miércoles, 9 de mayo de 2018

Instantáneas de feria

Fotografía: Ana Lu


Hace unos días, he soñado con Gastón. Voy yendo tantas veces a lo de la bruja, que ya me echo las cartas solo. Las barajo, las suelto, sobre el paño del mantel, bajo su mirada sonriente y curiosa, me voy. Nadie interpreta nada, todo transcurre sobre una red de sobreentendidos, las cartas hacen su laburo silencioso, poniendo secretos mecanismos en acción.

No sé por qué el ambiente de feria hace un trazado de aguja en la memoria, zurciendo, perforando instantes para unirlos en un hilado discontinuo. Tantas ferias, ¡tantas como tantos feriantes haya! Conocí un hacedor de máscaras y amuletos de barro, un maquinista de pequeños mundos hechos de palitos de fósforos, con la cabeza roja o ya quemada, un vendedor de catalejos caleidoscópicos, un viejo sin mar en la adoquinada eternidad de las postales de San Telmo, que vendía su artilugio entre morenos que ofrecían billeteras estampadas y parejas de milongueros arropadas por su correspondiente bandoneón, uniformes militares de un amor que es una vieja medalla, la primavera con una esquina rota, el mago colocando los artilugios sobre el escenario, plantando la semilla del árbol.

Una de las primeras ferias de las que tengo recuerdo, o eso creo, es una feria de ciencias de escuela primaria. De esas ferias escolares donde participa toda la institución, desde los muchachos del preescolar hasta los prepúberes que ya están presintiendo el fin del verano y pabellón séptimo grado, donde cada año tiene una temática y cada curso la interpreta a su manera, a la manera de la maestra de esa división, desde el Cosmos a la Feria, esa sería la temática de las ferias de ciencias, que se celebraban en los pasillos, en los patios, ¡hasta en las aulas!, recuerdo haber recibido una de las primeras lecciones de magia y alquimia, engañando a los sentidos con elementos simples, como su oclusión o su enfrentamiento, por ejemplo, tomar un adulto cualquiera, vendarle los ojos, ofrecerle el sonido desviado de una cebolla, cortándose en sus oídos la cebolla, acercársela a la nariz, darle de comer una manzana.

El Mago como prestidigitador, como mecánico demiurgo ordena las distintas capas de realidad, para que por algún costado se desate el Asombro, no por el Mago, si no a pesar de él, como si la magia fuera inevitable, como si el universo hablara en todas las cosas, brillara en todas las cosas, se ocultara, en todas las cosas. Recuerdo a feriantes ambulantes como el profesor Marechal, con su aire a Buenosayres, que siempre que aparecía atraía las sonrisas con la jovialidad del mago peregrino, con sus microscópicas máquinas de vapor y sus pistolas de papel de diario, con las que se podían asaltar dos bancos, diez quioscos y una estación escolar de radio, recuerdo a los vendedores de melodías de mandolina, con la púa y lo más importante, el Método para serenatear como Chespirito, recuerdo una feria de Lengua y Literatura, donde lo mejor era la escenografía, la magia de la vecindad, el barril, ingresar tratando de embocar el balero, eso, eso, eso, recuerdo ferias en la casa de la abuela, vendiendo o intentando vender por la ventana dibujos, revistas viejas y recortadas, aviones y barcos de papel, que nadie compraba, nunca, recuerdo las kermesses, tiro al blanco, derribar la torre, tres tiros por un peso, las manzanas acarameladas, dónde está la bola y demás estratagemas para crear la atmósfera donde se desarrolla el truco, vos no jugás, nene, me dijo un tahúr una vez, cuando le cagué el truco diciéndole a un señor curioso con cara de oveja donde escondía la pelotita de goma roja, que tan bien escamoteaba a la vista el feriante. Me corrió con una mirada de desprecio, o de lobo con las encías llenas de saliva y sangre, había un aleph,

