lunes, 1 de junio de 2020

Silvia

La Máscara de la Muerte Roja, 1964; basada en cuento homónimo de Edgar Allan Poe.








¿Cuántos años han pasado desde aquella charla? No, esa no había sido una charla, más bien fue un pedido de mamá, una desesperada demanda de caridad futura. Creo, no recuerdo bien, que visitábamos a una de mis abuelas, la madre de un padre al que nunca conocí. Lo que sí recuerdo muy bien son aquellas doce palabras de mamá. Silvia, si algún día quedo así, había dicho, te pido que me dejes ir. La cara de mamá, hermosa como siempre, vista desde abajo, parecía cubierta de lágrimas silenciosas, pero había en su voz –en lo que yo recuerdo fue su voz- un intento de conservar la dignidad de la humanidad toda. No entendí, en aquel entonces, lo que significaba la súplica que se le escapó de entre los dientes apretados. Creo que tardé muchísimo tiempo en entenderlo.

Muchas veces he intentado reconstruir aquel recuerdo de forma fehaciente. Algunas cosas las recuerdo bien, como la frase alrededor de la cual se ordenó todo el sintagma mnemónico; otras son un poco más borrosas. La que supuestamente era mi abuela yacía en el rincón de un cuarto del primer piso de un hospital de fachada vieja, semiderruida, ubicado en lo que parecía el centro de un parque lleno de lapachos, el hospital, rodeada de máquinas, llena de tubos, la anciana. Según mamá estaba así desde hacía más de seis años, que ella me había conocido de bebé, un poco antes que le pase lo que le pasó. Por más que intento, no tengo recuerdo de haberla visto nunca. Creo que tampoco la vi después. 

Yo tendría unos… seis, siete… pongamos ocho, ocho años. La escena del cuarto me parecía sacada de una película de sci-fi, de las que solían pasar durante los veranos a la siesta en ATC. Eran como las seis de la tarde, creo, y hacía un poco de frío, no sé si estábamos en el final del invierno. Todavía entraba un poco de luz por algo que hoy quiero nombrar como una claraboya, ubicada frente a la puerta, casi tapada por la maquinaria en cuyo centro estaba la abuela, o lo que habría sido una abuela, y más bien era un saco de huesos cubierto por una fina y delgada capa, de una fluorescencia como verdosa que se veía desde la puerta, de lo que antes había sido, según mamá, una piel muy bonita.

Antes de entrar, por la misma ventanita de la puerta, vimos una persona disfrazada, que nos señaló, con gestos ampulosos, un pequeño gabinete, ubicado junto a la puerta. Ahí dentro encontramos batas descartables, gorritos, guantes de látex, botas de papel y barbijos para las dos. Mamá me vistió primero y después se disfrazó ella también. Ahora estábamos igual que la persona que nos hacía morisquetas desde adentro.

Al entrar había un olor muy particular, le pregunté a mamá y me dijo que los hospitales olían así, que eso era olor a limpio. Olor a limpio, entonces, sí, mamá, pero era una limpieza extrema donde al parecer crecían o podían crecer otro tipo de bichos, multirresistentes, terriblemente tétricos, o eso decía la señora disfrazada, que se presentó como Norma, la enfermera a cargo de la habitación.

A mí todo me parecía extraordinariamente loco, la verdad, como de esas películas, seguro alguno debe acordarse de lo que hablo, aunque no sepa bien para quién estoy hablando ahora. El ser que se encontraba en el medio de la pieza, lleno de tubos, no se parecía a nadie, a nada que hubiera conocido antes. Parecía estar en el borde mismo de algo. Entre la vida y la muerte, podrían decir, tal vez tendrían razón. Pero era algo más, ese limbo en el que se encontraba.

La enfermera iba mostrándole a mamá para qué servía cada cosa que la abuela tenía enchufada en el cuerpo. Yo intentaba escuchar, y algunas cosas hasta las entendía, este tubo lleva aire directamente a los pulmones, eso entendí, por ejemplo, este aparato hace de pulmones artificiales, respira por ella, pero afuera de ella, esto ya lo entendí un poco menos, y así, habían cables dirigidos a máquinas que ¿monitoreaban? el corazón, habían tubos enchufados al cuello que pasaban un líquido negro, ¿para qué?, había un tubo que salía de entre las sábanas que llevaba un líquido entre anaranjado y rojo a una bolsa en el costado, ¿eso qué era? También habían sonidos: pitidos, chillidos, algo como un gemido, y también había algo que aglutinaba todo ese andamiaje en una especie de circuito. Ese algo era un cuerpo, el cuerpo de mi abuela.

