martes, 13 de abril de 2021

Lo que veníamos temiendo

 

Soñé con barbijos, lo que veníamos temiendo. Soñé con barbijos, pensé que nunca iba a pasarme. Los sueños son territorios raros. Parecieran inexpugnables, pero son sensibles a ciertos signos, vibraciones. La mente en determinadas frecuencias puede ser un lugar más permeable, con menos trabas.

Estamos tan dormidos, pidiendo por la locomotora de la historia. Hay mataderos, cultivos artificiales, supermercados, las ballenas casi no se hablan por todo el ruido que hacemos vaciando los océanos, nos perdimos hace tres vueltas en el laberinto. Niños crecerán sin abrazos y seguimos agolpados en ciudades. 

No quisiera hacer una alabanza a la vida en los campos, que entiendo tiene sus complejidades, pero... hay líneas ancestrales que no hemos seguido y que se pierden en la selva donde respira otra historia. La vida en los campos también trae un contacto más cercano con la tierra, perdón..., la Tierra, este vehículo en el cual viajamos por el espacio y que respira y es dueña de una tecnología única; bah, lo que llamamos vida.

Garroneando vacunas estamos, todo sigue igual de bien. El agua, si viene, nos viene envenenada, venden filtros para los filtros. Ñanderoga son cuatro chapas, si no son alquiladas. Seguimos dando vueltas sobre la propiedad; hay cosas que no entendemos. ¿Alguien se acuerda de Ramona?

Liberen las patentes y demuestren que no es todo un negocio, que la humanidad tiene ese componente humano del que supuestamente nos enorgullecemos. Liberen las tierras para que cada humano, en la identidad que se asuma, y con la libertad de saber quién es, pueda tener acceso a su propio alimento, que pueda vivir en carne propia la belleza de la naturaleza, que pueda aprender de los ríos y de las plantas que ve crecer en su huerta, que viven aunque uno arranque hoja o fruto, que son tan sabias como los árboles, o incluso los pájaros, si queremos saltar de rama.

Un campo como lugar material, existente en el espacio, pero también entendido como campo energético. Queremos una casa que sea techo y no guarida.

Soñé con barbijos, ¿habrá cosas de las que no se vuelva?

 


 

El bar mató al árbitro

—     …si no, por la Calle Pho’ U, en esa esquina.

—     ¿Ahí está el circo Domínguez?

—     Es el Café Domínguez. Es un bar.

—     ¿Dónde los trasnochados dicen que el VAR mató al árbitro? Es un circo.

 

 

La humanidad mira la tele:

un león gruñe mientras todo se quema

 

Todo se quema

Ríos desaparecen bajo el manto de autopistas

Víctor Heredia reversiona Sobreviviendo,

hay un coro de ovejas estremecedor

 

Neil Armstrong y Chico Buarque tienen algo en común

Fíjate en el siguiente link

Todo se quema, todo se quema

Y la humanidad envenenada

 

Sinovac donaría vacunas

para que siga el fútbol, Pisculichi

la humanidad envenenada por rayos catódicos

hasta ayer en la TV no se contagiaban

todo se quema

 

A la cancha van cien monos,

nonos desnudos,

vestidos con ropas nombres y apellidos

a putear al árbitro

todo se quema

 

—     Hay que apurarse: dentro de unos años ya no existirán los árbitros —dice un dirigente— La gente podrá votar desde sus casas si fue o no fau, si hubo offside, las amarillas, los expulsados.

—     Cuando eso se asiente iremos por los técnicos —acota otro.

 

 

¿A nadie le hace ruido, al menos, que se donen vacunas mientras todo se cae, para que siga un evento no vital para el que no lo practica sobre su cuerpo y que en definitiva es el circo, la diversión en el sentido más cínico de la palabra?

 

Mientras todo se cae, mientras todo se quema, está muriendo el árbitro. Y nadie se da cuenta. 