digo…

había una vez, viaje al centro de las ferias, feria del libro, por unos días pústula visible del hormiguero civilización, donde afluye el millar de ríos de las convenciones de palabras y agujeros negros por los cuales penetrar el universo, relatos en todas sus formas envueltos por un relato que llamaría social, que los junta, el aburrimiento y la siesta indecente en las butacas del teatro donde vampiros que laburan de actores se disfrazan de vampiros, el informe a desgano, la desidia, las pocas ganas de recitar una poesía muerta, la invisibilidad total, el viejo truco de dejar flotando una sonrisa triste, las artesanías, los machetes robando mesas de las tacuaras, los dulces, los amargos mates de los días de viento, las mesas de saldo del verano frío, el brazo apresado, por cuyos huecos y resquicios penetra la arena de playa, la sal del mar, el silencio estrellado de la noche, conocer al perro más vago del mundo, arrojarse al mar desde el filo más alto del castillo de If, como si el homenaje fuera de Dantés al contador de cuentos del libro de la selva y no fuera un túnel que puede atravesarse, el aleph es la letra que le cabe a la carta del Mago, la primera del viaje, que sigue enhebrando su truco con lentos movimientos, casi imperceptibles, ahora vamos armando el escenario, se va tejiendo el mundo con infinidad de sutilezas, preciosas perlas, solitarias como estrellas donde nadie nada nunca, ir colocando las luces, los focos entre los árboles del patio de la biblioteca popular, ¿para qué perderse en el Colón?, si es simplemente para cumplir la circularidad de la metáfora no da, entonces colocamos los focos, los alargues y prendemos las luces, colgamos banderines, movemos tablas, invitamos a la suerte de artesanos que abren sus ventanas al mundo, colocamos música, sacamos fotos, perpetramos el intercambio energético, compartimos mates y yerbas, bailamos la danza hipnotizados por juegos de manos, bebemos el jugo destilado del manzano, ponemos la Chispa para el pequeño fuego del cortocircuito.

Tantas cosas para mirar en una feria, para hacer, para ser. Las batallas vecinales por el territorio, no es lo que acordamos en la reunión, hace siete años que vengo y siete años igual, la vieja del frente me saca el lugar, las luces, el decó, las comidas, pre-preparadas las rápidas, sus aromas, sus gustos, las bienvenidas, las charlas entre feriantes, las visitas de amigos, los mates sonrientes de los curiosos, la esperanza en el aire hasta en la noche boca arriba, yendo de vuelta a la casa en un final de juego. Una niña anciana que vende plantas, envuelta en un vaho verdoso, nos regala un retoño.

No recuerdo el sueño que he tenido, pero el intento de recuerdo de un sueño hace que pase al frente el espíritu del ser soñado, ¿habrán coincidido nuestros ojos en una mirada? Hace ya mucho tiempo, en las voces de la calle preguntan si suena el nombre de Santiago, no es ése el hermano con el que he soñado, aunque la pregunta de los ojos titila en las gargantas de los otros, es otro el hermano con el que he soñado, con el hermano, mi hermano, con su sonrisa abierta, su desplazarse inocente por el mundo, generoso y serio como un mago que además es un bufón.

Estamos vagando en una feria a la salida de otra feria, en busca de pan, una feria de una colectividad religiosa amante de textos escritos con alfabetos esótericos y tablas de la ley, un pueblo elegido para conservar, no la esperanza, sino la espera, que se reúne sobre letra muerta para soplarle vida, cuando nos aborda un muchacho calvo, de moño rojo, camisa a cuadros, un extranjero volcado sobre la frontera de la lengua y del espacio, que nos regala una sonrisa, pueden ustedes llamarme Ismael, dijo, vengo de Israel, vivo hace cinco años aquí, ¿puedo mostrarles algo?

Habla con Anita, le enseña una moneda, recuerdos de provincia, la desaparece en su mano sin dejar de hablar, aparece sobre la mano de Anita sin dejar de hablar, vuelve a tomar la moneda distraída, sigue hablando, la esconde de nuevo en la mano, se escapa al hombro de Anita. El Asombro comienza a florecer, toma un caracol marino, su único recuerdo portátil de casa, el mar en el oído, se lo da a Anita, me habla, dice que tiene el poder de traer a la memoria un ser querido, que piense en alguien, me da un papel, hay público dicen cuando hay más de tres personas, escribo el nombre de mi hermano, dice que puede adivinarlo, se rompe el papel que todos, menos él, han visto, y me dice, en un español trabado, la persona en la que estás pensando es hombre, es. Más joven, tiene más cabello que yo, se ríe, nos reímos, esta persona es familia, es cercano, diría que es tu hermano, si no me equivoco, me sonrío, buena deducción, pienso, mientras le pide a Anita que sacuda el caracol, dentro hay un papel, sacude el caracol pero no sale nada, el mago lo toma entre las manos, sacúdelo así, lo devuelve, Anita lo sacude, sale el papel, que dice, ¿te suena el nombre Gastón? Es mi hermano, lo he soñado, le dije. Nos saludamos, dijimos gracias y se fue. 



jueves, 3 de mayo de 2018

Vos también estabas verde

I.






