jueves, 11 de abril de 2019

Hacia una realidad poética. Manifiesto Esquizofrénico


(El mundo habitado por títeres del Lenguaje)

—    Where do we could come together, with this shitful, poor language, as the most trustful embarcation, a phantom boat with more holes than wood?
—      A man is not an island, but almost. Isn’t it right, Robinson?
—    If you say so, Ben.

—     Extranjerismos.
—     Está lejísimo, nomás, la Realidad, un horizonte zurcido a golpes y parpadeos.
—     La Realidad no existe.
—     En realidad, existe como convención.
—     Toda convención es política.
—     Política es la disputa por la Realidad.







1.0 ¿En qué barrio se perdió la humanidad?

Hay una forma de contar el mundo que lo delimita y lo restringe. Una forma que existe desde el poder y hacia el poder, lo incrementa y lo refuerza. Nos hace sentir, creer, pensar, que sólo existe una realidad, un mundo. Le da sentido, estructura ese mundo en una narración, lo cuenta. La historia es un instrumento y delinea lo que uno percibe como Realidad.
Vivimos en un planeta y en una era de apariencia de sentido y de conexión. Un sentido único (la visión de los Conquistadores), una conexión cada vez más inmediata, más real. Es aparente porque esa conexión se encuentra domesticada por eslabones, algoritmos, discursos, informaciones falseadas que diseñan y delimitan el verdadero contacto con la Otredad, lo absorben, lo hacen más “Real”.
Vivimos en una era de plástico, en la cual, a una humanidad/mónada sin ventanas, se han añadido dispositivos de entrada —pero no de salida—, artefactos que funcionan como cadenas, reforzando mecanismos de dominio y de control, dando una sensación ilusoria de libertad, de posibilidad de realización, de plenitud.
Nos obligan a comer platos premasticados, sin posibilidad de rechazo y sin posibilidad de depuración, de filtrado propio, de expresión.
Caminamos con la sola posibilidad de compartir una noche fría, otoñal, sin posibilidad de verdaderamente ingresar hacia el Otro lado.


1.1
Antiguamente, la religión y el arte se disputaban la realidad. Hoy la religión ha cambiado su disfraz o ha adoptado nuevos amos. Es el fascismo new age de la posesión, de los Conquistadores. El arte, por otro lado, fue adoptando, aceptando una correa, una forma asfixiante y asesina de horizontes plausibles, diferentes.
Los voyants navegan hacia el acopio de oro y el tráfico de esclavos para que el silencio haga brotar —si somos buenos— de la disonancia de dos polos el resplandor del Lenguaje, durmiendo la mona dentro de una verde botella, flotando en la nada hacia la Nada.


1.2.1
Hay otras formas de fabricar la realidad, de “contar”—de vivir, más bien— la historia. Porque la realidad se fabrica. Una de ellas es la de la magia, la de la poesía.
La magia sirve para demostrarnos que se puede vivir de otra manera, que existen otras realidades, más profundas, verdaderas. Para ofrecernos ese camino se muestra, se enseña.
Hay que matar la historia, matar la literatura, matar la religión, matar el arte. Hay que matar las formas que ha tomado la historia para contarse. Se trata de restablecer la importancia de la forma como elemento desestabilizador, desestructurante, de una realidad petrificada, normalizada. Sustituir la poesía de álbum por la vida poética, porque la historia no sólo se narra, también se impregna.

1.2.2
Pero el acto de aniquilar la historia/literatura, el acto de empujar la piedra hacia una cima donde un ave carnívora se morfa el hígado de un compañero, es un acto gastado, un acto que se remonta prácticamente hasta el inicio de tan pútrido arte. Sin embargo, hay que hacerlo una y otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez, cayendo tenue la hojarasca, las distintas capas de Realidad, como las medidas de un amor, un amor que necesariamente debe contener la semilla del encuentro, un encuentro fugaz pero sacrificial, cíclico, ritual. Somos árboles que van perdiendo sus hojas, regalando nervaduras nutridas desde la raíz.




2.0
No se trata de realizar un trabajo excluyente o elitista. Se trata de la revolución, siempre se trata de la Revolución. No de una revolución estética o material, sino de una verdadera revolución que haga saltar la rueda del mundo.
Nuestra lucha es la disputa por la Conciencia, por la Realidad.
Percibir la construcción de Realidad, fluir, formar parte de ella, empoderados, con una cierta nostalgia en los ojos. Con un Lenguaje nuevo —lo más nuevo posible—, con aires de final de odisea.
La vuelta a casa, el paraíso perdido.
La revolución consiste en perforar las paredes y los espejos de esa cárcel que es el ego, y nada más. El paso afuera es íntimo, la reunión es colectiva.


