aburrido, indiferente, pasaban de ella.




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