No sabe uno qué elegir, qué hacer. Es que Poesía es tan distinta a la realidad, tan luz ambulante, tan personal, y Yo soy tan demente, tan insano, tan surrealista, que no quiero dejar ese dulce pensamiento personalmente adictivo, ese pensarla pensándome pensarle pensarla pensarme –y se enrolla…- no puedo evitar esas ganas de mirarla mirándome mirarla y reírnos (reírnos reírnos reírnos) como un par de locos caminando por la calle para llegar a ningún lugar y sentarnos en un viejo recuerdo de alguna vida pasada mientras nos estudiamos como si fuéramos algo más nuevo que el amanecer del primer día, como si no hubiera ayer (que no lo hubo), como si en el puente que se forma entre sus ojos y los míos estuviera el secreto de algo eterno. Me da miedo el pensarlo, me aterra mirarla, porque desnudo el alma, desentierro deseos, al ver esos ojos curiosos, y muero de pavor porque lo sepa al leerme, como el libro abierto que soy, a través de mis pupilas, al final no tan lejanas como aparentaban. Y aún así, necesito ese camino, ese puente, esa brecha que se abre a la verdadera realidad, necesito observar ese lago negro, desprender esa figurita del álbum y pegarla en la ropa, en el pecho, en la mente, escuchar esa música alegre de sus labios… Es que Libertad es tan loca y yo tan tonto, que no puedo evitar querer perderme en ese dulce momento que fue conocerla, en sonreír al caminar.






No sabe uno qué elegir, viajó hasta la costa para ver el mar, pero sabe que el agua está fría…
si vas hacia el mar al amanecer, quizás extrañes a la pared…












Aunque, quizás, sólo hasta el chapuzón…no sabe uno si tirarse o volverse al auto, pero la brisa le acerca el aroma deseado, el aire salado y fresco de ese mar que soñó. Corro al encuentro, me tiro, me dejo llevar, sabiendo que puedo ahogarme, pero no importa, el agua ahora está tibia, y la corriente, fuerte, trae recuerdos de juventud. Las olas enormes vienen y van, tranquilo, me dejo llevar, alguna a la costa se va a acercar… ¿No ves que soñamos este encuentro? No seas cruel, si no me llevas a la arena de vuelta me voy a ahogar, estoy demasiado hondo, ya no hago pie en tu mar.






II.

Pero mi corazón no es ciego, dijiste. También recuerdo algún que otro par de frases, una casi como freno de mano cuando te dije que quería ser libre como un pájaro, tu “no todos los pájaros son libres” como un piedrazo entre las alas, un golpe del que nunca me repondré del todo. Aprendizaje, la absurda justificación para los dolores. Cosas tan tristes que uno escucha como de refilón, sin querer, y que te rompen el alma, el corazón, que no es ciego, ciertamente no es ciego, pero vaya uno a saber con qué ojos mira ese estúpido músculo, que nunca descansa, bombeando y bombeando sangre, por las calles, por los ríos de cemento, mientras los verdaderos ojos, no estos dibujados en la cara, se muestran grises, e incapaces tratan de penetrar en la niebla del futuro, en la bruma de otros ojos que no están, que no están porque no existen. No sé, viste como van las cosas del delirio a la acción, ahora hay que parar un poco de volar por ahí, porque hay que cruzar la calle y los autos si uno no está atento serán como esa piedrita mental que me arrojaste aquella vez. Rodeado de cadenas, todo lo que veo con el alma son cadenas, y es tan triste, tan azul. Aunque no quieran, aunque no sea esa su finalidad primordial, todo lo que nos rodea nos ata y nos une, y hay que sentarse a pensar realmente el significado, el valor, positivo-negativo, blanco-negro, bueno-malo, de algo que te ate y te una a otro algo, las fibras del hilo, el trabajo, los estudios, los amigos, la familia, el amor, el propio cuerpo, estas manos, los ojos, el cerebro detrás de los ojos. Sacando de foco todo lo bueno entre comillas que, desde luego, posee como propiedad inherente todo lo que nos envuelve, el ambiente sobre el que nos desempeñamos, quitando hipotéticamente de la luz aquello, trayendo a plano el lado B, también cada factor que nos influencia (usando el término influencia por no encontrar otro que abarque a pleno lo que intentamos decir, ya sabemos de las limitaciones del lenguaje, etcétera) tiene algunos tintes de opresión, de eslabones invisibles que no se pueden romper. No se pueden, cómo podrías desprenderte de tus pensamientos, ya el primer anillito de duro metal, cómo negar la propia realidad, pañuelo pintado frente a tu nariz, y la propia interpretación del pañuelo, los dedos penetrando el velo. Cómo podrías. Preso, esclavo de la carne y de los intangibles, del entorno. Otra vez deseando la libertad del loco, unos cigarrillos por favor, si, marlboro box, ¿diez? Acá tenés, gracias.








