viernes, 21 de junio de 2019

La tierra y sus dueños (parte I)




Habitamos un país, una nación, nacida al fuego de burgueses revolucionarios, criados a la sombra de Rousseau, descontentos con un sistema colonial al que sin embargo le reconocían cultura, sin comprender que la colonización no era, simplemente, un estado de relaciones de las cosas en sí mismas, o de relaciones políticas, o mercantiles. Por supuesto, hay que tener un poco de perspectiva, entender desde dónde se para uno para ver e interactuar con el mundo.

No se reconocía (aún hoy algunos no lo hacen) la política también en la cultura, no se percibía la condición del habitante sudamericano como un colonizado cultural, a pesar de haber traído la cultura de los amos a cuestas, sobre el lomo de los barcos españoles, bajo los libros de pensadores europeos, o incluso, en los viajes iniciáticos que los elegidos de las clases pudientes, los que se llamaban entonces españoles americanos, realizaban, en busca de nociones de estructuración de una nación todavía no concebida, inexistente, y también, en busca de ser legitimados, “vistos”, “festejados”, “aprobados” por papá y mamá, por esa gran cultura europea que dominó el mundo durante tantos lustros.

Tal vez, porque no existían todavía las herramientas para hacerlo, o porque las urgencias coyunturales de siempre apretaban el cinturón. Había una coyuntura —siempre la hay, siempre hay un contexto, un borde de cuadro—, y en esa coyuntura fueron a buscar las bases para construir con velocidad algo que creían y sentían nuevo, un pastiche de estructuras estatales tomadas de aquí y de allá.

Los antiguos criollos de lo que iba a ser esta pequeña nación, ubicada bajo la cintura cósmica del sur, fueron mutando su carácter durante el “aprender a ser”, como un caminar entre casilleros. Así, fueron sucediéndose transformaciones. De súbditos pidiendo permiso, a colonos traficando información para sus señores (que seguían existiendo, pero ahora, de este lado del charco). De colonos a pequeños dioses glotones, engolosinados con un movimiento, el romántico, que en ese entonces embebía a esa vecchia signora que secaba sus ropas al sol. De pequeños dioses glotones a militantes estéticos que recibían la unción en aceite. De militantes estéticos a consumidores culturales. De consumidores culturales a pequeñas islas de estetas, alrededor de los cuales el oceáno era un incendio provocado por lo que se llamaría barbarie.

La Argentina era una niña hermosa y estrábica, con un ojo en el progreso de las naciones y el otro en las entrañas de la sociedad, una sociedad todavía pequeña, minúscula, que (si somos buenos) no tenía la vista entrenada para ver a los desposeídos de siempre. Así fue gestándose la oligarquía del Río de la Plata.

Pero, ¿qué es, la oligarquía? Según la mente colectiva de estos tiempos, es una forma de gobierno en la cual el poder es ejercido de forma tirana por un grupo reducido de seres. Según Rousseau, un tirano se arroga la autoridad real sin tener derecho a ella. Rousseau además agrega a la definición el término déspota, que sería el usurpador del poder soberano. Un tirano puede ser o no déspota, pero un déspota siempre es un tirano.

La oligarquía argentina fue construyéndose por oleadas. La primera, formada por los primeros “vecinos” fundadores de las ciudades hispanoamericanas, como Buenos Aires, Santiago del Estero o Corrientes, por ejemplo, a los que en nombre del reino de Castilla se les hizo entrega y se les dio potestad sobre tierras, estancias y chacras. Según el reino de Castilla, les pertenecían al rey, pero esa es otra historia. Estamos con el tema de los famosos oligarcas.

Los primeros pobladores que bajaron de los barcos constituyeron la clase alta del periodo virreinal en Abya Yala, siendo los únicos que podían optar por cargos en ese rudimentario gobierno. El dominio sobre tierras más extensas se estableció, en aquel entonces, en el noroeste de lo que hoy es Argentina, por la participación en el circuito de extracción y traslado de plata en lo que en ese entonces era conocido por los usurpadores como Alto Perú. Para el año 1774, sobre 6.083 habitantes censados durante las campañas, sólo 186 eran propietarios de tierras. En Buenos Aires, con una población de 10.000 habitantes, había 141 propietarios.