2.1
El ego aflora por resquicios peligrosos. Luchar contra el fascista que todos llevamos dentro, luchar para no convertirse en un fascista, incluso —y sobre todo— cuando se cree ser militante revolucionario. El fascismo existe en todos nosotros, habita nuestro espíritu, está presente en la vida cotidiana. Nos hace amar el poder, desear la misma cosa que nos domina y nos explota.
No pretender, no intentar ser —no querer ser— el conductor de una revolución que será solitaria, en tanto y en cuanto humanidad existimos como mónadas sin ventanas, porque no necesariamente tendrá conductor la revolución, aunque sí tendrá militantes, las hormigas picaparedes de siempre, los vampiros que no encuentran reflejo en ninguna parte.


2.2
Fuera del lenguaje no hay nada, dijo un vecino que pasaba. El lenguaje es otra pared.
El Lenguaje no es inocente, el lenguaje es la pared en su forma más fina, construida por los conquistadores.

Nuestra lucha es la disputa por la Conciencia, por la Realidad. Por su construcción. Por el Lenguaje. Somos militantes de la paz y del Ser. La escritura, una de nuestras  herramientas. Militando (respirando), aprendimos que toda escritura es ejercicio de escritura, un borrador de un texto fantasma que verdaderamente vendrá a engullirse al mundo para arrojarlo hacia una realidad multiplanar. La fantasía con la que se masturbaba Mallarmé como un horizonte hacia el que camina el pueblo; el arquetipo, el ideal platónico, no como una forma existente de la que todo proviene, sino como prisma hacia un devenir, una corriente, un fluir constante.




3.0
Actualmente, el arte, la religión, sólo narran —incluso las artes plásticas han seguido el camino hacia la Historia. Todo —sobre todo, la realidad hegemónica— sigue una construcción narrativa. Hay en esto una exclusión consciente de la forma que va más allá de lo formal, del modo de acomodar las palabras. Lo que hace a la forma —un estilo— queda recluido casi a la pulcritud o al exceso, una dicotomía aberrante.
No hay más intentos de aproximarse a la disputa por la realidad mediante otro ramaje. La forma pierde su poder corrosivo, no se ven obras que ejemplifiquen con el diseño del texto su propio contenido.


3.1
En realidad, existen intentos —escasos, verdes vidrios flotando en el océano.
Intentos de socavar una forma rígida y rancia.
Intentos que sólo parecen quedar en intentos, pero algo nos empuja a intentar, algo —un acercamiento político a la Realidad— que tiene relación con (el intento de) su transformación. Para subvertir un lenguaje, el dominante, normalizante, que impera como discurso hegemónico, pueden existir millares de variaciones, arietes, flechas. El trabajo sobre la forma es una.
Son manotazos de ahogado —uno que antes fue náufrago— esperanzado, que lanzó sus últimas palabras al océano, cuando mecánico y fatigado dejó solo al cuerpo decidir autómata entre la última brazada o descolgarse la botella vacía, esa que lo había acompañado a lo largo del naufragio solitario, botella triste arrojada lejos, lejos de un cuerpo pronto mordisqueado por los peces, a ver si alguien alcanza su contenido sólido, hojas de palmera a las que un muerto garabateó con sangre una perra y pérfida historia que agotó su voluntad, su cuerpo y su cordura.
La disputa por la realidad es un laberinto, la salida no se ve. Aunque algo nos empuja a intentar desandar un camino selvático. Somos lobos solitarios en la espesura, sin señales para guiarnos. Salvajes deambulamos por ahí, sin máscaras ni disfraces, sin más maestros que las sombras que han surcado el camino, huellas gastadas de otros fulanos sobre pasillos de la jungla de plástico, entre ramas y raíces gruesas de góndolas del Supermercado.