III.

¿Ves esos cables en el cielo?
Provocan la sensación de contraste
entre la risa y la tormenta,
ese estar perdidos y completos
llenos en esa perdición, en ese caos,
en la gran inmensidad
de la particula de polvo en el saco del marino
que pasa caminando,
de la pluma
que se posa entre ladrillos.

¡Vaya paradoja!,
navegando por cielos
soñando entre estrellas
olvidando cada vez más, el ego
y al tiempo cada vez más yo...
más plástico, maleable,
sensible a las fluctuaciones de lo etéreo
sin lugar dónde asirse,
dejándose caer
amando ese momento
donde no hay momento
ni espejo donde buscar
esa imagen que se parezca
o defina por contraste
en ese lugar donde se es algo
sin nombre ni palabra, siquiera sin letras,
se es completo Ω.










IV.

El fuego en las manos, la inspiración, el humo en los pulmones, rellenando, saliendo, perdiéndose en el aire, ese ritual. Un cable a tierra, entrevisiones. El miedo, el no instinto, ya ves cómo no me lancé a los automóviles, ya ves cómo me zurzo al tabaco y la nicotina penetrándome. Qué jodido, eh. No sé distinguir siquiera la piedra golpeando las plumas. Ah, aire, en todas partes, sin ataduras. Mientras tanto acá yo, acá nosotros, cada uno en su pecera, incapaces de conectar, porque desde el momento en que una palabra brota de los labios ya está sujeta a modificaciones del ambiente, inclusive el hecho de salir de la caverna donde se esconde mi lengua ya la deforma y la corrompe, eso no es lo que quiero decir, créeme que no lo es. A veces pienso que nadie se comunica del todo con nadie, nunca se puede transmitir el verdadero pensamiento y esto que estoy pensando en este momento no es lo que estoy pensando realmente pero es lo mejor que puedo expresarlo, ¿se entiende? Si no se entiende no importa. Estamos como envueltos en pequeñas cárceles, enquistados dentro de masas de carne, de harina podrida. Vamos viejo, en qué te diferenciás con el loco, estás en el borde del precipicio ya. Alguien que me empuje por favor, que me dé la ñata de bruces contra el suelo, que me saque de este laberinto, de este puto laberinto construido por un retorcido remedo de Dédalo. A veces me asalta un deseo de trágico final estilo minotauro, de rodillas pidiendo por favor Teseo sácame de esta miseria. O un poco como Ícaro, viajando hacia el sol. ¿No ves, querido Dédalo? Todo lo que tocás se quema, ¿Por qué razón entonces me encerrás en mi propia mente? Déjame ir, déjame volar o al menos, déjame vendar al tirano núcleo de mi cuerpo para no mirar, para liberarme de mí mismo. Quiero dormir.




































































Ω - completamente 
una ligera cadena
que no ata
que une vacío, nada
donde todos los eslabones 
se conectan entre sí,
escapando a la lógica,
maravillosos rizomas
de algo 
sin fin.

martes, 1 de mayo de 2018

“Conductas, psicopostales del Ego, ese kamikaze spinettiano-japonés, en las Revoluciones” por P.W. Pansmith a.k.a. 'Shadowless Pete'





I.



La estasis bulle el cerebro, se forma una gelatina espesa. Uno empieza a maquinar, a enloquecer, enhebrando pensamientos, formando un lienzo, una camisa de fuerza que no deja mover y cierra el círculo, hace el rulo.

La laguna espiritual es todo lo que hay, se estancan las acciones, los sentimientos, la vida. Se pasa a un estado contemplativo, que es algo como mirar a través de un vidrio o sentarse en la tribuna; no reconocerse en la realidad.