Luego de los procesos revolucionarios, caía el negocio extraccionario y era desplazado por la producción ganadera en las tierras pampeanas. La vieja nobleza fue perdiendo privilegios y crecieron, entonces, los terratenientes ganaderos —la mayoría de este selecto grupo de pocos ubicándose en los alrededores del territorio de Buenos Aires—, que se integraron a un circuito de comercio, el de los piratas de siempre, los padres de Jimmy... ¿Para qué nombrarlos?

Argentina era un país en pañales. Gobernar es poblar, habría dicho alguien, en aquel entonces. (Casi) todos estaban de acuerdo en que el “desierto”, la pampa argentina, debía ser poblada. Pero los que nombraban desierto a la pampa omitían un pequeño, un minúsculo detalle, el desierto no era tal cosa, existían seres con alma desde antes de la colonia, habitantes originarios, que las clases oligárquicas, con toda su ideología liberal y sus actitudes ambiguas, definieron que había que exterminar. Primero liquidar la plaga, para luego poblar la tierra de humanos decentes. Los colonizados culturales seguían la vieja tradición del reino español, el genocidio de pueblos enteros en nombre de la "civilización". Instrumentaron el genocidio con la fuerza de las armas, bajo el mando del billete de cien pesos, y la llamaron "Campaña del Desierto". 






miércoles, 29 de mayo de 2019

Apuntes sobre el Estado




En estos días se habla poco de lo que es el deber de un Estado, incluso de lo que un Estado es, lo cual, a mi criterio personal, es un error que nos hace caer en comentarios y confusiones casi terraplanistas. 

Vivimos en un Estado del yo, la dictadura del ego. El yo es el estado "natural". El Otro siempre se encuentra, en el reparto de fuerzas, en minusvalía. La elección entre la piedad y la violencia es una simple variación de grado, de forma y de disfraz. Restituir la equidad, la mirada inocente, enjuagar las palabras de la tribu (y con ello la percepción de realidad) es la tarea del chamán.

Lo del Estado es algo, un conocimiento, que hay que reforzar de vez en cuando, como tantas otras cosas. La instrucción cívica queda recluida en las escuelas, cuando debería ser algo permanente. Los pueblos nunca se equivocan, pero a veces, tienen la memoria de un pez. 

La disputa por la realidad es la definición de la política. Al menos, una de sus aristas. En esa disputa también entran la definición de Estado y sus obligaciones.


Un Estado es una superestructura social que, según Weber, como administración, sostiene el uso monopólico de la fuerza. Es decir, el monopolio de la violencia. Según el marciano Marx, el Estado no es el reino de la razón, sino de la fuerza; no es el reino del bien común, sino del interés parcial; no tiene como fin el bienestar de todos, sino de los que detentan el poder; no es la salida del estado de naturaleza, sino su continuación bajo otra forma. Idea a la que sin duda suscribiría Hobbes. Otros, como Hegel, sostienen que el Estado es la conciencia de los pueblos, la realidad de una idea ética, el espíritu ético en cuanto voluntad patente, clara por sí misma, sustancial, que se piensa y se conoce, y que se cumple lo que sabe. 


Por supuesto, alrededor de todo ello revolotea la disputa por la realidad. Conceptos de Estado que rondan sobre el orden como principio organizador de la vida en comunidad. Un orden que, como reflexiona Marx, es la continuación de la naturaleza. Darwinismo social: todavía sobrevive el más apto. El orden, regulado por la violencia como herramienta última. 

Hoy en día, esto no es tan así. Al menos, no es tan claro quien detenta el poder de ejercer violencia, de forma real o simbólica. Pero no nos adelantemos.


El humano, como animal, es un depredador omnívoro. Un conquistador que ha “civilizado” su sed de dominación, disfrazándola de autoridad. El Estado surge inmediatamente de ello, en una población determinada, con un territorio definido. Sobre la palabra Estado generalmente confluyen estas otras tres: autoridad, población, territorio. Más adelante, se le incorpora el concepto de soberanía.