            3.2
Pensar en la historia, en la literatura, en la escritura, en la novela (como género y como herramienta de búsqueda).
No hay género dentro de la historia —perdón, digo… de la literatura— que necesite más consideración y renovación sostenida que la novela, escribe hace unos cuantos años Susan Sontag. La pasión por la documentación de la experiencia, dice, convierte a la novela en la más abierta de las formas artísticas, pudiendo acomodarse a cualquier nivel de lenguaje, trama, idea o información. "Es la llave de su propia destrucción y la posibilidad hacia algo nuevo." Aquí también hay que trabajar, empezar a dar pequeñas batallas. Mucho barro, mucha piedra, mucha maleza que reconocer, mucho territorio que disputar. Por ejemplo, las nociones de psicología y de realismo.

            3.2.1
La realidad no es lo inequívoco, en tanto y en cuanto no existe realidad objetiva —“el mundo es mi representación, no existe experiencia posible fuera del Yo”. No existen hechos, sólo interpretaciones. La realidad como la conocemos es una imposición construida desde sectores conservadores, los vencedores de la historia, los que siempre ostentan el Poder, que sólo amplifican los canales y riegan las plantas de discursos, ciencias o artes que lo sostengan, rindiendo pleitesía. Lo sabemos todos. Sin embargo, hablar sobre realismo continúa siendo moneda corriente, y el realismo (que es una de las máscaras de la ficción), se fue disfrazando —bajo la forma de descripción pulcra y objetiva— de historia, de método científico.

3.2.2
En cuanto a la psicología, como herramienta en algún momento fue más que valida, hizo su laburo. Hoy es obsoleta. Desde el surgimiento de la psicología como ciencia, la novela, como género de la historia, ha bebido de ella, en mayor o menor medida. Con el correr de los años, la corriente realista/narrativa del discurso hegemónico fue obliterando caminos abiertos que se intuían mediante la experimentación por esa vía, y la psicología, que se quiso revolucionaria, terminó reforzando el status quo, delimitando un cierto territorio definido de acciones humanas posibles y sus causas y efectos, mediante fórmulas mágicas y enunciaciones totalizadoras.
Habría que sustituir, como sugieren Deleuze y Guattari, el lenguaje -psicoanalítico y anquilosante- del poder, por el de la poética del esquizoanálisis, dar un paso al frente hacia la forma sin contenido, facilitar, hacer de la Poesía un verdadero túnel hacia afuera. Es la tarea de un militante revolucionario.


3.2.3
Hay que acabar tanto con el realismo como con la psicología. Nuestra disputa es por la política de Realidad.
La literatura ha bebido de muchos cántaros. Ha tomado, incluso, de los medios de masas ciertas formas (en las que impera el contenido y no precisamente la forma, excluyendo la posibilidad firme de disputa por la Realidad). Este paso, como el dado hacia la psicología, fue un acierto en su momento, pero ahora, por el peso del tiempo y el camino recorrido, podemos decir que es un camino cerrado, agotado. Por esta vía, la escritura se va alejando del arte concebido como herramienta transformadora, al haber otras formas artísticas más eficientes (e inmediatas) de utilizar el lenguaje del que ella misma intenta apropiarse, como camaleón. La literatura toda, en realidad, camina hacia la regresión, hacia la oralidad. Dylan ha ganado el premio Nobel. Para muestra, un botón.


3.3
Nos acercamos al apocalíptico fin del libro tal como lo conocemos. Qué alegría.

Todo arte es peligroso. Una obra de arte es una aventura de la mente, una emancipación del espíritu. Hay que rechazar los medios de la psicología narrativa clásica y proceder a utilizar otras armas para perforar la pared, retazos fragmentados, “un respeto ilimitado a la complejidad”.

Nuestra revolución es la Consciencia. Las distintas formas de arte, a su modo, herramientas.
La herramienta novela se encuentra en su adolescencia. Una larga adolescencia. Tiene un déficit hormonal que le impide crecer, fantasmas varios tiran de sus pies. Para que alcance su mayoría de edad, para que sobreviva, dice Sontag, habría que enfrentarse a todo tipo de cuestiones, entre ellas la idea de progreso y la metáfora de la vanguardia, asumiendo que se reducirá el público de la novela, al exigir el ancla de la clandestinidad, mimeógrafos escondidos en el fondo del armario. La aceptación de extracción de nuevos placeres y verdades en la ficción en prosa, el aprender a hacerlo.




