lunes, 24 de febrero de 2020

Mar argentino





¿Dónde van
las almas llenas de nostalgia?
Una cabina de alquiler
para lo que quieras
pam pam parararara
para cantar, una cabina
de alquiler, la vida,
la muerte, los dibujos
del amor, la locura,
las plantas, los fantasmas

Un conquistador
sentado en un puff
en el patio de una casa de skaters
(barrio Sagrado)
buscando rastros de grandeza
decadente,
la de él, de su pueblo,
un pequeño grano de arena,
un aporte
a la polución humana sobre la tierra

un soberbio mestizaje
otra tristeza
de mundos in mundos
venezolanos, boliguayos, argenchilenos
en DF, en Barcelona, en
la búsqueda espiritual
en la droga
en el sueño americano
en la escuela nac & pop

-mirá dónde llegamos, pibe:
del satélite material artificial
al satélite inmaterial espiritual

-y aquí los chinos dirían:
oh, sí. Dental

-no siga el sendero,
piérdase
en la saturación
visual, auditiva
táctil, olfativa
gustativa.
Nosotros somos,
siempre somos.

-cuando sea grande quiero vivir junto al mar,
donde van las almas llenas de nostalgia



lunes, 16 de septiembre de 2019

Ducha romana


Bordar, en el circulo
dentro del círculo, cebar
en la orilla, con cuidado
que no se queme, que el verso
no se queme,
no sé qué me está pasando
melodías sencillas
distorsionan mi mente,
la capocha, el mate,
el marulo,
gotas orugas se desplazan
por la madera, soy
el árbol, muerto,
resurgido
en manos de su asesino.
Son tres puntos,
las gotas,
tres densidades, desentonando
la sequedad de las cosas, la vida
penetrando la muerte, tres
puntos suspensivos…

Dormirse, dejar de pensar. Algo que late, que no hace tic tac. Los largos versos de todos estos años dicen adiós, muchachos. Crece la hierba whitmaneana, dejando surcos en la orilla de la noche, las estrellas se despliegan penetrando la oscura liquidez de la noche, el silencio se va zurciendo con las pausas de los grillos y chicharras, la bella mudanza de la solemnidad al lago de los sueños sin imagen. Oh, comodidad hermosa de arrullarse en el mullido colchón de un cliché, el rulo de la birome bienhechora que rasga el manto de las cosas, los dibujos inherentes a los huecos donde se besan el tiempo y el espacio, los márgenes minúsculos donde se zurce el cosmos y es universo.

Desatormentándonos, desatornillando la estantería de la prolijidad, de los acordes tocados sin la presión de la depresión, por no querer sentir, por no querer estar en la peor de las épocas, en la mejor de las épocas, en la séptima reescritura de la aldea pintada por vos y la mujer, con el pico cortaba la rama, con la rama fumaba la flor, la luz de la flor diacrónica y sincrónica, la flor de la materia donde la poesía es un pequeño y miserable temblor, que no cambia nada, que no importa nada, al lado de un techo, de una casita de ladrillos, de una ducha romana. Como la tortuga, nunca tuvo concepto de hogar, lleva su casa a las espaldas. Como la ciudad, la tortuga, viviendo en cualquier parte y volviendo a la misma arena, enamorada del mismo aire, del mismo mar.

He visto a las mejores mentes de mi generación consumidas por la materia o embarcados en la solitaria libertad de la locura, la moneda en el aire, girando, o en el bolsillo corroyendo las relaciones, en todas partes, envolviéndose, enrollándose, el abrazo constrictor del demiurgo, constructor, patrón old fashion que no estila pagar a sus esclavos más que con gotitas de miseria, hojas polidimensionales que ofrece para que masquen los grillos engrillados con la grilla diagramada para ejercer su tibio canto, con un guante en la silla, el brillante compás del olvido, del ser hermosos y malditos.

La triste esperanza: respirar,
desde el Otro Lado,
la saudade por venir, respirar
la espiral
que hemos de subir
para volver a encontrarnos
otra vez, por primera vez
con el fuego
en la noche perforada de los tiempos
donde las estrellas parpadean quietas,
donde planetas bailan para los satélites
que danzan para nadie,
para nada,
el sonido de los pájaros por la noche,
cerca de las cascadas de agua viva.

La triste esperanza: conocer
el destino de la Poesía,
una flor negra, prohibida,
que habitaba la ceniza.
El último amante del papel
siempre será el fuego,
sobre la piedra, una mesa
blanca como la luna, su espejo
en el beso de la tierra.
El sonido de los pájaros por la noche,
cerca de las cascadas
de agua viva, prohibida,
habitaba el fuego, Poesía.

No la ceniza,
los pétalos oscuros, abriéndose
para dar el néctar,
el beso líquido y seductor de la magia.



viernes, 21 de junio de 2019

La tierra y sus dueños (parte I)




Habitamos un país, una nación, nacida al fuego de burgueses revolucionarios, criados a la sombra de Rousseau, descontentos con un sistema colonial al que sin embargo le reconocían cultura, sin comprender que la colonización no era, simplemente, un estado de relaciones de las cosas en sí mismas, o de relaciones políticas, o mercantiles. Por supuesto, hay que tener un poco de perspectiva, entender desde dónde se para uno para ver e interactuar con el mundo.