La autoridad depende de la legitimidad. Antiguamente, la autoridad bajaba del cielo: existían los emisarios de dios en la tierra, los sabios, los santos, los elegidos, los dueños de la palabra -de su producción y distribución-, los reyes, los príncipes. Hoy se recibe legitimación de otras formas, un poco más transparentes que aquellas provenientes de linajes “puros”, “de sangre azul” o de mensajes esotéricos interpretados por unos pocos.  O eso parece, al menos.


La soberanía es el carácter supremo del que aplica la ley, del que tiene la capacidad para hacerlo. Así como antes soberanos eran los reyes, ahora es la colectividad o pueblo, y ésta da origen al poder enajenando sus derechos a favor de la autoridad, dijo un autor, justificando el contrato social. Cuántos pueblos se han refundado en base a esa idea, a esa “democratización” de la soberanía. 


Democratización en papeles, podría decir alguien (el enano pelado y liberal que todos llevamos dentro), puesto que se “delega” el poder del pueblo a un cuerpo de “gobernantes”. Los gobernantes adoptan una máscara y desempeñan (representan) un papel en el tablado, "un cargo". Es un teatro un poco más grande, nada más. Pero siguen actuando, como todos. Todos hablan de pueblo. No todos dimensionan de la misma forma el tamaño de la palabra. 


La democracia podrá ser un sistema pútrido, decadente, burgués, pero es lo mejor que tenemos, podría replicar otro. Hemos vivido todos los totalitarismos. El último está en la casa, según el capitalismo y el psicoanálisis. La pequeña novela familiar. Porque hay novela, hay Estado.

Vivimos en un Estado del yo, la dictadura del ego. El yo es el estado "natural". El Otro siempre se encuentra, en el reparto de fuerzas, en minusvalía. La elección entre la piedad y la violencia es una simple variación de grado, de forma y de disfraz.

Hasta ahora. Toda disputa por la realidad es política. La realidad se construye con imágenes perceptibles, penetrantes -y penetrables-. El día que el animal humano salga del estado de naturaleza coincidirá con el fin del Estado, profetizaba el fantasma de nuestro padre. Restituir la equidad, la mirada inocente, enjuagar las palabras de la tribu (y con ello la percepción de realidad) es la tarea del chamán. 






La construcción de realidad es un consenso, una relación de fuerzas entre quien sostiene la soberanía y la legitimidad -de lo que se puede percibir, lo que se puede mostrar, lo que se puede decir- y los que se someten a la misma, voluntaria o involuntariamente (el último paso es la violencia). En ponernos de acuerdo en que esto es rojo, aquello un caballo, esto otro una calesita, aquello el amor, esto otro la pobreza y allá lejos, la libertad. Con reglas definidas puestas por un “árbitro, un código, un elemento superador”. En cierta forma, todo formato impuesto de orden puede ser considerado como una dictadura. Habría que calificar como relevante sólo el problema de quién gobierna (quién nombra) y no solo el cómo. Falta algo, un salto, que nos haga morder nuevamente la manzana. 


"La comunicación es la transmisión y propagación de información, nunca una idea nueva". Estoy citando a Deleuze. "Una información es un conjunto de palabras de orden", dice el jovie. "Cuando se informa, se dice aquello que se debe creer: Informar es hacer circular una orden. Las declaraciones de la policía, continúa Deleuze, son dichas muy exactamente, son comunicadas; se nos comunica la información, quiero decir, se nos dice aquello que es conveniente que creamos. O si no, que no creamos, pero que hagamos que lo creemos, no se nos pide que creamos, se nos pide que nos comportemos como si creyéramos. Esto es la información, la comunicación, e independientemente de estas palabras de orden y de la transmisión de las palabras de orden no hay comunicación, no hay información. Lo que no lleva a decir que la información es exactamente el sistema de control". 


El uso monopólico de la fuerza ya no lo detenta el Estado, porque el Estado es otra ficción, una construcción. La violencia se escurre por los poros de lo social, el poder está en otro lugar. La fuerza física, puede ser, si me apurás, que siga en manos de lo que comúnmente llamamos Estado. La policía, los ejércitos, las cárceles. Pero la fuerza simbólica es de otros. 