4.0
Habrá que buscarle nuevas utilidades a la escritura, si es que tiene que tener alguna —y si es que quedase alguna en Objetos Perdidos—, o retomar caminos bellos y hoy ya casi olvidados, vencidos por la dialéctica histórica, engullidos por la necesidad de narrar, caminos llenos de maleza hacia los que se aventuraron tantos héroes solitarios y del que no regresó ninguno. Traducir una expresión seria, una producción de realidad formal, a un texto absurdo. No pretender la originalidad, no confundir la producción con la distribución. Sólo traficar ideas, señalar salidas del laberinto, ir desde el Yo hacia el Otro.


4.1
El artista debería ser la tragedia del espectador, el escritor la del lector. Una lectura esquizofrénica, multipolar, rizómica, para abrazarlos a todos. Llevar los borradores de Ionesco hacia el ventilador, hablar sin decir nada, para trascender perforar la pared, reconociendo la banalidad, la ausencia de vida interior, como una forma de aprehenderla, Vida, encorsetada por el ego domesticado del hombre.
Para trascender el ego y Ser, mostrar el rostro del ego, la artificialidad del paraíso, del poder que disfraza nuestra cárcel de reino. Nos veremos obligados a leer varias veces para comprender, para sentirnos capaces de juzgar. Algo hace tiempo aceptado en pintura, música, escultura.
Todo revolucionario moderno es un artista y un esteta, y un autor que no enseñe como aproximarse a su obra, no enseña a nadie. Un autor –en este caso un escritor- debe instruir a otros en la producción, en primer término, y en segundo, poner a su disposición un aparato mejorado.


4.2
¿Cómo? Haciendo del lector un camarada, un compañero, un colaborador. Así se logra perforar la Realidad, sangrarla por el Tajo, siendo transgresor, yendo donde los demás no van, sabiendo lo que los demás no saben, para regresar, y compartir el Fuego. La revolución es una disputa por el Lenguaje y por la Conciencia.




domingo, 2 de diciembre de 2018

Inundaciones (fragmento de novela)


El Centro de Misterios se reunía, de forma clandestina, en lugares dispersos del pueblo. Funcionaba como motor revolucionario, disfrazado de grupo de autoayuda, con terapeuta y todo. Siempre se llevaban dos tareas al hogar, la tarea superficial y la profunda. Nunca sabían cuál era cual, a veces se tonificaba una sentencia y otras la otra, y se hacía difícil distinguir entre consignas idiotas y los fuegos de octubre, nombre en código con el que delimitaban las acciones enmarcadas en el acto libertario. Algunas veces, por ejemplo, salían en grupos de dos a realizar actos de vandalismo. Básicamente, pintar paredes. Lo que puede parecer fácil, pero bajo una lluvia torrencial nada es lo que parece. De todas formas, tenían a Magoya. Acciones poéticas, les decían, para disimular. A veces, de madrugada, para pasar el frío, entre sorbos de whisky y cigarros mojados, le preguntaban a Fidel por sus orígenes. Respondía cosas diferentes cada vez, siempre igual de inverosímiles, mágicas. La que más les gustaba oír era una que luego de algunos carraspeos arrancaba más o menos así:




“Una noche me fui, por la tangente de la cerca. Seguí, bordeando el vallado transitorio que abríamos y cerrábamos como forma precaria de delimitar una propiedad, y me perdí en la noche. Vagué interminablemente, en una huida sutil, hacia el olvido de todo lo conocido. Aquella noche nací de nuevo. Lo único que conocía del mundo era ese lugar que desplazábamos cada cierta cantidad de tiempo, ese lugar que llamábamos hogar, con su cálida luz de reflectores, con sus banquetas de madera, con su estructura arenosa en el centro, que aunque cambiaba de locación siempre era la misma, siempre brillante y verdosa por las noches, cuando se iban los visitantes, visitantes a los que mostrábamos un poco del otro lado de un espejo hundido, a cambio de retazos pintados de papel, que el administrador juntaba en una cajita oculta en su remolque, y que nunca veíamos ni necesitábamos mirar, aunque sabíamos que era lo que estructuraba nuestro mundo con el de ellos, lo que nos permitía vivir como brumas en olvidados baldíos de periferias de ciudades que veíamos, desde la ventana de colectivos viejos, como entre sueños líquidos. Tanta pomposa sinfonía envolvía ciertos ritos, como el armado del hogar, un trabajo de mil manos amorosas, o al menos necesitadas de amor, que se extendían abiertas para extender la lona, para clavar las estacas, estacas que eran nuestro punto más débil, nosotros, vampiros escondidos de la moderna civilización, intercambiando trapos, risas y aplausos por pedazos de energía, el motor que mueve al mundo, disfrazada de tantas cosas. Pequeños ritos que ya no compartiré, ahora que he partido, y que sin embargo observo casi con nostalgia, una fresca nostalgia de zapatos mojados bajo una tormenta interminable, casi cuarenta días lloviendo en este pueblo perdido, al que no podemos sacar una miserable mueca, estancado como está bajo la tormenta el pueblito, estaqueado como está el pueblito, cercado por monstruos más temibles que nosotros. A veces ando perdido por las calles más alejadas del pueblo, mientras miro para adelante, y pienso para atrás, intentando reordenar un conjunto de imágenes que tal vez pueblen un recuerdo, que tal vez hagan ver la dirección hacia la que me dirijo. Vampiros somos, decía, y nos escondemos tras disfraces y caras pintadas, circulando marginales por un mundo que ya nos ha dejado atrás aunque, se sabe, el mayor truco del diablo fue convencer al hombre que no existía. No nos comparo con tal bestia, que deambula por otros rincones, pero el fraseo se apresta para mojar un ejemplo, como si hiciera falta. Tan ricos y jugosos retazos de energía tomábamos del otro, tanta falta nos hacía, como respirar. Una gran familia éramos, cada cual cumpliendo un acto, mostrando su acto, en parte, pero siempre escondiendo los lugares donde ocurría la magia, la prestidigitación vulgar y mecánica donde ocurría lo importante, el tránsito entre mundos de la energía. Brujos, vampiros, bebedores de la sangre oculta en el aire, en la firma de las cosas, tomábamos lo que necesitábamos de cada individuo, en una transa que el otro siempre hacía con gusto, con domesticado placer, creyendo que el papelito pintado con rostros y números era lo que importaba, nos llevábamos siempre un poco más, un eco en la nada, un acorde inacabado, el susurro final de las noches cuando todo se apagaba. Nací en ese lugar, crecí en ese lugar, abordar a los seres fue mi primera instrucción, me enseñaron los mayores a dibujar una sonrisa, a escamotear la atención mientras los demás laburaban, nadie puede negarle los ojos a un niño, nadie puede escindirse de su magnetismo, decían, y tenían razón, era como un foco ambulante, con la cara pintada, primero por papá, un espejo distorsionado, enorme, de mis días, luego por cuenta propia, el maquillaje para reforzar los rasgos compradores, el polvo blanco para esconder la pálida y fría piel, los labios rojos, las mejillas con rubor, los ojos delineados, las ropas agujereadas, enormes, heredadas, los zapatos que todavía se llenan con agua y chillan, las pelotas y las cartas escondidas en los bolsillos, la chanza fácil, en la punta de la lengua, las lágrimas tragadas con la saliva, entre infusiones amargas, cuando todo se apagaba, fumando las noches con los grillos y los trapecistas, mujeres y hombres de altura, algunas noches las cenas ensanguchadas con los muchachos de seguridad, cargados con modernas espadas, pequeñas, que entran bajo el sobaco y dejan besos que queman hasta la muerte, y que nunca usaban ni usarían porque no había ganas de intercambiar nada por un par de balas, pero que servían de potente disuasor a los que temían quedar bajo las redes del ultimo velo de la araña tejedora de los cuentos, muchachos que se hacían los duros y que más de una vez mientras crecía vi llorar, cuando un aroma los llevaba de vuelta al patio mojado de su casa, una casa de la que fueron arrebatados por la aventura y el misterio o de la que simplemente huyeron en la firma del contrato, el mismo contrato que he roto porque nunca he firmado, yo, nacido y crecido bajo estas lonas, pisando aserrín, besando las hierbas de la noche. Ciertamente era un mundo mágico en el que vivía, con pequeños, minúsculos, excéntricos grupos que en este grupo nada tenían de excéntrico, algo que era como un manto de ortodoxa heterodoxia cubría el desvarío de ser distintos a una masa humana de la que nos nutríamos -y a la que despreciábamos entre actos, al observar lo mansos que se perfilaban al matadero-. Ladrones de ganado, éramos, a las almas perdidas las llevábamos con nosotros, había algo en su roto brillo que las atraía fuertemente hacia donde estábamos, donde quiera que fuese, aumentábamos en número en cada poblado, cada vez mayor el contingente que llamábamos familia que, como toda familia, tenía secretas leyes, rigideces, prohibiciones. Hasta la niebla se aglomera, y tantos seres brumosos no podían ser más que una sola nube, una nube que crecía y que lloraba su silenciosa e invisible lluvia en cada pérfido rincón de la materia, magnetizando, seduciendo a los marginales como nosotros a sumarse, a perderse en el oscuro arcón del olvido, intentando calmar una sed, un ansia de eternidad que, tarde o temprano descubrirían, como todos nosotros hicimos, que el exquisito placer del filo de las cosas se desdobla y se muerde la cola, siempre pide más sangre, más eternidad. Ojos cansados, ojos vivaces. A medida que vamos creciendo vamos aprendiendo nuevos trucos, alguien tiene que maniobrar el fuego, otro tiene que abrir el quiosco, un tercero vender los boletos, y así. Los leones viejos van quedando en el camino, misteriosamente, pero nunca los habíamos añorado, que yo recuerde, más bien degustábamos la médula de sus huesos con los dientes antes de juntar todo para irnos a otro lugar, como un homenaje a los caídos, que siempre vivirían dentro nuestro. ¿Por qué he escapado? Un poco por curiosidad. Otro por tedio. Puede decirse también por amor, por qué no, esa larva habita en cada minúsculo resquicio de las cosas, y además de payaso tengo la maldición de ser poeta, un condenado entre los condenados, un marcado entre los marcados. Todo me llamaba, desde allí afuera, algo como un intento de beber de la copa de la muerte, un deseo urente de apropiarse del manto de las cosas para desnudarlas, me arrojaba a las calles que para mí eran un misterio, más de una vez el deseo me arrojaba a seguir los pasos de desconocidos hasta misteriosas callejas y silenciosos umbrales, metiéndome en el saco de su vida como polizonte comía en sus mesas, dormía en sus mesas, amaba sus cuerpos. Alguna vez iba a pasar que no iba a querer regresar. Presiento, de todas formas, que ya han puesto en marcha los mecanismos para buscarme. Todavía tengo mucho que darles, todavía les sirvo. Por suerte me han enseñado todo lo que saben, puedo esconderme, escindirme, moverme gris entre los seres grises y jamás volver a pisar un arrabal, aunque sepa cuánto tientan las luces cada vez que se anuncia en los pueblos que ha llegado el circo.”




