viernes, 29 de junio de 2018

Esse est percipi



por Maradona y Caniggia




"Viejo turista de la zona de Nuñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia panorámica del periodismo nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, de cuya sede, sita en el Edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió, mate va, mate viene, pormenores de bulto que aludían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención de Zarlenga y Parodi, conviertiera el centro-half Renovales, tras aquel pase histórico de Musante. Sensible a mi adhesión al once de Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente, como aquel que sueña en voz alta:


-Y pensar que fui yo el que les inventé esos nombres.


-¿Alias? -pregunté, gemebundo-. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?


La respuesta me aflojó todos los miembros.


-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en los ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?


En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.


-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? -exclamé- ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De verás que se llama Ferrabás?


-Que espere -ordenó el señor Savastano.


-¿Que espere? ¿No será más prudente que yo me sacrifique y me retire? -aduje con sincera abnegación.


-Ni se le ocurra -contestó Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da…


Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:


-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.


Junté fuerzas para aventurar la pregunta:


-¿Debo deducir que el score se digita?


Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.


-No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.


-Señor, ¿quién inventó las cosas? -atiné a preguntar.


-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.


-¿Y la conquista del espacio? -gemí.


-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientifista.


-Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?


-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué mas quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.


-¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.


-Qué se va a romper -me tarnquilizó. -Por si acaso, seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.


-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.


Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida."


(Malleus Maleficarum)

por Nayla Zárate

Curioso que Cristo haya maldito el árbol porque no dio frutos, cada cien años el arquetipo del verbo en el camino de la redención, fundiéndose el círculo de la cruz. Tu San Ernesto de la Higuera colgado en el pecho, bajo mi bufanda azul, decía una música, el martillo de las brujas, el Indio lo volvió a hacer, quemando las turbinas. La oyó decirlo, había algo raro en las palabras, una incorrección que iba más allá de la política, que se quedaba más acá, en la vereda, que hacía doler los ojos, un oyente que se llenaba la boca de revolución y no entendía que tenía que aprender hasta pasar de la vereda de la ortografía, a quién le parece que a la Rebolución le importa la ortografía, si no aprendés a abrirte a la Tierra, a rascarte donde no pique, tu revolución necesariamente va a ser la del super, la que ellos te dan como pastilla para que duermas tranquilo, le decía la chola, mascando coca, pasando mercaderías, de Villazón a la Quiaca, por el río somos los sobrevivientes, los Gendarmes son malos, te sacan las cosas, te piden el peaje, brotan hasta de entre las piedras los muchachos verdes, decía la chola, y se iba sacando los abrigos escondidos bajo la pollera, el trenzado cabello ancestral, la cara llena de sol, pasando por la frontera con el diario del Che entre las piernas, la boca llena de poesía y llena de coca, gritaba: ¡Biba la Rebolución!


domingo, 24 de junio de 2018

En las calles de Costa Rica


por Marcos Gunn


Independientemente del resultado, pensaba Saúl, el árbol no debiera tapar el bosque. Aunque si somos campeones, se dijo, se olvida todo. La alegría no es sólo brasilera, el milagro argentino siempre se espera. Pero algo tendría que cambiar, si el destino no es la gloria, necesariamente será Devoto. 

Esto ya viene de hace más tiempo que el 38-38. Señales de algo podrido, sobre lo cual el futuro empieza a abrirse paso, a pesar de no pensarlo, de hablar del futuro de la boca para afuera, y cuando las papas queman se borran. No llevar a Lautaro Martínez, para muchos fue una mala decisión, por lo que representaba. No foguear una promesa, llenarse la boca con el planeamiento, con la previsión, y al mismo tiempo, cuando les toca, no seguir haciendo escuela, pensando, no tan lejos, en Qatar. Esa pequeña decisión, muestra que todo ha estado roto desde hace tiempo.

El impecable análisis táctico y político del Cholo Simeone, un Moriarty cualquiera, doñas Rosas hablando afuera del estudio de televisión, todo muy acartonado, y sin embargo, también hay pedacitos de luz, imaginar a Dybala tomando el puesto de Messi, convencer a un Messi en la lona de ser actor de reparto, para dar más luz, al estilo del Tata Martino, aprendés a ser jugador de fútbol cuando aprendés a caminar la cancha, pensó Pasquini. Poner el talento de Messi al servicio de alguien más, de un pibe, imaginarlo manejando otro lenguaje con la cancha, con el equipo, con los rivales.

El futuro promete días interesantes, se dijo, el fútbol argentino no está muerto, qué se puede hacer, salvo ver películas, y se encontró, perdido, en las calles de Bazterrica.