¿Podía acaso yo llamar abuela al ser que se encontraba en medio de todo aquel escenario?, una abuela que nunca había conocido, de la que nunca había oído antes. Ciertamente, me resultaba extraño, casi chocante, pero bueno, lo tragué como pude. Papá no existía y nos dejó esto, este cuadrito que enmarcaré siempre en la memoria. Lo hice como pude, sé que mamá también. Debajo de ese rostro amable y lleno de amor algo también le hizo ruido a ella, estar ahí, llevarme con ella, a pagar un respeto hacia… ¿hacia qué, hacia ese ser que se debatía entre la luz y la oscuridad?, ¿hacia papá? 

Mamá me decía que no podía odiar a papá, siempre lo repetía, a lo largo de mi vida, cuando me encontraba hirviendo de odio, ofuscada, o sin entender las decisiones de vida de un ser que a duras penas podía ser considerado humano. Cuando fui un poco más grande, y pude comprender lo que mi padre hizo, con mi madre, con su madre, con extraños, me resultó un poco más difícil todavía, pero siempre estaba mamá repitiendo su cantinela, “si tu padre fuera sólo un monstruo no hubiera salido un ser tan luminoso como vos”. 

¿Mamá, vos me hubieras tenido, si no te hubieran obligado?, retrucaba algunas veces. Ella se quedaba callada, masticando pensamientos, mientras chupaba el mate que siempre la acompañaba, y recién entonces me contestaba. Eso cuando fui más grande, antes no tenía respuestas para darme, quizás porque primero fui una niña y después una adolescente, belicosa y rebelde, contra todo lo establecido, incluso contra ella, que fue madre y padre a la vez. Cuando pude sacarme un par de nubes de encima, pude escuchar, y sobre todo entender, lo que mamá tenía para decir, que ciertamente era mucho. Siempre fue sabia, la vieja, sabia y hecha a los golpes.

Pero me estoy yendo por las ramas, y lo importante era la pieza, la escena sci-fi. Sepan disculpar, inexistentes seres que perciben este relato, hay cosas que evidentemente todavía no termino de sanar. Quizás por eso todavía sigo aquí. El mundo es un lugar complejo, mucho más complejo del que una niña de seis, siete… pongamos ocho, ocho años, podría llegar a comprender. Y ahora todavía más, y eso que tengo, creo, unos… ¿treinta, treinta y dos? Se hace difícil calcular, supongo que podrán perdonar las inexactitudes de mi relato, dadas las circunstancias.

Norma contaba, a través del barbijo, que la señora Stiss se encontraba en un estado crítico, que su vida en este plano colgaba de un hilo, que su estado se venía deteriorando desde hacía tiempo, mucho más tiempo del que ella venía trabajando en la institución, prácticamente desde que empezó el brote en la región. Las dos adultas hablaron del brote, de lo raro que era todo, incluso para los más avezados profesionales, de los esfuerzos fútiles de parte de los dirigentes mundiales para intentar frenar algo que parecía imparable. 

Los años han pasado y todavía se sabe muy poco. Nosotros, y discúlpenme la arrogancia del colectivo, la población de los sectores más postergados del mundo, seguimos siendo los únicos diezmados, y no se alcanza, siquiera a dimensionar, los límites de un problema que ya lleva poco más de cuarenta años dando vueltas alrededor del mundo entero. Venimos cayendo como moscas, poniendo el cuerpo. Se barajan centenares, ¡miles! de hipótesis, pero lo cierto es que todo sigue bajo el mismo manto de niebla que cuando el brote empezó. Podría decirse, a la luz de los hechos, que esta mierda, hoy, ahora, más que un brote es una epidemia, y tal vez, más que una epidemia, una pandemia.

Ay, viejita, ¡tus palabras!… ¿por qué no las dije yo también? Ahora soy yo la que está en la habitación, aislada de todo. No en el medio, sino más bien al costado; no sola, la pieza está llena de compañeros y compañeras. No hay una enfermera, no hay nadie, solo familiares al pie de la cama, entre tubos, cables y máquinas. Y vos acá, tomándome la mano, sin recordar, todavía con un dejo de esperanza tal vez, cuando lo que tendrías que hacer lo sabés muy bien, viejita querida. Quiero llorar y ni siquiera puedo invocar lágrimas. Ma, mamá, por favor, mami…

miércoles, 20 de mayo de 2020

Fragmentos de un naufragio


por Nayla Zárate





¿Jueves?

