Beatriz,
¡Tantas veces coqueteamos con la muerte, mi querida flor! Perdida en el asfalto me pregunto si acaso no habré sido yo la que se ha ido, cruzando el velo del umbral. Tengo que decirte que pensé en vos, que tuve ganas de escribirte. En realidad, debo decirlo, tuve ganas de verte, querida. Ah, ¡la imposibilidad ante la impasibilidad!
Hace tiempo pasó la barca, como quien dice. El problema no es el aquietamiento del río, sino su desaparición en el fondo de la nada, internándose en la oscuridad de los inviernos. Algo ha terminado hace tiempo y ni siquiera cabe la parodia, una vena abierta para nadie.
Sigo en el gesto de arrojar la botella, pero un papel en blanco no es un mensaje, y aunque quisiera ya no sé ejecutar un acto que haría de este silabeo insulso un pase de magia que habría de nombrarte, primero, para invocarte, después.
¿Qué importará el después?
Pensé en vos, tuve ganas de escribirte, y aquí estoy, escribiéndote. Tuve ganas de verte, querida, y aquí estoy, viendo una sombra de tu sombra, una entidad imaginaria, un esperpento del que reirías con inocente malicia, un espectro delicado que coloco frente a esta maquinaria a la que alguna vez y para su gloria llamé cuerpo, simplemente para dejar que corra el tiempo; óbolos falsos, transacciones que una hace con Caronte.
Una playa sin agua es un desierto, Bea. Entiendo que hay barcos sin destino de puerto, pero me pregunto: ¿Será éste, acaso, otro más de mis naufragios?
Hacia allá voy, compañera, con las venas abiertas de muchachita latina. Tal vez me espere abyecto tu fantasma, un largo desarraigo de la vida, un olvido candoroso, tal vez otra cama.
Así que estamos en el fondo del infierno, Bea, el fondo de olla de la Vida, colgadas por traidoras, y a la vez fieles seguidoras de un teatro cósmico que para nosotras siempre será más bien cómico; la risa, remedio infalible; la vendían en el Reader’s, ¿te acordás, mi chinita?
¿A qué barroco y anacrónico escarnio me obliga tu suicidio? Imposible, digo: ¿quién se mata a estas horas, y tan cerca del fin de los tiempos? ¿Qué no ves que sangramos dulcemente desde el día en que nacemos? Siempre bajaremos por el río.
Ah, Bea, ¿qué ha pasado?, ¿dónde estamos? Escribo un texto en un celular, sospecho que a la mente le va a costar desprenderse de las manos para escribir. Nosotras somos anacrónicas, Bea, por eso siempre nos entendimos tan bien.
¿Qué importará el después?, pregunta el tango. El tango es un mausoleo, Bea, toda mi vida es el ayer. Hombres llorones, cafishos que parodian el lunfardo intentando homenajearlo. Vive solo hoy suena mejor, la línea nietzcheana que se coló en Vox Dei. Pero el bigote está cancelado porque es usado de manera muy aceitada por “la derecha”, ese cruel fantasma. Hoy todo es cancelable, Beatriz. Quién sabe, quizás la muerte…
¿Qué pasó, compañera?, ¿dónde anda?, ¿quién se la robó?
Tierras yermas deja a su paso la marcha de los Conquistadores. Gente de caballos, el horizonte ancho en las pupilas. Cosas de patrulla perdida, Beatriz. Lentamente, los espejos van matándonos. La historia universal del mate, jaque mate, buscando un símbolo de paz cortadas por tijeras provincianas, de la tierra de Madariaga y de aquel señor al que olvidé estudiar en clase y por el que lloré en un llanto más de aquel año triste. Llorar en silencio, sueños de pescador. Como Jesús, quería tener amigos, y odiaba la literatura del yo, que era todo a lo que aspirábamos, a la vez, diario de la guerra del cerdo.
Otra vez el puente, Bea, no es lo mismo desde Punta Ñaró. Ha muerto hace unos días, y esta vez definitivamente, William Shakespeare, pero siempre seré fiel al teatro. Las aguas del río se ven tan bravas, parecen flamas negras. La luna se refleja, hermosa como siempre, y la noche rinde homenaje a la novia del Paraná. Un pasodoble, una polquita, un chamamé, un paso adelante, un sapucai.
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