sábado, 17 de febrero de 2024

El Intransigente

 

EL INTRANSIGENTE

San Ramón del Talar, XX de XXXX del XXXX

 

Sin título

 

 


Rojos llantos de ojos

rojos, perforados

por la flecha

 

Destino, hurgando

en el espíritu, la bifurcación

de cuatro manos,

 

de camellos salvajes,

de la linterna ciega, ciega

compañera del bastón, ciego,

sin cruz

 

el ave renace, sabia,

blanca y dorada, llena

de fuego,

quemando telas,

mantos, velos

 

en el camino de hierbas

de arena y piedra,

tornasolados rayos

donde el ángel va

a posar las alas,

los lagos,

para tensar el arco

que se dice Espacio-Tiempo

y es

otro vestido,

otra piolita,

en la que danza la estrella

llena de luz,

de Universo,

de Caos.


¿Qué versos puede escribir Uno en colinas ausentes, arrancado a silencios absurdos y burdos, que cubren los campos del Miedo?

 

“El Amor empapa Todas las Cosas: hasta en este campo yermo ingresa el Viento”, silban los Árboles su canción aterciopelada, llena de savia. Escúchame, en el Silencio, en el ruido sordo que hacen los grillos por encima de motores y gritos; escúchame, en la Piel Desnuda, que escribo sólo para un par de ojos, con las plumas tornasoladas del ave aquel que viene a picotearnos la inseguridad, alumbrando, intercambiando sal por arena; dolor, por Agua sabia; limpiando, acariciando, solemne, dichosa, los lomos de la Tierra.

 

Tontas promesas, violetas, que valen más que el papel en que se inscriben, y perfuman sueños; lágrimas de barro, de este cuerpo de hombre, que intenta dejar de darle migas de pan y carne al insolente ego. Este hombre, uno que crece y nace, sin orden, sin anverso ni reverso, simplemente desnudo, verso, crece, y ama, y llama, compañero, a compartir, placeres y sabores, del espíritu y de la sangre, desnuda, verso, toca con los dedos la Piel del Ser, el Verso, y besa, el Aire; besa el Suelo, pasa la escoba, limpiando el Jardín, para recostarnos, llegando lejos, tendernos entre las hojas.

 

Cómo se ríe, la mente, del lamento ante una plaza vacía. Se ríe, al otear de reojo, porque sabe: vacía de gente, los verdes entes, espíritus o seres, hablan entre sí, mientras susurran los grillos su música (nocturnos que harían sonrojar a Chopin y su piano) para los hombres y sus ruedas, para sus bancos, llenos de zetas al revés. Ríen las zetas, creciendo a la sombra de los árboles, en sus húmedos y silenciosos hogares, los pastos y los yuyos crecen.

 

Definitivamente sospechar que la Naturaleza sobrevivirá al Hombre, rebelde muchachito que va de casa en casa poniendo techos a sus noches.

 

¿Cómo se prescribe la receta? ¿Habrá que curarse de Humanidad, de aquellos vicios malentendidos como progresos, o entendidos como mal menor, una mala hierba que podría eventualmente arrancarse?

 

Frescas semillas guardan un futuro, juegos de luces y hojas, viniendo por las mañanas o las tardes a introducirse en estructuras de hojalata, en sospechosos toboganes, en musicales hamacas, en calesitas mandálicas que guardan en reposo, siempre potencial, la energía, para movilizarse hacia un lado, hacia el otro.

 

Hay que ver los carteles, ejercer este periodismo silencioso, tímido, entre ladridos y siluetas de gatos que se encuentran siempre por las noches, en mitad de calles grises y mojadas. Hay que hacerlo: el cuerpo pide, instintivo, el movimiento del rodillo de la mente, que se retuerce de risa, se desternilla entre canteros y sospechas para llenar de palabras las ausencias (porque siempre son varias, y múltiples como los fantasmas), arrojando el humo fresco de los nuevos trapos rellenando los pulmones, intercambiando sólidos las minúsculas partículas de átomos que rodean los cuerpos y llamamos atmósfera.

 

Entonces izamos una bandera invisible, sonrojados tiernamente ante la infantil perversión de rellenar los instantes. Jugamos, nos deslizamos, ronroneantes, entre plumas y hojas secas, saboreando a cada paso extremos inmensos de túneles que se forman sin necesidad ni de piedras ni de remover tierra. Se ríe, elegante, la mente, escarbando peldaños abusivamente absurdos, que ni siquiera piden lógica para existir; existen, simplemente, se perciben, se sienten, cuando uno es verdaderamente Uno y pone abiertamente la oreja abierta contra el suelo.

 

El aroma universal del Todo nos empapa y nos dibuja, nos mueve, nos mece lentamente, y las palabras cumplen su función y tocan, verdaderamente, la cosa. O más bien, la cosa las traspasa, las transfigura, las limpia, hasta hacerlas transparentes, como la hache, que la tiene clara y se pronuncia casi siempre sin pronunciarse, a menos que se junte con buchones como la ce, para chamuyar chancha sus chismes, o cantar llorona los chamamés de la Tierra, dulce Taragüí de lenguas y fuelles que acarician los nervios de dos o tres gauchos machotes y machados, dándoles caricias de hormiga al alma.


 

 

¡La pucha con el Hombre!, dijo uno, y apagó las luces.

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