“…Escribo esto porque quiero recordar cómo se veían las letras dibujadas en un papel, cómo era el acto de dibujarlas, el acto físico de trazar una miserable línea rasgando la virginidad de un espacio en blanco, en un papel, como un mantra, papel, y no cualquier mantra, más bien una especie de mantra casi… vampírico, en un papel, en un papel, en cualquier papel, en un cualquier pel, pa, pa, papá, pel cualquier cosa un, pelpa, papel, en una piedra un pelpa, papel, en los restos de una olvidada pared un papel, pelpa, incluso en la arena, pelpa, en un pelpa el humo de las últimas hojas de tabaco mezclado con cannabis, sin ánimos de hacer periodismo, un papel, ni de lanzar una sonda náufraga hacia las galaxias, papel, sino más bien como un juego triste que permite (y permitía ya en aquel entonces) alejar un poco, piedra, sólo un poco, papel, el espíritu de la experiencia, tijera, de estar transitando los últimos días de una vida, papel, como pulgas vagabundas de la tercera bola de billar, piedra, partes microscópicas de un set, tijera, de un pequeño conjunto de esferas llamadas sistema solar, papel, acostadas sobre la alfombra de la Vía Láctea, tijera, en nuestra manía de nombrar todo, piedra, nombramos nuestro barrio como la calle sobre la que pasa todas las mañanas el lechero, piedra, pegando un grito, tijera, marcando un paso, papel, un seguro tic que preceda a un tac, ¡lechero piedra!,¡lechero piedra!, para que una al abrir los ojos sepa dónde está ubicada, o algo así, papel, y sea algo, alguna cosa, tijera, que una entidad inabarcable sacuda con lenta elegancia, con felino tedio…”, “…no fue la destrucción del satélite, no. Lo peor vino después. Los primeros que lo habrán notado… habrán sido los peces, tal vez…Nadie sabía lo que había pasado, ni por qué había pasado, pero había pasado. Sobre eso no podrían hacerse más que conjeturas. Inútiles, además. En nada cambiaría saber, retrotraerse al instante previo en que alguien, un ser o conjunto de seres, decidió prescindir del satélite en nombre de todos los habitantes del planeta…”

Viernes

“…tanto picar piedras, tanto remover tierra, para arrojar una tímida transformación a la materia, para intercambiar un poco de energía, para realizar un pequeño acto de magia. Un misterioso puente comienza a caminarse hacia atrás y hacia adelante, en el centro del surco del espiral hacia el ser, cerca del río del que hablaba el griego, bajo la apariencia de espíritus amables, de artemisa, llantén y trébol, la entrada al puente, al amanecer de algo que algún maníaco macaco bautizó uberhombre y que fue mutando porque toda entidad sufre una larga serie de transformaciones finitas hiladas a una risa cósmica infinita como su broma infinita. El hombre será plantado como las flores, un día, habría dicho el jardinero, el último hijo de puta sobre la tierra…” 

Sábado 

“…Esa fue la última vez que lo vimos, antes de partir, en el borde del mundo, entre las olas, mirando a la inmensidad melancólica de un mar ausente, del que no se veía la sequedad salada de las profundidades; un océano al que descendíamos algunas con alguna premura, para catalogarlo todo, para que nada se olvide, para que todo circule, con la nostalgia de los que tienen los días ajados en las pupilas, viendo caer el sol, como él, con su pollera a cuadros, sentado a lo lejos, con el perfume de la respiración de la gaita entre las piernas, y un coro de gaviotas anunciando que quizás al otro lado de la vereda habría un nuevo mundo, otro más que descubrir y habitar y conquistar y sembrar y aniquilar y destruir y desolar por completo, para poder encasillarlo, entonces, en su respectiva forma previa, la que siempre debió de haber tenido, la de otro cuadrito más, en la pared o en la pollera, otro metro más de tierra, otro piojo más en la peluca alquilada…” 

Domingo

“…Un puente hacia el centro, hecho de líquido, un puente hacia el centro. Una piedra en el zapato, el cuerpo bañado de agua, el pedido de permiso al abuelo río, la piedra de la paz, la tregua del agua, para beber. La primera ley y la más importante de la Selva…”

