La
función de la Poesía es volver más puras las palabras de la tribu. Vienen a
buscar al paria, al condenado al olvido y el silencio, cuando la suciedad se
apodera del discurso y se desempolvan palabras caídas en los rincones más
oscuros de los estantes de la morgue.
¿Quién
lo busca? ¿O acaso surge espontáneamente, como pústula a punto de reventar con
la decadencia del colectivo pueblo cargada a sus espaldas, cántaro lleno y
vencido en el que abreva su lengua para limpiar todas las lenguas?
Juan,
el orate, bautiza con agua, gritando, clamando durante lo que parecen cuatro
centurias en el desierto de San Ramón del Talar, naciendo y muriendo, naciendo
y muriendo, interminablemente.
Predijo
la llegada del Diluvio, que lleva hoy ya sus cuantos días sin cesar. Predica
también su final.
Juan,
el loco del pueblo, tátara—tátara tátara, cae la lluvia— descendiente de
Casandra, grita. Y llora, sucio y solo, congelado de lluvia en la plaza sin que
nadie lo escuche. Lo oyen, pero no lo escuchan.
— Pobre
Juancito, desde que sus padres se murieron no tiene a nadie, no tiene quién lo
cuide.
— Siempre
fue un poco raro, pero antes lo tenía a don Zacarías.
— Trabajando
a destajo en la librería para que no le falte nada. Un santo.
— ¿Y la
Isabel, que lo mimaba en la casa?
— Una
pena lo del accidente, la verdad.
— Y los
dos así, de un saque, ¡plaf!
— Ay,
¡Mabel! ¿Tan cruda hay que ser? ¡Dios mío!
— Está
el tío, ¿no? No es que está solo… El periodista… ¿cómo es que se llamaba? El
dueño del diario… ése le mantiene la casa y todo, no sé por qué Juancito se fue
a vivir a la plaza…
Las
señoras parlotean ante la mirada del párroco, que asiste silencioso al
espectáculo, y asiente; los tres, desde el interior de la parroquia sólida, ven
al muchacho temblar con el agua en las rodillas.
“Todo
verdadero cambio de experiencia del Tiempo es un ritual que requiere víctimas
humanas”, lloraba Juan, disfrazando replicante, sus lágrimas en la lluvia, “he
visto cosas que ustedes no creerían”.
¿Tan
mal está?, preguntan las empolvadas al cura, que parece darles la respuesta polisémica
del silencio. También estaba la opción del silencio como cierre del abanico y
gesto del mago, dando ilusión de apertura mediante la selección de tres o
cuatro escenarios probables del que estudiar sus algoritmos y ante los cuales
ofrecer respuestas mecánicas, ensayadas.
Cuarenta
días antes de la lluvia, un miércoles cualquiera, nublado, Juan dejó para
siempre una casa ya vacía sobre la calle Taragüí y se instaló a balbucear en la
plaza, desde la aparición del lucero hasta la reaparición del lucero.
Conversaba solo, en realidad. Al principio llamó la atención de todos en San
Ramón, y en tandas de diverso número a lo largo de los días el pueblo entero asistió
a la novedad. Luego, aburrido, indiferente, pasaban de ella.
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