Los mercados, los medios de comunicación. Pueden señalar, empujar, influenciar, abiertamente o bajo la mesa, hacia una dirección. Siguiendo un tipo, un protocolo. Pueden manosear y manipular al Estado –y al pueblo- sin que siquiera se perciba el acto. Son actores invisibles, sin máscara, que disfrazan su discurso de "natural", de "fatalidad inevitable". Esto, sumado a la decadencia de un sistema de representación que tiene su par de siglos plantea nuevos lugares de disputa, nuevos problemas, nuevos espacios donde se juega su carta el balance de poder entre dos o más fuerzas.

¿A dónde quiero llegar con esto, mis amigos?, me interpela un Salmón. Su voz se hace mía. Demasiada pelusa para muy pocos ombligos. No hablemos del arte, dice Deleuze, hablemos de contra-información. Una contra-información que no se vuelve efectiva sino solamente cuando es un acto de resistencia. 

La disputa por la realidad es la definición de la política. Al menos, una de sus aristas. Disputa que se da cita en el ámbito del estado de barbarie, de los nombres sin dueño, de la magia, de la poesía, del amor, de la empatía. Y de la libertad.

 




Digamos que una posible pregunta para arrancar a pensar sería, ¿cuál es el deber (la tarea) de un Estado, en este contexto?

sábado, 25 de mayo de 2019

Sobre la cumbia villera (parte I)



Hay que decir que ahora, en las ruinas de la historia, a la cumbia villera la han ido despojando de su lenguaje protestón e hiperrealista. Ahora está bien decir que se escucha Damas Gratis, fue aceptada por los hípsters. Hoy parece copado, cool. Somos de la generación donde se engendró la explosión de consumo de artistas a lo Lockett, Liniers, Kevin Johansenn y Lisandro Aristimuño. Pero también leímos a Cucurto, puteamos a Aira, escuchamos al Indio, la Nueva Luna, los Chaques y los Charros. Bueno, a Cucurto lo agarramos tarde. Bueno, no lo agarramos todavía.

Todavía recuerdo la denostación sufrida, por hacer o escuchar, esa “música de negros”. Vivíamos en el mismo barrio periférico, pero si escuchabas cumbia eras un negrito.

¡Qué loco, identificarse con generaciones de consumidores! ¡Generaciones seteadas, mainstream! Se podría hacer una historiografía del consumo impuesto por los mercados. Ah, ¿eso ya se hizo? ¿Por eso se dividieron las décadas del siglo XX?

Ojo, también había un consumo culposo, un aparentar, en la época. En ciertos grupos sociales. Miguel del Sel hacía bromas chabacanas por ese camino. La cumbia, en realidad, siempre fue el consumo culposo de la clase media argentina (esa que se identifica como clase media, la del algo habrán hecho, hijos o nietos de inmigrantes, con casa y auto, dos chicos, la escuela y los asados o la pasta los domingos). Eran consumos bizarros, como Lía Crucet, Pocho la Pantera, Gladis “la Bomba” tucumana, Ricky Maravilla, Vilma Palma.

La cumbia villera siguió ese derrotero para pelotudos como Tinelli, que consumíamos como locos también. Estaba bueno ser pobre, la estética tumbera. Jugar un poco a que te falte para morfar, y que las diversiones sean la merca y la pasta base, el vino suelto, las guitarreadas en la esquina. ¡Qué indefensos éramos! ¡Cuántos años de deconstrucción nos quedan! De todas formas, algunas cosas traspasaban los velos y podían ser aprehendidas como experiencia.

A Pablo le gustaba la música. Desde chico, cuando escuchaba a los Destellos, tocando cumbia clásica que haría bailar hasta al sordo de Beethoveen, y a los Mirlos, con su sonido amazónico ayahuasquero, en la radio de los viejos. Sabía que quería aprender ese lenguaje para comunicar las inquietudes de su alma. Y para agitar las palmas y bailar, en una modesta fiesta que la democracia, con la que se comía, se curaba y se educaba, dejaba a los barrios, donde el Estado era el transa de la esquina. Después vinieron la revolución productiva y el salariazo…ah no, cierto.