 

 

  Qué viva el fútbol, Pisculichi

jueves, 8 de abril de 2021

Inundaciones (fragmentos) II




Siguiendo los largos senderos de la ribera, la música del río es un chamamé, pensó, respirando, fluyendo, trayendo en su trayecto la cosmogonía del Taragüí, la sapiencia de la poesía, el alma en la lluvia, la palabra que no se ata, que se pasa en corrientes, mecida, entre movimientos del agua.

La música del río es un chamamé, repitió, como un mantra; el agua se besa con el aire, la respiración de la acordeona verdulera, el hombre que tiene todos los cantos y silbidos de los pájaros en su pecho y la solemnidad de juglar del universo; pícaro guardián de pampas, esteros y humedales, el río suena como festejando su encuentro con la Tierra, y en su unión adivinaba un enamorado trajinar que zurcía paisaje y corazones. La música del río es..., pensó, y se interrumpió, casi sin darse cuenta.

El chamamé, la sangre, un rito místico, la cadencia de aquel sentimiento que se volvió fuego y transmutó en canción en un instante de íntima comunión; frutos frescos del amor que se degustan para que aparezca la semilla, la pagana herencia guaraní sacudiendo el árbol.

Hay que hacerse cargo, dijo el río, y sacar la basura. 

Dejar que el río limpie y la sangre fluya, que el movimiento del termo sobre el mate aclare la espera: al alba viene la luz. Supo ser poeta y recordó que la voz estaba prendida del agua del Paraná. Todo lo que imaginé, ayer lo soñé, cantó, ahogando un sapukay. En su alma se mecían guitarras fantasmales, como las paredes de una casa, la tierra vibrante recibiendo la alegría de la vida, el misterio de la vida.


Le gustaba volver al río, a Ramón. Amaba pescar. Agarraba a las gurisas y a la patrona, por las noches, después de trabajar (cuando había trabajo, Ramón corrige el recuerdo), para correr al encuentro de aquel magnífico ser que zurcía la vida. Para rezarle. Y obtener respuesta. Él sabía escuchar.

Llevaban algo de comida para las nenas que se quedaban jugando en algún recodo. Rosita se quedaba tejiendo, con la pava al fuego y Ramón se alejaba un poco, entraba en los barcos viejos, abandonados, recordatorios de un astillero que tuvo tiempos mejores, elegía un casco oxidado que le gustaba particularmente, por estar cubierto en parte por los sauzales, y tendía su silleta y tiraba las líneas y así comenzaba la larga charla, que a veces duraba toda la noche y cuando terminaba había que levantar a las nenas (¡y a veces a Rosita!) para volver a la tapera que pasaban por casa.

Otras veces, detrás de Ramón venían murmullos de juegos, directo al rincón donde se desplegaba su rito personal, murmullos que acababan desatando el misterio, con una risa aún más misteriosa que el silencio. Ramón sacaba la caña y las gurisas se turnaban para arrojar el anzuelo, hasta que el sueño las vencía, implacable. Entonces la fórmula para volver a casa era la misma.

Pero las nenas ya no venían, estaban grandes, y además, esta vez Ramón prefería la soledad. Venía a preguntarle, al río. Tenía que escuchar su opinión. Lo que habían propuesto le dejó interrogantes que necesitaba aclarar. 

Desde ya, comentaba al agua, que era algo muy enmarañado, la idea que anduvo sobrevolando el asado, el motivo de la unión de nueve personas en un parche seco al costado de la ruta, a unos kilómetros de San Ramón del Talar. Algo bastante delicado, añadió, además de enmarañado, algo que podría significar un golpe a la moral de los que tenían todo. O al menos, concluyó antes de caer en el silencio, puede llegar a ser una forma de sacudir a sus hermanos puebleros, una forma más de intentar despertarles del largo sueño de bosques de tilo en que habían caído. Paró la oreja para escuchar la música del ancho y profundo espejo y se puso a esperar.