Los músculos se endurecen, va quedando tieso, rigor mortis, en algún lugar, en cualquier lugar.

Y cualquier lugar se convierte en el centro de cualquier cosa, pongamos una plaza. De repente, ya no es un ego: el ángel Yotuel se fue y esto que fue un yo o un él pasó a ser algo sin rótulo, un resabio del pasado poroso donde anidan palomas y los chicos se juntan a dibujar nombres, mientras se oxidan ideas, justo ahí, entre el pelo de estaño y cobre, pero… pero las palabras… ¿cómo era?

Ah sí, las palabras.

Las palabras falsean intuiciones. Y lamentablemente, el Yo es un saco de palabras. Entonces, no puede explicarse lo que hay del otro lado —del lado de adentro— de una ilusa estatua, hecha de versos, maleada con acordes de algún viejo rock.

Buscando la salida, escapa del cuerpo estático y vuela al infinito. Mirando por el ojo de la cerradura deja de mirar, convirtiéndose en la misma luz papel maché que mojaba las pupilas. Triste, la forma quedó atrás, y el Yo prueba el sabor del aire, de la Nada, del caramelo que en algún lugar del suelo contiene miles de figuras y realidades.

El cuerpo quedó hecho estatua.

Por la estación Eduardo VI… ¿O era vi?

Vi.

Ve.

La muerte.

Es otro dibujito, otra representación.

La ve como llave, brecha, pasaporte. Marca indeleble que permite acceder detrás de la cortina, anteojos para la letra chica, sala de edición por fin al alcance del ser humano, ticket para los juegos (todos los juegos todos) de la creación.

Quizá permita dios mirar al basurero y hurgar, buscando borradores de lo que nunca fue y nunca será, de lo que no tiene tiempo.

¿La revolución?, preguntan las voces. Miedo, replican otras.

¿Miedo a qué? Oye risas desde el fondo del inconsciente. El pequeño homúnculo se retuerce de risa mientras espera nacer. Alguien habló de luz al final del camino. Bien, se dice, quisiera… además ver el foco, el rayo on the making, la fuente productora y su razón de ser. ¿Tendrá alguna?, se pregunta.

Sueña la mirra como red que pesca del mar de la incertidumbre.

No temas, querido, dicen las voces. Siempre aflora la humanidad, la Revolución.

Ya está aquí.

Somos acumuladores de palabras, dicen las voces, y estamos cerca, muy cerca de la Revolución.

Las canciones de amor también pueden ser mensajes de Revolución. Todo depende del lado del telescopio que quiera Uno mirar. La Revolución está aquí, ¿no ves?

Hemos aceptado todo: el pasado es alterable.

El pasado nunca había sido alterado, Libertad. El doblepiensa funciona de las dos formas. Esclaviza…o libera.

Un día de estos no habrá más ambición de poder; habrá risa, habrá arte, literatura y ciencia, cada día de una forma más sutil.




II.



Quizás no brille en las mañanas, la negra flor,

blanca piel languideciendo al aire,

larga cabellera tiñendo oscuridad,

haciendo soñar a la distancia, urgiendo

detrás del frío lienzo azul

mientras millares de pequeños grillos

se suicidan, sin que sepan esos ojos,

prófugos de tanto sol.




III.



…a lo mejor un loco no es más que una minoría de uno solo. En este momento, simplemente soy-estoy en este oasis, a treinta metros del suelo, un pequeño cuadro donde sombras y luces ingresan desde fuera y pintan, bailando un tango. No tengo palabras para explicar el surrealismo sci-fi de naves espaciales, robots y podadoras que toman las calles.

Soy la locura del futuro, mientras amo la única estrella del cielo en su inútil indiferencia. A pesar de sí misma la amaré igual, aun cuando la odie, porque… aunque venga a acariciar con su azul bufanda el cuello, aunque bese con largos dedos mis brazos y este pecho donde late su bandera no está aquí, conmigo.

La odio. Por estar siempre distante, ausente. Siento su gigantesca sombra sobre la mente. Estúpida estrella, si supiera llegar a donde estoy, si tan sólo pudiera mojarse en mí, empaparse de sueños, sabría… que trato de asirla, atraparla con todas mis fuerzas, pero no llego. Entendería la impotencia, comprendería mi profunda tristeza y melancolía, vería la inutilidad de mi lucha, la futilidad de mi misión, el sueño de humo de alcanzarnos.