jueves, 11 de octubre de 2018

Conversación cualquiera en el colectivo. Pajaritos, alegres muchachitos.


por la Oruga González




—     Veo venir la última parada del bondi. Por lo menos, la última para mí —dijo.

—    ¿Qué decís? —replicó.

—    Y vos ahí, unos cuantos asientos atrás, subiste tarde. Como siempre, tarde a todos lados —continuó su perorata.

—    No entiendo, te ponés a delirar de nada. Estábamos tan bien, dentro de todo —se quejó, impaciente y nervioso.

—    Dejame un rato. No sé cómo explicarlo, como ponerle palabras. Por eso colectivos. Siento que estuve en la calle, esperando. Desde siempre, hasta que llegó. Pero llegó porque esperaba. Cuando estuve arriba, ahí arriba. Lo primero que hice fue esperar, mirar. Por la ventanilla, mirando la calle. A ustedes, mirando con ojos, con ansias de compañía, mientras el colectivito de cuarta se movía por las calles. Hasta que se te cruzaron los cables a vos también y decidiste subir.

—    No sé por qué tanta alharaca por nada, realmente —se queja, todavía más, el Otro— Por seguirte un poco el juego, te contesto… ¿quién sabe por qué no sube uno antes? Yo no lo sé, es así. Cada uno ve el bondi que vos nombrás (con tu manía de bautizar de alguna forma todo) cuando lo tiene que ver, cada uno se sube cuando tiene que subir, si no sube antes es porque no es momento. En cierto modo, me sacaste una venda. En algún punto de tu recorrido, entre comillas. Tu ansia de interlocutores tuvo que esperar, entonces. Esperar que vos aparecieras —le contestó.

Se sonrieron los dos.

—    Pero yo nunca quise el traje que me ponen, que hasta vos me ponés, sin darte cuenta. Soy libertad. Soy libre. Querría compartir alegría, una cosmovisión, una grieta por la que se ingresa al otro terreno. Veo que todo dura un instante, lo siento adentro. Siento venir el final del mío.