No se reconocía (aún hoy algunos no lo hacen) la política también en la cultura, no se percibía la condición del habitante sudamericano como un colonizado cultural, a pesar de haber traído la cultura de los amos a cuestas, sobre el lomo de los barcos españoles, bajo los libros de pensadores europeos, o incluso, en los viajes iniciáticos que los elegidos de las clases pudientes, los que se llamaban entonces españoles americanos, realizaban, en busca de nociones de estructuración de una nación todavía no concebida, inexistente, y también, en busca de ser legitimados, “vistos”, “festejados”, “aprobados” por papá y mamá, por esa gran cultura europea que dominó el mundo durante tantos lustros.

Tal vez, porque no existían todavía las herramientas para hacerlo, o porque las urgencias coyunturales de siempre apretaban el cinturón. Había una coyuntura —siempre la hay, siempre hay un contexto, un borde de cuadro—, y en esa coyuntura fueron a buscar las bases para construir con velocidad algo que creían y sentían nuevo, un pastiche de estructuras estatales tomadas de aquí y de allá.

Los antiguos criollos de lo que iba a ser esta pequeña nación, ubicada bajo la cintura cósmica del sur, fueron mutando su carácter durante el “aprender a ser”, como un caminar entre casilleros. Así, fueron sucediéndose transformaciones. De súbditos pidiendo permiso, a colonos traficando información para sus señores (que seguían existiendo, pero ahora, de este lado del charco). De colonos a pequeños dioses glotones, engolosinados con un movimiento, el romántico, que en ese entonces embebía a esa vecchia signora que secaba sus ropas al sol. De pequeños dioses glotones a militantes estéticos que recibían la unción en aceite. De militantes estéticos a consumidores culturales. De consumidores culturales a pequeñas islas de estetas, alrededor de los cuales el oceáno era un incendio provocado por lo que se llamaría barbarie.

La Argentina era una niña hermosa y estrábica, con un ojo en el progreso de las naciones y el otro en las entrañas de la sociedad, una sociedad todavía pequeña, minúscula, que (si somos buenos) no tenía la vista entrenada para ver a los desposeídos de siempre. Así fue gestándose la oligarquía del Río de la Plata.

Pero, ¿qué es, la oligarquía? Según la mente colectiva de estos tiempos, es una forma de gobierno en la cual el poder es ejercido de forma tirana por un grupo reducido de seres. Según Rousseau, un tirano se arroga la autoridad real sin tener derecho a ella. Rousseau además agrega a la definición el término déspota, que sería el usurpador del poder soberano. Un tirano puede ser o no déspota, pero un déspota siempre es un tirano.

La oligarquía argentina fue construyéndose por oleadas. La primera, formada por los primeros “vecinos” fundadores de las ciudades hispanoamericanas, como Buenos Aires, Santiago del Estero o Corrientes, por ejemplo, a los que en nombre del reino de Castilla se les hizo entrega y se les dio potestad sobre tierras, estancias y chacras. Según el reino de Castilla, les pertenecían al rey, pero esa es otra historia. Estamos con el tema de los famosos oligarcas.

Los primeros pobladores que bajaron de los barcos constituyeron la clase alta del periodo virreinal en Abya Yala, siendo los únicos que podían optar por cargos en ese rudimentario gobierno. El dominio sobre tierras más extensas se estableció, en aquel entonces, en el noroeste de lo que hoy es Argentina, por la participación en el circuito de extracción y traslado de plata en lo que en ese entonces era conocido por los usurpadores como Alto Perú. Para el año 1774, sobre 6.083 habitantes censados durante las campañas, sólo 186 eran propietarios de tierras. En Buenos Aires, con una población de 10.000 habitantes, había 141 propietarios.

Luego de los procesos revolucionarios, caía el negocio extraccionario y era desplazado por la producción ganadera en las tierras pampeanas. La vieja nobleza fue perdiendo privilegios y crecieron, entonces, los terratenientes ganaderos —la mayoría de este selecto grupo de pocos ubicándose en los alrededores del territorio de Buenos Aires—, que se integraron a un circuito de comercio, el de los piratas de siempre, los padres de Jimmy... ¿Para qué nombrarlos?

Argentina era un país en pañales. Gobernar es poblar, habría dicho alguien, en aquel entonces. (Casi) todos estaban de acuerdo en que el “desierto”, la pampa argentina, debía ser poblada. Pero los que nombraban desierto a la pampa omitían un pequeño, un minúsculo detalle, el desierto no era tal cosa, existían seres con alma desde antes de la colonia, habitantes originarios, que las clases oligárquicas, con toda su ideología liberal y sus actitudes ambiguas, definieron que había que exterminar. Primero liquidar la plaga, para luego poblar la tierra de humanos decentes. Los colonizados culturales seguían la vieja tradición del reino español, el genocidio de pueblos enteros en nombre de la "civilización". Instrumentaron el genocidio con la fuerza de las armas, bajo el mando del billete de cien pesos, y la llamaron "Campaña del Desierto".