Trabajaba en una almohadería, a los doce, cuando junto al viejo se arremangaron, y pudo comprar su primer teclado, para aprender a tocar. En esa época ya escuchaba la música tirada abajo del rock cabeza. 2 minutos, ese tipo de cosas. Tuvo algunas clases de piano, las suficientes como para darle ganas de salir a las veredas a componer.

Entró en Amar Azul a mediados del picnic menemista de una clase media que se iba achicando sin darse cuenta, componiendo canciones para el grupo, tocando el teclado. Pero el uso del lenguaje del bajo, la vulgaridad de las letras, era demasiado fuerte para sus compañeros. El lujo es vulgaridad, dijo él, en aquel entonces. Pero ellos no escuchaban a los Redondos.

Las canciones se empezaban a juntar, a medida que iba registrando como esponja el contexto de miseria, dentro de viñetas de vivencias de humilde muchacho veinteañero, el hijo de doña Norma, el de acá nomás, que empezaba a experimentar los placeres narcóticos de las calles, la velocidad del dinero que nunca dormía y que caía en cuenta gotas, en un derrame cloacal, y la compañía de marginados marginales. Siempre hay posibilidad de atomización, incluso dentro de la marginalidad extrema. Las bondades del capitalismo.

Una vez que pudo solventarse, compró equipos e instrumentación, para hacer la música que a él le gustaría hacer. Armó un grupo de cumbia, del que no iba a formar parte más que como compositor fantasma y algo como manager. La banda tenía un lenguaje, una forma definida, y se llamaba Flor de Piedra.

La vanda más loca (sic), primer disco del conjunto, no encontró difusión entre las empresas discográficas. Una emisora ilegal aceptó pasar el primer track como corte de difusión. Sos botón, canción de gaste a un amigo policía, fue todo un éxito. Las empresas discográficas tradicionales echaron ojo (pintó el billete), y así nació el rotulo –comercial, despectivo, popular- de cumbia villera.

Vago yo soy, escucho cumbia colombiana, hacía cantar Pablito a sus amigos, Coca y cerveza. Flor de piedra fue todo un suceso. La situación del país por supuesto ayudó, ajustando la realidad a la estética de la banda. Ya estábamos en el año de la Alianza, el señor aburrido manejaba su caracolomóvil, supongo que personajes como Lanata habrían estado fundando su decimoquinta revista mientras se daban el lujo de ser boludeados por Charly García, el traductor de Benesdra andaría dando vueltas por ahí como marca orillera de los noventa que se le escapó a David Viñas, Asís seguiría en el arco argumental menemista como todos sus personajes. Creo que Galeano estaba vivo y seguro decía cosas copadas, en la selección Nacional estaba el Loco Bielsa que hacía correr como loco al Burrito Ortega, y los militantes del hambre comenzaban a entretejer los mecanismos con los que iban a dejar folletines de Banelco en los despachos de compañeros interesados. Como ahora, que entre compañeros de laburo se pasan cartillas de Violetta –con dos te- Fabiani, o se venden ropas, o chucherías de la triple frontera, o chipacitos.

Llegó el Y2K y lo único que cambió en este rincón de tierra fue que cada vez eran más, los pobres, los reventados del modelo. Pablo vivía al palo, como todo músico popular. Como Rodrigo, que fue una estrella fugaz en todo sentido.

Los accidentes de tránsito eran moneda corriente entre los músicos tropicales, que cobraban poco dinero –bastardeados por la industria- y se debían siete u ocho shows por noche, con la consiguiente baja de calidad en el producto.

La realidad más apetecible –a la única que podían acceder, además, como aspiración de clase- era la noche, con las mieles del éxito y la falopa, el reviente, como caballo, junto al cual cualquier artista popular terminaría comiéndose una curva, al mejor estilo de un Ayrton Senna de la borra del subdesarrollo, a decir de un salmón que le dio una tardía bienvenida, quince años después.

Estamos cansados de tanta represión y vamo’ a tomar esta prisión. Pablo Lescano y sus Damas Gratis. Había dejado Amar Azul, el largo reposo luego del accidente trajo canciones nuevas y una nueva vida, ahora había tomado el control. Era el dueño del pabellón.