Lunes

“…hay que moler la hierba, con paciencia, con delicada y extrema paciencia llamar al conocimiento, en la base, el lecho acuoso del árbol primordial. El agua se está agotando, hermana. Sobre la piedra, piedra; el agua, rodeándola, socavándola, dejando pequeños souvenirs, ciudades enteras de esporas y hongos, semillas, peces, pequeñas plantas surcándole la comisura de la sonrisa, aves, árboles paracaidistas extendiendo raíces desde lugares previamente despresurizados hacia cualquier centímetro de tierra, con la intensidad intrínseca de su concentración celular…” 

“…el Comienzo, fue un Big Bang. Y fue caliente, músicas vibrando al ritmo de los tambores de la oscuridad. Sobre esta fangosidad fresca y célebre, tan célebre como la noche de los tiempos, celebre, oh, criatura, celebre como una entidad a la que podríamos llamar yo celebró, celebre, celebre como yo celebro, como yo celebré, celebre, que hay que moler la hierba, sopesar, sentir, y sopesar sentir, con paciencia traficar, el cambio, el súbito pálpito de la tempestad…”

Martes

“…y aquí estoy, narrando el exilio de mi pueblo, siguiendo las enseñanzas de arcanas tejedoras, pintando los últimos trazos a la cósmica figura de lo que hubiera podido nombrarse de otra forma que no fuera tierra, y sin embargo y aún si así hubiese sido seguiría siendo, una marca elemental, un delicado cordón umbilical unido a lo más sagrado del universo. Estoy narrando el exilio de mi pueblo antes que suceda. En algún plano, quizás ya sucedió. En realidad está sucediendo, imperceptible para las hormigas. Estoy narrando el exilio de mi pueblo con cada inspiración precediendo a la espiración, mientras dure. Estoy narrando el exilio de mi pueblo en el clamor popular por un poco de agua y un poco de sol. Estoy narrando el exilio alucinado de mi pueblo por el desierto interminable de la creación, esperando a les muchaches de maestranza, rezagades como siempre, les miserables, esperando una miguita, un triste mendrugo. Estoy narrando el exilio de mi pueblo desde la comodidad de una piedra fresca y dulce como la noche, escuchando y emitiendo frecuencias extrañas, cantando, rezándole a las estrellas con ayuda del viento. Estoy narrando el exilio de mi pueblo mientras mi pueblo se dispone a medir el pH a cualquier simulación de líquido para evaluar su potencial potabilización. Cada palabra debe valer la pena, como gotas en el desierto valen las palabras, y heme aquí, con una cascada, con la canilla abierta...” 

“…de a ratos me detengo y propongo el resumen de la historia, entregas por capítulos desde los bordes mismos de la materia, desde la mismísima piedra de la locura extraída por un clown terriblemente colorado. Para entretener, para ayudar a recordar, para reflexionar. Para celebrar un coloquio de embrujos y yuyos, ramos varios de cualquier aquelarre que se precie, para esparcir la semilla de los árboles de la memoria dejando un trazo de bruma en los destellos de algo que a veces sentía y siento como una entidad a la que llamaba y llamo la verdadera historia, la que no podía ni puede ser contada sino más bien debía y debe ser experimentada, percibida en el ojo de la aguja por el que pasa el camello de la historia cada vez que un rico quiere ingresar al reino de los cielos…”

“…La primera generación surgida inmediatamente después de la comúnmente llamada ‘Caída’, utilizó la sabiduría y el amor, la esencia de generaciones anteriores, recogió lo que pudo, reforzó amistades y alianzas, con montañas, arroyos, ríos, lagos, esteros, lagunas, con plantas, con otros seres y animales. Se venían tiempos difíciles, todos lo sabían. Bueno, casi todos. El hombre, claro. El hombre no. Siguió encadenado al yugo de su ego, al hilo de su arraigo a su propia sombra, por miedo. A todo, a lo que vendría, a lo que era, a lo que había pasado. Al transcurrir del tiempo. A los dibujos del espacio…” 

“…Por suerte, desde la primera generación de tejedoras, allá, lejos, en el susurro más caluroso de la siesta del tiempo, venían contándose por lo menos dos historias, y que yo sepa, y hasta que la conciencia sea completa se seguirán narrando, desarrollando pequeños conflictos, choques de intereses, pequeños campos donde se libren las batallas entre la destrucción y la sabiduría. Pero -¡ay de mí!- me voy, siguiendo el tejido. Sabrán disculparme, estoy un poco vieja. Tengo una de las tantas edades de Hildegarda, sabrán disculparme, espero. Incluso usted, respetado e imaginario ser que interactúa como arqueólogue de garabatos. Lo peor no fue lo de la luna, como les contaba. Lo peor vino después…”

Miércoles

“Extraño los zorros.”

martes, 19 de mayo de 2020

No es solo el agua

https://ar.radiocut.fm/audiocut/nacho-levy-con-ernesto-tenembaum-sobre-ramona-medina/





No es el agua. Si bien es una de sus aristas, el problema es más profundo. Si no entendemos esto, seres que hasta ayer eran invisibles pero hoy conmueven, como Ramona Medina, seguirán pasando en vano, adornando la carpeta asfáltica del universo. 

