EL
INTRANSIGENTE
San
Ramón del Talar, XX de XXXX del XXXX
Sin título
Rojos
llantos de ojos
rojos,
perforados
por
la flecha
Destino,
hurgando
en
el espíritu, la bifurcación
de
cuatro manos,
de
camellos salvajes,
de
la linterna ciega, ciega
compañera
del bastón, ciego,
sin
cruz
el
ave renace, sabia,
blanca
y dorada, llena
de
fuego,
quemando
telas,
mantos,
velos
en
el camino de hierbas
de
arena y piedra,
tornasolados
rayos
donde
el ángel va
a
posar las alas,
los
lagos,
para
tensar el arco
que
se dice Espacio-Tiempo
y
es
otro
vestido,
otra
piolita,
en
la que danza la estrella
llena
de luz,
de
Universo,
de
Caos.
¿Qué
versos puede escribir Uno en colinas ausentes, arrancado a silencios absurdos y
burdos, que cubren los campos del Miedo?
“El
Amor empapa Todas las Cosas: hasta en este campo yermo ingresa el Viento”,
silban los Árboles su canción aterciopelada, llena de savia. Escúchame, en el
Silencio, en el ruido sordo que hacen los grillos por encima de motores y
gritos; escúchame, en la Piel Desnuda, que escribo sólo para un par de ojos,
con las plumas tornasoladas del ave aquel
que viene a picotearnos la inseguridad, alumbrando, intercambiando sal por arena;
dolor, por Agua sabia; limpiando, acariciando, solemne, dichosa, los lomos de
la Tierra.
Tontas
promesas, violetas, que valen más que el papel en que se inscriben, y perfuman
sueños; lágrimas de barro, de este
cuerpo de hombre, que intenta dejar de darle migas de pan y carne al insolente
ego. Este hombre, uno que crece y nace, sin orden, sin anverso ni reverso,
simplemente desnudo, verso, crece, y
ama, y llama, compañero, a compartir, placeres y sabores, del espíritu y de la
sangre, desnuda, verso, toca con los
dedos la Piel del Ser, el Verso, y besa, el Aire; besa el Suelo, pasa la escoba,
limpiando el Jardín, para recostarnos, llegando lejos, tendernos entre las
hojas.
Cómo
se ríe, la mente, del lamento ante una plaza vacía. Se ríe, al otear de reojo,
porque sabe: vacía de gente, los verdes entes, espíritus o seres, hablan entre
sí, mientras susurran los grillos su música (nocturnos que harían sonrojar a
Chopin y su piano) para los hombres y sus ruedas, para sus bancos, llenos de
zetas al revés. Ríen las zetas, creciendo a la sombra de los árboles, en sus
húmedos y silenciosos hogares, los pastos y los yuyos crecen.
Definitivamente
sospechar que la Naturaleza sobrevivirá al Hombre, rebelde muchachito que va de
casa en casa poniendo techos a sus noches.
¿Cómo
se prescribe la receta? ¿Habrá que curarse de Humanidad, de aquellos vicios
malentendidos como progresos, o entendidos como mal menor, una mala hierba que
podría eventualmente arrancarse?
Frescas
semillas guardan un futuro, juegos de luces y hojas, viniendo por las mañanas o
las tardes a introducirse en estructuras de hojalata, en sospechosos toboganes,
en musicales hamacas, en calesitas mandálicas que guardan en reposo, siempre
potencial, la energía, para movilizarse hacia un lado, hacia el otro.
Hay
que ver los carteles, ejercer este periodismo silencioso, tímido, entre
ladridos y siluetas de gatos que se encuentran siempre por las noches, en mitad
de calles grises y mojadas. Hay que hacerlo: el cuerpo pide, instintivo, el
movimiento del rodillo de la mente, que se retuerce de risa, se desternilla
entre canteros y sospechas para llenar de palabras las ausencias (porque
siempre son varias, y múltiples como los fantasmas), arrojando el humo fresco
de los nuevos trapos rellenando los pulmones, intercambiando sólidos las
minúsculas partículas de átomos que rodean los cuerpos y llamamos atmósfera.
Entonces
izamos una bandera invisible, sonrojados tiernamente ante la infantil
perversión de rellenar los instantes. Jugamos, nos deslizamos, ronroneantes, entre
plumas y hojas secas, saboreando a cada paso extremos inmensos de túneles que
se forman sin necesidad ni de piedras ni de remover tierra. Se ríe, elegante,
la mente, escarbando peldaños abusivamente absurdos, que ni siquiera piden
lógica para existir; existen, simplemente, se perciben, se sienten, cuando uno
es verdaderamente Uno y pone abiertamente la oreja abierta contra el suelo.
El
aroma universal del Todo nos empapa y nos dibuja, nos mueve, nos mece
lentamente, y las palabras cumplen su función y tocan, verdaderamente, la cosa.
O más bien, la cosa las traspasa, las transfigura, las limpia, hasta hacerlas
transparentes, como la hache, que la tiene clara y se pronuncia casi siempre
sin pronunciarse, a menos que se junte con buchones como la ce, para chamuyar
chancha sus chismes, o cantar llorona los chamamés de la Tierra, dulce Taragüí
de lenguas y fuelles que acarician los nervios de dos o tres gauchos machotes y
machados, dándoles caricias de hormiga al alma.
¡La
pucha con el Hombre!, dijo uno, y apagó las luces.
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