—    Fijate encima que hablamos de esto, de cosas, de nada. No se puede materializar lo que nos pasa, lo que estamos viviendo, cómo lo estamos viviendo ¿Es una adivinanza, el viaje, el pelotudo colectivo? Mirá que agarro vuelo con estupideces patafísicas de esta estirpe. El viaje comienza antes y termina antes para el que sube antes, si es que creemos que cada uno se baja donde se tiene que bajar. Al final, parece el mismo lugar para todos. Algo hay que devolver gastado, supongo. Te tocará la cruz de haber subido. Veo el alma y veo el cambio. Lo veo en los ojos, en las formas. No puedo parar el tiempo y por eso este tímido pedido de disculpas. Cada uno cargará con la cruz que lleve su justa medida.

—    Qué mundo de mierda. El humor un poco frío que recorre las venas de la ciudad, exactamente como un pedido de disculpas, como manto de piedad. Al lumpanaje con casualidades… ¡Nada que ver, no habrá flores en la tumba del pasado! —se rió, porque no existe la literatura seria— ¿Disculpas por qué, a quién? La naturaleza (y la del hombre, minúsculo granito en un todo amorfo) siempre cumple, cierra y abre su infinito círculo. Nace, crece, se reproduce, muere. Todo está dicho... ¿disculpas para qué?, si todo existe dentro del ciclo. La naturaleza del hombre es el cultivo, la cultura. Hay cosas sabias con ese tipo… dios, que imprime la marca, el inconsciente colectivo. El gregarismo es por excelencia el espíritu humano. El ciclo de la vida se repite en menor o en mayor escala, desde la química inorgánica para adelante, todo busca aglomerarse. Hasta la ciudad es un ser viviente, todas tuvieron nacimiento, todas crecen, de forma exponencial, conforme pasan los años, los jugadores, las décadas, los siglos, los milenios. Iba a decir pero, pero me retracto y digo y porque es una consecuencia del surco que vengo haciendo. Y por debajo, por detrás, otra rama va tomando forma. Se va constituyendo una olla a presión. Tantas fuerzas cohabitando la misma geografía, tanta pasión y sangre y calor, todo eso combustiona, permite que un pueblo crezca, pero mientras sigue creciendo, la presión aumenta. En las calles, en cada rincón, en cada baldío, camina en barrios suburbanos, en departamentos junto al río, en viviendas del Estado. En todos lados, la presión aumenta. Naturalmente, estalla. Es un grano, una pústula que sale a la luz, dejando ver el podrido contenido, la fermentada Revolución, algo que va creciendo en sentido contrario, antimateria, fuerza contraria. Es inevitable que surja porque tiene que tomar su lugar en el ciclo. Victoria, guerra, hambre. Y muerte. Revolución. El mundo es mi representación —siguió.

—    La revolución también. El inconsciente colectivo es interesante algunas veces. Pensar en las imágenes.

—    En toda escala, el ciclo es muy interesante. Con lupa, microscopio o a simple vista. En la mente si hay introspección. Fuera de uno, analizando la economía, la política. Con cosas de todos los días, nada más hay que pasear por los barrios. Las revoluciones avanzan conforme crecen los pueblos, incluso el que habita esta ciudad. Va fistulizándose, abriéndose paso, la fetidez. Sin barreras, porque no existe ni existirá jamás algo que vaya contra la naturaleza. Detrás o delante del círculo no hay nada. El hombre debe aprender a vivir con su rancia conciencia, manteniéndola a raya, hasta finalmente caer, también él, en el ciclo simbólico, y mansamente bajo las redes apagarse, para siempre. ¿Disculpas? Al hombre y la naturaleza, por no aceptarnos, y al no aceptarnos, no permitir cambiarnos. El secreto es la pelea arreglada. Hay que ceder. El hombre debe marchar hacia adelante, debemos dejarnos transfigurar. No quiero tus disculpas —terminó por fin.

—    Cada loco con su tema. Qué frío, qué fresca bruma cruza las calles y la plaza. Y entre las calles y la plaza, la gente ausente o con máscaras en vez de rostros. Cada vez son menos los de las máscaras. Pero tal vez sean más los ausentes. Espero hayan ido en la búsqueda de la flor azul tan nombrada.

—     Permiso, tengo que bajar. Es mi parada. Permiso, permiso.