Hay que decir que ahora, en las ruinas de la historia, a la cumbia villera la han ido despojando de su lenguaje protestón e hiperrealista. Ahora está bien decir que se escucha Damas Gratis, fue aceptada por los hípsters. Hoy parece copado, cool. Somos de la generación donde se engendró la explosión de consumo de artistas a lo Lockett, Liniers, Kevin Johansenn y Lisandro Aristimuño. Pero también leímos a Cucurto, puteamos a Aira, escuchamos al Indio, la Nueva Luna, los Chaques y los Charros. Bueno, a Cucurto lo agarramos tarde. Bueno, no lo agarramos todavía.
Todavía recuerdo la denostación sufrida, por hacer o escuchar, esa “música de negros”. Vivíamos en el mismo barrio periférico, pero si escuchabas cumbia eras un negrito.
¡Qué loco, identificarse con generaciones de consumidores! ¡Generaciones seteadas, mainstream! Se podría hacer una historiografía del consumo impuesto por los mercados. Ah, ¿eso ya se hizo? ¿Por eso se dividieron las décadas del siglo XX?
Ojo, también había un consumo culposo, un aparentar, en la época. En ciertos grupos sociales. Miguel del Sel hacía bromas chabacanas por ese camino. La cumbia, en realidad, siempre fue el consumo culposo de la clase media argentina (esa que se identifica como clase media, la del algo habrán hecho, hijos o nietos de inmigrantes, con casa y auto, dos chicos, la escuela y los asados o la pasta los domingos). Eran consumos bizarros, como Lía Crucet, Pocho la Pantera, Gladis “la Bomba” tucumana, Ricky Maravilla, Vilma Palma.
La cumbia villera siguió ese derrotero para pelotudos como Tinelli, que consumíamos como locos también. Estaba bueno ser pobre, la estética tumbera. Jugar un poco a que te falte para morfar, y que las diversiones sean la merca y la pasta base, el vino suelto, las guitarreadas en la esquina. ¡Qué indefensos éramos! ¡Cuántos años de deconstrucción nos quedan! De todas formas, algunas cosas traspasaban los velos y podían ser aprehendidas como experiencia.
A Pablo le gustaba la música. Desde chico, cuando escuchaba a los Destellos, tocando cumbia clásica que haría bailar hasta al sordo de Beethoveen, y a los Mirlos, con su sonido amazónico ayahuasquero, en la radio de los viejos. Sabía que quería aprender ese lenguaje para comunicar las inquietudes de su alma. Y para agitar las palmas y bailar, en una modesta fiesta que la democracia, con la que se comía, se curaba y se educaba, dejaba a los barrios, donde el Estado era el transa de la esquina. Después vinieron la revolución productiva y el salariazo…ah no, cierto.
Trabajaba en una almohadería, a los doce, cuando junto al viejo se arremangaron, y pudo comprar su primer teclado, para aprender a tocar. En esa época ya escuchaba la música tirada abajo del rock cabeza. 2 minutos, ese tipo de cosas. Tuvo algunas clases de piano, las suficientes como para darle ganas de salir a las veredas a componer.
Entró en Amar Azul a mediados del picnic menemista de una clase media que se iba achicando sin darse cuenta, componiendo canciones para el grupo, tocando el teclado. Pero el uso del lenguaje del bajo, la vulgaridad de las letras, era demasiado fuerte para sus compañeros. El lujo es vulgaridad, dijo él, en aquel entonces. Pero ellos no escuchaban a los Redondos.
Las canciones se empezaban a juntar, a medida que iba registrando como esponja el contexto de miseria, dentro de viñetas de vivencias de humilde muchacho veinteañero, el hijo de doña Norma, el de acá nomás, que empezaba a experimentar los placeres narcóticos de las calles, la velocidad del dinero que nunca dormía y que caía en cuenta gotas, en un derrame cloacal, y la compañía de marginados marginales. Siempre hay posibilidad de atomización, incluso dentro de la marginalidad extrema. Las bondades del capitalismo.
Una vez que pudo solventarse, compró equipos e instrumentación, para hacer la música que a él le gustaría hacer. Armó un grupo de cumbia, del que no iba a formar parte más que como compositor fantasma y algo como manager. La banda tenía un lenguaje, una forma definida, y se llamaba Flor de Piedra.
La vanda más loca (sic), primer disco del conjunto, no encontró difusión entre las empresas discográficas. Una emisora ilegal aceptó pasar el primer track como corte de difusión. Sos botón, canción de gaste a un amigo policía, fue todo un éxito. Las empresas discográficas tradicionales echaron ojo (pintó el billete), y así nació el rotulo –comercial, despectivo, popular- de cumbia villera.
Vago yo soy, escucho cumbia colombiana, hacía cantar Pablito a sus amigos, Coca y cerveza. Flor de piedra fue todo un suceso. La situación del país por supuesto ayudó, ajustando la realidad a la estética de la banda. Ya estábamos en el año de la Alianza, el señor aburrido manejaba su caracolomóvil, supongo que personajes como Lanata habrían estado fundando su decimoquinta revista mientras se daban el lujo de ser boludeados por Charly García, el traductor de Benesdra andaría dando vueltas por ahí como marca orillera de los noventa que se le escapó a David Viñas, Asís seguiría en el arco argumental menemista como todos sus personajes. Creo que Galeano estaba vivo y seguro decía cosas copadas, en la selección Nacional estaba el Loco Bielsa que hacía correr como loco al Burrito Ortega, y los militantes del hambre comenzaban a entretejer los mecanismos con los que iban a dejar folletines de Banelco en los despachos de compañeros interesados. Como ahora, que entre compañeros de laburo se pasan cartillas de Violetta –con dos te- Fabiani, o se venden ropas, o chucherías de la triple frontera, o chipacitos.
Llegó el Y2K y lo único que cambió en este rincón de tierra fue que cada vez eran más, los pobres, los reventados del modelo. Pablo vivía al palo, como todo músico popular. Como Rodrigo, que fue una estrella fugaz en todo sentido.
Los accidentes de tránsito eran moneda corriente entre los músicos tropicales, que cobraban poco dinero –bastardeados por la industria- y se debían siete u ocho shows por noche, con la consiguiente baja de calidad en el producto.
La realidad más apetecible –a la única que podían acceder, además, como aspiración de clase- era la noche, con las mieles del éxito y la falopa, el reviente, como caballo, junto al cual cualquier artista popular terminaría comiéndose una curva, al mejor estilo de un Ayrton Senna de la borra del subdesarrollo, a decir de un salmón que le dio una tardía bienvenida, quince años después.
Estamos cansados de tanta represión y vamo’ a tomar esta prisión. Pablo Lescano y sus Damas Gratis. Había dejado Amar Azul, el largo reposo luego del accidente trajo canciones nuevas y una nueva vida, ahora había tomado el control. Era el dueño del pabellón.
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