Vamos a Bolivia, sin muchos planes más que
trepar a un avión rumbo a La Paz, previa escala en Santiago de Chile, y luego
que sea lo que sea. Tenemos cuarenta y cinco días, una hoja en blanco, y unos
pocos pesos. El mundo se abre, transversal, como la punta plana de un bolígrafo,
sondeando un garabato sordo, en la oscuridad de la garganta de una niña, tocando
con dedos afilados la vitalidad de sus cuerdas vocales, abriéndose paso hacia
la vida.
Pensar que en cada cuadrícula de extensión de
oscuridad, la Nada, es penetrada por trazos luminosos de hormigas en el aire,
zurciendo lo que se percibe, llevando y trayendo aparatosas vibraciones sutiles,
bajo la invisible matriz del universo. Hay una sola forma de que el trazo se
escriba en el grito acartonado de la Materia y es penetrando el estrecho
resquicio de minúsculos laberintos que seguimos como ciegos, hasta ver, hasta
sentir, hasta nacer.
En el plano en que somos observados nos
movemos, rodando por el planisferio, de Córdoba a Santiago, de Santiago a La
Paz, siguiendo un viaje corto en términos de horas de desplazamiento, aunque largo
en términos relación espacio-tiempo. Siento una lástima residual, relativa, al
pensar que perderemos dos días dentro de instalaciones portuarias.
Seguimos un lenguaje silencioso, uno
que es el de la espera y nos traspasa, nos transforma, nos utiliza como claves
o signos, como un código subliminal, que habita y penetra distintas redes o
realidades. Seguimos fluyendo, siguiendo la corriente, sin noción (más bien sin
certeza), de movernos o ser movidos por alguna entidad superior, habiendo
sugerencias de una y otra cosa a cada paso, a cada signo de pregunta.
Como siempre, lo que se dice, el mensaje, es
siempre el mismo. Cambiando de formas, la verdad es una sola; es una antorcha,
encendiéndose, llamando a otra, en la otra punta de la montaña; un pájaro trasnochado,
silbando serenatas nocturnas; una polilla cenicienta, posándose en columnas de
madera de algo que alguien llamaría templo, o hasta casa, incluso; el viento
fresco, una perra colorada, lamiendo el silencio desde el centro de las brasas.
Lo que se dice fuego, a través de las
almenaras, encendiéndose una a una, va transmitiéndose la verdad. A veces, las
almenaras tienen forma de almenaras, otras veces de otra cosa. Es eso lo que se
dice cuando se dice que la torre de Babel persiste, arcaica, intacta y
fantasmagórica, erigida en límites invisibles de ciudades perdidas.
Delirios que seguimos, de Córdoba a Santiago.
Para matar el rato, el tedio de siempre, mientras esperamos buscamos por
internet una habitación cualquiera para pasar la primera noche boliviana.
Hay una región recóndita en los abismos del
Lenguaje, donde las más primigenias formas de contacto son las bases desde las
cuales se conforma el universo. Allí se puede observar el desplazamiento de
pequeños conectores, tocándose, buscando decir, contar, mostrar algo, para sí
mismos, para un Incognoscible Ser que nos utiliza, como a tantas piezas,
para expandirse y expandir, la vida, la nada misma. Sin darnos cuenta, hicimos
la primera mitad del primer viaje.
Levemente, cambiamos la frecuencia, y aterrizamos,
pasajeros en trance de tránsito, en lejanas e irreales playas, lo que los
hombres han llamado aeropuertos, y que se parecen, en otra escala, a
gigantescos laberintos, eternamente iluminados y musicalizados, con sonidos de relleno,
seres caminando o corriendo o durmiendo, en círculos y recovecos, a través de corredores
insalubremente asépticos y apáticos, donde colocan iglesias y catedrales a los
demiurgos del consumo. ¿Habrán olvidado cómo ver, ciegos del futuro? Otro viaje
leyendo Alan Pauls.
