“La humanidad nació el día en que la mujer y el hombre decidieron dormir juntos por primera vez”.
Lo
firmaba Magoya. Un eco rumbo a la oscuridad, la pared blanca, pintada por los
pibes del barrio, los caballos mascando restos de bolsas de basura, marcas de
la civilización, como una mueca en la cara tiesa de la humanidad, heraldos del
desierto fumando sus desapariciones en la pared, los nuevos trapos, los
mecánicos temps modernes… el hijo de
puta del clochard lo volvió a hacer: se
había desabotonado los pantalones y orinaba con el miembro entre las manos
grasientas, imprimiendo su particular código poético, sui generis, eau de
riñones maltrechos por la carne y el alcohol.
La
carne es triste y todo lo he leído, dijo el lumpen que orinaba con la pija
sucia sobre la pared. Todo eso era el eco rumbo a la oscuridad y era una poesía
esférica, de disco ochentoso, una especie de libro rojo con la foto de una cara
mirando por la ventana de la nada, recostada en la pared, fumando contra un espejo,
y del humo del cigarrillo se forman cientos, millares de cuentos del desierto
post-apocalíptico de América Latina; la consigna Patria o Muerte transmutando
en un verso del profeta francés; el diablo jugando a la pelota en la plaza
calurosa de rincones olvidados; el santo durmiendo sobre la copa del árbol,
junto a todos los pájaros y las hojas rojas de un otoño delirante descansaba el
santo, que se cansó de bajarle nubes al vendedor de algodón de azúcar y se
dispone a descansar mirando llegar el alba.
Nada que
agregar a la versión de Borges, había dicho el lumpen, es ineludible.
Un
comodismo, como decir el final de la historia, entre otros hitos posmo recopilados
por Lafcadio Hearn. Había de todo en el mural: una pipa que no era una pipa,
también tabaco y por supuesto, el desierto; el ahogo sulfúrico de la humanidad en
un oasis de horror fabricado por un duplicado de Edgar Alan Pauls, contando
historias del pelo, aventuras clase B, de cine de trasnoche. La cosa, el
entrevero bellísimo de la salvaje bestia que es el amor, enrarecida,
enlentecida, iluminada por la luz del ojo clínico de un experto en pornografía.
La
poesía brotaba en cualquier resquicio, en cualquier hueco se abría espacio el
hueco de la Nada: la figuración de la náusea ya da su imagen, cínica, certera,
en un mundo en llamas sobre el que la gran bestia pop, el Artista antes
conocido como el Amor, exhibe los atributos de la heroína de la noche de la
humanidad, su vengadora, su infame redentora, sin más placa conmemorativa que
la solemnidad del cielo en cada cambio de guardia que los hombres hemos
bautizado para separar el día de la noche, el Yin del Yang.
Esos
bordes son tan finos que tienen distintos nombres: amanecer, atardecer… se
llaman distinto las dos llamas que enciende el sol, para irrumpir y desaparecer,
en un solo acto de magia en nombre del Amor.
El
Amor, tan sagrado que se guarda en la cajita donde quedó instalado el Instante,
respondí al ka’ú, una caja que dos griegos han dejado al cuidado de una nena traviesa,
y de la que han escapado todos los males —y todos los bienes—, y en la que sólo
ha quedado la esperanza, esperando al Amor, ahí se ha guardado el Fuego,
abriendo un surco en la caja para expandirse y hacer de la Caja el Hueco por el
que el Tao penetra y donde él mismo se construye, por esa ergástula oscura en
la que Borges nos pide coraje, porque sabe que el Amor es la palabra con la que
los hombres han disfrazado a Dios, para confiar en la fatalidad, para nombrar
la flecha.
Andá a
contarle esto a Magoya, masculló mientras se iba.
Pero… ¿alguien
se tomó el trabajo de preguntarse quién es, este tipo, Magoya? ¿Cuál es su
situación vital corriente, si está sano o enfermo, si es social o solitario, si
vive o mora un cementerio, si sueña o tiene sueño? Básicamente… ¿alguien se
preguntó en qué anda, si está bien, el pobre Magoya?
Déjenme
decir que no era fácil de encontrar. De esto deduje: no quiere ser encontrado o
merece ser olvidado, cualquiera de las dos, indicios de ser solitario, con unos
cuantos lustros de experiencia. Pero, como dice el dicho: si Magoya no va a la
montaña, la montaña irá a Magoya. Un ser como uno, un investigador privado muy…
tenaz, alguno diría hasta obsesivo, neurótico al punto de filmar películas de
apartamentos sobre misterios entre vecinos —en la onda del pibe aquel, Jorge
Allen (pero un poco más gore, como
para adaptarse a estos tiempos berretas, tan faltos de gusto; qué falta de
pereza, comenzamos y ahora estamos gobernados por gorilas) —. En fin… ¿dónde
iba? Sí, ¿usted, por casualidad, no sabe dónde vive Magoya?
El
tachero me pegó un boleo en el orto que me dejó frente al Locutorio, como si
Magoya, el pobre Magoya, hubiera venido por error, entrado sin querer, pidiendo
permiso para hacer una llamada, hola, ¿qué tal?, venía a conversar un rato, y
ya te empujan para adentro, con carpa se realiza el movimiento reiterativo del
pie hacia el culo, esta vez para empujarnos al pabellón de agudos del
Locutorio, ¡tanta gente hablando por teléfono!
— …pero
los locos somos los de adentro —dice Magoya, sonriendo brevemente— Ahora… ¿qué
quiere?
— Mire,
Magoya, me mandaron acá para contarle un chiste —respondo— pero como no tengo
gracia ni memoria, voy a balbucear dos o tres boludeces, usted sonría, cada vez
más, y finalmente suelta una carcajada, ¿le parecería bien hacerme el favor?
Así parecemos entendernos, a lo mejor hasta parecemos cuerdos, lo que sea que
sea eso.
El
negro Magoya, sonrie. Así que lo
habían descubierto. De su largo trajinar por las calles pintando murales
corrosivamente subversivos desde la cordillera del mundo hasta el sol de los
aztecas, sólo conservaba el acto instintivo de firmar. “Murales piqueteros”, como
él los llamaba. Había pasado a la clandestinidad del encierro en un hospicio de
Salud Mental, para disimular, ahora que la policía tenía la costumbre de
tocarte la espalda con una bala para preguntarte después.
— Sr. Magoya,
mi nombre es Esteban Veloso, trabajo para el gobierno, soy Inspector Provincial
de Paredes. Eso públicamente, pero hoy… vengo de parte de un hombre, del hombre.
Algunos lo llaman Fidel, cuando salgamos le adelanto lo que sé. Mientras tanto,
no levante el avispero, no haga preguntas.
— Matías
Goya. Ma.Goya, mucho gusto.
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