Compartimos algunas reflexiones a partir de los cambios que acontecen en la percepción de realidad de la raza humana en general, haciendo un llamado a la toma de conciencia, al oído atento, a la empatía, a la comprensión de la oportunidad que implica un cambio en las anteojeras. 

Nuestra lucha es por la concepción de realidad. Se trata de cambiarla, en realidad, de arrancarla de cuajo. De hacerla de nuevo. Como somos muchos tenemos que hacerla entre todos. Se trata de democratizar la realidad. 

Tenemos que ponernos de acuerdo en algunos conceptos básicos. 

Número 0. La realidad no es, se construye. Se hace de partes. 

Es importante entender el concepto de materia, el de energía, el de caos y el de cosmos. Es importante entender: al no comprender que la realidad debe democratizarse, la raza humana ha corrompido su ser, su espíritu. Son eones de plusvalía. Desigualdades. Conceptos básicos. El derecho al agua, por ejemplo. Dicen que es universal, ¿lo es? 

No me banco a las hormigas, dicen a modo de protesta. Para las hormigas, el agua no, entonces. Para los peces tampoco, supongo. Si no hay lugar para el derecho universal al agua de las plantas que comemos, menos habrá para los árboles. Si ni siquiera podemos ver un igual en un ser humano, con ojos, nariz y boca (¡con cara, vamos!), con cerebro y corazón, si no podemos ver el alma a nuestros hermanos, ¿para qué empezar a hablar del agua?, ¿para qué hablar del aire, de la tierra, de un planeta enfermo? 

¿No habría que hablar de la ceguera?, ¿de una realidad invisible? ¿No habría que reevaluar la acción sensorial colectiva en la construcción de sentido? ¿El arquetipo del ojo, el del oído?, ¿los del tacto, el gusto, y el olfato?, ¿el del pensamiento?, ¿el alma? ¿Y el espíritu? ¿Sueñan los androides? La respuesta es sí. 

Los pobres también, pero sueñan (entre tanto que sueñan) con alegrías más módicas, como el agua potable. 

Comemos veneno, respiramos veneno, tocamos, moldeamos y diseminamos veneno. Democratizamos veneno. Ejemplos sobran: hamburgueserías mefistofélicas, tóxicos cancerígenos en los cultivos, plantas que no dejan semilla; ciclos enteros se pervierten. 

Hay una dificultad para comprender el problema. Pensamos que igualdad es el mismo acceso al consumo. Hablamos de consumo. ¿No habría que replantearse de una vez la concepción egóica sobre la que se construye la interacción del humano con el mundo? Somos fumigadores. 

¿En serio pensamos en los seres del futuro? ¿Y en los del presente? 

Es importante hablar, echar luz sobre lo que parecen obviedades. Han pasado muchos años, y es importante entender: hablamos de eones de desigualdades. 

Número 1. Revalorizar la construcción de conciencia colectiva. Revalorizar la empatía en la construcción de una conciencia colectiva. 

Número 2. Pregúntese, ¿quién no tiene voz?, ¿qué es lo invisible? Sugiero lo siguiente: por cada ser que contemos se agreguen diez más, de distinto carácter, calidad o tenor, que no vemos, no oímos, no olemos, no sentimos. 

Número 3. Celebremos la variedad, no la desigualdad. La desigualdad implica un disbalance de algo, una suerte de entidad o entidades que llamamos derechos, a los que (dicen, los que se llenan la boca hablando de instituciones como repúblicas, partidos o Estados) tendríamos acceso todos, en orden de lograr la armonía con la casa que habitamos, incluides les humanes, pero también los perros y las plantas, los distintos habitantes de este planeta. 

Número 4. Celebremos las tonalidades en la paleta del Artista, no la escasez de colores. 

Número 5. Se trata de cambiar la realidad, de revolucionarla. 



Nuestra lucha es por la concepción de realidad, por la política de Realidad. 

La poética de la conciencia. Lo esencial es invisible a los ojos.