Santiago de Chile, no veremos más que esto, el
interior de un aeropuerto, un laberinto para el consumo, una estación de paso. comemos
una hamburguesa para matar el hambre. ni siquiera llegamos a destino y ya
sentimos el peso del precio, el costo del viaje. el futuro ha llegado hace
bastante, ciertamente, en este pequeño planeta al que llaman Tierra, y que
nosotros, por educación, decidimos llamar de la misma forma; en algunos parches
de territorio el futuro toma la piel con que eventualmente se abrirá para todos
los seres; en otros, todavía se encuentra paciente, germinando la semilla de su
planta, insensible a fluctuaciones y necesidades de indefensos.
existen fuerzas operando para que el consumo
crezca y todo lo incendie y lo destruya. son enormes, terribles; como
serpientes se muerden la cola, unas a otras, autorregulándose. es por ello que
es tan importante ver el mensaje bajo el mensaje. hay que ir desarmando una
pared a la vez, hasta quedar nuevamente desnudos ante la inmensidad de la última realidad, lo que se ha dado en llamar
Nirvana. en algunos rincones afloran hermosas flores de otro sendero, alejado
del terrible y monstruoso capital que –casi- todo lo envuelve.
nos ponemos a filosofar en un salón, la sala
de espera por antonomasia. el centro del laberinto, el patio de comidas,
semicerrado en horas de la madrugada, habitado por una oscura luminosidad, el
refucilo de la locura. por altavoces interpelan el sueño, anunciando
vuelos, últimos avisos y otras yerbas; se oyen gritos, conversaciones vacías entre
bancos.
fabricamos una suerte
de cueva bajo los asientos, apilando bancos y bolsa-camas. una mano nos sacude… «estamos remodelando… por favor, si pueden
moverse hacia otro callejón…». amable y severa, la oficial de policía de
seguridad aeroportuaria nos corre, hija de puta, con la inimputabilidad de lo
que está por dentro de cuadriculadas cajas. lo que llaman Ley, bah. aparentemente,
no se puede dormir en ciertos recovecos.
entonces queda moverse, entre lamentos y
puteadas, hacia otro emplazamiento temporario, bajo un vórtice de
cometas y tornados, un ventilador industrial, para descansar, por favor, intentando
cerrar los ojos un rato, intentando no divagar, no pensar en las respiraciones
de Brahma, ingresando, sin querer, por el puente de la Conciencia, a los privados
mundos del sueño, vemos estrellas que mueren dejando respuestas a preguntas que
no hemos hecho y que, por lo tanto, no comprenderemos de la manera tradicional,
ortodoxa. bebemos como fuéramos poseedores
de una anciana boca en el limbo de los tiempos, llena de sed.
dos horas después, la alarma. ¿cuánto tiempo
más íbamos a dormir? despertamos, pasado un rato. los ojos rojos, el cuerpo
cansado, el encuentro con la sonrisa de Alicia, una Alicia llena de polvo de
ciudades y salamancas. Ya es hora, me dice, y nos acomodamos las mochilas para
trepar el metálico constructo bautizado aeroplano.
nos sentamos con cierta expectativa, en el
interior de las costillas del pichón de Roc, observando el intercambio de
fenómenos fisicoquímicos que implican la aceleración y el despegue. mares de
manteles de nubes van paseando por la ventanilla, se extienden como dedos de
manos abiertas, escondiendo algo, en un sitio que (en rigor del Espacio)
deberíamos llamar debajo, y ya que estamos quizás a ese algo llamarlo obra de
arte, o cordillera, o chocolate nevado, ese algo que se ve tan deliciosamente
hermoso, bañándose del sol del amanecer (en rigor del Tiempo), aunque haga
puente con su dioscuro gemelo de las tardes, en algunos puntos (como la luz, la
penetrancia de los colores, la temperatura, la magnificencia del rito de pasaje
de guardia).