Entonces, sólo entonces, cuando también haya caído al barro de la soledad existencial, de saberse en otro plano, en otro cristal, entonces (y sólo entonces) podríamos, entre los dos, romperlo, quebrarlo hasta las cenizas, y la arena entre los dedos y el intenso aroma a mar y libertad vendría a despertarnos a la cama, hallándonos inserviblemente agotados, con los cabellos revueltos entre las sábanas.

Habrá que sonreír de infeliz, nomás, infeliz panza llena de pizza con calabresa, por la estupidez zen de dar en el clavo siempre, siempre la justa. Peridomiciliario el arresto. Mi domicilio es el universo, y es un patio que a veces queda chico, pero… como siempre, alguien pasa y te tira un cascote por la cabeza y te rompe la guitarra.

Vivís en un mundo imaginario, dicen. Y al final, parece que tienen razón y que está bien estar encerrado dentro de un cráneo.

Y sí, vivo en un mundo imaginario. Cómo describir, si no, las casas, las calles, los baches, los pozos, el cordón de la vereda inundada por parches de un verde tan hermoso que da calambre. Cómo explicar vivir en este mundo: un mundo donde existe un ser llamado Manuel Pies cantando a la esperanza con una criolla (y lo llaman calle), donde todavía existen superhéroes con bigotes de dos colores (los dos tipos más lúcidos de la tierra, Carlos y García), donde una tierra verdeamarelha da tanto embrujo de bossanovas y cielos de ojos verdes, donde cuarentones amargentinos nihilistas juegan a la rayuela en calles y nosocomios, donde jóvenes parisinos se han bebido todos los venenos, donde poetas beatniks denunciaron las mentiras de Moloch, donde prosas densas inglesas y cubanas y rusas y francesas y etcéteras ya lo han dicho todo (bichos, bichos dichos todos) y han debido volarse los sesos para bendecir la tierra.

Vivo en un mundo imaginario, donde lo cierto es que los días se deshojan como margaritas de vidrio esmerilado, hojas que los suicidas usan para escarbarse la piel, para recordar a Safo, la gran egoísta.

Un gran mundo imaginario, donde existe un relojito, redondito, amarillito, ciego y caliente, que han llamado sol, y que sale todos los días y se pone todas las noches, mientras hormiguitas caminan y deambulan y trabajan y trabajan y trabajan (y trabajan).

Un gran mundo imaginario, en el que la señora luna juega, egoísta, lejos de les pibes que patean las calles, embriagados en la mierda que circule, para intentar escamotearle una escalera al vacío, una que aparece solo para dejarnos subir un par de escalones y resbalar, resbalar hasta abrirnos la frente y bebernos la sangre que chorrea gota a gota.

La sangre del Hijo del Hombre.

De las seis putas letras.

Sin dudarlo, un mundo así no puede existir. No puede haber cuatro paredes en cada rincón, hasta cuatro paredes con ruedas, cajas, ¡cajas que se mueven, que transportan gente (¿gente?)!

No puede existir un mundo así, un mundo de antiácidos y antibióticos y dinero y plástico y calendarios y tiempo.

Tiempo.

No puede existir un mundo donde exista el tiempo, un proverbio de una mariposa china, de un río que pasa y pasa y pasa y el agua. Otro capítulo importante, hablar del tiempo. Pero poner una letradelantedelaotra ya es decir tiempo, así que simplemente lo dejamos ahí (lo odiamos demasiado).

Perseguimos revoluciones rolingas, somos yihadistas espirituales, Siddharthas de auriculares, divididos por la felicidad del jardín que se fue con el tornado.

Perseguimos revoluciones que se hacen hacia atrás, el tiempo, el redondo reloj de Nietzche pasado por la licuadora de Oktubre!

Creo que necesito una farmacia. Secas, austeras, soviéticas.




IV.



Qué lejos se ve ya todo desde acá, ese dolor

en un sutil contraste de luces y vientos huracanados

flotando después de estrellar la trompa contra el suelo,

tan lejos…

Ya no más el descaro

de una mentira adornando rostros

de personas que yo amaba, imagino

llantos hipócritas en un sepulcro

donde no estaré, tratando

de comprender lo incomprensible

mientras en alguna parte,

en todas partes,

seré gotas de agua, quizás un rumor,

una palabra de aliento

o absolutamente nada.